Etiqueta: miedo a ir al gimnasio

  • Vergüenza de ir al gimnasio: cómo perderla y empezar igual

    Vergüenza de ir al gimnasio: cómo perderla y empezar igual

    Pagaste la mensualidad, llevas la mochila al hombro y, frente a la puerta, algo te frena. Imaginas las máquinas ocupadas, los espejos, la gente que ya sabe qué hace y tú ahí, sin saber por dónde partir. Si buscaste “vergüenza de ir al gimnasio”, “cómo perder la vergüenza de ir al gimnasio” o “cómo perder el miedo a ir al gimnasio”, lo que sientes es muy común y tiene explicaciones bastante concretas.

    Esta guía separa lo que suele mezclarse bajo esa vergüenza (miedo a que te miren, comparación, no saber usar las máquinas, el peso del cuerpo), muestra qué dice la investigación sobre cada parte, arma una escalera de exposición para que empieces de a poco y te ayuda a distinguir la vergüenza común de una señal que conviene consultar.

    En breve: la vergüenza de ir al gimnasio mezcla temor a ser evaluado, comparación con otros y desconocimiento del lugar. Evitar el gimnasio la alivia hoy y la mantiene mañana. Lo que funciona es entrar de a poco, en horarios tranquilos y con un plan escrito, y comprobar en la práctica cuánto te miran de verdad. Conviene consultar si la vergüenza te impide hacer algo que quieres, si piensas en tu cuerpo una hora o más al día o si ya controlas la comida o el ejercicio de forma rígida.

    ¿Por qué me da vergüenza ir al gimnasio?

    Porque el gimnasio junta varias cosas que activan el miedo a ser evaluado: espejos, ropa ajustada, cuerpos a la vista, gente que parece competente y equipos que no conoces. Esa mezcla se llama a veces “gymtimidation” (intimidación del gimnasio). Como verás más abajo, no hay una sola causa, y por eso tampoco hay un solo truco.

    Una propuesta teórica reciente (Quinn, 2026) plantea que la ansiedad en el gimnasio es una respuesta comprensible a un lugar con diferencias de poder: quién tiene el cuerpo, el tamaño o la competencia que ese ambiente premia. Según esa lectura, la ansiedad, la vergüenza, la hipervigilancia y la evitación son formas de protegerse de una amenaza percibida (sentirse excluido, invalidado o rechazado). Es un artículo conceptual, sin datos propios, pero ayuda a entender por qué sentirlo no te hace “débil” ni “exagerado”.

    Lo que más pesa: creer que todos te están mirando

    La sensación de ser el centro de todas las miradas tiene nombre en psicología social: efecto foco. En una serie de experimentos, personas que debían usar una camiseta llamativa o participar en una discusión de grupo sobrestimaron cuántos observadores notarían y recordarían su apariencia o sus intervenciones (Gilovich et al., 2000). Los autores lo explican porque partimos de nuestra propia experiencia, que es muy intensa, y ajustamos de menos a lo que realmente ve el otro.

    Ese sesgo sube cuando sientes que te evalúan. En un experimento con una tarea de memoria, quienes la hicieron en una condición de alta evaluación social reportaron más efecto foco y juzgaron peor su desempeño (Brown y Stopa, 2007). Traducido al gimnasio: cuanto más sientes que te juzgan, más seguro parece que te miran, y más sube la vergüenza. Una advertencia: estos estudios miden percepción de la atención ajena en el laboratorio, no lo que pasa en una sala de pesas. Por eso más abajo propongo comprobarlo tú mismo.

    ¿Qué hay debajo de la vergüenza? Cuatro mezclas frecuentes

    Qué se mezclaCómo suena por dentroPor dónde partir
    Ansiedad por el físico en público“Se van a fijar en mi cuerpo”Ropa cómoda, horarios tranquilos, exposición gradual
    Comparación con otros“Todos están más en forma que yo”Medirte contra tu propio punto de partida
    Desconocimiento del lugar“No sé usar esto y se va a notar”Visita guiada, clase de iniciación, plan escrito
    Estigma o vergüenza por el peso“No debería estar aquí con este cuerpo”Entornos amables, apoyo, trabajar la autocrítica

    En el estudio de adultos que hacían ejercicio en gimnasios y otras actividades, las mujeres y las personas con mayor índice de masa corporal reportaron menor aprecio por su cuerpo y más ansiedad por el físico, y quienes tenían menos aprecio corporal y más ansiedad por el físico mostraron menor autoestima (Zartaloudi et al., 2023). Es un estudio transversal, que describe una asociación y no dice qué causa qué.

    Evitar el gimnasio alivia hoy y mantiene la vergüenza mañana

    Cuando adolescentes describieron cómo afrontaban una situación de ansiedad por el físico, la estrategia más citada fue la evitación conductual: la mencionó el 41,5 % de las mujeres y el 33,2 % de los hombres, por delante del manejo de la apariencia y del apoyo social (Kowalski et al., 2006). Evitar funciona a corto plazo, porque la ansiedad baja apenas decides no ir.

    El costo aparece después. Fairburn (2008) explica que la evitación del cuerpo mantiene el problema porque impide poner a prueba en la realidad los miedos que lo sostienen. En el ejercicio, además, el deseo de evitarlo se asocia con hacerlo menos: en universitarias, el estigma por peso se relacionó con más deseo de evitar el ejercicio, incluso controlando el IMC y la insatisfacción corporal, y esa evitación con menos ejercicio moderado e intenso (Vartanian y Shaprow, 2008). En otro estudio, el efecto fue mayor en personas que habían internalizado los estándares de atractivo y las actitudes contra el peso; quienes no los habían internalizado casi no se veían afectados (Vartanian y Novak, 2011).

    Hay un matiz que da esperanza. En entrevistas con 30 adultos con obesidad, la autoexclusión de los espacios de ejercicio tomó varias formas: evitar ciertos lugares, ir solo en horarios puntuales o entrenar en espacios “seguros” como la casa, y no toda autoexclusión significó dejar de moverse (Thedinga et al., 2021). Entrenar en casa mientras te preparas para ir al gimnasio es una versión legítima de empezar.

    Si reconoces el patrón de evitar para sentirte mejor un rato, el artículo sobre la evitación experiencial lo explica en detalle.

    “No puedo ir hasta bajar de peso”: la trampa de cambiar el cuerpo primero

    Cash (2008) describe una creencia que frena a mucha gente: la regla de “no puedo hacer X hasta que mi cuerpo cambie”. En el gimnasio suena a “iré cuando baje cinco kilos”, “no puedo ponerme ropa deportiva hasta tener las piernas más firmes” o “me van a juzgar si me ven entrenar con este cuerpo”. Es una regla que posterga el bienestar y deja tu vida a la espera de tu apariencia, justo en el momento en que ejercitarte te serviría.

    Sacar esa condición de la ecuación abre otra posibilidad: ir para sentirte mejor, no para ganarte el derecho a estar ahí. Si esa idea resuena, mira también cómo funciona la imagen corporal.

    Cómo perder la vergüenza de ir al gimnasio: una escalera de exposición

    La exposición gradual es la herramienta más trabajada para el miedo y la evitación. Consiste en ordenar las situaciones que temes de menos a más difíciles y avanzar un peldaño solo cuando el anterior ya te resulta más llevadero. Los programas cognitivo-conductuales de imagen corporal (Cash, 2008; Fairburn, 2008) la usan para la vergüenza corporal, con una escalera de pasos y una escala de malestar de 0 a 100. Los tratamientos para el trastorno dismórfico corporal hacen algo parecido: reducen de a poco el camuflaje (quitarse una capa de ropa, usar la talla correcta) y convierten cada salida en un experimento (Wilhelm et al., 2012). Si quieres entender mejor la técnica, tienes una guía de jerarquía de exposición y otra sobre cómo funciona la terapia de exposición.

    Un ejemplo de escalera, que puedes ajustar a tu realidad (los números son de malestar esperado, de 0 a 100):

    1. Ir al gimnasio solo a conocerlo, pedir una visita guiada y volver a casa sin entrenar (20).
    2. Entrenar 20 minutos en horario de poca gente, con ropa holgada y una rutina escrita (35).
    3. Repetir el mismo horario durante una semana, hasta que entrar te dé menos ansiedad (40).
    4. Ir a una clase de iniciación, donde todos aprenden y nadie espera que sepas (50).
    5. Quitarte la chaqueta o usar ropa más ligera durante el entrenamiento (60).
    6. Entrenar en una zona con espejos, mirando el movimiento y no tus “defectos” (70).
    7. Ir en un horario más lleno, una o dos veces por semana (80).

    Las variables que puedes graduar son tres. El horario: parte en las horas de poca afluencia y sube de a poco. La ropa: pasar de vestirse para esconderse a vestirse por comodidad es parte del proceso, no un requisito del primer día (Cash, 2008). Los espejos: parte en zonas donde no estén en tu campo visual y avanza hacia mirarte sin inspeccionar zonas concretas del cuerpo (Wilhelm et al., 2012).

    Convierte cada visita en un experimento

    El ingrediente que más aporta a la escalera es comprobar tus predicciones. Antes de entrar, anota qué crees que va a pasar (“la gente me va a mirar y se va a reír”) y cuánto lo crees. Al salir, anota qué pasó de verdad: cuántas personas te miraron más de un segundo, si alguien dijo algo, qué hicieron los demás con su propio rato. Es lo que se llama un experimento conductual.

    En un ensayo con 60 personas con trastorno de ansiedad social, la terapia cognitiva que incluía experimentos conductuales tuvo respuesta en el 97,7 % de los casos frente al 74,9 % con intervenciones solo verbales. La diferencia entre grupos al final no alcanzó significación estadística (p = 0,072), así que es una tendencia y no una prueba cerrada (Yilmaz et al., 2025). Lo que ese estudio sí sugiere es que ir a la situación y mirar qué pasa tiene valor propio. Aplicarlo a un gimnasio es una extensión razonable, no un resultado medido en gimnasios.

    Preparación práctica para tu primer día de gimnasio y tu primera semana

    Estas ideas vienen de lo que repiten las guías sobre el tema y de la lógica de la exposición. No son resultados de estudios sobre gimnasios, pero bajan la cantidad de incertidumbre, que es una parte grande de la vergüenza:

    • Conoce el lugar antes. Pide una visita guiada o una clase de prueba. Saber dónde están los casilleros, las máquinas y los baños quita sorpresas.
    • Lleva un plan escrito. Tres a cinco ejercicios, en orden, con series y repeticiones. Un papel o el celular te evita quedarte parado pensando qué hacer.
    • Elige horarios tranquilos. Las horas de más gente suelen ser las de la tarde noche, así que partir en mañana o mediodía facilita las primeras semanas.
    • Empieza corto. Sesiones de 20 a 30 minutos, dos o tres veces por semana, y subir de a poco. La constancia pesa más que la intensidad.
    • Pide ayuda concreta. Un entrenador o una persona del personal puede mostrarte cómo se usa una máquina. Preguntar es lo que hace casi todo el mundo al principio.
    • Considera una clase guiada. En un estudio con 46 universitarias, tanto una clase de yoga como una de resistencia redujeron la ansiedad por el físico, con una baja mayor tras el yoga (Gammage et al., 2016). Fue una sola clase y se midió justo después, así que muestra un alivio inmediato y no un cambio duradero.

    Qué hacer con la comparación y con la voz interna

    La comparación es el segundo gran combustible de la vergüenza. Si te descubres midiéndote contra el que levanta más peso o la que se ve más en forma, vuelve a tu punto de partida: tu referencia es lo que hacías la semana pasada. El artículo sobre la comparación social desarrolla cómo opera y por qué cuesta tanto soltarla.

    Con la autocrítica, un enfoque útil es la autocompasión. Neff (2003) la define con tres componentes: tratarte con amabilidad en vez de juzgarte, reconocer que fallar o sentir vergüenza es parte de lo humano y observar lo que sientes sin ahogarte en ello. Aplicado al gimnasio, es sustituir “qué ridículo me veo” por lo que le dirías a un amigo que estuviera en tu lugar. Esa aplicación es una sugerencia práctica a partir del concepto; no hay estudios que midan esa técnica breve específicamente en gimnasios.

    Para la vergüenza como emoción, hay un matiz importante: la culpa se refiere a algo que hiciste y la vergüenza a lo que eres (“soy defectuoso”), (Tangney y Dearing, 2002). Por eso la vergüenza empuja a esconderse y la culpa a reparar. Si quieres ir más a fondo, revisa la diferencia entre culpa y vergüenza.

    Entrenar para sentir, no solo para mostrar

    Calogero, Tylka y colaboradores proponen el “ejercicio sintonizado” (2019): moverse con atención a las señales del cuerpo (fuerza, respiración, energía), con autocompasión y eligiendo formas de movimiento que se disfrutan, en vez de ejercitarse para castigarse o gestionar la apariencia. En la práctica, es poner la atención en qué siente tu cuerpo al empujar, no en cómo se ve. Cuando la atención está en la sensación, hay menos espacio para el espectador interno que te evalúa.

    Si eres hombre, si eres mujer, si tienes más peso: matices que cambian el camino

    La vergüenza no se ve igual en todos. Entre las mujeres y las personas con mayor peso, la evidencia muestra más ansiedad por el físico y más experiencias de estigma (Zartaloudi et al., 2023; Vartanian y Shaprow, 2008), por lo que conviene priorizar entornos amables y, si puedes, entrenar con alguien de confianza. En muchos hombres la vergüenza se orienta a verse “chico” o “débil”. En su forma más intensa, la dismorfia muscular, los manuales describen el uso de varias capas de ropa, la evitación de los vestuarios y la imposibilidad de entrenar sin polera (Wilhelm et al., 2012). La mayoría de quienes sienten esa incomodidad no tiene un trastorno, y ese es justo el punto donde conviene distinguir.

    Los gimnasios también pueden ayudar desde su lado. Pickett y Cunningham (2017) señalan que espacios con menos espejos prominentes, otra disposición de las máquinas y más diversidad corporal en sus imágenes reducen la exposición. Si tu gimnasio tiene una sala menos concurrida o clases para principiantes, esa es una buena puerta de entrada.

    ¿Vergüenza común o algo más?

    La mayoría de las veces es vergüenza común y se resuelve con práctica y paciencia. Hay señales de que conviene consultar:

    SeñalQué puede estar pasando
    Piensas en tu cuerpo, tu forma o tu peso una hora o más al díaPreocupación que ya interfiere (posible trastorno dismórfico corporal o de la conducta alimentaria)
    Te chequeas en espejos, te tocas, te pesas o pides tranquilización una y otra vezRituales de comprobación y seguridad
    Restringes comida, te saltas comidas o compensas con ejercicioPosible trastorno de la conducta alimentaria; el cribado SCOFF puede orientarte
    Entrenas más de una o dos horas al día de forma rígida, con culpa si te saltas una sesión, o usas sustancias para cambiar tu cuerpoPosible dismorfia muscular o ejercicio compulsivo; revisa también vigorexia
    Evitas muchas otras situaciones sociales, no solo el gimnasioPosible ansiedad social más general
    La vergüenza te impide hacer cosas que quieres y no mejora tras varias semanas de práctica gradualVale la pena un acompañamiento profesional

    Estos criterios provienen de los manuales de imagen corporal y de los trastornos dismórfico y alimentario (Cash y Smolak, 2011; Fairburn, 2008; Phillips, 2005; Wilhelm et al., 2012; Morgan et al., 1999). Sirven para orientarte; solo una evaluación clínica diagnostica.

    En la ansiedad por el físico hay también un vínculo con los trastornos de la conducta alimentaria. En 77 niñas y adolescentes, la ansiedad por el físico se asoció de forma moderada con insatisfacción corporal y preocupación por el peso y la figura (Thompson y Chad, 2002). Es un dato transversal que invita a mirar la señal, no a asustarse.

    ¿Por qué vale la pena el esfuerzo?

    Una revisión de 97 revisiones sistemáticas, con más de mil ensayos y unas 128.000 personas, encontró que la actividad física reduce los síntomas de depresión, ansiedad y malestar psicológico frente a la atención habitual, también en adultos sanos, aunque la calidad de la mayoría de las revisiones era baja (Singh et al., 2023). La guía de la OMS (resumida también en su ficha sobre actividad física) recomienda para adultos entre 150 y 300 minutos de actividad aeróbica moderada por semana, o 75 a 150 vigorosa, además de fortalecimiento muscular, y subraya que algo de actividad es mejor que nada (Bull et al., 2020). No es necesario un gimnasio para cumplirla, y esa es una buena noticia si la vergüenza es muy alta: caminar, entrenar en casa y bajar la exigencia cuenta.

    Sobre la ansiedad social específicamente, una revisión sistemática con tres metaanálisis encontró que la ansiedad social bajó tras intervenciones de actividad física en estudios longitudinales (d = -0,22), que en los ensayos aleatorizados el efecto no fue estadísticamente significativo y que, en estudios transversales, más actividad se asoció con menos ansiedad social. Los autores la consideran prometedora, pero con evidencia aún limitada (Zika y Becker, 2021).

    ¿Cuándo consultar con un psicólogo?

    Consulta si la vergüenza te impide hacer algo que quieres hacer, si llevas varias semanas aplicando la escalera sin avances, si aparecen las señales de la tabla de arriba o si la vergüenza se extiende a otras situaciones sociales. Un psicólogo clínico puede ayudarte a construir tu escalera, trabajar el efecto foco con experimentos conductuales y revisar la relación con tu cuerpo. Si además hay mareos, pérdida de peso rápida o ejercicio que sigues haciendo con dolor, pide también una evaluación médica.

    Para la ansiedad social en general, el Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. tiene una guía clara, y MedlinePlus reúne información sobre cómo empezar a hacer ejercicio de forma segura.

    Si aparecen ideas de hacerte daño o de morir, no te quedes solo o sola: llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal tener vergüenza de ir al gimnasio?

    Sí. La ansiedad por el físico en público y el temor al juicio ajeno son frecuentes, sobre todo al empezar o al volver tras un tiempo. Se vuelve un problema cuando te impide hacer algo que quieres o cuando va acompañada de control rígido de la comida o del cuerpo (Kowalski et al., 2006; Quinn, 2026).

    ¿Cómo perder el miedo a ir al gimnasio?

    Con exposición gradual: ordenar las situaciones temidas de menos a más difíciles y avanzar de a poco, partiendo en horarios tranquilos, con ropa cómoda y un plan escrito. Comprueba tus predicciones en cada visita en vez de quedarte con la sensación (Cash, 2008).

    ¿La gente realmente me mira en el gimnasio?

    Menos de lo que sientes. Las personas tienden a sobrestimar cuánto notan los demás su apariencia o sus actos, un sesgo llamado efecto foco (Gilovich et al., 2000). La mayoría está concentrada en su propia rutina y en su propia inseguridad.

    ¿Qué hago si siento que no tengo el cuerpo para ir al gimnasio?

    Esa idea es una forma de la creencia “primero cambio el cuerpo y después actúo”. Puedes empezar con el cuerpo que tienes, elegir horarios o clases amables y entrenar para sentirte mejor, no para merecer estar ahí (Cash, 2008).

    ¿Es mejor ir con alguien o ir solo?

    Depende de ti. Acompañarte de alguien de confianza o de un entrenador puede dar seguridad al principio, y a otras personas les genera más presión. Prueba ambas opciones en la escalera y quédate con la que baja más tu ansiedad.

    ¿Cuándo es algo más que vergüenza?

    Cuando piensas en tu cuerpo una hora o más al día, haces chequeos o rituales repetidos, restringes comida o entrenas de forma rígida y con culpa, o la evitación se extiende a otras situaciones sociales. En esos casos conviene consultar con un profesional de salud mental.

    ¿Quieres un acompañamiento para armar tu propia escalera?

    Si te reconociste en esta guía y la vergüenza sigue frenándote, puedes avanzar con un psicólogo clínico en un plan gradual ajustado a lo que más te pesa. Si lo prefieres, agenda una consulta y partimos por identificar qué parte de la vergüenza pesa más en tu caso.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Brown, M. A., & Stopa, L. (2007). The spotlight effect and the illusion of transparency in social anxiety. Journal of Anxiety Disorders, 21(6), 804-819. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2006.11.006
    • Bull, F. C., Al-Ansari, S. S., Biddle, S., Borodulin, K., Buman, M. P., Cardon, G., Carty, C., Chaput, J.-P., Chastin, S., Chou, R., Dempsey, P. C., DiPietro, L., Ekelund, U., Firth, J., Friedenreich, C. M., Garcia, L., Gichu, M., Jago, R., Katzmarzyk, P. T., Lambert, E., Leitzmann, M., Milton, K., Ortega, F. B., Ranasinghe, C., Stamatakis, E., Tiedemann, A., Troiano, R. P., van der Ploeg, H. P., Wari, V., & Willumsen, J. F. (2020). World Health Organization 2020 guidelines on physical activity and sedentary behaviour. British Journal of Sports Medicine, 54(24), 1451-1462. https://doi.org/10.1136/bjsports-2020-102955
    • Calogero, R. M., Tylka, T. L., Hartman McGilley, B., & Pedrotty-Stump, K. N. (2019). Attunement with exercise (AWE). En N. Piran & T. L. Tylka (Eds.), Handbook of positive body image and embodiment: Constructs, protective factors, and interventions. Oxford University Press.
    • Cash, T. F. (2008). The body image workbook: An eight-step program for learning to like your looks (2.ª ed.). New Harbinger Publications.
    • Cash, T. F., & Smolak, L. (Eds.). (2011). Body image: A handbook of science, practice, and prevention (2.ª ed.). The Guilford Press.
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. The Guilford Press.
    • Gammage, K. L., Drouin, B., & Lamarche, L. (2016). Comparing a yoga class with a resistance exercise class: Effects on body satisfaction and social physique anxiety in university women. Journal of Physical Activity and Health, 13(11), 1202-1209. https://doi.org/10.1123/jpah.2015-0642
    • Gilovich, T., Medvec, V. H., & Savitsky, K. (2000). The spotlight effect in social judgment: An egocentric bias in estimates of the salience of one’s own actions and appearance. Journal of Personality and Social Psychology, 78(2), 211-222. https://doi.org/10.1037/0022-3514.78.2.211
    • Kowalski, K. C., Mack, D. E., Crocker, P. R. E., Niefer, C. B., & Fleming, T.-L. (2006). Coping with social physique anxiety in adolescence. Journal of Adolescent Health, 39(2), 275.e9-275.e16. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2005.12.015
    • Morgan, J. F., Reid, F., & Lacey, J. H. (1999). The SCOFF questionnaire: Assessment of a new screening tool for eating disorders. BMJ, 319(7223), 1467-1468. https://doi.org/10.1136/bmj.319.7223.1467
    • Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85-101. https://doi.org/10.1080/15298860309032
    • Phillips, K. A. (2005). The broken mirror: Understanding and treating body dysmorphic disorder (ed. rev. y ampliada). Oxford University Press.
    • Pickett, A. C., & Cunningham, G. B. (2017). Physical activity for every body: A model for managing weight stigma and creating body-inclusive spaces. Quest, 69(1), 19-36. https://doi.org/10.1080/00336297.2016.1145129
    • Quinn, F. (2026). Understanding social gym intimidation and anxiety using the power-threat-meaning framework. Frontiers in Sports and Active Living, 8, Artículo 1712367. https://doi.org/10.3389/fspor.2026.1712367
    • Singh, B., Olds, T., Curtis, R., Dumuid, D., Virgara, R., Watson, A., Szeto, K., O’Connor, E., Ferguson, T., Eglitis, E., Miatke, A., Simpson, C. E., & Maher, C. (2023). Effectiveness of physical activity interventions for improving depression, anxiety and distress: An overview of systematic reviews. British Journal of Sports Medicine, 57(18), 1203-1209. https://doi.org/10.1136/bjsports-2022-106195
    • Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. The Guilford Press.
    • Thedinga, H. K., Zehl, R., & Thiel, A. (2021). Weight stigma experiences and self-exclusion from sport and exercise settings among people with obesity. BMC Public Health, 21, Artículo 565. https://doi.org/10.1186/s12889-021-10565-7
    • Thompson, A. M., & Chad, K. E. (2002). The relationship of social physique anxiety to risk for developing an eating disorder in young females. Journal of Adolescent Health, 31(2), 183-189. https://doi.org/10.1016/s1054-139x(01)00397-4
    • Vartanian, L. R., & Novak, S. A. (2011). Internalized societal attitudes moderate the impact of weight stigma on avoidance of exercise. Obesity, 19(4), 757-762. https://doi.org/10.1038/oby.2010.234
    • Vartanian, L. R., & Shaprow, J. G. (2008). Effects of weight stigma on exercise motivation and behavior: A preliminary investigation among college-aged females. Journal of Health Psychology, 13(1), 131-138. https://doi.org/10.1177/1359105307084318
    • Wilhelm, S., Phillips, K. A., & Steketee, G. (2012). Cognitive-behavioral therapy for body dysmorphic disorder: A treatment manual. The Guilford Press.
    • Yilmaz, C., Nemani, A., Schittenhelm, J., Clark, D. M., Thew, G., & Stangier, U. (2025). Behavioral experiments vs. verbal interventions in cognitive therapy for social anxiety disorder: A randomized controlled trial. Behaviour Research and Therapy, 193, Artículo 104825. https://doi.org/10.1016/j.brat.2025.104825
    • Zartaloudi, A., Christopoulos, D., Kelesi, M., Govina, O., Mantzorou, M., Adamakidou, T., Karvouni, L., Koutelekos, I., Evangelou, E., Fasoi, G., & Vlachou, E. (2023). Body image, social physique anxiety levels and self-esteem among adults participating in physical activity programs. Diseases, 11(2), Artículo 66. https://doi.org/10.3390/diseases11020066
    • Zika, M. A., & Becker, L. (2021). Physical activity as a treatment for social anxiety in clinical and non-clinical populations: A systematic review and three meta-analyses for different study designs. Frontiers in Human Neuroscience, 15, Artículo 653108. https://doi.org/10.3389/fnhum.2021.653108

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta