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  • No tengo amigos: por qué pasa y cómo cambiarlo

    No tengo amigos: por qué pasa y cómo cambiarlo

    Tienes a quién saludar en el trabajo, un grupo de WhatsApp que casi no habla y un par de personas que te escriben para los cumpleaños. Pero cuando pasa algo importante, la lista de a quién llamar queda en blanco. Si piensas “no tengo amigos, solo conocidos”, esa sensación tiene explicación, y tiene salida. En esta guía vas a ver qué diferencia a un conocido de un amigo, por qué cuesta tanto cruzar esa línea de adulto, qué dice la investigación sobre lo que de verdad ayuda y un plan de siete pasos para empezar esta semana.

    Respuesta corta: tener conocidos y no tener amigos es muy frecuente en la adultez y no es un trastorno. Las redes de amistad se achican con la edad, y convertir a alguien en amigo requiere muchas horas compartidas y cierta confianza mutua. Además de la falta de horas, suelen pesar la expectativa de rechazo, la vergüenza y la ansiedad social. En los ensayos sobre soledad, trabajar esas interpretaciones ayudó más que solo salir más. Si además te pesa, vale la pena consultar.

    ¿Es normal tener conocidos y no tener amigos?

    Sí, y es más común de lo que se habla. Un metaanálisis de 277 estudios con más de 177.000 personas encontró que las redes de amistad crecen hasta la adultez joven y después disminuyen de forma sostenida, mientras que la red familiar se mantiene estable. Los autores también observaron que las redes de amistad se han reducido en los últimos 35 años (Wrzus et al., 2013). Mudarte, cambiar de trabajo, formar pareja o tener hijos le quitan horas a la vida social sin que nadie lo decida.

    Que sea frecuente no quiere decir que debas aguantarlo. La pregunta que más ayuda es otra: ¿te pesa? Cacioppo y Patrick (2008), en Loneliness, definen la soledad como una discrepancia entre las relaciones que tienes y las que quisieras tener. Por eso el número de contactos dice poco. Hay personas con una vida social tranquila y pocas amistades que están bien, y hay personas rodeadas de gente que se sienten solas. La escala corta de tres ítems que usan los estudios poblacionales (Hughes et al., 2004) mide justo eso, la vivencia subjetiva, y no cuántas personas tienes alrededor. Si quieres ponerle una medida a lo tuyo, puedes hacer el test de soledad.

    Y cuando la distancia con los demás se instala, importa. Un metaanálisis de la soledad como factor de riesgo asoció sentirse solo con un 26 % más de probabilidad de mortalidad (Holt-Lunstad et al., 2015). Es un dato de población, correlacional, y no dice que a ti te vaya a pasar algo. Dice que la conexión social es un asunto de salud y no un lujo.

    No tengo amigos, solo conocidos: ¿qué diferencia hay?

    Un conocido es alguien a quien reconoces y con quien interactúas en un contexto concreto (la oficina, el curso, el edificio). Un amigo es alguien con quien eliges juntarte, a quien le cuentas cosas y de quien esperas lo mismo. Cacioppo y Patrick (2008) describen tres niveles de conexión, que comparan con las patas de un taburete:

    • Íntima: la pareja, un confidente o un familiar cercano. Da la certeza de ser conocido y querido de cerca.
    • Relacional: el círculo de amigos y familiares con quienes compartes actividades. Da compañía y apoyo cotidiano.
    • Colectiva: pertenecer a un grupo más amplio con una identidad común (un club, una comunidad, una causa). Da propósito y lugar.

    Si falta uno de los tres, el taburete cojea. Quien dice “solo tengo conocidos” suele estar describiendo que faltan los dos primeros niveles.

    Una aclaración que a veces se olvida: los conocidos no son poca cosa. En una serie de estudios, los participantes sintieron más felicidad y más sensación de pertenencia los días en que interactuaban con más compañeros de lo habitual, incluso con vínculos débiles (Sandstrom y Dunn, 2014). Los conocidos aportan, y además son la materia prima de las amistades, porque casi todo amigo fue primero un conocido.

    La pregunta práctica es cuánto tiempo cuesta pasar de una categoría a la otra. Hall (2018) lo midió con 355 adultos recién mudados y con 112 estudiantes de primer año, y las cifras aproximadas se ven así (las horas salen del comunicado de la Universidad de Kansas, no del resumen del artículo):

    De qué a quéHoras compartidas aproximadas
    De conocido a amigo casualUnas 50
    De amigo casual a amigoUnas 90
    De amigo a amigo cercanoMás de 200

    Son promedios de personas que acababan de mudarse, y la cercanía no se compró solo con horas: contaron las actividades de ocio y las conversaciones cotidianas. Aun así, el mensaje es útil. Los amigos se acumulan con tiempo repetido, y la vida adulta deja pocas ocasiones de repetir.

    ¿Por qué no tengo amigos? Causas de que cueste mantener amistades

    Las causas se suman unas a otras. Estas son las que la investigación y los libros clínicos consultados describen con más respaldo, ordenadas de lo más externo a lo más interno.

    Falta de horas y de contextos repetidos

    En la infancia y en la universidad la repetición viene incluida: el mismo salón, los mismos recreos, todos los días. En la adultez tienes que fabricarla. Si ves a alguien una vez al mes en una reunión, tu relación con esa persona se queda donde está. Esta causa es la más simple y la que más se pasa por alto.

    Cambios de vida que reducen la red

    Las mudanzas, los turnos, el teletrabajo, la maternidad o la paternidad y las rupturas desarman redes enteras. Los estudios muestran que esto es parte de la trayectoria normal de la edad adulta (Wrzus et al., 2013). Si quieres entender mejor cómo se enfrían los vínculos que sí existieron, la guía sobre por qué se terminan las amistades lo desarrolla.

    Temperamento y sensibilidad a la desconexión

    Cacioppo y Patrick (2008) citan estudios con gemelos que estiman que cerca del 48 % de las diferencias en soledad se asocia con factores heredados. Aclaran que no existe un gen de la soledad: lo que se hereda es la sensibilidad a la desconexión, algo así como un termostato que cada persona trae regulado distinto. Quien tiene el termostato muy sensible necesita más contacto para sentirse seguro y siente más la frialdad social. Esto explica diferencias y deja abierto el cambio. Los mismos autores usan la imagen de una correa elástica: la herencia tira, pero la experiencia y la forma de interpretar lo que pasa ajustan el resultado.

    Ansiedad social y evitación

    Aquí hay un dato interesante. En 1.010 adultos seguidos durante seis meses, la ansiedad social previa predijo más soledad después, mientras que la soledad previa predijo más ansiedad social, paranoia y depresión (Lim et al., 2016). Las dos cosas se alimentan en ambos sentidos. Si la ansiedad social está en juego, la guía de ansiedad social y la de cómo superar la timidez pueden darte un marco.

    Caballo (1993), en su manual de entrenamiento en habilidades sociales, distingue dos situaciones que se confunden. Una es el déficit de adquisición: la persona nunca tuvo modelos ni práctica y no tiene el repertorio. La otra es el déficit de ejecución: la persona sabe qué hacer, pero la ansiedad condicionada, los pensamientos negativos o la evitación le bloquean la conducta en el momento. Evitar una situación social da alivio inmediato, y ese alivio refuerza la evitación, de modo que el círculo se sostiene solo. Para el primer caso se entrena la habilidad. Para el segundo, la prioridad es bajar la ansiedad y probar las interpretaciones.

    El bucle de la soledad

    Cuando la sensación de aislamiento dura, el cerebro la trata como una alarma. Según Cacioppo y Patrick (2008) y una revisión de la literatura (Hawkley y Cacioppo, 2010), la soledad aumenta la vigilancia ante amenazas sociales: se atiende más a los gestos ambiguos o negativos, se recuerdan mejor los desaires y se anticipa el rechazo. Para protegerte, te muestras más cauteloso o distante, los demás responden con la misma frialdad, y tú lo lees como prueba de que tenías razón. Los autores lo llaman profecía autocumplida. Es un mecanismo de protección que se pasa de rosca.

    Vergüenza y ocultamiento

    Tangney y Dearing (2002) explican que la vergüenza es un juicio sobre la persona entera (“algo está mal en mí”), y que su tendencia de acción es esconderse. No tener amigos se lee fácil como evidencia de ese defecto, así que mucha gente lo oculta, evita preguntas sobre su vida social y deja de invitar. El silencio alimenta la vergüenza y la vergüenza más silencio. Williams (2001), en Ostracism, agrega que la falta de conexión sostenida golpea cuatro necesidades a la vez (pertenencia, autoestima, control y sentir que se existe para alguien) y que, cuando los intentos fracasan, algunas personas pasan a un aislamiento que se imponen ellas mismas para no arriesgar otro rechazo.

    Subestimamos cuánto le gustamos a los demás

    Después de una conversación, las personas calculan que agradaron menos de lo que realmente agradaron. Se llama brecha del agrado, y en un estudio persistía incluso meses después en compañeros de residencia (Boothby et al., 2018). En otros experimentos, quienes conversaban con un desconocido en el transporte público tuvieron una experiencia más positiva de la que habían predicho (Epley y Schroeder, 2014). La consecuencia práctica es que tu intuición sobre “seguro les resulto aburrido” probablemente está sesgada hacia el pesimismo.

    ¿Qué hacer si no tengo amigos? Lo que funciona para pasar de conocidos a amigos

    La mayor parte de la evidencia viene de estudios sobre reducir la soledad, no de ensayos sobre hacer amigos, y conviene leerla con esa salvedad. Masi et al. (2011) revisaron intervenciones contra la soledad y, entre los ensayos aleatorizados, compararon cuatro estrategias:

    EstrategiaEfecto en ensayos aleatorizados (d)Resultado
    Trabajar la cognición social (pensamientos y expectativas)-0,598Claramente el más eficaz
    Aumentar el apoyo social-0,162Efecto pequeño
    Aumentar las oportunidades de contacto-0,062Sin efecto significativo
    Entrenar habilidades sociales+0,017Sin efecto significativo

    La lectura que hacen los autores es que la soledad se sostiene sobre un bucle de interpretaciones, no solo sobre falta de oportunidades. Juntar gente o enseñar a conversar no alcanza si quien participa sigue mirando todo con el filtro de amenaza. Un metaanálisis posterior con 31 ensayos y casi 4.000 participantes encontró que las intervenciones psicológicas reducen la soledad con un efecto moderado (g = 0,43), y que la terapia más usada fue la cognitivo-conductual, con mucha variación entre estudios (Hickin et al., 2021).

    Salir y practicar sigue siendo útil, y rinde más si va acompañado de revisar lo que te dices antes y después de cada encuentro. Forzarte a asistir a eventos mientras por dentro anticipas el fracaso rinde poco. Un límite que conviene decir con claridad: ningún estudio de los citados prueba que un método garantice amigos en un plazo dado.

    Siete pasos para pasar de conocidos a amigos

    Este plan combina lo que dicen Cacioppo y Patrick (2008) con su marco EASE (extender la mano, plan de acción, seleccionar y esperar lo mejor), los procedimientos de entrenamiento de Caballo (1993) y los resultados de arriba. El orden y los detalles son una síntesis clínica de este artículo y no un protocolo validado.

    1. Haz el mapa de tus conocidos. Anota entre cinco y diez personas con quienes ya hay contacto regular. Marca a quienes te preguntan cosas, te responden y se muestran interesadas. Ya tienes una lista corta de candidatos y no tienes que empezar de cero.
    2. Elige solo una o dos. Cacioppo y Patrick (2008) advierten que no todos los conocidos sirven para convertirse en amigos, y que ir muy rápido o demasiado fuerte aleja. Mejor calidad que cantidad.
    3. Aprovecha la repetición. Dado que la cercanía crece con las horas compartidas (Hall, 2018), busca actividades que se repitan sin que debas inventar un plan cada vez: el mismo café de los jueves, un taller semanal, una caminata fija, un club de lectura.
    4. Propón un plan pequeño y concreto. Los manuales de entrenamiento en habilidades sociales sugieren dar día y hora de forma flexible: “el jueves a las siete tomo un café después del trabajo, ¿te sumas?”. Media hora basta. Un plan corto es más fácil de aceptar y, si sale bien, se repite.
    5. Sube la intimidad de a poco. Caballo (1993) habla de revelación personal graduada: pasa de datos y gustos a opiniones y luego a algo propio, a medida que la otra persona responde con algo parecido. Si cuenta algo suyo a cambio, vas bien. Si solo recibe, baja el ritmo.
    6. Trata tu lectura del rechazo como hipótesis. Antes de un encuentro, escribe qué crees que va a pasar (“les voy a caer mal”, “se va a notar que estoy nerviosa”). Después, anota qué pasó. Con el tiempo, la brecha del agrado (Boothby et al., 2018) se vuelve visible en tus propias notas.
    7. Dale tiempo y mide en semanas. Si una persona no puede, la respuesta habla de su agenda y de su red, y deja intacto tu valor como amistad. Prueba con otra de la lista y vuelve a invitar a la primera más adelante.

    Si lo que buscas es más práctica en cómo conversar y sostener un vínculo, la guía de cómo hacer amigos de adulto desarrolla las tácticas, y la de habilidades sociales lista las que se pueden entrenar.

    Hay un punto que se subestima: no necesitas ser extrovertido. El plan de arriba funciona con pocos amigos y con encuentros pequeños. Para muchas personas, dos o tres vínculos de calidad cubren el segundo nivel de conexión de Cacioppo sin que cambien su forma de ser.

    ¿Cuándo consultar con un psicólogo?

    Conviene consultar si:

    • Llevas meses sintiéndote solo o sola, con tristeza, irritabilidad o vacío que no cede.
    • Evitas casi toda situación social por miedo a ser juzgado, y eso te limita el trabajo o los estudios.
    • Notas que cada intento de acercarte termina interpretándose como rechazo, aunque no haya señales claras.
    • Ocultas tu situación por vergüenza y eso aumenta el malestar.
    • La soledad afecta tu sueño, tu apetito o tu concentración.
    • Te has hecho daño o has pensado en quitarte la vida.

    Si piensas en hacerte daño, no esperes: en Chile puedes llamar al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud (gratuita, desde celulares, las 24 horas), y en una urgencia vital al 131 o ir al servicio de urgencia más cercano. Si lo que sientes se parece más a una soledad que viene durando años, la guía sobre soledad crónica explica cómo se distingue.

    En terapia cognitivo-conductual se puede trabajar justo lo que arriba mostró más respaldo: revisar las expectativas de rechazo, bajar la ansiedad social y practicar acercamientos graduales con apoyo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal no tener amigos?

    Es frecuente que en la adultez la red de amistades se reduzca, sobre todo por cambios de vida, y tampoco es un trastorno por sí misma. El criterio que importa es el malestar: si estás bien con pocos vínculos, no hay problema. Si te pesa o te limita, merece atención.

    ¿Por qué solo tengo conocidos y no amigos?

    Suele sumarse la falta de horas compartidas, los cambios de vida, la ansiedad social y el miedo al rechazo. Pasar de conocido a amigo necesita tiempo repetido y confianza mutua gradual, y la mente en alerta social tiende a frenar justo los gestos que lo permiten.

    ¿Cuántas horas se necesitan para hacer un amigo?

    En un estudio con adultos recién mudados, hicieron falta unas 50 horas compartidas para pasar de conocido a amigo casual, unas 90 para amigo y más de 200 para amigo cercano (Hall, 2018). Son promedios, no reglas: lo que importa es la repetición y la calidad de las conversaciones.

    ¿Qué hago si me da vergüenza decir que no tengo amigos?

    La vergüenza empuja a esconderlo, y esconderlo la mantiene (Tangney y Dearing, 2002). Contárselo a una persona de confianza o a un profesional suele bajar la carga. Es una situación común y puede cambiar.

    ¿Puedo tener amigos si soy introvertido o tímido?

    Sí. No necesitas muchos amigos ni grupos grandes. Pocos vínculos de calidad pueden cubrir lo que necesitas, y los pasos de arriba funcionan en formato pequeño, con una o dos personas y encuentros cortos.

    ¿Qué pasa si prefiero estar solo?

    Elegir la soledad y sentirse bien no es un problema. Según Cacioppo y Patrick (2008), lo que define la soledad dañina es el malestar por la distancia entre los vínculos que tienes y los que quisieras. Si estás conforme, no hay nada que corregir.

    Si quieres conversarlo con alguien

    Cambiar un patrón de aislamiento cuesta más cuando se hace solo, sobre todo si la vergüenza o la ansiedad social están de por medio. En terapia online puedes revisar qué te frena, probar acercamientos graduales y trabajar las expectativas de rechazo a tu ritmo. Puedes escribirnos desde la página de contacto y contarnos tu situación.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Boothby, E. J., Cooney, G., Sandstrom, G. M., & Clark, M. S. (2018). The liking gap in conversations: Do people like us more than we think? Psychological Science, 29(11), 1742-1756. https://doi.org/10.1177/0956797618783714

    Caballo, V. E. (1993). Manual de evaluación y entrenamiento de las habilidades sociales. Siglo XXI.

    Cacioppo, J. T., & Patrick, W. (2008). Loneliness: Human nature and the need for social connection. W. W. Norton.

    Epley, N., & Schroeder, J. (2014). Mistakenly seeking solitude. Journal of Experimental Psychology: General, 143(5), 1980-1999. https://doi.org/10.1037/a0037323

    Hall, J. A. (2018). How many hours does it take to make a friend? Journal of Social and Personal Relationships, 36(4), 1278-1296. https://doi.org/10.1177/0265407518761225

    Hawkley, L. C., & Cacioppo, J. T. (2010). Loneliness matters: A theoretical and empirical review of consequences and mechanisms. Annals of Behavioral Medicine, 40(2), 218-227. https://doi.org/10.1007/s12160-010-9210-8

    Hickin, N., Käll, A., Shafran, R., Sutcliffe, S., Manzotti, G., & Langan, D. (2021). The effectiveness of psychological interventions for loneliness: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 88, 102066. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2021.102066

    Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., Baker, M., Harris, T., & Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: A meta-analytic review. Perspectives on Psychological Science, 10(2), 227-237. https://doi.org/10.1177/1745691614568352

    Hughes, M. E., Waite, L. J., Hawkley, L. C., & Cacioppo, J. T. (2004). A short scale for measuring loneliness in large surveys: Results from two population-based studies. Research on Aging, 26(6), 655-672. https://doi.org/10.1177/0164027504268574

    Lim, M. H., Rodebaugh, T. L., Zyphur, M. J., & Gleeson, J. F. M. (2016). Loneliness over time: The crucial role of social anxiety. Journal of Abnormal Psychology, 125(5), 620-630. https://doi.org/10.1037/abn0000162

    Masi, C. M., Chen, H. Y., Hawkley, L. C., & Cacioppo, J. T. (2011). A meta-analysis of interventions to reduce loneliness. Personality and Social Psychology Review, 15(3), 219-266. https://doi.org/10.1177/1088868310377394

    Sandstrom, G. M., & Dunn, E. W. (2014). Social interactions and well-being: The surprising power of weak ties. Personality and Social Psychology Bulletin, 40(7), 910-922. https://doi.org/10.1177/0146167214529799

    Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.

    Williams, K. D. (2001). Ostracism: The power of silence. Guilford Press.

    Wrzus, C., Hänel, M., Wagner, J., & Neyer, F. J. (2013). Social network changes and life events across the life span: A meta-analysis. Psychological Bulletin, 139(1), 53-80. https://doi.org/10.1037/a0028601

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Cómo hacer amigos de adulto: por qué cuesta tanto y qué funciona

    Cómo hacer amigos de adulto: por qué cuesta tanto y qué funciona

    Terminas la jornada, revisas el teléfono y te das cuenta de que la última vez que hiciste un plan con alguien que no fuera tu pareja, tu familia o un compañero de trabajo fue hace meses. Los amigos de siempre se mudaron, tuvieron hijos o cambiaron de ciudad, y los nuevos no aparecen. Saber cómo hacer amigos de adulto parece algo que “ya deberías saber”, y sin embargo casi nadie lo aprende en ninguna parte.

    Aquí vas a encontrar por qué se vuelve más difícil hacer amigos siendo adulto, sobre todo después de los 25 o 30 años, cuántas horas de contacto suele tomar que un conocido pase a ser amigo, qué pasa en la cabeza de quien se siente solo y cómo eso frena los primeros pasos, y un plan graduado para empezar sin sentir que te expones de golpe.

    Respuesta directa: hacer amigos de adulto cuesta porque la vida deja de ponerte a diario con las mismas personas durante horas, y la amistad necesita justamente eso: tiempo repetido y actividades compartidas. Además, quien se siente solo tiende a esperar rechazo y a leer las señales sociales con más sospecha, lo que lo lleva a retraerse. Lo que mejor respaldo tiene es combinar contacto regular con revisar esas predicciones de rechazo, no solo “salir más”.

    ¿Por qué es más difícil hacer amigos siendo adulto?

    Cuesta hacer amigos nuevos porque las redes de amistad se achican con la edad y porque los entornos que antes te ponían en contacto con gente nueva desaparecen. Un metaanálisis de 277 estudios con más de 177.000 participantes encontró que la red de amistades crece hasta la adultez joven y después disminuye de forma sostenida durante la adultez (Wrzus et al., 2013). La red familiar, en cambio, se mantuvo estable. Los cambios de vida que ocurren a ciertas edades, como entrar a un trabajo o tener hijos, mostraron patrones parecidos.

    Dicho de otro modo, perder amistades por el camino es lo habitual en la adultez. El mismo trabajo observó que las redes de amistad se han hecho más pequeñas en las últimas décadas.

    Hay un segundo factor, más cotidiano. En el colegio o la universidad compartías sala, recreo y horarios durante años, y la amistad se armaba sola. De adulto no hay ese espacio automático. Trabajas con gente, pero el trabajo comparte menos que un recreo, y el tiempo libre que queda lo reparten la familia, el cansancio y las obligaciones. Los textos de habilidades sociales que consultamos para este artículo suman a esto el miedo a hacer el ridículo, la sensación de haber perdido la práctica después de años sin conocer a nadie nuevo y la tendencia a pensar demasiado “la primera jugada”.

    ¿Cuántas horas se necesitan para hacer un amigo?

    Según una investigación de Hall (2018), la cercanía de una amistad nueva crece con las horas que dos personas pasan juntas, y lo hace más cuando esas horas incluyen actividades de ocio y conversación cotidiana. En el primer estudio participaron 355 adultos que se habían mudado hace poco y estimaron el tiempo compartido con un conocido nuevo. El segundo siguió a 112 estudiantes de primer año durante nueve semanas.

    Las cifras que más se citan de ese trabajo, según el comunicado de la Universidad de Kansas, son estas:

    Paso en la relación Horas compartidas aproximadas
    De conocido a amigo casual Unas 50
    De amigo casual a amigo Unas 90
    De amigo a amigo cercano Más de 200

    Son estimaciones de personas que informaron su propio tiempo y no una regla exacta. Sirven para algo práctico: una primera conversación torpe pesa poco, porque la amistad se construye con muchas horas repetidas, y por eso un plan constante rinde más que el carisma.

    ¿Estar solo y sentirse solo es lo mismo?

    Estar solo y sentirse solo son cosas distintas. Estar solo describe cuánta gente hay en tu vida y con qué frecuencia la ves. Sentirse solo es una experiencia subjetiva, que se define como la distancia entre las relaciones que tienes y las que te gustaría tener (Hughes et al., 2004). Por eso alguien puede sentirse muy solo rodeado de gente, y otra persona puede estar bien con pocos contactos.

    Una forma rápida de mirar lo tuyo, sin ponerle puntaje, son las tres preguntas con las que se mide la soledad en encuestas grandes: con qué frecuencia sientes que te falta compañía, con qué frecuencia te sientes excluido y con qué frecuencia te sientes aislado de los demás. Si la respuesta es “a menudo” en las tres, vale la pena prestarle atención al tema.

    La razón para tomar en serio la soledad adulta es que ella y el aislamiento se asocian con la salud. Un metaanálisis de Holt-Lunstad y su equipo (2015) calculó que el aislamiento social, la soledad y vivir solo se relacionaron con un 29 %, 26 % y 32 % más de probabilidad de mortalidad, respectivamente, con efectos comparables a otros factores de riesgo conocidos. Es una asociación entre grupos de personas, no una sentencia sobre tu caso, pero explica por qué la amistad no es un lujo.

    ¿Por qué la soledad hace más difícil empezar?

    Porque sentirse solo cambia cómo lees a los demás. La revisión de Hawkley y Cacioppo (2010) describe que la percepción de aislamiento aumenta la vigilancia ante posibles amenazas sociales y, al mismo tiempo, el deseo de reconectar. Quien se siente solo tiende a fijarse en lo negativo, a recordar mejor las interacciones que salieron mal y a anticipar el rechazo. Esa postura defensiva hace que se muestre más distante, los demás responden con frialdad, y la sospecha original parece confirmarse.

    Hay dos hallazgos que ayudan a desarmar esa lectura:

    • La brecha del agrado. En una serie de estudios con desconocidos, compañeros de residencia y participantes de un taller, Boothby y colaboradores (2018) encontraron que, después de conversar, las personas subestimaban sistemáticamente cuánto les había gustado su interlocutor. La brecha duró incluso meses en compañeros de residencia. Es decir, después de una conversación, es probable que le hayas caído mejor a la otra persona de lo que supones.
    • El error de preferir la soledad. Epley y Schroeder (2014) pidieron a pasajeros de trenes y buses que conversaran con un desconocido, que se mantuvieran en silencio o que viajaran como siempre. Quienes conversaron reportaron un viaje más agradable y no menos productivo, aunque otros participantes habían predicho justo lo contrario. Parte del problema es que subestimamos el interés ajeno por conectar.

    Ninguno de los dos estudios dice que cada persona vaya a querer ser tu amiga. Muestran que el miedo a ser rechazado suele calcularse mal, y que eso nos frena antes de que la otra persona pueda decidir nada.

    ¿Qué funciona para reducir la soledad y ampliar tu círculo?

    Lo que mejor respaldo tiene es trabajar las expectativas de rechazo, y no solo aumentar la cantidad de contactos. El metaanálisis de Masi y su equipo (2011) comparó cuatro estrategias: mejorar habilidades sociales, aumentar el apoyo social, aumentar las oportunidades de contacto y trabajar la cognición social desadaptativa (los pensamientos que anticipan rechazo). Entre los ensayos aleatorizados, la más exitosa fue esta última. En el análisis que revisamos para este artículo, el efecto de trabajar esos pensamientos fue mucho mayor que el de las otras tres vías, que mostraron efectos pequeños o nulos.

    Una revisión posterior de 31 estudios, con casi 4.000 participantes, encontró que las intervenciones psicológicas para la soledad reducían la soledad frente a los grupos de control con un efecto de pequeño a medio (g = 0,43), y que la más común era la terapia cognitivo-conductual (Hickin et al., 2021). Los resultados variaron bastante entre estudios, así que no hay una receta única.

    La conclusión práctica es doble. Sí hace falta exponerse a más horas de contacto, porque la amistad se construye con horas. Pero si cada vez que lo intentas tu cabeza anuncia que vas a molestar, conviene tratar esa predicción como una hipótesis que se puede poner a prueba. Eso es justo lo que describen los autores: identificar el pensamiento automático (“no les voy a caer bien”) y verificarlo con la experiencia real.

    Cómo hacer amigos de adulto: un plan paso a paso

    Los pasos que siguen combinan lo anterior con las secuencias de entrenamiento en habilidades sociales que describen el manual de Bellack y colaboradores (2004) y el programa del Centre for Clinical Interventions. Ojo con un detalle: esos programas se desarrollaron para personas con trastornos mentales graves, pero los pasos de iniciar una conversación, proponer un plan y manejar un “no” son generalizables a cualquier adulto.

    1. Elige un lugar donde vuelvas a ver a las mismas personas. Un taller semanal, un club deportivo, un grupo de voluntariado o un curso. La repetición hace el trabajo que antes hacía la sala de clases, y las horas de ocio compartido predicen más cercanía (Hall, 2018).
    2. Inicia con algo del entorno. Un comentario sobre lo que están haciendo o una pregunta abierta (“¿hace mucho que vienes?”) sirve más que una frase ingeniosa. Antes, mira si la persona parece disponible: atenta, relajada, sin prisa.
    3. Busca un interés común. Haz preguntas sobre actividades, trabajo o gustos y comparte algo tuyo a cambio. Una conversación que va y viene (“pregunta abierta, respuesta, algo sobre ti”) se mantiene sola más tiempo.
    4. Propón un plan concreto y pequeño. “Me gustó conversar de esto, ¿te tinca tomar un café el jueves después de la clase?” es más fácil de aceptar que “tenemos que juntarnos algún día”. Una propuesta clara le facilita decir que sí, y también decir que no.
    5. Si dice que no, agradece y suelta. Una respuesta como “entiendo, gracias por decírmelo” mantiene la puerta abierta. Un no, o un mensaje que no responde, puede deberse a la agenda de esa persona y dice poco sobre tu valor. Después, conviene contárselo a alguien de confianza en lugar de dejarlo dando vueltas solo.
    6. Anota tu predicción antes y el resultado después. “Creo que va a decir que no” y qué pasó de verdad. Después de tres o cuatro intentos, tendrás datos propios sobre cuánto se parecen tus predicciones a la realidad.
    7. Cuida el ritmo. Mantén el contacto con un mensaje breve, un plan fijo cada cierto tiempo, compartir algo personal de a poco. Las 50 o 90 horas de las que hablaba Hall no se juntan en un fin de semana.

    Si el miedo al rechazo es grande, practica por niveles

    Los programas de entrenamiento avanzan por escalones, y sirve copiar esa idea. En una primera semana, pide algo pequeño a un conocido (un favor menor, una recomendación). En la segunda, invita a alguien que ya conoces un poco a un café corto o a almorzar. En la tercera, ensaya, solo o con alguien de confianza, cómo responderías si te dicen que no. Cada nivel es una meta que se puede cumplir esa semana, no un examen.

    ¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

    Conviene consultar cuando el miedo a las situaciones sociales es tan intenso que te hace evitarlas de forma habitual, cuando la soledad te acompaña casi siempre y viene con ánimo bajo o desesperanza, o cuando ya lo intentaste varias veces y vuelves al mismo punto. Puede tratarse de ansiedad social o de un cuadro depresivo, que tienen tratamiento. También ayuda a ordenar el tema una mirada más amplia de las habilidades sociales y cómo se trabajan.

    Que la terapia cognitivo-conductual sea la intervención más estudiada en soledad (Hickin et al., 2021) es una buena noticia para quien siente que sus pensamientos lo frenan: ese es justo el terreno que trabaja.

    Preguntas frecuentes sobre cómo hacer amigos de adulto

    ¿Cuántas horas toma hacer un amigo? Una investigación que se cita mucho estimó unas 50 horas compartidas para pasar de conocido a amigo casual, unas 90 para llegar a amigo y más de 200 para una amistad cercana. Son estimaciones de personas que se mudaron hace poco, no una regla exacta, pero muestran que el tiempo repetido pesa más que la primera impresión.

    ¿Por qué me cuesta tanto hacer amigos siendo adulto? Porque las redes de amistad se achican con la edad, desaparecen los espacios que te ponían en contacto a diario con las mismas personas, hay menos tiempo libre y, si te sientes solo, tiendes a anticipar rechazo y a retraerte. Tiene explicaciones claras y soluciones graduales.

    ¿Es normal tener pocos amigos de adulto? Sí, la red de amistades disminuye en promedio a lo largo de la adultez. Lo que más pesa para tu bienestar es cómo percibes tus relaciones: puedes tener pocas y sentirte acompañado, o muchas y sentirte solo. Si la soledad te acompaña casi siempre, vale la pena prestarle atención.

    ¿Qué hago si tengo ansiedad social y me da miedo hablarle a la gente? Empieza por pasos muy pequeños y repetibles, como un saludo o una pregunta breve en un lugar donde ya vas. Aumenta la dificultad de a poco y anota qué esperabas que pasara y qué pasó. Si el miedo te hace evitar situaciones con frecuencia, la terapia cognitivo-conductual tiene respaldo para ese cuadro.

    ¿Cómo propongo un plan a alguien sin que suene raro? Haz una propuesta concreta, pequeña y fácil de rechazar: un café corto, un día y una hora. Conecta con algo que ya conversaron, di que te gustó la charla y acepta con naturalidad la respuesta. Un “no puedo esta semana” no es un rechazo a ti.

    ¿Una persona que se siente sola solo necesita salir más? Salir más ayuda, pero por sí solo mostró poco efecto sobre la soledad en los ensayos aleatorizados revisados. Lo que mejor funcionó fue trabajar los pensamientos que anticipan rechazo, por ejemplo con terapia cognitivo-conductual, junto con más contacto real.

    Si hacer amigos se siente más difícil de lo que debería

    Si llevas tiempo sintiendo que no logras armar vínculos, quizá ayude partir por identificar cuándo aparece el miedo: antes de hablar, al proponer un plan o al esperar una respuesta. Con ese mapa se puede decidir por dónde empezar. En una consulta de terapia online se trabaja justamente eso: ordenar los pensamientos que frenan los primeros pasos y ensayar, con apoyo, las situaciones que te cuestan.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    Referencias

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