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  • No quiero tener hijos y mi pareja sí: qué hacer

    No quiero tener hijos y mi pareja sí: qué hacer

    Lo sabes hace tiempo o lo estás descubriendo ahora: no quiero tener hijos y mi pareja sí. Quizá salió en una comida familiar, cuando alguien preguntó «¿y ustedes para cuándo?», o cuando tu pareja dijo en voz alta algo que ya venía rondando. Desde ese momento hay una conversación pendiente que nadie quiere abrir, porque cualquiera sea el desenlace, alguien va a perder algo que le importa mucho.

    Este artículo reúne lo que dice la investigación sobre las personas que no quieren hijos, sobre lo que le pasa a una pareja cuando uno cede y sobre cómo conversarlo sin que se convierta en una pelea de ultimátums. Casi todos los estudios vienen de Estados Unidos, Europa y Australia, y lo vamos aclarando cuando importa. Nada de lo que sigue decide por ti. Lo que hace es ordenar la decisión para que no la tomes a la fuerza ni por cansancio.

    Respuesta corta: ¿qué hacer si no quiero tener hijos y mi pareja sí?

    Con un hijo no hay punto medio: se tiene o no se tiene. Lo que sí se puede hacer es conversar sin acusarse, decir qué hay detrás de cada postura, no ceder solo para evitar una ruptura y ponerle fecha a la decisión. Ceder por presión suele pasar la cuenta más adelante, y la pareja merece una respuesta clara de los dos.

    ¿Por qué duele tanto que uno quiera hijos y el otro no?

    La mayoría de los desacuerdos de pareja no se resuelven del todo, y eso es normal. John Gottman (1994) estimó que alrededor de 69 % de los conflictos de las parejas son «problemas perpetuos», que vienen de diferencias de personalidad, de valores o de historia familiar y que reaparecen en distintas versiones. Las parejas que se mantienen bien aprenden a conversarlos sin que se vuelvan una guerra. La cifra la recogen otros autores al resumir su trabajo, así que tómala como un orden de magnitud y no como un dato exacto.

    Este desacuerdo tiene tres rasgos que lo vuelven más pesado. Es de todo o nada, porque no existe medio hijo. Tiene reloj, porque la biología y la edad marcan plazos, sobre todo para las mujeres. Y toca la identidad, porque para unos querer hijos es una parte central de quienes son y para otros no tenerlos también lo es.

    Por eso conviene mirar cómo se discute, además de qué se discute. Christensen, Doss y Jacobson (2014) advierten que tratar la postura del otro como un defecto moral («eres egoísta por no querer hijos», «eres obsesiva por quererlos») genera resistencia y alimenta el conflicto. Bradbury y Karney (2019) lo plantean desde otro lado: el conflicto aparece cuando las metas de uno interfieren con las del otro, y en una decisión que no se puede repartir lo que importa es cuidar el proceso, porque forzar un acuerdo rápido casi nunca lo resuelve.

    ¿Es raro no querer tener hijos nunca?

    No, y saberlo ayuda a quitarle dramatismo a la pregunta «¿qué me pasa?». En una muestra representativa de adultos estadounidenses (Neal y Neal, 2022), las personas sin deseo de tener hijos eran más de una quinta parte de la población (21,64 %), y la mayoría contó que lo había decidido temprano en la vida. Un estudio de réplica preregistrado (Watling Neal y Neal, 2023) confirmó esas estimaciones. Para mucha gente, entonces, «no quiero tener hijos nunca» es una decisión estable, no una etapa que se pasa con los años.

    En Chile el contexto también cambió. El INE informó una tasa global de fecundidad de 1,16 hijos por mujer en 2023, la más baja de la historia del país, según sus estadísticas vitales. Esa cifra mezcla muchas razones (no poder, no querer, postergar), así que no mide cuántos eligen no tener hijos. Sí muestra que tu postura ya no es una excepción rara.

    ¿Quienes no tienen hijos por elección se arrepienten?

    La evidencia es tranquilizadora, aunque con límites. En entrevistas a diez mujeres australianas sin hijos por elección, Doyle y colaboradores (2013) encontraron que describían la decisión sin arrepentimiento, junto con experiencias que iban del apoyo a la presión y la discriminación. En una muestra pequeña de mujeres de mediana edad y mayores, Jeffries y Konnert (2002) vieron que las que no tenían hijos por elección mostraban más bienestar y menos arrepentimiento ligado a los hijos que las que no los tenían sin haberlo querido.

    Sobre la salud mental en la vejez, un estudio con más de 19.000 adultos mayores estadounidenses (Carr y Choi, 2025) no encontró que tener o no tener hijos predijera los síntomas depresivos una vez controladas otras variables. Y un análisis de 1,8 millones de personas (Deaton y Stone, 2014) halló poca diferencia de bienestar entre quienes viven con hijos y quienes no. La revisión de Umberson y colegas (2010) resume el punto: el efecto de la paternidad sobre el bienestar depende del contexto, como el estado civil, el género y el nivel socioeconómico.

    Estos estudios no garantizan que tu decisión vaya a salir bien. Lo que muestran es que no querer hijos no predice, por sí solo, una vida peor.

    ¿Y si soy hombre y no quiero tener hijos?

    Sobre hombres hay bastante menos investigación. Los estudios cualitativos que encontramos entrevistan sobre todo a mujeres, y es razonable pensar que la presión social cae distinto sobre cada género, aunque aquí no tenemos datos para medirla. Lo que sí vale para ti es lo anterior: los estudios poblacionales incluyen a hombres y mujeres, y la decisión temprana y estable aparece en ambos.

    ¿Y si alguno de los dos cambia de opinión?

    A veces ocurre, y por eso la pregunta no es absurda. Iacovou y Tavares (2011) estudiaron por qué hombres y mujeres cambian sus planes de tener hijos y encontraron que influyen muchos factores, entre ellos los deseos de la pareja, las normas sociales, una nueva pareja y lo que la persona aprende sobre los costos y beneficios de la paternidad. También vieron que los motivos de quienes aumentan sus planes no son el espejo de los de quienes los reducen, y que los de hombres y mujeres difieren.

    Otro dato conviene mirarlo con cuidado. En una encuesta a parejas estadounidenses (Shreffler et al., 2019), si al menos uno de los dos tenía intención de tener un hijo, las probabilidades de un nacimiento en tres años eran mayores que cuando ninguno la tenía, y más altas aún cuando ambos querían. Eso describe lo que pasó, no cómo se sintió cada uno. Dice que el desacuerdo a veces se resuelve en favor de tener el hijo, pero no dice si fue por convencimiento o por desgaste.

    La conclusión práctica es incómoda: puedes dejar la puerta abierta a que algo cambie, pero no armar un proyecto de vida sobre esa posibilidad. Si tu pareja espera que cambies, y tú sabes que no vas a cambiar, lo honesto es decirlo ahora.

    Qué le pasa a una pareja cuando uno cede

    La tentación de «mejor digo que sí y vemos» es comprensible. Los datos sobre lo que viene después piden pensarlo dos veces.

    Scott Stanley y colegas llaman «deslizarse» a cruzar un hito grande (mudarse juntos, tener un hijo) por inercia o conveniencia, sin haber decidido de verdad, y lo contrastan con «decidir». En su trabajo sobre el compromiso (Stanley et al., 2010) plantean que deslizarse hacia un hijo suma restricciones (gastos, rutinas, la imposibilidad de volver atrás) antes de que exista la dedicación personal que las sostiene.

    Lo que ocurre con la satisfacción en la pareja tras el primer hijo lo midió, entre otros, el estudio de Lawrence y colaboradores (2008) con 156 parejas: quienes se hicieron padres tuvieron caídas mayores de satisfacción que las parejas que decidieron no tener hijos. Las que habían planeado el embarazo partían más satisfechas, y planear retrasó la caída en los maridos (en las esposas no se vio ese efecto). En un metaanálisis de 37 estudios (Mitnick et al., 2009), la satisfacción bajó de forma pequeña pero significativa en hombres y mujeres desde el embarazo hasta cerca del año del bebé. Y en un seguimiento de 8 años a 218 parejas (Doss et al., 2009), la relación se deterioró de golpe tras el nacimiento y ese deterioro se mantuvo, mientras que en las parejas sin hijos el deterioro fue más gradual.

    Hay un matiz importante. En los pocos estudios que siguieron a recién casados sin hijos, estos también perdían satisfacción con el tiempo, así que los hijos no son la única causa de que las relaciones se desgasten. El patrón que sí se repite es que el cambio es más brusco con un hijo y que la planificación protege, al menos en parte.

    Hay otro efecto que Bradbury y Karney (2019) explican con la teoría de la inversión: tener un hijo sube las barreras para separarse y baja el riesgo de divorcio, aunque la satisfacción caiga. Una pareja que sigue junta por esas barreras y no por ganas es justo la que Christensen y colaboradores (2014) describen cuando hablan del resentimiento de quien cedió por presión: acaba envenenando la relación a largo plazo.

    Y está el costo individual. En dos muestras nacionales de Polonia, un estudio sobre el arrepentimiento de ser padre o madre (Piotrowski, 2021) encontró que quienes se arrepentían de haber tenido hijos tenían peor salud psicológica y física, más agotamiento parental y más antecedentes de experiencias adversas en la infancia. Es una asociación, no una causa, y no dice que ese sea el destino de quien cede. Sí muestra que tener hijos sin quererlos de verdad es una situación real, estudiada y que a nadie le conviene.

    Cómo conversarlo paso a paso

    Esta conversación rara vez sale bien en el pasillo, con prisa o en medio de una pelea. Estos pasos recogen lo que proponen Christensen, Doss y Jacobson (2014) y Gottman, adaptado a este tema.

    1. Escojan un momento y avisen. «Quiero que hablemos con calma de lo de los hijos. ¿Cuándo te acomoda esta semana?» funciona mejor que soltarlo en la cena.
    2. Cada uno dice su razón real, no la que suena bien. Detrás de «no quiero tener hijos» suele haber miedo a perder la libertad, a repetir una infancia difícil, a no dar la talla o simplemente ausencia de deseo. Detrás de «quiero hijos» hay un sueño, no un capricho.
    3. Conversen primero las emociones de fondo. Christensen y colegas proponen decir lo que hay debajo de la rabia o de la exigencia: el miedo a perderse la experiencia de criar, o el temor a perder la autonomía. Es más fácil acercarse desde ahí que desde el reclamo.
    4. Pregúntale qué significa tener hijos para él o ella. Gottman habla de los «sueños dentro del conflicto»: la postura rígida suele proteger un valor (familia, legado, libertad, seguridad). Entenderlo no obliga a compartirlo.
    5. Separen la postura de la persona. «No quiero hijos» no es «no te quiero», y «quiero hijos» no es «no me respetas». Decirlo en voz alta baja la defensiva.
    6. Eviten el patrón de demandar y retirarse. Si uno presiona y el otro se calla o se va, el tema se queda sin tocar y cada intento deja más distancia. Si se acalora, pausen con hora de regreso, no con un portazo.
    7. Terminen cada conversación con algo concreto. Puede ser solo «seguimos el jueves» o «cada uno anota qué lo haría cambiar de postura». Los desacuerdos de fondo se mueven en varias conversaciones, rara vez en una.

    Una frase de apertura que cumple con todo lo anterior:

    «Te quiero y quiero que decidamos esto bien. Yo hoy no me veo con hijos, y no es por ti ni para castigarte. Me importa entender qué significan para ti, y que sepas lo que me pasa a mí.»

    Qué no ayuda

    • Postergar sin fecha. «Más adelante vemos» puede sonar a esperanza para uno y a negativa para el otro. Es una forma de deslizarse.
    • Tener un hijo para salvar la relación. Los estudios de Doss et al. y Mitnick et al. no muestran que la llegada de un bebé mejore la relación.
    • Ceder para evitar la discusión. Pasa la cuenta después.
    • Ironías, comparaciones con amigos o presión de la familia. Convierten una decisión de pareja en una prueba de quién gana.
    • Tratar la postura del otro como un defecto. Es el patrón que Christensen y colaboradores describen como combustible del conflicto.

    Preguntas para hacerte antes de hablar

    Responder esto por escrito, a solas, ordena mucho:

    • ¿Mi «no» es definitivo, o es «no ahora» o «no así»? Si es «no ahora», ¿qué tendría que cambiar y cuándo?
    • ¿Qué me da miedo de tener un hijo y qué me tranquiliza de no tenerlo?
    • ¿Cuánto de esto es mío y cuánto es reacción a la presión de la familia o del entorno?
    • Si mi pareja no cambia de postura, ¿puedo imaginar una vida feliz con ella sin hijos? ¿Y si cambiara de postura, y yo no?
    • ¿Qué sí estoy dispuesto a ofrecer (tiempo, cuidados, presencia en la vida de sobrinos o ahijados) y qué no?
    • ¿Hay algo detrás de mi «no» (una infancia difícil, ansiedad, un duelo) que me gustaría revisar con un psicólogo, sin importar lo que decida mi pareja?

    ¿Hay soluciones intermedias?

    Las que circulan (adoptar mascotas, ser tío o tía presente, hacer voluntariado con niños, cuidar a hijos de otros) alivian a veces, y solo funcionan si la persona que quiere hijos las siente de verdad como suficientes. En la búsqueda de literatura para este artículo no encontramos estudios que midan qué tan bien funcionan estas salidas, así que no podemos prometer resultados.

    Lo que sí es un punto medio real es la fecha. Ponerle un plazo acordado a la decisión («en seis meses hablamos con todo sobre la mesa») evita que el tema quede flotando años. Es distinto de «más adelante», porque ambos saben qué pasa cuando llega el día.

    ¿Quedarse o terminar cuando el desacuerdo es de fondo?

    A veces, después de varias conversaciones honestas, las posturas siguen intactas. Esa información también es un resultado. Según el modelo de inversión que resumen Bradbury y Karney (2019), una persona decide irse cuando la insatisfacción es profunda y las alternativas, incluida estar sola o encontrar a alguien con metas compatibles, le parecen mejores que lo que pierde al separarse (tiempo, vida en común, bienes compartidos).

    Christensen, Doss y Jacobson (2014) añaden dos ideas útiles. Una es la aceptación: cuando una diferencia central no se puede cambiar, la mejora llega al dejar de intentar cambiar al otro, y eso a veces permite que la pareja, o la despedida, sea más respetuosa. La otra es cómo se plantea un límite. Según ese libro, un límite constructivo es real (no un farol), concreto, tiene un plazo y se dice desde lo que uno necesita, no como castigo. «Necesito saber si estamos en el mismo proyecto de vida antes de fin de año» es una frase honesta. «O cambias o me voy» dicha como amenaza para forzar al otro no lo es.

    Separarse con respeto también es una decisión válida. Gottman (1994) describe el desprecio y la actitud de muralla como las actitudes que más dañan durante las discusiones, y ambas aparecen con facilidad cuando uno intenta doblegar al otro. Si estás en ese punto, separarse o seguir intentando reúne preguntas para decidir con más claridad, y cómo saber si tu relación es sana ayuda a mirar el resto del vínculo sin que este tema lo tape todo.

    Cuándo pedir ayuda profesional

    Si cada vez que aparece el «no quiero tener hijos pero mi pareja sí» la conversación termina en pelea o en silencio, conviene consultar. También si llevan semanas sin poder hablar del tema, si uno de los dos se siente presionado a cambiar de postura, si hay amenazas de ruptura cada vez que surge o si tu «no» tiene detrás algo que te pesa (ansiedad, una infancia difícil, un duelo). Una terapia de pareja no decide por ustedes, pero ayuda a conversar sin que cada intento termine en reclamo. Si no sabes qué esperar de la primera sesión, aquí lo explicamos.

    También sirve una consulta individual si quieres revisar tu postura a solas, sin la urgencia de la conversación de pareja. Y hay una señal que no es un desacuerdo: si tu pareja te presiona con engaños sobre anticoncepción, te amenaza o te humilla por pensar distinto, eso es coerción. En esos casos conviene leer sobre violencia psicológica en la pareja y buscar apoyo profesional.

    Preguntas frecuentes

    ¿Puede una pareja funcionar si uno quiere hijos y el otro no?

    A veces sí, cuando quien deseaba hijos logra hacer un duelo real y construye otros proyectos de vida, y la pareja lo conversó con honestidad. A veces no, porque la meta es central para uno de los dos. No encontramos estudios que midan cuántas parejas con este desacuerdo se mantienen, así que cada caso se decide conversando.

    ¿Es egoísta no querer tener hijos?

    Los estudios revisados no apuntan en esa dirección: quienes eligen no tener hijos describen una decisión estable, tomada de forma temprana, y no muestran peor bienestar ni más arrepentimiento por ello. Lo que merece cuidado es cómo se comunica la decisión y que la pareja pueda decidir con información clara.

    ¿Debo aceptar tener hijos para no perder a mi pareja?

    La investigación no respalda hacerlo solo para evitar la ruptura. Ceder por presión puede dejar resentimiento, y los estudios sobre la llegada del primer hijo muestran que la satisfacción de la pareja suele bajar, sobre todo cuando no hubo planificación. Si decides cambiar de postura, que sea porque realmente lo quieres.

    ¿Y si mi pareja dice que cambiaré de opinión?

    Algunas personas cambian de plan, según Iacovou y Tavares (2011), pero no se puede saber de antemano. Si llevas años seguro de tu postura, dilo con claridad y ofrece una fecha para volver a conversarlo. Apostar a un cambio que quizá no llegue deja a los dos esperando algo distinto.

    ¿Cuánto tiempo hay que esperar para decidir?

    La investigación no fija un plazo, y lo que ayuda es acordar una fecha, entre ustedes, para retomar la decisión con todo dicho (por ejemplo, tres o seis meses), y usar ese tiempo para conversar, no para posponer. Si la edad es un factor, conviene tenerlo en la conversación desde el principio.

    ¿Sirve la terapia de pareja en este caso?

    Sirve para conversar mejor, entender qué hay detrás de cada postura y decidir con calma. No obliga a ninguno a cambiar y tampoco garantiza que la pareja siga junta. Muchas veces el logro es que la decisión, sea cual sea, se tome con respeto y con la información completa sobre la mesa.

    Antes de la conversación

    Si te quedas con una sola idea: la decisión sobre los hijos se toma entre dos personas, y a ninguna le sirve que la tome una sola por cansancio. Escribe tu razón en una frase, escucha la de tu pareja sin responder todavía y pónganle fecha a la próxima conversación. Si les cuesta hacerlo solos, puedes agendar una consulta con un psicólogo clínico para trabajarlo con acompañamiento.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton & Company.

    Carr, D., & Choi, S. L. (2025). Childlessness and mental health among U.S. older adults: Do associations differ by marital status and gender? The Journals of Gerontology: Series B, 80(7), gbaf073. https://doi.org/10.1093/geronb/gbaf073

    Christensen, A., Doss, B. D., & Jacobson, N. S. (2014). Reconcilable differences (2.ª ed.). Guilford Press.

    Deaton, A., & Stone, A. A. (2014). Evaluative and hedonic wellbeing among those with and without children at home. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(4), 1328-1333. https://doi.org/10.1073/pnas.1311600111

    Doss, B. D., Rhoades, G. K., Stanley, S. M., & Markman, H. J. (2009). The effect of the transition to parenthood on relationship quality: An 8-year prospective study. Journal of Personality and Social Psychology, 96(3), 601-619. https://doi.org/10.1037/a0013969

    Doyle, J., Pooley, J. A., & Breen, L. (2013). A phenomenological exploration of the childfree choice in a sample of Australian women. Journal of Health Psychology, 18(3), 397-407. https://doi.org/10.1177/1359105312444647

    Gottman, J. M. (1994). What predicts divorce? The relationship between marital processes and marital outcomes. Lawrence Erlbaum Associates.

    Iacovou, M., & Tavares, L. P. (2011). Yearning, learning, and conceding: Reasons men and women change their childbearing intentions. Population and Development Review, 37(1), 89-123. https://doi.org/10.1111/j.1728-4457.2011.00391.x

    Instituto Nacional de Estadísticas. (s. f.). Estadísticas vitales. https://www.ine.gob.cl/estadisticas-por-tema/demografia-y-poblacion/estadisticas-vitales

    Jeffries, S., & Konnert, C. (2002). Regret and psychological well-being among voluntarily and involuntarily childless women and mothers. The International Journal of Aging and Human Development, 54(2), 89-106. https://doi.org/10.2190/j08n-vbvg-6pxm-0ttn

    Lawrence, E., Rothman, A. D., Cobb, R. J., Rothman, M. T., & Bradbury, T. N. (2008). Marital satisfaction across the transition to parenthood. Journal of Family Psychology, 22(1), 41-50. https://doi.org/10.1037/0893-3200.22.1.41

    Mitnick, D. M., Heyman, R. E., & Smith Slep, A. M. (2009). Changes in relationship satisfaction across the transition to parenthood: A meta-analysis. Journal of Family Psychology, 23(6), 848-852. https://doi.org/10.1037/a0017004

    Neal, Z. P., & Neal, J. W. (2022). Prevalence, age of decision, and interpersonal warmth judgements of childfree adults. Scientific Reports, 12, Artículo 11907. https://doi.org/10.1038/s41598-022-15728-z

    Piotrowski, K. (2021). How many parents regret having children and how it is linked to their personality and health: Two studies with national samples in Poland. PLOS ONE, 16(7), Artículo e0254163. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0254163

    Shreffler, K. M., Tiemeyer, S., McQuillan, J., Greil, A. L., & Spierling, T. (2019). Partner congruence on fertility intentions and values: Implications for birth outcomes. Journal of Social and Personal Relationships, 36(8), 2307-2322. https://doi.org/10.1177/0265407518787232

    Stanley, S. M., Rhoades, G. K., & Whitton, S. W. (2010). Commitment: Functions, formation, and the securing of romantic attachment. Journal of Family Theory & Review, 2(4), 243-257. https://doi.org/10.1111/j.1756-2589.2010.00060.x

    Umberson, D., Pudrovska, T., & Reczek, C. (2010). Parenthood, childlessness, and well-being: A life course perspective. Journal of Marriage and Family, 72(3), 612-629. https://doi.org/10.1111/j.1741-3737.2010.00721.x

    Watling Neal, J., & Neal, Z. P. (2023). Prevalence, age of decision, and interpersonal warmth judgements of childfree adults: Replication and extensions. PLOS ONE, 18(4), Artículo e0283301. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0283301

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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