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    Miedos Infantiles por Edad: Cuándo Son Normales y Cuándo No

    Tu hija de cuatro años no quiere que apagues la luz. Tu hijo de siete se despierta gritando por un monstruo que “vive” debajo de la cama. El de diez, que hasta hace poco dormía como un tronco, ahora pregunta si te vas a morir. Y tú te preguntas lo mismo que se preguntan casi todos los padres en algún momento: ¿esto es normal a su edad o hay algo que debería estar tratando?

    La respuesta corta es que casi siempre es normal, y la respuesta útil es que “casi siempre” tiene bordes bastante claros. Los miedos infantiles por edad siguen un calendario conocido desde hace décadas: aparecen, cambian de contenido y se van solos, en un orden que se repite en casi todos los niños. Cuando un miedo se sale de ese calendario (por intensidad, por duración o por lo que le impide hacer al niño) deja de ser una etapa y pasa a ser algo que conviene tratar, y que se trata bien.

    En este artículo vas a encontrar ese calendario, edad por edad, los criterios que usamos los psicólogos para distinguir un miedo evolutivo de una fobia, qué hacer en casa con el miedo a la oscuridad (que es el que más consultas genera) y qué funciona cuando el miedo ya no se va solo.

    En corto: entre los 4 y los 12 años, tres de cada cuatro niños tienen algún miedo, y en la mayoría es parte normal del desarrollo. El contenido cambia con la edad (de los ruidos y los extraños a la oscuridad y los monstruos, y de ahí a la escuela y la muerte) y la intensidad baja con los años. Un miedo deja de ser normal cuando es desproporcionado, le impide al niño hacer su vida (dormir, ir al colegio, salir) y no cede con el tiempo. Cerca de uno de cada cinco niños con miedos comunes cumple criterios de un trastorno de ansiedad, y para ellos hay tratamientos breves y eficaces.

    ¿Por qué los niños tienen miedo? Lo que es normal y lo que no

    El miedo es una reacción normal ante una amenaza real o imaginada, y en la infancia cumple una función: proteger. Un siglo de investigación, resumido en una revisión de Eleonora Gullone en Clinical Psychology Review, llega a dos conclusiones muy estables: el miedo baja en frecuencia e intensidad a medida que el niño crece, y los miedos concretos son transitorios (Gullone, 2000). Lo esperable, entonces, es que aparezcan, duren un tiempo y se vayan.

    ¿Qué tan comunes son? Mucho. En un estudio con 190 escolares sanos de 4 a 12 años, el 75,8 % reportó miedos, el 67,4 % preocupaciones y el 80,5 % sueños que asustan (Muris, Merckelbach, Gadet y Moulaert, 2000). Si tu hijo tiene miedos, está en la mayoría.

    El manual de referencia en español para la psicología clínica infantil lo resume así: la mayoría de los miedos infantiles son transitorios, de intensidad leve y específicos de una edad, y la literatura los considera “evolutivos”, un aspecto normal del desarrollo que le da al niño maneras de adaptarse a distintos estresores (Méndez, Olivares y Bermejo, 2002). Lo que hay que diferenciar es ese miedo normal, que remite solo con los años, del miedo “patológico” o fobia, que requiere tratamiento.

    Una distinción que ayuda a los padres: miedo y ansiedad no son lo mismo. En el miedo predomina una situación concreta e identificable (el perro, la oscuridad) y una respuesta visible (llorar, esconderse, evitar). En la ansiedad predominan los pensamientos y el malestar interno, y el disparador es más difuso (Méndez et al., 2002). Un niño con miedo a los perros cruza la calle cuando ve uno; un niño ansioso se preocupa toda la tarde por si mañana habrá perros en el parque. Los dos pueden ser normales, y los dos pueden dejar de serlo.

    Miedos infantiles por edad: la tabla que conviene tener a mano

    Los miedos infantiles por edades siguen un patrón evolutivo: en los primeros años dominan los estímulos inmediatos y concretos (ruidos, caídas, extraños), y con la edad pasan a temas anticipatorios y abstractos, como el fracaso escolar, el rechazo social o la muerte (Gullone, 2000). La tabla siguiente resume ese recorrido a partir de la síntesis de Méndez (1999), recogida en Méndez et al. (2002).

    Edad Miedos que disminuyen Miedos que se mantienen Miedos que aumentan
    0 a 2 años (etapa de aparición) Pérdida brusca del apoyo, ruidos fuertes, extraños, separación de los padres, heridas, animales, oscuridad
    3 a 5 años Pérdida del apoyo, extraños Ruidos fuertes, separación, animales, oscuridad Daños físicos, personas disfrazadas
    6 a 8 años Ruidos fuertes, personas disfrazadas Separación, animales, oscuridad, daño físico Seres imaginarios (brujas, fantasmas, extraterrestres), tormentas, soledad, escuela
    9 a 12 años Separación, oscuridad, seres imaginarios, soledad Animales, daño físico, tormentas Escuela (exámenes, malas notas), aspecto físico, relaciones sociales, muerte
    13 a 18 años Tormentas Animales, daño físico Escuela, aspecto físico, relaciones sociales, muerte

    Lo que la tabla no muestra, y que el estudio de Muris y colaboradores (2000) sí midió, es la curva de frecuencia: los miedos y los sueños que asustan son comunes a los 4-6 años, se vuelven todavía más frecuentes a los 7-9 y bajan claramente a los 10-12. Las preocupaciones siguen otro camino: son más propias de los mayores (7 a 12 años) que de los pequeños. Y el contenido se mueve con la edad justo como la tabla anticipa: los miedos a criaturas imaginarias bajan con los años, mientras la preocupación por el rendimiento en pruebas sube.

    De 0 a 2 años: extraños, ruidos y separación

    En los bebés el miedo es casi reflejo: un ruido fuerte, perder el apoyo, una cara desconocida. Hacia el final del primer año aparece la angustia ante los extraños y el llanto cuando la madre o el padre salen de la habitación. Esa reacción a la separación es esperable y tiene su propio artículo en ansiedad por separación en niños, porque es el miedo que más se confunde con un problema cuando todavía no lo es.

    De 3 a 5 años: oscuridad, monstruos y disfraces

    Es la edad del miedo a la oscuridad, a los animales y a las personas disfrazadas (el payaso, el Viejo Pascuero de la tienda). Aparece el miedo a lastimarse. La imaginación del niño de esta edad todavía no separa bien lo que puede pasar de lo que se le ocurre, así que un cuento o una escena vista de pasada se convierte en un “algo” que vive en el clóset.

    De 6 a 8 años: seres imaginarios, tormentas y colegio

    Los ruidos y los disfraces dejan de asustar, pero suben los seres imaginarios (brujas, fantasmas, extraterrestres), las tormentas, la soledad y, con la entrada al colegio, la escuela misma. Los sueños que asustan tienen aquí su pico de frecuencia (Muris et al., 2000).

    De 9 a 12 años: notas, cuerpo, amigos y muerte

    El miedo a la oscuridad, a la separación y a los seres imaginarios baja. Lo que sube es más “de grande”: los exámenes y las malas notas, el aspecto físico, cómo lo ven los compañeros y la muerte (la propia y, sobre todo, la de los padres). Es normal que un niño de diez años pregunte por primera vez, y en serio, qué pasaría si te murieras.

    De 13 a 18 años: lo social manda

    En la adolescencia se mantienen los miedos a animales y al daño físico, y ganan terreno la escuela, el aspecto físico, las relaciones sociales y la muerte. Si el miedo social crece hasta evitar exponerse (hablar en clase, ir a fiestas), conviene leer sobre ansiedad social, porque a esa edad ya puede tener nombre propio.

    “Mi hijo tiene miedo a todo”: ¿es normal?

    Que un niño tenga varios miedos a la vez es más común de lo que parece: en el estudio de Muris et al. (2000), tres de cada cuatro tenían miedos, y en un estudio clásico que citan Méndez et al. (2002), el 43 % de una muestra de 482 niños de 6 a 12 años presentaba al menos siete miedos según sus madres. “Tiene miedo a todo” suele ser, en realidad, “tiene los cuatro o cinco miedos de su edad al mismo tiempo”.

    Dicho eso, hay dos situaciones en las que un niño “miedoso” merece una mirada más atenta.

    La primera es el temperamento. Algunos niños nacen más cautelosos ante lo nuevo: se quedan atrás, observan, tardan en entrar. En psicología eso se llama inhibición conductual, y no es un defecto. Pero un metaanálisis publicado en el Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry encontró que los niños con inhibición conductual tienen más de siete veces más riesgo de desarrollar ansiedad social; según los autores, cerca del 15 % de los niños muestra inhibición extrema y casi la mitad de ellos llegará a tener ansiedad social (Clauss y Blackford, 2012). No es una condena, es una razón para acompañar mejor a ese niño en lo nuevo, en vez de dejar que lo evite.

    La segunda son los miedos nocturnos intensos. En preescolares de 4 a 6 años derivados por miedos nocturnos, un estudio comparativo con 109 niños y 30 controles encontró que los que sufrían miedos nocturnos significativos también tenían más miedos de todo tipo, más problemas de conducta y menor capacidad de controlar la atención; los autores proponen que un miedo nocturno intenso puede ser un marcador de vulnerabilidad a la ansiedad y que vale la pena evaluar al niño completo, no solo la hora de dormir (Kushnir, Gothelf y Sadeh, 2014).

    Y un dato para poner las cosas en proporción: cuando se entrevistó con criterios diagnósticos a 290 niños de 8 a 13 años con miedos comunes, el 22,8 % cumplía criterios de un trastorno de ansiedad (Muris, Merckelbach, Mayer y Prins, 2000). En cuatro de cada cinco el miedo era desarrollo normal; en uno de cada cinco interfería con la rutina diaria. Ese uno de cada cinco es el que hay que saber reconocer.

    ¿Cuándo un miedo deja de ser normal? Miedo evolutivo vs. fobia

    Para considerar fóbico un miedo infantil, Méndez et al. (2002) exigen dos condiciones a la vez: que sea desproporcionado a la situación (el objeto no es una amenaza real, o lo es tan poco que la reacción no se explica) y que su intensidad lo vuelva desadaptativo, es decir, que el niño sufra mucho y que su vida familiar, escolar o social se deteriore. Un niño que corre despavorido cada vez que alguien enciende un fósforo, al punto de que su madre no puede cocinar, no tiene miedo al fuego: tiene una fobia al fuego.

    ¿Y la duración? Los manuales diagnósticos piden seis meses o más. Los propios autores del capítulo discuten ese criterio en niños pequeños: esperar medio año para saber si el miedo a la oscuridad de un niño de cuatro años es evolutivo equivale, en proporción a su vida, a hacer esperar a un adulto de cuarenta hasta los cuarenta y cinco. Su postura es que si el miedo produce un malestar clínicamente significativo o afecta el funcionamiento del niño, no se pospone la ayuda por cumplir un plazo (Méndez et al., 2002).

    Un estudio latinoamericano da una pista práctica sobre dónde está el borde. En 2.512 niños y adolescentes brasileños, la mayoría de los miedos específicos (oscuridad, animales, sangre) eran normativos cuando eran leves y pasaban a indicar un problema cuando eran generalizados (cuando aparecían con fuerza en muchas situaciones); los miedos sociales, en cambio, indicaban problema incluso siendo leves (Laporte et al., 2017). La regla que sale de ahí: un miedo específico leve casi nunca es motivo de alarma; un miedo social persistente merece atención antes.

    Sobre cuántos niños cruzan ese borde: en una muestra de 2.673 niños y adolescentes de Seúl, la prevalencia de fobia específica en un año fue del 7,9 % (Kim et al., 2010). Y en las encuestas mundiales de salud mental de la OMS, la edad mediana de inicio de la fobia específica es de 8 años, con una prevalencia a lo largo de la vida del 7,4 % (Wardenaar et al., 2017). Las fobias no son raras, y empiezan en la infancia.

    Señales de que el miedo ya no es una etapa

    Reúne varias de estas y conviene consultar:

    • Evita de forma activa: no entra a su pieza, no va a cumpleaños donde haya perros, no quiere ir al colegio.
    • El miedo dura meses sin ceder, o va a más en vez de a menos.
    • La reacción es muy intensa: llanto inconsolable, temblor, vómitos, pánico.
    • Afecta el sueño casi todas las noches, o la familia entera ha reorganizado sus rutinas alrededor del miedo.
    • Aparece a una edad en la que “ya no tocaba” (un miedo a los monstruos que sigue igual a los 11 años).
    • Hay otros signos: irritabilidad, quejas físicas frecuentes, preocupación constante, tristeza.

    Si dudas, la guía sobre cuándo llevar a un niño al psicólogo ordena las señales de alerta por edad.

    Miedo a la oscuridad en niños: qué hacer en casa

    Es el miedo por el que más preguntan los padres, y también uno de los mejor estudiados. Una revisión sistemática de 25 años de investigación reunió 12 estudios (nueve ensayos aleatorizados y tres diseños de caso controlado) sobre el tratamiento de los miedos nocturnos infantiles: las intervenciones conductuales y cognitivo-conductuales produjeron mejorías significativas en el miedo y redujeron las conductas nocturnas disruptivas (Lewis, Rafihi-Ferreira, Freitag, Coffman y Ollendick, 2021). Lo que funciona tiene una lógica común, y se puede aplicar en casa cuando el miedo no es grave.

    Primero, entender qué lo mantiene. Méndez et al. (2002) lo describen con claridad: en el miedo a la oscuridad, los padres suelen reforzar las quejas del niño sin querer, tanto por lo que consiguen (dormir con los padres, cuentos extra, tele) como por lo que evitan (la soledad de la pieza, aburrirse sin sueño). Eso no convierte a los padres en culpables. Explica por qué el miedo no se va: cada noche que la queja “funciona”, se afianza.

    Segundo, darle al niño un rol activo. En un ensayo con 104 niños de 4 a 6 años con miedos nocturnos, dos intervenciones breves con un muñeco (en una, el niño tenía que cuidar a un perrito de peluche que “también tenía miedo”; en otra, el perrito venía como protector) redujeron el miedo por igual y más que la lista de espera al mes, bajaron las conductas de los padres para manejar el miedo y los problemas de sueño, y el efecto seguía a los 6 meses (Kushnir y Sadeh, 2012). Cuidar a alguien más pequeño cambia al niño de asustado a cuidador.

    Tercero, leer juntos un cuento que enseñe a enfrentar la oscuridad, con juegos. En Brasil, un ensayo aleatorizado con 68 niños de 4 a 6 años que dormían con sus padres por miedos nocturnos intensos mostró que una intervención breve dirigida a los padres (un libro de biblioterapia basado en TCC más un muñeco) fue superior a la lista de espera y mantuvo el efecto a los 3 meses (Rafihi-Ferreira, Silvares, Asbahr y Ollendick, 2018). Y en España, un ensayo con 38 niños de 4 a 8 años probó un programa en casa de biblioterapia con juegos durante 4 a 5 semanas, con exposición gradual y manejo de pesadillas: bajaron los miedos a la noche y a los seres imaginarios y mejoró la capacidad de actuar a oscuras, sin cambios en el grupo de espera (Orgilés, Belzunegui-Pastor, Amorós-Reche y Espada, 2026). En los dos estudios, el ingrediente activo es que lo hacen los padres.

    Cuarto, la exposición en pequeños pasos. El principio detrás de todo lo anterior: acercarse a lo que da miedo de a poco, con apoyo, y premiar cada avance. En la práctica: apagar la luz principal y dejar una tenue, después una más tenue, después solo el pasillo; jugar a buscar un tesoro con linterna en la pieza a oscuras; quedarse en la pieza oscura 30 segundos, luego un minuto, con un adulto afuera de la puerta. Cada paso conseguido se celebra en voz alta y con algo concreto (una calcomanía, elegir el cuento del día siguiente). Méndez et al. (2002) recogen un estudio en el que, con este esquema de práctica reforzada, cuatro de siete niños lograron tolerar cinco minutos a oscuras, frente a ninguno del grupo control.

    Lo que no ayuda: pasarlo a la cama de los padres como solución permanente (alivia esa noche y confirma que la pieza era peligrosa), obligarlo a quedarse a oscuras “para que aprenda” (es exposición sin gradación ni apoyo, y suele empeorar el miedo), y reírse o compararlo con el hermano que “no es cobarde”.

    Qué hacer (y qué no) con los miedos de tu hijo a cualquier edad

    Lo que sirve para la oscuridad sirve, con ajustes, para casi todos los miedos evolutivos.

    Toma el miedo en serio sin tomar el control tú. Validar (“entiendo que te asuste”) no es lo mismo que acomodarse (“entonces no vamos”). Una revisión reciente advierte que varias estrategias que se recomiendan a familias de niños ansiosos se basan en la evitación, y que la evitación impide el aprendizaje correctivo y puede mantener la ansiedad a largo plazo (Dunning, Khan, Becker-Haimes y Guzick, 2025). Cuando el niño evita y el adulto lo facilita, el miedo se queda.

    Cuida lo que le llega. De las tres vías por las que se aprende un miedo (una experiencia directa, ver a otro asustarse, o que te cuenten algo), en el estudio de Muris et al. (2000) la vía más reportada por los niños para sus miedos y sus sueños feos fue la información: lo que oyeron, vieron o les contaron. Un noticiero de fondo, un video en el teléfono del hermano mayor, una historia de terror en el cumpleaños. No hace falta vivir en una burbuja, pero sí saber que el contenido cuenta, sobre todo antes de los 8 años.

    Modela y acompaña. Los procedimientos de modelado (un adulto o un niño mayor que se acerca al perro con calma, y luego el niño lo intenta con apoyo) tienen eficacia demostrada en miedos a animales, alturas, agua y procedimientos médicos (Méndez et al., 2002). Tu propia reacción ante la araña enseña más que cualquier discurso.

    Premia el valor, no la queja. Los adultos, sin darse cuenta, tienden a retirar el estímulo y abrazar al niño asustado (lo que refuerza el miedo) y a no prestar atención a los actos valientes por considerarlos “normales” (lo que los extingue). Reorganizar eso, reforzar la aproximación y no reforzar la evitación, es la estrategia común de todos los tratamientos de fobias infantiles (Méndez et al., 2002).

    Involúcrate tú, aunque el niño no quiera ir a terapia. En un ensayo de no inferioridad con 124 niños de 7 a 14 años, un tratamiento dirigido solo a los padres (el niño nunca vio al terapeuta) no fue inferior a la terapia individual del niño, y redujo más la acomodación familiar (Lebowitz, Marin, Martino, Shimshoni y Silverman, 2020). Si tu hijo se niega a ir, todavía hay mucho que puedes cambiar desde tu lado.

    Lo que no hacer: ridiculizar o comparar, obligar de golpe, mentir (“no hay perros en el parque” cuando sí los hay), o prometer que nunca va a pasar nada. La confianza que pierdes ahí es la que necesitas para la exposición gradual.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional (y qué esperar)?

    Consulta si el miedo cumple las señales de la lista de arriba: evitación activa, meses sin mejorar, reacción muy intensa, sueño o colegio afectados, o si el niño está más irritable, triste o preocupado de lo habitual. También si el miedo se instaló después de un susto concreto (una mordida, un accidente, una hospitalización) y no cede, o si tú mismo estás organizando la vida de la familia alrededor de él.

    La buena noticia es que las fobias infantiles están entre los problemas que mejor responden a tratamiento, y en poco tiempo. En un ensayo nacional británico con 268 niños de 7 a 16 años con fobia específica, el tratamiento en una sola sesión de exposición (OST) no fue inferior a la terapia cognitivo-conductual de varias sesiones a los 6 meses (Wright et al., 2023). Un metaanálisis de 23 ensayos con niños y adolescentes encontró que los tratamientos breves e intensivos tienen remisión comparable a la TCC estándar y menos abandono (Öst y Ollendick, 2017). El OST combina exposición graduada, modelado participante, refuerzo y psicoeducación en una sesión larga (Davis, Ollendick y Öst, 2019); para miedos más leves o en niños más pequeños, unas pocas sesiones con los padres suelen bastar.

    Si el miedo es más social que específico, o viene acompañado de preocupación constante, la evaluación mira el cuadro completo: puede ser ansiedad en niños más amplia que una fobia específica. Y si lo que te preocupa es la separación (llanto al dejarlo en el jardín, negativa a dormir solo por miedo a que te pase algo), ese cuadro tiene su propio recorrido, descrito en el artículo sobre ansiedad por separación.

    Preguntas frecuentes sobre los miedos infantiles

    ¿A qué edad es normal el miedo a la oscuridad?

    Aparece en los primeros dos años, se mantiene entre los 3 y los 8, y tiende a bajar entre los 9 y los 12 (Méndez et al., 2002). Es de los miedos más frecuentes y de los que más consultas generan. Deja de ser normal cuando el niño no puede dormir la mayoría de las noches, la familia reorganiza su rutina alrededor de él o sigue igual pasados los 10 u 11 años.

    ¿Es normal que mi hijo tenga miedo a todo?

    Tener varios miedos a la vez es común: tres de cada cuatro niños de 4 a 12 años reportan miedos y muchos tienen varios (Muris et al., 2000). Más que la cantidad, importa si son proporcionados, si el niño sigue haciendo su vida y si van bajando con la edad. Un niño muy cauteloso ante todo lo nuevo puede tener un temperamento inhibido que conviene acompañar con exposición gradual.

    ¿Cómo sé si es un miedo o una fobia?

    Una fobia cumple dos condiciones a la vez: el miedo es desproporcionado a la situación y su intensidad daña la vida del niño (sufre mucho, evita, se afecta el sueño, el colegio o las relaciones). Los miedos específicos leves casi siempre son normativos; los miedos sociales persistentes merecen atención antes (Laporte et al., 2017). Si dura meses sin ceder, consulta.

    ¿Debo dejar una luz encendida?

    Sí, al principio. Una luz tenue es el primer escalón de una exposición gradual, no un premio a la evitación. La idea es ir bajándola: menos intensa, después solo en el pasillo, después apagada con la puerta entreabierta. Lo que conviene evitar es quedarse en el mismo escalón durante años o pasarlo a tu cama como solución permanente.

    ¿Los cuentos sirven para quitar el miedo?

    Sí, cuando el cuento enseña a enfrentar el miedo y se acompaña de juegos y práctica. Dos ensayos con niños de 4 a 8 años, uno en Brasil y otro en España, mostraron que la biblioterapia guiada por los padres redujo los miedos nocturnos y mejoró el sueño, con efectos que se mantenían meses después (Rafihi-Ferreira et al., 2018; Orgilés et al., 2026). El ingrediente activo es la práctica que propone el cuento.

    ¿Cuánto tarda en tratarse una fobia en un niño?

    Menos de lo que la mayoría de los padres espera. Para fobias específicas, un ensayo con 268 niños de 7 a 16 años mostró que una sola sesión larga de exposición no fue inferior a varias sesiones de TCC (Wright et al., 2023), y un metaanálisis de 23 ensayos encontró remisión comparable con tratamientos breves e intensivos (Öst y Ollendick, 2017). Los miedos leves suelen resolverse con orientación a los padres.

    Lo que conviene recordar

    Los miedos infantiles por edad tienen calendario: ruidos y extraños en los bebés, oscuridad y monstruos en los preescolares, seres imaginarios y colegio en la primera etapa escolar, notas, cuerpo y muerte hacia los diez años, y lo social en la adolescencia. Casi todos se van solos, y los que no se van responden bien a tratamientos breves. Lo que hace la diferencia en casa es sencillo de decir y difícil de sostener: tomar el miedo en serio, no facilitarle la evitación, acercarse de a poco y celebrar cada paso.

    Si el miedo de tu hijo lleva meses, le impide dormir o ir al colegio, o sientes que toda la familia gira alrededor de él, no hace falta esperar a que se le pase. Puedes agendar una consulta para evaluar qué está pasando y armar, con ustedes, un plan de exposición gradual que el niño pueda seguir.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

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    Referencias

    Clauss, J. A., & Blackford, J. U. (2012). Behavioral inhibition and risk for developing social anxiety disorder: A meta-analytic study. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 51(10), 1066-1075.e1. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2012.08.002

    Davis, T. E., Ollendick, T. H., & Öst, L.-G. (2019). One-Session Treatment of specific phobias in children: Recent developments and a systematic review. Annual Review of Clinical Psychology, 15, 233-256. https://doi.org/10.1146/annurev-clinpsy-050718-095608

    Dunning, K. R., Khan, F., Becker-Haimes, E. M., & Guzick, A. G. (2025). When attempts to help backfire: Psychosocial interventions that may inadvertently prolong anxiety among youth. Research on Child and Adolescent Psychopathology, 53(5), 639-653. https://doi.org/10.1007/s10802-025-01317-x

    Gullone, E. (2000). The development of normal fear: A century of research. Clinical Psychology Review, 20(4), 429-451. https://doi.org/10.1016/s0272-7358(99)00034-3

    Kim, S. J., Kim, B. N., Cho, S. C., Kim, J. W., Shin, M. S., Yoo, H. J., & Kim, H. W. (2010). The prevalence of specific phobia and associated co-morbid features in children and adolescents. Journal of Anxiety Disorders, 24(6), 629-634. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2010.04.004

    Kushnir, J., Gothelf, D., & Sadeh, A. (2014). Nighttime fears of preschool children: A potential disposition marker for anxiety? Comprehensive Psychiatry, 55(2), 336-341. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2013.08.019

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    Laporte, P. P., Pan, P. M., Hoffmann, M. S., Wakschlag, L. S., Rohde, L. A., Miguel, E. C., Pine, D. S., Manfro, G. G., & Salum, G. A. (2017). Specific and social fears in children and adolescents: Separating normative fears from problem indicators and phobias. Revista Brasileira de Psiquiatria, 39(2), 118-125. https://doi.org/10.1590/1516-4446-2016-2064

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    Orgilés, M., Belzunegui-Pastor, À., Amorós-Reche, V., & Espada, J. P. (2026). Efficacy of bibliotherapy combined with games to reduce fear of the dark in young children: Results from a clinical trial. European Journal of Pediatrics, 185(5), 282. https://doi.org/10.1007/s00431-026-06918-2

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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