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  • Mi hijo no estudia ni trabaja: qué puede estar pasando y qué hacer

    Mi hijo no estudia ni trabaja: qué puede estar pasando y qué hacer

    Si estás pensando “mi hijo no estudia ni trabaja y no sé qué hacer”, probablemente llevas tiempo dándole vueltas a las mismas preguntas. ¿Es flojera? ¿Está deprimido? ¿Le toca a él o me toca a mí? ¿Lo estoy ayudando o estoy sosteniendo el problema? En esta situación, casi todo lo que se intenta por impulso termina en una pelea.

    Esta guía separa lo que suele ser una pausa normal de lo que merece atención, repasa las causas más frecuentes según la investigación y propone pasos concretos para conversar, acordar y pedir ayuda.

    Respuesta corta: que un joven pase unos meses sin estudiar ni trabajar puede ser parte de la búsqueda propia de los 18 a los 29 años. Preocupa cuando hay desánimo sostenido, aislamiento, consumo o pérdida de esperanza. Lo que más ayuda es preguntar sin sermonear, descartar un problema de salud, acordar metas pequeñas con condiciones claras y, si hace falta, consultar a un profesional.

    ¿Es normal que mi hijo no estudie ni trabaje a esta edad?

    Depende de cómo se vea la pausa. Arnett (2023) describe la adultez emergente como una etapa de exploración, inestabilidad y posibilidades, y reconoce que tomarse un tiempo para decidir qué estudiar o en qué trabajar forma parte del camino. Robinson (2020) la entiende como una moratoria: el joven posterga compromisos definitivos mientras ordena sus valores. Para entender mejor esta etapa puedes leer sobre la adultez emergente.

    En Chile no es una situación rara. La 11.ª Encuesta Nacional de Juventudes (INJUV, 2025) registró que 10,0 % de las personas de 15 a 29 años declara que no estudia ni trabaja. En 2022 fue 10,7 % y en 2018, 17,3 %. Es decir, uno de cada diez jóvenes pasa por esto, y los motivos son muy distintos entre sí.

    Lo que cambia el pronóstico es el tipo de pausa. Arnett (2023) distingue la exploración productiva de la deriva (floundering), en la que el joven flota sin dirección ni nuevas habilidades. Robinson (2020) añade dos patrones de riesgo:

    • La crisis de exclusión: la persona quiere avanzar, pero cada intento termina en rechazo y se siente atrapada.
    • La exploración rumiativa: dudas que dan vueltas sin llegar a una decisión.

    Señales de una pausa que probablemente cumple su función: conserva interés por algo, prueba cosas, mantiene amistades y habla del futuro con algo de esperanza. Señales de estancamiento: se apaga el interés por todo, se aísla, duerme o juega la mayor parte del día y deja de imaginar un futuro.

    Qué puede haber detrás de que mi hijo no estudie ni trabaje

    La investigación muestra que no existe una causa única. Un estudio con 1.071 jóvenes de Ciudad de México encontró que 12,6 % de quienes no estudiaban ni trabajaban lo hacía por elección, y que otros no sabían qué hacer con su vida. Por eso conviene entender cuál es el caso de tu hijo antes de decidir qué hacer (Gutiérrez-García et al., 2018).

    Un problema de salud mental que empezó antes

    Es la asociación mejor documentada. Una revisión de 41 estudios europeos, con más de 8,9 millones de personas, asoció con fuerza TDAH, autismo, depresión, trastorno límite de la personalidad y psicosis en la infancia o adolescencia con terminar fuera del estudio y del trabajo (Lindblad et al., 2024).

    En una cohorte australiana de 1.938 adolescentes, los trastornos mentales comunes persistentes en la adolescencia elevaron el riesgo de no estudiar ni trabajar a los 20 años (OR ajustado 1,60), igual que el consumo frecuente de cannabis (1,74) y las conductas disruptivas repetidas (1,71) (Rodwell et al., 2018).

    Un metaanálisis de 24 estudios mostró que los jóvenes en esta situación tienen más depresión, ansiedad y consumo de sustancias, y que los datos longitudinales apuntan a que los problemas de salud mental suelen venir primero (Gariépy et al., 2022). Si te preguntas por la depresión, el artículo sobre depresión en adolescentes explica cómo se ve en los más jóvenes.

    No saber qué hacer con la propia vida

    En el mismo estudio mexicano, quienes estaban en esta situación porque no sabían qué hacer con su vida tenían más trastornos del ánimo, de conducta y por consumo que quienes lo habían elegido (Gutiérrez-García et al., 2018).

    Es un cuadro frecuente en jóvenes que sienten que eligieron mal o que no encuentran un rumbo. Si te suena, revisa también no sé qué hacer con mi vida y me equivoqué de carrera.

    Menos pereza de la que parece

    Cuesta creerlo cuando lo ves en el sofá toda la tarde. Aun así, en una cohorte británica de 2.232 gemelos, los jóvenes que a los 18 años no estudiaban ni trabajaban se declaraban comprometidos con trabajar y decían buscar empleo con más dedicación que sus pares.

    Reportaban menos habilidades “blandas” (trabajo en equipo, comunicación, toma de decisiones). Los autores concluyen que no parece un problema de motivación y proponen trabajar esas habilidades y la salud mental (Goldman-Mellor et al., 2016).

    Desde la psicología, Seligman (1975) explicó cómo la experiencia repetida de que el esfuerzo no cambia nada puede apagar el intento: la persona se vuelve pasiva y le cuesta reconocer los logros cuando ocurren. La terapia de aceptación y compromiso agrega otro mecanismo, la evitación: se pone la vida en pausa a la espera de que el malestar o el miedo al fracaso desaparezcan (Hayes et al., 2012).

    Pantallas y videojuegos

    Muchos padres ven las horas de videojuegos como la causa. A veces lo es, pero con frecuencia son la consecuencia.

    La CIE-11 define el trastorno por videojuegos por la pérdida de control, la prioridad creciente del juego sobre otras actividades y la continuación pese a las consecuencias, con deterioro importante y, por lo general, 12 meses de evolución (Arias Horcajadas y Orio, 2024). Las horas por sí solas no bastan para el diagnóstico.

    Si el ánimo bajo, la apatía y la inhibición social aparecieron antes de que el juego se volviera masivo, el cuadro de fondo suele ser depresión o ansiedad, y el joven usa la pantalla para adormecer el malestar. Ambos cuadros pueden coexistir y se refuerzan entre sí.

    Aislamiento extremo

    Algunos jóvenes llegan a un aislamiento social severo y prolongado. En Japón se le llama hikikomori.

    Un metaanálisis de 19 estudios con más de 58.000 participantes estimó una prevalencia de 8,0 % (IC 95 % 4,9 a 12,9), con valores mucho más altos según el cuestionario usado (21,7 % con el HQ-25 frente a 5,0 % con otros) (Zhang et al., 2025). Esa diferencia indica que no hay una medida única, y la cifra debe leerse con cautela.

    La expresión “fracaso para despegar” (failure to launch) tampoco es un diagnóstico. Una revisión narrativa de 2026 la describe como un cuadro frecuente en consulta pero casi sin investigación sistemática (Calentino et al., 2026). Algo parecido ocurre con el llamado síndrome de Peter Pan, que tampoco figura como diagnóstico en los manuales.

    Cuidados y condiciones laborales

    La Encuesta de Juventudes preguntó a quienes no estudian ni trabajan bajo qué condición volverían a buscar empleo. El 23,3 % mencionó resolver los cuidados (33,3 % de las mujeres y 4,3 % de los hombres) y el 20,4 % mejores condiciones laborales, que fue la primera razón entre los hombres (28,8 %).

    Otro 12,3 % dijo que volvería si pudiera terminar sus estudios (INJUV, 2025). Si tu hija es la que está en casa, conviene preguntar quién cuida a quién.

    Señales de que conviene una evaluación profesional

    No hace falta esperar a que la situación explote. Conviene consultar si ocurre alguna de estas cosas:

    • Ánimo triste, vacío o sin esperanza, o pérdida de interés por casi todo, durante dos semanas o más.
    • Cambios marcados en el sueño (insomnio, o pasar el día en cama) y en el apetito, con cansancio persistente.
    • Aislamiento sostenido de amigos y familia, con ideas como “no sirvo para nada” o “soy una carga”.
    • Consumo frecuente de alcohol, cannabis u otras sustancias.
    • Juego o pantallas que desplazan todo lo demás, con irritabilidad intensa cuando se interrumpen.
    • Cualquier comentario sobre desear no despertar, morir o hacerse daño.

    Estos criterios de duración y síntomas siguen lo que describen Beck et al. (2024) para evaluar la depresión. El último punto exige atención inmediata.

    En el metaanálisis de Gariépy et al. (2022), quienes estaban fuera del estudio y del trabajo tenían casi el triple de probabilidades de presentar suicidalidad (OR 2,84), y el seguimiento de adolescentes mexicanos mostró que las mayores diferencias con sus pares estaban en el riesgo de conducta suicida (Gutiérrez-García et al., 2017).

    Si tu hijo o hija habla de morir o de hacerse daño, no lo dejes solo, pregunta con calma y directamente, y llama a la Línea de Prevención del Suicidio del MINSAL, el *4141 (gratuito desde celulares, las 24 horas), o acude a urgencias.

    Qué hacer cuando mi hijo no estudia ni trabaja: paso a paso

    1. Conversa en un momento tranquilo, con preguntas en vez de sermones. McGoldrick et al. (2015) proponen pasar del rol de supervisor al de consultor a demanda: estar disponible, preguntar qué le pasa y qué ha pensado, y dar opinión cuando la pida.
    2. Descarta primero lo médico y lo psicológico. Si ves alguna señal de la lista anterior, parte por una evaluación. Con depresión o ansiedad sin tratar, los planes de estudio o trabajo suelen fracasar.
    3. Acuerda un plan con términos claros. Pillemer (2021) recomienda definir qué ayuda se mantiene y bajo qué condiciones: estar en un curso, destinar horas a buscar trabajo, colaborar en la casa o asistir a terapia. La conversación se hace con calma, y lo acordado se cumple.
    4. Busca lo mínimo aceptable y empieza pequeño. Pillemer (2021) sugiere preguntarse qué avance mínimo podrías aceptar como punto de partida. Robinson (2020) propone experimentos semanales: probar un voluntariado, un curso corto o un trabajo de pocas horas, sin exigir un proyecto de vida completo.
    5. Pide una contribución en el hogar. Compartir tareas o aportar algo simbólico si trabaja ayuda a que el joven se sienta un adulto en la casa, no un niño atendido (McGoldrick et al., 2015). El artículo sobre hijos adultos que no se van de casa desarrolla este punto desde el lado de los padres.
    6. Cuídate tú también. En una cohorte surcoreana de 4.659 padres, la incidencia de depresión fue mayor cuando un hijo adulto volvía al hogar, sobre todo si estaba desempleado (Choi et al., 2026). Es otro contexto cultural y no hay que extrapolar cifras, pero indica que la convivencia pesa también sobre los padres.

    Minuchin (1974), desde la terapia familiar estructural, describe que en la transición a la adultez joven la familia debe pasar de un trato de «padres e hijo niño» a uno de «padres y adulto joven». En familias muy aglutinadas, intentar independizarse puede vivirse como una traición, y los síntomas pueden terminar sosteniendo la dependencia.

    Es una hipótesis clínica: no dice que los padres causen el problema, solo invita a mirar cuánto espacio de adulto tiene el joven en casa.

    Errores que suelen empeorar la situación

    Según los libros que revisamos, estas conductas aparecen una y otra vez, casi siempre por frustración o miedo:

    • Los sermones y los interrogatorios diarios: provocan evasión, resentimiento y regresión a un rol de niño (McGoldrick et al., 2015).
    • Los ultimátums lanzados desde el enojo y sin plan (“si no cambias, te vas”): suelen fracasar y erosionan la confianza (Pillemer, 2021).
    • Resolverle todo, hacer sus trámites o pagarlo todo sin condiciones. Arnett (2023) vincula la sobreprotección con más depresión y menos autoeficacia. Si quieres revisar este punto, lee sobre padres controladores.
    • Compararlo con hermanos o con tu propia juventud (“a tu edad yo ya mantenía una casa”): suele aumentar la vergüenza y la sensación de ser una carga.
    • Premiar con atención solo cuando está postrado y pasar por alto sus pequeños intentos de iniciativa.

    Qué ayuda de verdad: lo que dice la investigación sobre tratamiento

    Hay menos evidencia de la que sería deseable. Una revisión sistemática de 2024 analizó nueve ensayos de intervenciones para jóvenes fuera del estudio y del trabajo: cinco mostraron efecto en el empleo y tres en educación o formación, y algunos también en salud mental y autoestima. Sus autores advierten que faltan estudios rigurosos (Stea et al., 2024).

    Sobre terapia psicológica, un estudio con 20.293 jóvenes de 18 a 24 años atendidos en servicios del Reino Unido halló que quienes estaban en esta situación se recuperaban menos y abandonaban más.

    Asistir a más sesiones se asoció con mejores resultados (razón de odds de recuperación 1,10 por cada sesión adicional) (Buckman et al., 2023). Es una asociación, no prueba de causa, pero sugiere que conviene sostener el proceso en vez de cortarlo a las primeras semanas.

    Otro ensayo con 270 jóvenes de 16 a 25 años con discapacidad social y problemas de salud mental graves comparó una terapia de recuperación social con atención estándar reforzada. No hubo diferencias entre ambas, y las dos mejoraron mucho en horas semanales de actividad estructurada (Berry et al., 2022). La lectura práctica es que una atención bien organizada ya produce avances.

    Cuando hay depresión, la activación conductual es una de las opciones con más respaldo. Consiste en registrar lo que se hace, elegir actividades con sentido y avanzar por pasos graduados: levantarse a una hora fija, salir al balcón, caminar por la cuadra, ir a un lugar cercano.

    Un ensayo de 440 adultos con depresión mayor la encontró no inferior a la terapia cognitivo-conductual (Richards et al., 2016), y otro halló que en depresión más grave fue comparable a los antidepresivos (Dimidjian et al., 2006). Ambos estudiaron adultos, no específicamente jóvenes fuera del estudio y del trabajo.

    Para las familias de personas con aislamiento extremo todavía no hay un programa con eficacia comprobada. Un ensayo piloto japonés de un programa de tres días para familiares quedó incompleto por la pandemia y no permitió concluir su eficacia (Kubo et al., 2022). Mientras tanto, lo más sensato es trabajar con un profesional que conozca el caso concreto.

    Preguntas frecuentes

    ¿Mi hijo está deprimido o es flojera?

    Desde fuera es difícil distinguirlo. En la depresión suele estar afectado el deseo de empezar y la capacidad de disfrutar, con una visión negativa de sí mismo, del mundo y del futuro (Beck et al., 2024). Si el desánimo dura más de dos semanas, afecta el sueño y el apetito o aparece aislamiento, conviene una evaluación profesional.

    ¿Cuánto tiempo sin estudiar ni trabajar es normal?

    Una pausa de algunos meses para reordenarse puede ser razonable si el joven conserva interés, prueba cosas y mantiene vínculos (Robinson, 2020). Importa más la dirección que la duración: si hay avances pequeños o si todo se apagó. Cuando se prolonga y viene con aislamiento, desesperanza o consumo, no hay que esperar.

    ¿Debo echarlo de la casa?

    Los ultimátums lanzados desde el enojo y sin plan suelen fracasar (Pillemer, 2021). Funciona mejor un acuerdo claro y sereno, con condiciones definidas para mantener la ayuda y consecuencias conocidas de antemano. Si hay consumo, violencia o riesgo, la situación cambia y conviene pedir orientación profesional antes de decidir.

    ¿Qué hago si no quiere ir al psicólogo?

    Puedes empezar tú consultando para recibir orientación y ofrecerle opciones sin presionarlo. A los 18 años o más la decisión de tratarse es suya. Suele ayudar proponer una primera sesión puntual, en línea si le da menos vergüenza, y mantener abierta la puerta sin retar. Revisa terapia online o presencial.

    ¿Es adicción a los videojuegos?

    Solo se plantea ese diagnóstico ante pérdida de control, prioridad creciente del juego, continuación pese a daños y deterioro importante, por lo general durante 12 meses (Arias Horcajadas y Orio, 2024). Muchas veces el juego es una forma de evitar la tristeza o la ansiedad, y tratar esa base reduce el juego. Una evaluación puede aclarar el orden de los síntomas.

    ¿Pasa lo mismo con una hija?

    En parte. La encuesta de juventudes muestra que entre las mujeres jóvenes que no estudian ni trabajan los cuidados pesan mucho más (33,3 % los menciona como condición para volver a buscar trabajo, frente a 4,3 % de los hombres) (INJUV, 2025). Antes de pensar en desmotivación, vale la pena preguntar por la carga de cuidado y por qué apoyos necesita.

    Si esta situación te tiene agotado o agotada, y no sabes cómo acompañar a tu hijo sin pelear, conversemos y armamos un plan para tu caso.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Arias Horcajadas, F., & Orio, L. (Coords.). (2024). Guía clínica sobre adicciones comportamentales basada en la evidencia. Socidrogalcohol.

    Arnett, J. J. (2023). Emerging adulthood: The winding road from the late teens through the twenties (3rd ed.). Oxford University Press.

    Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F., & Emery, G. (2024). Cognitive therapy of depression (2nd ed.). The Guilford Press.

    Berry, C., Hodgekins, J., French, P., Clarke, T., Shepstone, L., Barton, G., Banerjee, R., Byrne, R., Fraser, R., Grant, K., Greenwood, K., Notley, C., Parker, S., Wilson, J., Yung, A. R., & Fowler, D. (2022). Clinical and cost-effectiveness of social recovery therapy for the prevention and treatment of long-term social disability among young people with emerging severe mental illness (PRODIGY): Randomised controlled trial. The British Journal of Psychiatry, 220(3), 154-162. https://doi.org/10.1192/bjp.2021.206

    Buckman, J. E. J., Stott, J., Main, N., Antonie, D. M., Singh, S., Naqvi, S. A., Aguirre, E., Wheatley, J., Cirkovic, M., Leibowitz, J., Cape, J., Pilling, S., & Saunders, R. (2023). Understanding the psychological therapy treatment outcomes for young adults who are not in education, employment, or training (NEET), moderators of outcomes, and what might be done to improve them. Psychological Medicine, 53(7), 2808-2819. https://doi.org/10.1017/s0033291721004773

    Calentino, A. E., Lawhead, C., & Klein, D. N. (2026). Failure to launch (FTL): A narrative review and call for research. Clinical Child and Family Psychology Review. https://doi.org/10.1007/s10567-026-00582-6

    Choi, S., Choi, E., & Jang, S.-Y. (2026). Intergenerational coresidence and parental depression: A discrete-time survival analysis of the “boomerang kids” phenomenon. Preventive Medicine Reports, 65, 103458. https://doi.org/10.1016/j.pmedr.2026.103458

    Dimidjian, S., Hollon, S. D., Dobson, K. S., Schmaling, K. B., Kohlenberg, R. J., Addis, M. E., Gallop, R., McGlinchey, J. B., Markley, D. K., Gollan, J. K., Atkins, D. C., Dunner, D. L., & Jacobson, N. S. (2006). Randomized trial of behavioral activation, cognitive therapy, and antidepressant medication in the acute treatment of adults with major depression. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 74(4), 658-670. https://doi.org/10.1037/0022-006X.74.4.658

    Gariépy, G., Danna, S. M., Hawke, L., Henderson, J., & Iyer, S. N. (2022). The mental health of young people who are not in education, employment, or training: A systematic review and meta-analysis. Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, 57(6), 1107-1121. https://doi.org/10.1007/s00127-021-02212-8

    Goldman-Mellor, S., Caspi, A., Arseneault, L., Ajala, N., Ambler, A., Danese, A., Fisher, H., Hucker, A., Odgers, C., Williams, T., Wong, C., & Moffitt, T. E. (2016). Committed to work but vulnerable: Self-perceptions and mental health in NEET 18-year olds from a contemporary British cohort. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 57(2), 196-203. https://doi.org/10.1111/jcpp.12459

    Gutiérrez-García, R. A., Benjet, C., Borges, G., Méndez Ríos, E., & Medina-Mora, M. E. (2017). NEET adolescents grown up: Eight-year longitudinal follow-up of education, employment and mental health from adolescence to early adulthood in Mexico City. European Child & Adolescent Psychiatry, 26(12), 1459-1469. https://doi.org/10.1007/s00787-017-1004-0

    Gutiérrez-García, R. A., Benjet, C., Borges, G., Méndez Ríos, E., & Medina-Mora, M. E. (2018). Emerging adults not in education, employment or training (NEET): Socio-demographic characteristics, mental health and reasons for being NEET. BMC Public Health, 18, Article 1201. https://doi.org/10.1186/s12889-018-6103-4

    Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). The Guilford Press.

    Instituto Nacional de la Juventud. (2025). Informe ejecutivo: 11.ª Encuesta Nacional de Juventudes. INJUV.

    Kubo, H., Urata, H., Sakai, M., Nonaka, S., Kishimoto, J., Saito, K., Tateno, M., Kobara, K., Fujisawa, D., Hashimoto, N., Suzuki, Y., Honda, Y., Nakao, T., Otsuka, K., Kanba, S., Kuroki, T., & Kato, T. A. (2022). 3-day intervention program for family members of hikikomori sufferers: A pilot randomized controlled trial. Frontiers in Psychiatry, 13, Article 1029653. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.1029653

    Lindblad, V., Ravn, R. L., Gaardsted, P. S., Hansen, L. E. M., Lauritzen, F. F., & Melgaard, D. (2024). Beyond the mind: Understanding the influence of mental health on youth NEET status in Europe: A systematic literature review. Journal of Adolescence, 96(7), 1428-1444. https://doi.org/10.1002/jad.12374

    McGoldrick, M., Garcia Preto, N. A., & Carter, B. (Eds.). (2015). The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5th ed.). Pearson.

    Minuchin, S. (1974). Families and family therapy. Harvard University Press.

    Pillemer, K. (2021). Fault lines: Fractured families and how to mend them. Avery.

    Richards, D. A., Ekers, D., McMillan, D., Taylor, R. S., Byford, S., Warren, F. C., Barrett, B., Farrand, P. A., Gilbody, S., Kuyken, W., O’Mahen, H., Watkins, E. R., Wright, K. A., Hollon, S. D., Reed, N., Rhodes, S., Fletcher, E., & Finning, K. (2016). Cost and outcome of behavioural activation versus cognitive behavioural therapy for depression (COBRA): A randomised, controlled, non-inferiority trial. The Lancet, 388(10047), 871-880. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(16)31140-0

    Robinson, O. C. (2020). Development through adulthood: An integrative sourcebook (2nd ed.). Red Globe Press.

    Rodwell, L., Romaniuk, H., Nilsen, W., Carlin, J. B., Lee, K. J., & Patton, G. C. (2018). Adolescent mental health and behavioural predictors of being NEET: A prospective study of young adults not in employment, education, or training. Psychological Medicine, 48(5), 861-871. https://doi.org/10.1017/s0033291717002434

    Seligman, M. E. P. (1975). Helplessness: On depression, development, and death. W. H. Freeman.

    Stea, T. H., Bertelsen, T. B., Fegran, L., Sejersted, E., Kleppang, A. L., & Fyhn, T. (2024). Interventions targeting young people not in employment, education or training (NEET) for increased likelihood of return to school or employment: A systematic review. PLOS ONE, 19(6), e0306285. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0306285

    Zhang, W., Chen, M., Feng, Y., Su, Z., Cheung, T., Jackson, T., Zhang, Q., & Xiang, Y. (2025). Epidemiology of hikikomori: A systematic review and meta-analysis of 19 studies. Psychiatry and Clinical Neurosciences, 79(4), 138-146. https://doi.org/10.1111/pcn.13768

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Hijos adultos que no se van de casa: qué hacer como padre

    Hijos adultos que no se van de casa: qué hacer como padre

    Tienes un hijo o una hija de 28, 30 o 35 años que sigue en casa, y cada vez pesa más la pregunta de qué hiciste mal o qué hacer ahora. Si los hijos adultos que no se van de casa son un tema en tu mesa a la hora de once, esta situación es mucho más común de lo que se habla, y tiene salidas menos dramáticas de lo que parece.

    Este artículo revisa qué dice la investigación sobre esta convivencia vista desde el lado de los padres: cómo te afecta, por qué puede estar pasando, cómo ordenar acuerdos concretos y cuándo conviene pedir ayuda profesional.

    La edad del hijo dice poco. Pesan el motivo por el que sigue ahí, cómo se tratan como adultos y si su vida avanza, aunque sea despacio.

    Respuesta corta: hijos adultos que no se van de casa, ¿qué hacer?

    Lo que mejor respaldo tiene en la teoría familiar es dejar de dirigir y pasar a ser consultor a demanda: aconsejas cuando te piden consejo, y todo lo demás se pacta con acuerdos concretos (aporte económico, tareas, privacidad, plazos de revisión). Si además hay síntomas de depresión, ansiedad, consumo de sustancias o aislamiento total, la prioridad es una evaluación clínica, no un ultimátum.

    ¿Existe el «síndrome de failure to launch»?

    La expresión failure to launch («fallar en el despegue») se usa para describir a jóvenes adultos capaces que viven con sus padres y no estudian ni trabajan. Ningún manual diagnóstico la reconoce como trastorno. Una revisión narrativa de 2026 la describe como un cuadro frecuente en consulta, porque los padres buscan ayuda para sus hijos y para sí mismos, pero casi sin investigación sistemática. Se solapa con la condición NEET (ni estudia ni trabaja), con la generación «boomerang» y con el aislamiento social extremo, y los autores reconocen que su origen, su curso y su tratamiento están por estudiar (Calentino et al., 2026).

    Dicho de otro modo: el rótulo ayuda a ponerle nombre a lo que ves, pero no explica por qué ocurre en tu casa ni dice qué hacer. Eso se mira caso a caso.

    Robinson (2020) recoge una tipología de trayectorias hacia la adultez (de Osgood y colegas) que incluye a los slow starters, el 14 % de la muestra: jóvenes que viven con sus padres, sin pareja ni empleo estable y con poca formación, y que posponen los compromisos adultos sin hacer lo necesario para estar listos cuando lleguen. Es un patrón descrito en investigación del desarrollo, no una etiqueta clínica.

    ¿Qué tan común es que un hijo adulto siga en casa?

    Más de lo que se cree. En Chile, la 11.ª Encuesta Nacional de Juventudes del INJUV indica que el 68,2 % de las personas de 15 a 29 años vive con su padre o su madre. En el tramo de 25 a 29 años baja, pero sigue siendo más de la mitad: 52,8 %. La encuesta no mide a los mayores de 29, así que no hay una cifra equivalente para quienes tienen 30 o más. En la misma encuesta, el 10 % de los jóvenes ni estudia ni trabaja.

    Fuera de Chile ocurre algo parecido. Arnett (2024) señala que en el sur de Europa lo habitual es salir de casa cerca de los 30, y que en Estados Unidos cerca de la mitad de los veinteañeros vuelve a casa de sus padres al menos una vez.

    Hay una cara menos visible. En 19 países europeos, muchos jóvenes que viven en casa aportan parte de sus ingresos al hogar, y en una minoría de hogares, sobre todo en países de menores ingresos, ese aporte mantiene a la familia fuera de la pobreza (Iacovou y Davia, 2019). La convivencia no siempre es una carga económica en una sola dirección.

    ¿Cómo les afecta a los padres tener un hijo adulto en casa?

    Depende de la persona, del hijo y del contexto. Los datos más citados vienen de la encuesta Clark Parents Poll, que Arnett (2024) resume: el 61 % de los padres con un hijo de 18 a 29 años en casa calificó la convivencia como mayormente positiva y solo el 6 % como mayormente negativa. Muchos dijeron sentirse más cercanos a su hijo (67 %) y disfrutar de su compañía (66 %).

    Al mismo tiempo, ese mismo trabajo registra costos concretos: el 40 % reportó más estrés financiero, el 40 % dijo preocuparse más porque ve cada altibajo de su hijo de cerca, y el 42 % señaló el dinero como la primera fuente de conflicto. Un 29 % tenía menos tiempo para sí mismo y un 27 % menos intimidad con su pareja.

    Los estudios sobre salud mental de los padres muestran un cuadro mixto:

    • En 4.659 padres de un panel surcoreano, la incidencia de depresión fue mayor cuando un hijo adulto volvía a casa, sobre todo si el hijo estaba sin trabajo (Choi et al., 2026). Es un contexto de Asia oriental, y no conviene trasladar las cifras a Chile.
    • En padres españoles de 50 a 75 años, vivir con hijos de 30 años o más tuvo un efecto negativo en su bienestar, mientras que convivir con hijos de 18 a 29 no lo afectó. El efecto apareció en las madres y al convivir con hijos varones (Gil-Moltó y Hole, 2024).
    • En Estados Unidos, vivir con un hijo adulto se asoció a más síntomas depresivos en padres blancos, y la salud mental de los padres empeoraba cuando el hijo no trabajaba o necesitaba ayuda por limitaciones funcionales (Caputo y Cagney, 2023).
    • Sobre la pareja de los padres, un estudio con 287 padres de mediana edad encontró peor calidad matrimonial al convivir con un hijo adulto en 2008, pero no en 2013, cuando era más habitual. Vivir con un hijo que tenía problemas se asoció a peor calidad matrimonial en ambos momentos (Davis et al., 2018). Pesa más lo inesperado y los problemas del hijo que el hecho de convivir.

    Todos son estudios observacionales: muestran asociaciones y no demuestran que la convivencia cause el malestar. Lo que sugieren en conjunto es que desgasta más el estancamiento y los problemas del hijo que el techo compartido.

    ¿Por qué mi hijo de 30 años no se va de la casa?

    No hay una sola causa, y conviene mirar varias a la vez:

    • Dinero y mercado laboral. Arnett (2024) identifica las razones financieras como la causa principal para permanecer en casa. El INJUV (2026) encontró que el 29,2 % de los jóvenes asalariados no tiene contrato escrito.
    • Cultura y familismo. En Chile, permanecer en casa no responde solo a lo económico. Un estudio con universitarios chilenos lo vincula con el familismo (Barrera-Herrera y Vinet, 2017), un valor de la cultura latina que combina lealtad, respeto y cuidado del vínculo familiar, y observan una autonomía que se construye sin cortar los lazos.
    • Una barrera que él o ella siente insalvable. Robinson (2020) describe la crisis de exclusión (locked-out crisis): entre los 23 y los 27 años, la persona quiere asentarse en roles adultos y se topa con un muro, como el desempleo o la falta de vivienda, con rechazos repetidos y baja autoestima.
    • Salud mental. En un metaanálisis de 24 estudios, estar fuera del estudio y del trabajo se asoció a más problemas de salud mental (OR 1,28), consumo de sustancias (OR 1,43), ansiedad (OR 1,55) y suicidalidad (OR 2,84). Los datos longitudinales indicaron que los problemas de salud mental predicen quedar en esa situación más tarde, y la relación inversa tenía poca evidencia (Gariépy et al., 2022).
    • Un patrón familiar que se retroalimenta. McGoldrick, Garcia Preto y Carter (2015) describen el sobrefuncionamiento de los padres (resuelven, pagan, organizan) y el subfuncionamiento recíproco que consolida en el hijo: cuanto más se hace por él, menos aprende a hacer.

    La última causa es la única que depende por completo de ustedes, y por eso es la que más vale la pena revisar con honestidad.

    Culpa y vergüenza: lo que sienten los padres

    Muchos padres leen la permanencia del hijo como una calificación a su crianza. McGoldrick y colaboradoras (2015) describen una vergüenza cruzada: tú sientes que fallaste en formar a alguien independiente, y tu hijo siente que te decepcionó. Esa culpa mutua endurece la conversación, porque cada uno se defiende en lugar de negociar.

    Una revisión de 2016 señala que el hogar parental puede ser un refugio para el joven y a la vez una amenaza a su autonomía y a su imagen de adulto, y que los padres suelen verse desbordados por las demandas económicas y emocionales de un hijo dependiente mientras intentan sostener su propia independencia. Los roles y expectativas de ambas partes necesitan redefinirse (Burn y Szoeke, 2016).

    Arnett y Fishel (2013), citados por Arnett (2024), proponen mirar la estancia temporal como un andamiaje en un mercado laboral complejo. No cierra el problema, pero baja la carga moral: la pregunta pasa de «quién tiene la culpa» a «qué acordamos».

    Hay otro efecto que se pasa por alto. McGoldrick y colegas (2015) observan que los problemas del hijo pueden funcionar como una pantalla de humo para la pareja de los padres, que así evita enfrentar sus propios conflictos o el vacío del nido vacío. Si la preocupación por el hijo ocupa todas las conversaciones de ustedes dos, vale la pena preguntarse qué otra conversación está ahí debajo.

    Cómo pasar de director a consultor

    Estas recomendaciones vienen de autores clínicos y de la teoría familiar, no de ensayos con grupo de comparación. Úsalas como punto de partida para ordenar la conversación.

    1. Cambia tu papel. McGoldrick y colegas (2015) proponen pasar de la dirección activa a un rol de consultor a demanda, con una relación de adulto a adulto: privacidad, autonomía y consejo cuando se pide, sin vigilar horarios ni decisiones como si tuviera 16 años. Arnett (2024) agrega que tratar al hijo como un adulto casi igual es lo que más distingue una convivencia que funciona.
    2. Baja el sobrefuncionamiento. Si todavía le lavas la ropa, pagas sus trámites o le resuelves sus gestiones, empieza por devolver una tarea a la vez, con aviso previo. Que las consecuencias de sus decisiones le lleguen a él, no a ti.
    3. Cambia las exigencias vagas por acuerdos concretos. Pillemer (2021) explica que frases como «tienes que madurar» o «necesito más respeto» fracasan porque cada parte las entiende distinto. Funcionan los términos claros y verificables: cuánto aporta al mes, qué tareas hace y qué días, cuántas postulaciones o horas de estudio por semana, y qué conductas no se aceptan en la casa.
    4. Pregúntate cuál es tu mínimo aceptable. Pillemer (2021) recoge una herramienta de las familias que logran reconciliarse: decidir qué es lo mínimo que puedes aceptar para mantener la convivencia. Exigir un desempeño ideal, en vez de un mínimo realista, suele alimentar el conflicto. Un acuerdo pequeño que se cumple vale más que uno ambicioso que se rompe.
    5. Pongan fecha de revisión. Cada acuerdo lleva un plazo (cuatro o seis semanas) para sentarse a ver qué se cumplió y qué se ajusta. Sin fecha, el acuerdo se diluye.
    6. Cuiden el frente común. Cuando uno de los padres es estricto y el otro protege, el hijo queda en medio y el acuerdo no se sostiene. Pónganse de acuerdo entre ustedes antes de hablar con él.

    Una conversación puede partir así: «Queremos que sigas viviendo aquí mientras armas tu plan. Necesitamos acordar cuánto aportas, qué tareas te tocan y revisar en un mes cómo vamos. ¿Qué te parece razonable a ti?». Escuchar su propuesta primero cambia el tono. Si te cuesta fijar límites sin pelear, el artículo sobre cómo poner límites puede ayudarte. Y para entender lo que probablemente vive tu hijo, el de adultez emergente explica la etapa, y el de madurez emocional qué significa crecer por dentro.

    ¿Qué obligaciones tienen los padres con un hijo adulto? La ley chilena sobre los alimentos

    El Código Civil establece (art. 332) que los alimentos a los descendientes se devengan hasta los 21 años, con tres excepciones: si estudian una profesión u oficio, rige hasta los 28 años; si una incapacidad física o mental les impide subsistir por sí mismos; o si, por circunstancias calificadas, el juez los considera indispensables para su subsistencia. Esto se refiere a la obligación de pensión de alimentos, no a la convivencia en el hogar.

    Si estás pensando en la vía legal para que tu hijo se vaya, esa decisión trae consecuencias familiares y jurídicas, y conviene conversarla con un abogado de familia.

    ¿Cuándo puede haber un problema de salud mental detrás?

    A veces el estancamiento es la parte visible de otra cosa. Conviene consultar si ves varias de estas señales juntas y sostenidas:

    • Ánimo bajo, apatía o pérdida de interés durante semanas, con cambios marcados en el sueño o el apetito.
    • Aislamiento casi total: pasa días sin salir de su pieza ni ver a nadie, con el día y la noche invertidos.
    • Miedo intenso a situaciones sociales o laborales que lo lleva a evitarlas todas.
    • Consumo de alcohol o drogas que escala, o que explica el desorden del resto de su vida.
    • Comentarios sobre no valer nada, ser una carga o querer desaparecer.
    • Dificultades de atención, de organización o de relación que vienen desde la infancia y nunca se evaluaron.

    La evidencia sobre qué funciona para los padres en este escenario es escasa. En un ensayo piloto japonés con 29 familiares de personas con hikikomori (aislamiento social extremo), un programa de tres días no permitió concluir su eficacia, y las conductas agresivas de la persona afectada empeoraron en el grupo del programa, aunque sin violencia doméstica grave (Kubo et al., 2022). Para consumo de sustancias, un ensayo sueco con 113 padres de jóvenes de 18 a 24 años comparó el entrenamiento CRAFT con una consejería breve y no encontró diferencias en que el joven entrara a tratamiento (33 % frente a 31 %), aunque en ambos grupos bajó el consumo del joven (Siljeholm et al., 2024). Eso aplica solo si el problema es el consumo. No hay estudios de intervención específicos para padres de adultos con failure to launch, y quien diga lo contrario está extrapolando.

    La evaluación clínica, en cambio, sí tiene sentido: distinguir una depresión, una fobia social, un TDAH o un consumo problemático de un simple estancamiento cambia por completo lo que corresponde hacer.

    ¿Cuándo conviene que los padres pidan ayuda profesional?

    McGoldrick y colegas (2015) y Arnett (2024) señalan situaciones en las que una consulta, para el joven, para ustedes o en familia, es el siguiente paso razonable:

    • Sientes que la casa está paralizada: las conversaciones son siempre las mismas y terminan en reproches.
    • Hay amenazas, humillaciones, agresión verbal o física. Si hay violencia, tu seguridad va primero.
    • El desacuerdo entre ustedes, los padres, sobre cómo tratar al hijo está dañando su relación de pareja.
    • No logras pasar de supervisar a acompañar, a pesar de intentarlo.
    • Aparecen las señales de salud mental de la sección anterior.

    Si en algún momento alguien de tu familia habla de hacerse daño, llama a la línea de prevención del suicidio, *4141, o a Salud Responde del MINSAL, 600 360 7777. Si quieres conversar tu caso con un psicólogo, puedes escribir desde la página de contacto. Y si te preguntas por el momento de vida de tu hijo, el artículo sobre la crisis de los 30 puede dar contexto.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que mi hijo adulto no se vaya de casa?

    Es frecuente y no indica por sí solo un problema. En Chile, más de la mitad de las personas de 25 a 29 años vive con su padre o su madre, según el INJUV (2026). Lo que más pesa es el motivo, la calidad de la convivencia y si su vida avanza, aunque sea de a poco.

    ¿Qué hago si mi hijo de 30 años no trabaja ni estudia y no quiere irse?

    Empieza por conversar con acuerdos concretos: aporte, tareas, metas semanales y una fecha de revisión. Pregunta antes de exigir, porque el estancamiento a veces esconde depresión, ansiedad o consumo. Si lleva meses sin avanzar, sin ver a nadie o con ánimo muy bajo, una evaluación psicológica es el paso más útil.

    ¿Puedo echar de la casa a mi hijo adulto?

    Eso es una decisión jurídica y familiar, y la información de este artículo no la resuelve. Lo verificado aquí es que el Código Civil regula hasta qué edad se deben alimentos a un hijo, no la convivencia en el hogar. Consulta con un abogado de familia, y si hay violencia, prioriza la seguridad de todos.

    ¿Por qué mi hijo no quiere independizarse?

    Puede haber razones económicas, culturales o emocionales. Robinson (2020) describe que entre los 23 y los 27 años algunos jóvenes sienten una barrera insalvable, como no encontrar empleo ni vivienda. También pesan la depresión, la ansiedad o los patrones familiares en que los padres resuelven todo. Conviene preguntarle a él antes de suponer.

    ¿Soy culpable de que mi hijo no se vaya de casa?

    La investigación no sostiene una culpa única. Las causas incluyen el mercado laboral, el costo de la vivienda, la cultura familiar y la salud mental del joven. Sí es útil revisar si algunos patrones, como resolverle todo, mantienen la dependencia. Eso se corrige, y mirarlo con honestidad no equivale a culparte.

    ¿Cuándo debo pedir ayuda psicológica por mi hijo adulto?

    Cuando hay señales de depresión, aislamiento extremo, consumo problemático, agresión o ideas de hacerse daño, o cuando las conversaciones en casa se repiten sin avance. Un psicólogo puede evaluar al joven y también trabajar con ustedes los acuerdos de convivencia, la culpa y la relación de pareja.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Arnett, J. J. (2024). Emerging adulthood: The winding road from the late teens through the twenties (3.ª ed.). Oxford University Press.

    Barrera-Herrera, A., & Vinet, E. V. (2017). Adultez emergente y características culturales de la etapa en universitarios chilenos. Terapia Psicológica, 35(1), 47-56. https://doi.org/10.4067/s0718-48082017000100005

    Burn, K., & Szoeke, C. (2016). Boomerang families and failure-to-launch: Commentary on adult children living at home. Maturitas, 83, 9-12. https://doi.org/10.1016/j.maturitas.2015.09.004

    Calentino, A. E., Lawhead, C., & Klein, D. N. (2026). Failure to launch (FTL): A narrative review and call for research. Clinical Child and Family Psychology Review. https://doi.org/10.1007/s10567-026-00582-6

    Caputo, J., & Cagney, K. A. (2023). Under different roofs? Coresidence with adult children and parents’ mental health across race and ethnicity over two decades. Demography, 60(2), 461-492. https://doi.org/10.1215/00703370-10571923

    Choi, S., Choi, E., & Jang, S.-Y. (2026). Intergenerational coresidence and parental depression: A discrete-time survival analysis of the “boomerang kids” phenomenon. Preventive Medicine Reports, 65, 103458. https://doi.org/10.1016/j.pmedr.2026.103458

    Davis, E. M., Kim, K., & Fingerman, K. L. (2018). Is an empty nest best? Coresidence with adult children and parental marital quality before and after the Great Recession. The Journals of Gerontology: Series B, 73(3), 372-381. https://doi.org/10.1093/geronb/gbw022

    Gariépy, G., Danna, S. M., Hawke, L., Henderson, J., & Iyer, S. N. (2022). The mental health of young people who are not in education, employment, or training: A systematic review and meta-analysis. Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, 57(6), 1107-1121. https://doi.org/10.1007/s00127-021-02212-8

    Gil-Moltó, M. J., & Hole, A. R. (2024). The impact of adult children living at home on the well-being of Spanish parents: Evidence from panel data. Social Science & Medicine, 340, 116492. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2023.116492

    Iacovou, M., & Davia, M. A. (2019). Who supports whom? Do adult children living at home share their incomes with their parents? Advances in Life Course Research, 40, 14-29. https://doi.org/10.1016/j.alcr.2019.03.005

    Instituto Nacional de la Juventud. (2026). Informe ejecutivo: 11.ª Encuesta Nacional de Juventudes INJUV 2025. INJUV. https://www.injuv.gob.cl/sites/default/files/informe_ejecutivo_enj_11_sintesis_dn.pdf

    Kubo, H., Urata, H., Sakai, M., Nonaka, S., Kishimoto, J., Saito, K., Tateno, M., Kobara, K., Fujisawa, D., Hashimoto, N., Suzuki, Y., Honda, Y., Nakao, T., Otsuka, K., Kanba, S., Kuroki, T., & Kato, T. A. (2022). 3-day intervention program for family members of hikikomori sufferers: A pilot randomized controlled trial. Frontiers in Psychiatry, 13, 1029653. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.1029653

    McGoldrick, M., Garcia Preto, N., & Carter, B. (2015). The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5.ª ed.). Pearson.

    Pillemer, K. (2021). Fault lines: Fractured families and how to mend them. Avid Reader Press.

    Robinson, O. C. (2020). Development through adulthood: An integrative sourcebook (2.ª ed.). Red Globe Press.

    Siljeholm, O., Edvardsson, K., Bergström, M., & Hammarberg, A. (2024). Community Reinforcement and Family Training versus counselling for parents of treatment-refusing young adults with hazardous substance use: A randomized controlled trial. Addiction, 119(5), 915-927. https://doi.org/10.1111/add.16429

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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