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  • Fobia Específica: Tipos, Síntomas y Cómo Se Trata

    Fobia Específica: Tipos, Síntomas y Cómo Se Trata

    Hay gente que no va al dentista desde hace diez años. Gente que rechazó un ascenso porque el cargo implicaba volar dos veces al mes. Gente que revisa el techo de cada habitación antes de entrar, por si hay una araña, y que sabe perfectamente que una araña de casa no le va a hacer nada. Lo sabe. Y aun así el cuerpo reacciona como si la vida dependiera de salir de ahí.

    Eso es una fobia específica: un miedo intenso y persistente a un objeto o a una situación concreta, desproporcionado respecto al peligro real, que lleva a evitarla o a soportarla con mucha angustia. Es el trastorno de ansiedad más común que existe y, al mismo tiempo, uno de los que menos gente trata, porque casi siempre se puede esquivar lo temido. Aquí vas a encontrar cuáles son los tipos de fobias que describe el DSM-5, cómo distinguir una fobia de un miedo normal, por qué no se pasa sola y qué tratamiento tiene respaldo real: la exposición, que en muchos casos resuelve el problema en pocas sesiones, a veces en una sola.

    Respuesta corta: una fobia específica es un miedo marcado y persistente (seis meses o más) a un objeto o situación determinada, que la persona evita o soporta con mucha ansiedad y que interfiere con su vida. El DSM-5 distingue cinco tipos: animales, entorno natural, sangre-inyecciones-heridas, situacional y otros. Afecta a cerca del 7% de las personas a lo largo de la vida, suele empezar en la infancia y, sin tratamiento, tiende a durar años. El tratamiento de elección es la terapia de exposición, con efectos grandes tanto en formato de varias sesiones como en una sola sesión intensiva.

    Qué es una fobia específica: criterios diagnósticos y qué la separa de un miedo normal

    Tener miedo a las alturas, a las serpientes o a una inyección es parte del equipamiento humano. El miedo avisa de un peligro y nos hace cuidarnos. Una fobia es otra cosa: el sistema de alarma se dispara con toda su fuerza ante algo que no justifica esa respuesta, y la persona lo sabe. Según el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría, se habla de fobia específica en el DSM-5 cuando el miedo o la ansiedad ante el objeto o situación es inmediato y casi siempre presente, la persona lo evita activamente o lo soporta con angustia intensa, el miedo es desproporcionado al peligro real y al contexto, dura seis meses o más y causa malestar clínicamente significativo o deterioro en el trabajo, los estudios o las relaciones (American Psychiatric Association, 2013).

    La frontera práctica entre miedo y fobia está en dos preguntas. La primera: ¿qué dejas de hacer por esto? Si el miedo a volar te hace elegir vacaciones distintas, evitar un trabajo o no ir al matrimonio de un hermano que vive lejos, ya no es solo un miedo. La segunda: ¿cómo lo pasas cuando no puedes evitarlo? Una persona con fobia a las agujas no «se pone nerviosa» en la toma de sangre: puede tener taquicardia, temblor, sudor frío, náuseas, sensación de irrealidad o la certeza de que se va a desmayar (y, en la fobia a la sangre, a veces se desmaya de verdad, algo que veremos más abajo porque cambia el tratamiento).

    Hay un tercer rasgo que la persona rara vez cuenta si no se le pregunta: la ansiedad anticipatoria. Semanas antes del vuelo ya duerme mal. Días antes de la cita con el dentista ya piensa en cancelar. El objeto temido ocupa mucho más espacio mental que el tiempo real que la persona pasa frente a él.

    ¿Por qué la persona sabe que es irracional y no le sirve saberlo?

    Porque el miedo fóbico no vive en el razonamiento. Tolin (2024, p. 93) explica el caso clásico del pequeño Albert, el bebé al que Watson y Rayner enseñaron a temer una rata blanca asociándola a un ruido fuerte: el miedo se aprende por asociación, y una vez aprendido se dispara solo, antes de que la parte pensante del cerebro alcance a opinar. El propio Tolin aclara que el condicionamiento puede estar en el origen de una fobia, pero no siempre: hay fobias sin ningún episodio traumático detrás. Lo que sí es constante es lo que la mantiene: cada vez que la persona evita y el miedo baja, el cerebro aprende que la evitación era necesaria. Por eso «pensar en positivo» no cura una fobia y por eso la salida pasa por hacer, no por convencerse.

    Los tipos de fobias específicas según el DSM-5

    La quinta edición del manual diagnóstico agrupa las fobias específicas en cinco especificadores según el objeto temido (American Psychiatric Association, 2013). Muchas páginas web dicen «tres tipos»; son cinco, y la distinción importa porque el cuarto tiene una fisiología distinta.

    Tipo Ejemplos frecuentes Qué suele temerse
    Animal Arañas, perros, insectos, serpientes, aves, ratones Ser mordido, atacado o el asco que produce el animal
    Entorno natural Alturas, tormentas, agua, oscuridad Caer, ahogarse, quedar atrapado por el fenómeno
    Sangre, inyecciones y heridas Ver sangre, agujas, procedimientos médicos, heridas Desmayarse, el dolor, ver el propio cuerpo herido
    Situacional Volar, ascensores, espacios cerrados, conducir, puentes, túneles No poder escapar, perder el control, un accidente
    Otro Atragantarse, vomitar, contraer una enfermedad, ruidos fuertes, personajes disfrazados Varía según el estímulo

    Una persona puede tener más de un tipo a la vez, y de hecho es lo habitual: cuando la encuesta de la OMS en 22 países evaluó a más de 124.000 adultos, encontró que el deterioro, la comorbilidad y el uso de tratamiento aumentaban con el número de subtipos de miedo que la persona tenía (Wardenaar et al., 2017). Dos fobias no son «lo mismo pero doble»: restringen más la vida.

    Fobia a la sangre, las inyecciones y las heridas: la que hace desmayarse

    Este tipo merece su propio párrafo porque funciona al revés que los demás. En casi todas las fobias el cuerpo se acelera (sube el pulso, sube la presión). En la fobia a la sangre y a las agujas, muchas personas tienen una respuesta en dos tiempos: una aceleración breve y después una caída de la presión arterial y del ritmo cardíaco que puede terminar en desmayo (síncope vasovagal). Una revisión crítica de los tratamientos para esta fobia describe justamente esa respuesta única, con descensos de presión y bradicardia marcada, y explica que por eso el tratamiento recomendado combina la exposición con una técnica de tensión muscular (Ayala et al., 2009). Lo veremos en la sección de tratamiento.

    Síntomas de la fobia específica: cómo se ve en la vida diaria

    Los síntomas de una fobia específica se organizan en tres planos. El primero es el cuerpo, cuando el estímulo está presente o cerca:

    • Taquicardia, palpitaciones, presión en el pecho.
    • Sudor, temblor, sensación de ahogo o de nudo en la garganta.
    • Mareo, náuseas, sensación de irrealidad («como si esto no estuviera pasando»).
    • En la fobia a la sangre o las agujas, palidez, visión borrosa y desmayo.

    El segundo plano es la mente: la anticipación («¿y si el avión se cae?», «¿y si la araña salta?»), la certeza de que no se va a poder soportar, y la necesidad imperiosa de salir de la situación. En los niños, el miedo puede expresarse como llanto, rabietas, quedarse paralizado o aferrarse a un adulto (American Psychiatric Association, 2013).

    El tercer plano es el más silencioso y el que más daño hace: la evitación. Es más que «no me acerco a los perros»: es cambiar de vereda, no ir a casas donde hay perros, no llevar a los hijos a la plaza, rechazar un trabajo con reparto a domicilio. La evitación es lo que convierte un miedo en un problema de vida, y también lo que lo mantiene, porque le impide al cerebro comprobar que el peligro no llega. Una manera sencilla de medir el peso de una fobia es hacer la lista de todo lo que se decide en función de ella. Suele ser más larga de lo que la persona cree.

    ¿Qué tan común es la fobia específica y a quién afecta?

    Mucho más de lo que parece, justamente porque se esconde bien. La encuesta mundial de salud mental de la OMS, con 25 estudios poblacionales en 22 países, estimó que el 7,4% de las personas ha tenido una fobia específica en algún momento de su vida y el 5,5% la tuvo en los últimos doce meses; es casi el doble de frecuente en mujeres (9,8% a lo largo de la vida) que en hombres (4,9%). La edad mediana de inicio fue de 8 años. Y solo el 23,1% de quienes la tenían en el último año había recibido algún tratamiento (Wardenaar et al., 2017).

    En Chile el dato es parecido o algo mayor. El estudio chileno de prevalencia psiquiátrica, con una muestra representativa de 2.978 personas de 15 años o más, encontró que la fobia simple (el nombre que usaba la clasificación de entonces) afectaba al 9,8% de la población a lo largo de la vida, y era el tercer trastorno más frecuente después de la agorafobia y la fobia social (Vicente et al., 2006). Es decir, en Chile hay más gente con una fobia específica que con depresión mayor a lo largo de la vida, según ese mismo estudio.

    Una revisión de Lancet Psychiatry sobre las fobias específicas resume que su prevalencia a lo largo de la vida varía entre el 3% y el 15% según el país, que los miedos más comunes son a las alturas y a los animales, y que aunque suelen empezar en la infancia, la incidencia de casos nuevos tiene un pico en la mitad de la vida y en la vejez (Eaton et al., 2018). Empezar de adulto no es raro ni es señal de otra cosa.

    Lo que casi nadie cuenta: la fobia como antesala de otros problemas

    Este es el dato que cambia la forma de mirar una fobia «pequeña». En la encuesta de la OMS, el 60,5% de las personas con fobia específica a lo largo de la vida tuvo además otro trastorno mental, y en el 72,6% de los casos la fobia había empezado antes que el otro (Wardenaar et al., 2017). La revisión de Eaton et al. (2018) va en la misma dirección: las fobias específicas predicen con fuerza el inicio posterior de otros trastornos de ansiedad, del ánimo y de consumo de sustancias, y persisten durante años o incluso décadas en un 10% a 30% de los casos. Los autores plantean que tratar la fobia temprano podría cambiar el riesgo de lo que viene después. No hay todavía un ensayo que lo demuestre, pero la secuencia temporal está bien documentada.

    Causas: por qué una persona desarrolla una fobia y otra no

    No hay una sola causa. En algunas fobias hay un episodio claro (una mordida, una turbulencia fuerte, un desmayo en una toma de sangre), y el miedo queda asociado a la situación. En otras la persona aprendió mirando: un padre que se paralizaba con las arañas, una madre que no subía a un ascensor. Y en muchas no hay ningún origen identificable, lo cual desconcierta a la persona («¿por qué a mí, si nunca me pasó nada?»).

    La ciencia del aprendizaje aporta la parte del mecanismo. Como resume Tolin (2024, p. 93), hay una literatura amplia que muestra que el condicionamiento clásico puede participar en el desarrollo de los trastornos de ansiedad, aunque no siempre lo hace. Lo que sí está claro es el mantenimiento: la evitación alivia, el alivio refuerza, y el miedo no tiene ocasión de corregirse. Por eso las fobias, a diferencia de muchos miedos infantiles que se van solos con la edad, tienden a quedarse cuando la persona ha organizado su vida alrededor de ellas.

    Fobia específica: tratamiento con respaldo (y cuánto dura)

    El tratamiento de la fobia específica con más evidencia es la terapia de exposición: acercarse de forma planificada, repetida y sostenida al objeto o situación temida, hasta que el cerebro aprende algo nuevo sobre él. Un metaanálisis de 33 estudios aleatorizados encontró que los tratamientos basados en exposición producen efectos grandes frente a no hacer nada, superan al placebo y a otras psicoterapias, y que la exposición en vivo (con el estímulo real, no imaginado) fue la más eficaz al terminar el tratamiento; más sesiones se asociaron a mejores resultados y el tipo de fobia no cambió el efecto (Wolitzky-Taylor et al., 2008). Sirve igual para arañas, alturas o ascensores.

    ¿Cuántas sesiones? A veces, una

    Aquí viene lo que a mucha gente le cuesta creer. Desde fines de los años ochenta existe el tratamiento en una sola sesión (One-Session Treatment, OST), diseñado por Lars-Göran Öst (1989): una única sesión larga y concentrada de exposición graduada con el terapeuta. Según la revisión sistemática de sus propios autores, esa sesión integra psicoeducación, modelado participante (el terapeuta se acerca primero al estímulo), desafío de las predicciones catastróficas, refuerzo y entrenamiento en habilidades (Davis et al., 2019). Tolin (2024, p. 10) lo pone como el ejemplo extremo de lo breve que puede ser una terapia cognitivo conductual bien enfocada.

    ¿Funciona igual que un tratamiento de varias sesiones? Un metaanálisis de 2022 comparó 55 estudios de exposición en una sola sesión con 30 de exposición en varias sesiones, con 1.758 participantes en total: no hubo diferencias significativas en el tamaño del efecto al terminar ni en el seguimiento, los efectos fueron grandes en ambos casos, y el formato de sesión única requirió bastante menos tiempo total de tratamiento (Odgers et al., 2022). En niños, un ensayo clínico nacional en el Reino Unido con 268 niños y adolescentes de 7 a 16 años mostró que la sesión única no fue inferior a la terapia cognitivo conductual de varias sesiones a los seis meses, con un costo de servicio algo menor (Wright et al., 2023). Y un metaanálisis de 23 ensayos con niños y adolescentes encontró que los tratamientos breves e intensivos tuvieron menos abandono (2,3% frente a 6,5%) y remisión comparable a la terapia estándar (Öst & Ollendick, 2017).

    Esto no quiere decir que toda fobia se resuelva en una tarde, pero sí que una fobia específica aislada, sin otros problemas encima, es de los cuadros con mejor pronóstico de toda la salud mental, y que llevar diez años evitando algo que puede tratarse en pocas semanas es una decisión que vale la pena revisar.

    Cómo es la exposición en la práctica

    Primero se construye una lista de situaciones ordenadas por cuánto miedo dan, de menor a mayor. Para una fobia a los perros, por ejemplo: mirar fotos, ver videos, estar en la misma vereda que un perro con correa a veinte metros, a cinco metros, tocar a un perro tranquilo con el dueño al lado. Tolin (2024, p. 274) lista ejercicios típicos por tipo de fobia: sostener una araña o visitar una tienda de mascotas en las fobias a animales; subir a edificios altos y mirar por el balcón, tomar un vuelo comercial o pasar tiempo en un espacio cerrado en las situacionales; ver una extracción de sangre, donar sangre o ir al dentista en la fobia a la sangre y las inyecciones.

    Después se recorre esa lista con el terapeuta, quedándose en cada situación el tiempo suficiente para que pase algo importante: comprobar que la catástrofe esperada no ocurre. Durante años se pensó que lo importante era que el miedo bajara dentro de la sesión. Hoy la investigación apunta a otra cosa: lo que cuenta es el aprendizaje inhibitorio, una nueva asociación de seguridad que compite con la vieja, y para eso ayuda variar las situaciones y los contextos y retirar las «muletas» que la persona usa para sentirse a salvo (Craske et al., 2014). Una revisión de 111 estudios sobre qué predice que la exposición funcione en fobia específica encontró que ayudan la motivación y la confianza antes de empezar, dormir bien, variar el contexto y centrarse en el cambio de las predicciones; y que usar técnicas de relajación durante la exposición la vuelve menos eficaz, porque le enseña al cerebro que el miedo había que neutralizarlo (Böhnlein et al., 2020).

    Un detalle que suena a chiste y no lo es: Tolin (2024, p. 279) cita un estudio con personas con fobia a las alturas en el que la exposición funcionó mejor cuando se les pedía actuar «con valentía», por ejemplo correr hacia el balcón en vez de aproximarse de a poco. Distraerse durante la exposición, en cambio, la debilita, porque impide notar que el desastre no llega.

    Exposición en realidad virtual: ¿sirve igual?

    Para fobias donde el estímulo real es caro o difícil de conseguir (volar, tormentas, alturas específicas), la realidad virtual se usa desde hace años. Un metaanálisis de nueve ensayos que compararon directamente exposición en realidad virtual con exposición en vivo, con la misma dosis en ambos brazos, encontró efectos grandes en las dos y una diferencia pequeña y no significativa a favor de la exposición en vivo en fobia específica (Wechsler et al., 2019). Es una alternativa razonable cuando la exposición real no es viable, y muchas personas la toleran mejor como primer paso. Una revisión rápida de los avances en el tratamiento de la fobia específica en adultos entre 2014 y 2019 concluyó que la terapia cognitivo conductual sigue siendo la intervención con mayor respaldo, con efectos grandes, y que las terapias asistidas por tecnología parecen más tolerables que la exposición en vivo (Thng et al., 2020).

    Fobia a la sangre y a las agujas: exposición más tensión aplicada

    Si tu problema es desmayarte con la sangre o las inyecciones, la exposición sola no basta, porque el cuerpo hace lo contrario de lo que hace en las otras fobias: la presión baja en vez de subir. La técnica que corrige eso se llama tensión aplicada: tensar los músculos grandes del cuerpo (brazos, piernas, tronco) durante unos segundos, soltar sin relajarse del todo, y repetir, para mantener la presión arterial arriba mientras se está frente al estímulo. En el ensayo original de Öst con 30 personas con fobia a la sangre, el 90% de quienes recibieron tensión aplicada mejoró clínicamente al terminar cinco sesiones, frente al 40% de quienes recibieron solo exposición en vivo; al año, las cifras eran 100% y 50% (Öst et al., 1991).

    La evidencia posterior matiza sin desmentir. Ayala et al. (2009) advierten que los estudios controlados son pocos y salen todos del mismo grupo, que la exposición sola también mejora los cuestionarios de miedo, y que la ventaja de la tensión aplicada se ve sobre todo en los desmayos. Una revisión sistemática de 11 ensayos sobre el miedo intenso a las agujas concluyó lo mismo: la exposición en vivo reduce el miedo (con un efecto grande en niños de 7 años o más), y la tensión aplicada muestra beneficio específico sobre el desmayo, tanto al terminar como al año, en comparación con la exposición sola (McMurtry et al., 2015). La receta práctica es clara: exposición para el miedo, tensión aplicada para el desmayo, y las dos juntas cuando hay ambos.

    ¿Y los medicamentos?

    Para la fobia específica, los fármacos no son el tratamiento. La revisión de Thng et al. (2020) lo dice con claridad: los medicamentos se han estudiado solo como complemento de la exposición, con resultados inconsistentes. Los ansiolíticos tomados «para aguantar» un vuelo o una inyección tienen además un problema de fondo: si la persona atribuye a la pastilla el haber sobrevivido a la situación, el cerebro no aprende que la situación era segura, y la fobia sigue intacta para la próxima. Esto es distinto de lo que pasa en otros trastornos de ansiedad, donde los antidepresivos sí tienen un lugar establecido; si tienes además ataques de pánico o agorafobia, la conversación sobre medicación cambia.

    Fobia específica, fobia social y agorafobia: no son lo mismo

    Las tres llevan «fobia» y las tres se tratan con exposición, pero el objeto del miedo es distinto y el tratamiento se adapta. En la fobia específica el miedo es a una cosa o situación concreta (el perro, el avión, la aguja). En la ansiedad social el miedo es a ser evaluado o a hacer el ridículo frente a otros, y puede aparecer en decenas de situaciones distintas. En la agorafobia el miedo es a los lugares donde escapar sería difícil o donde no llegaría ayuda si aparecen síntomas de pánico: transporte público, filas, multitudes, estar fuera de casa solo. Una persona que evita el metro por miedo a un accidente tiene una fobia situacional; una que lo evita por miedo a tener un ataque de pánico sin poder bajarse tiene agorafobia. Se parecen desde fuera y se tratan de forma parecida, pero el diagnóstico correcto ordena la terapia.

    Cuándo buscar ayuda profesional (y dónde, en Chile)

    No toda fobia necesita tratamiento. Si le tienes miedo a las serpientes y vives en Santiago, es probable que el tema no interfiera en nada. La pregunta útil es qué te está costando. Conviene consultar cuando:

    • Evitas situaciones que necesitas o quieres vivir (viajes, trabajo, exámenes médicos, actividades con tus hijos).
    • Pospones procedimientos de salud por miedo a las agujas, la sangre o el dentista.
    • La anticipación te ocupa días o semanas antes de enfrentar la situación.
    • Tienes más de un miedo intenso, o se suma a ansiedad general, pánico o ánimo bajo.
    • Es un niño o adolescente cuyo miedo lo aleja de cosas propias de su edad (dormir solo, ir a la plaza, quedarse en casa de un amigo).

    Lo que hay que buscar es un psicólogo con formación en terapia cognitivo conductual y experiencia en exposición. Una pregunta legítima en la primera sesión es «¿cómo trabaja usted la exposición para las fobias?». Si la respuesta es vaga o el plan no incluye enfrentar el estímulo en algún momento, sigue buscando. En Chile, la fobia específica no está entre los problemas de salud con garantías explícitas GES; en el sistema público la puerta de entrada es el CESFAM, desde donde se deriva a la atención de salud mental. Y si lo que buscas es entender primero qué implica el tratamiento, aquí explicamos cómo funciona la terapia cognitivo conductual para la ansiedad.

    Preguntas frecuentes sobre la fobia específica

    ¿Cuál es la diferencia entre un miedo y una fobia específica?

    Un miedo es proporcional al peligro y no organiza tu vida. Una fobia específica es un miedo intenso y persistente (seis meses o más) a un objeto o situación concreta, desproporcionado respecto al riesgo real, que la persona evita o soporta con mucha angustia y que interfiere con su trabajo, sus relaciones o sus decisiones cotidianas.

    ¿Cuáles son los tipos de fobia específica según el DSM-5?

    El DSM-5 describe cinco tipos según el objeto temido: animal (arañas, perros, insectos), entorno natural (alturas, tormentas, agua), sangre-inyecciones-heridas (agujas, procedimientos médicos), situacional (volar, ascensores, espacios cerrados) y otro (atragantarse, vomitar, ruidos fuertes). Es frecuente tener más de un tipo a la vez.

    ¿Una fobia específica se pasa sola con el tiempo?

    Muchos miedos infantiles desaparecen con la edad, pero una fobia establecida tiende a quedarse. Según una revisión en Lancet Psychiatry, entre el 10% y el 30% de las fobias persisten durante años o décadas, y las fobias predicen el inicio de otros trastornos de ansiedad, del ánimo y de consumo. Cuanto antes se trate, menos vida organiza a su alrededor.

    ¿Cuántas sesiones necesita el tratamiento de una fobia específica?

    Menos de lo que la mayoría cree. Un metaanálisis de 85 estudios no encontró diferencias entre la exposición en una sola sesión intensiva y la exposición en varias sesiones: los efectos fueron grandes en ambos formatos. En la práctica, una fobia aislada suele resolverse en un puñado de sesiones; con varias fobias o ansiedad generalizada encima, el plan es más largo.

    ¿Sirven los medicamentos para una fobia específica?

    No como tratamiento principal. Los fármacos se han estudiado solo como complemento de la exposición, con resultados inconsistentes. Un ansiolítico para «aguantar» un vuelo puede impedir el aprendizaje que cura la fobia, porque la persona atribuye la calma a la pastilla y no a que la situación era segura. Si hay pánico o agorafobia asociados, la evaluación es distinta.

    ¿Qué hago si me desmayo con la sangre o las agujas?

    Ese desmayo tiene explicación fisiológica (una caída de la presión arterial) y tratamiento propio: la tensión aplicada, que consiste en tensar los músculos grandes del cuerpo por ciclos mientras se está frente al estímulo, combinada con exposición gradual. En el ensayo original, el 90% de las personas mejoró al terminar cinco sesiones. Avísale siempre a quien te tome la muestra y pide hacerlo acostado.

    ¿Se puede tratar una fobia en niños?

    Sí, y responde muy bien. Un ensayo con 268 niños y adolescentes de 7 a 16 años mostró que una sola sesión intensiva de exposición fue tan eficaz como varias sesiones de terapia cognitivo conductual. Lo importante es que el tratamiento incluya enfrentar el miedo de forma graduada y con apoyo, y que los adultos no lo refuercen ayudando a evitar.

    Para llevar

    Una fobia específica es el trastorno de ansiedad más frecuente y el que mejor responde al tratamiento. Se reconoce por tres cosas: un miedo desproporcionado a algo concreto, evitación que organiza decisiones, y ansiedad anticipatoria que ocupa mucho más tiempo que el estímulo real. Afecta a cerca del 7% de las personas en el mundo y al 9,8% en Chile a lo largo de la vida, empieza casi siempre en la infancia y, sin tratamiento, tiende a durar y a abrir la puerta a otros problemas.

    La exposición, con terapeuta y con un plan, la resuelve en la mayoría de los casos en pocas sesiones, a veces en una sola; en la fobia a la sangre y las agujas se suma la tensión aplicada. Los medicamentos no la curan. Si llevas años decidiendo tu vida alrededor de un miedo que sabes exagerado, puedes agendar una consulta para evaluar de qué tipo de fobia se trata y armar un plan de exposición a tu medida. Es de los problemas en los que más rápido se nota el cambio.

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    Referencias

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    Wardenaar, K. J., Lim, C. C. W., Al-Hamzawi, A. O., Alonso, J., Andrade, L. H., Benjet, C., Bunting, B., de Girolamo, G., Demyttenaere, K., Florescu, S. E., Gureje, O., Hisateru, T., Hu, C., Huang, Y., Karam, E., Kiejna, A., Lepine, J. P., Navarro-Mateu, F., Oakley Browne, M., Piazza, M., Posada-Villa, J., ten Have, M. L., Torres, Y., Xavier, M., Zarkov, Z., Kessler, R. C., Scott, K. M., & de Jonge, P. (2017). The cross-national epidemiology of specific phobia in the World Mental Health Surveys. Psychological Medicine, 47(10), 1744-1760. https://doi.org/10.1017/s0033291717000174

    Wechsler, T. F., Kümpers, F., & Mühlberger, A. (2019). Inferiority or even superiority of virtual reality exposure therapy in phobias? A systematic review and quantitative meta-analysis on randomized controlled trials specifically comparing the efficacy of virtual reality exposure to gold standard in vivo exposure in agoraphobia, specific phobia, and social phobia. Frontiers in Psychology, 10, 1758. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2019.01758

    Wolitzky-Taylor, K. B., Horowitz, J. D., Powers, M. B., & Telch, M. J. (2008). Psychological approaches in the treatment of specific phobias: A meta-analysis. Clinical Psychology Review, 28(6), 1021-1037. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2008.02.007

    Wright, B., Tindall, L., Scott, A. J., Lee, E., Cooper, C., Biggs, K., Bee, P., Wang, H., Gega, L., Hayward, E., Solaiman, K., Teare, M. D., Davis, T., Wilson, J., Lovell, K., McMillan, D., Barr, A., Edwards, H., Lomas, J., Turtle, C., Parrott, S., Teige, C., Chater, T., Hargate, R., Ali, S., Parkinson, S., Gilbody, S., & Marshall, D. (2023). One session treatment (OST) is equivalent to multi-session cognitive behavioral therapy (CBT) in children with specific phobias (ASPECT): Results from a national non-inferiority randomized controlled trial. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 64(1), 39-49. https://doi.org/10.1111/jcpp.13665

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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  • Fobia a las Agujas y la Sangre: la Fobia que Baja la Presión en vez de Subirla

    Fobia a las Agujas y la Sangre: la Fobia que Baja la Presión en vez de Subirla

    Postergas la donación de sangre. Cancelas la hora del dentista dos veces. Le pides a la enfermera que te avise “justo antes” de pinchar, aunque sabes que no cambia nada.

    Y en algún momento, viendo la aguja o incluso solo la sangre en una curita, sentiste que el cuerpo se te iba: calor en la cara, zumbido en los oídos, y después nada, hasta despertar en el suelo o en la silla con alguien preguntando si estás bien.

    Eso no es “ser aprensivo”. La fobia a las agujas y la sangre es un mecanismo fisiológico distinto al de cualquier otro miedo, y tiene nombre y tratamiento con respaldo científico.

    Aquí vas a entender por qué tu cuerpo reacciona así (al revés de lo que pasa en un ataque de pánico), qué la distingue de otras fobias y qué funciona de verdad para tratarla, con la evidencia detrás de cada afirmación.

    Lo esencial en 40 segundos

    • La fobia a la sangre, las inyecciones y las agujas (fobia BII, por sus siglas en inglés) es un subtipo de fobia específica con un mecanismo único: a diferencia del pánico, que sube la presión arterial, esta fobia la baja de golpe y puede terminar en un desmayo real, no imaginario.
    • El tratamiento de elección combina exposición gradual con una técnica llamada tensión aplicada, que enseña a subir la presión a voluntad antes de que ocurra el síncope (Öst et al., 1991; Ayala et al., 2009).

    ¿Qué es exactamente la fobia a las agujas y la sangre?

    La fobia a la sangre, inyecciones y heridas (conocida en inglés como blood-injection-injury phobia, o fobia BII) es uno de los subtipos reconocidos dentro de las fobias específicas, junto con el miedo a animales, a los espacios cerrados o a las alturas (Clark y Beck, 2010). Es un cuadro distinto de la ansiedad social, aunque las dos comparten familia dentro de los trastornos de ansiedad.

    Cubre el miedo intenso a ver sangre, a recibir una inyección o punción, a someterse a un procedimiento médico o a presenciar una herida.

    No es raro y no está “en tu cabeza” en el sentido de que lo puedas apagar con voluntad.

    Una revisión con datos de 22 países ubica la fobia específica en general en el 5,5% de la población en un período de 12 meses, y hasta el 7,4% a lo largo de la vida, con una edad de inicio mediana de apenas 8 años (Wardenaar et al., 2017).

    En Chile, la fobia simple fue el tercer trastorno mental más frecuente a lo largo de la vida, con un 9,8% de la población (Vicente et al., 2006).

    El miedo puntual a las agujas es todavía más extendido: se estima que afecta a alrededor de un cuarto de los adultos, y hasta a la mitad de los adolescentes.

    Por qué te baja la presión (y no te sube, como en un ataque de pánico)

    Aquí está el dato que casi nadie te explica bien, y explica todo lo demás. En la mayoría de los miedos y fobias, el cuerpo hace lo esperable: se activa el sistema nervioso simpático, sube el pulso, sube la presión, te preparas para huir o pelear.

    Es lo mismo que ocurre en un ataque de pánico o en la fobia a las alturas o a los perros: casi nunca hay un desmayo real, porque la presión está arriba, no abajo.

    En la fobia BII pasa algo distinto. Hay una primera fase breve de esa misma activación (el susto inicial), pero le sigue una segunda fase dominada por el sistema parasimpático: la presión arterial y el ritmo cardíaco caen en picada, a veces con bradicardia franca (Clark y Beck, 2010).

    Esa caída de presión reduce el flujo de sangre al cerebro, y ahí sí, el desmayo (síncope vasovagal) es un evento fisiológico real, no una sensación exagerada. Es la única fobia donde el “me voy a desmayar” que sienten muchas personas con ansiedad, y que casi nunca ocurre en el pánico, sí puede pasar de verdad.

    Esta diferencia no es un detalle técnico: cambia por completo qué tratamiento funciona. Las técnicas de relajación clásica, que buscan bajar la presión, están contraindicadas antes de una exposición en esta fobia, porque empujan justo hacia el desmayo que se quiere evitar (Clark y Beck, 2010).

    ¿Cómo se llama el miedo a las agujas? Hemofobia, tripanofobia y belonefobia

    En la práctica, la fobia a la sangre, la fobia a las inyecciones y el miedo a las agujas casi siempre van juntas, y por eso se agrupan bajo el mismo subtipo BII. Pero hay matices.

    La hemofobia (miedo a la sangre) se dispara con la vista de sangre, propia o ajena, incluso en una película o una curita.

    El miedo a las agujas (a veces llamado tripanofobia o belonefobia) se centra en el instrumento y en la anticipación del procedimiento médico: la ansiedad empieza días antes de la cita, no solo al ver la aguja.

    Ambas comparten el mismo mecanismo vasovagal de fondo y, en general, el mismo tratamiento. La diferencia práctica está en el foco de la jerarquía de exposición: alguien con fobia pura a la sangre puede tolerar bien una inyección sin sangre visible, mientras que alguien con fobia a las agujas evita cualquier punción aunque no vea una gota.

    El otro ingrediente: el asco, no solo el miedo

    Algo que distingue a esta fobia de la mayoría es que no se sostiene solo en el miedo. El asco (disgust) suma su propia reacción: fluidos corporales, heridas abiertas o agujas activan una respuesta de repulsión evolutivamente ligada a evitar el contagio y la enfermedad, y esa respuesta también contribuye a la desaceleración cardiovascular (Tolin, 2024).

    Esto importa para el tratamiento porque el asco se habitúa más lento que el miedo durante la exposición. Las ideas de peligro (“me van a hacer daño”) bajan relativamente rápido al comprobar que el procedimiento es seguro. La sensación de repulsión frente a la sangre o la aguja, en cambio, suele necesitar más ensayos de exposición sostenida antes de ceder (Tolin, 2024).

    Cómo superar el miedo a la sangre y a las agujas: exposición y tensión aplicada

    El tratamiento con más respaldo para las fobias específicas en general es la exposición gradual, y la fobia BII no es la excepción: un metaanálisis clásico de 33 estudios controlados encontró efectos grandes frente a no tratamiento y superioridad frente al placebo y otras psicoterapias (Wolitzky-Taylor et al., 2008).

    Lo que cambia en este subtipo es que la exposición sola no basta para prevenir el desmayo, así que se combina con una técnica específica.

    Qué es la tensión aplicada

    La tensión aplicada (applied tension), desarrollada por Lars-Göran Öst, enseña a tensar simultáneamente los grandes grupos musculares (brazos, piernas, tronco) durante 10 a 15 segundos, soltar sin relajar del todo durante 20 a 30 segundos, y repetir el ciclo varias veces hasta notar calor en el rostro, señal de que la presión subió.

    Se practica primero fuera de la situación temida y después se aplica justo antes o al primer síntoma de mareo durante la exposición real a la sangre o la aguja.

    Qué dice la evidencia

    La evidencia respalda esta combinación con cifras concretas. En el ensayo original de Öst con criterios estrictos de fobia a la sangre, mejoró clínicamente el 90% de quienes usaron tensión aplicada, frente al 80% con tensión sola y el 40% con exposición en vivo sola tras 5 sesiones; al año de seguimiento, esas cifras subieron a 100%, 90% y 50% respectivamente (Öst et al., 1991).

    Una revisión sistemática centrada específicamente en el miedo a las agujas encontró que la tensión aplicada aportó un beneficio claro sobre el desmayo, tanto al terminar el tratamiento como al año de seguimiento, por encima de la exposición sola (McMurtry et al., 2015).

    No toda la evidencia apunta en la misma dirección con la misma fuerza: una revisión crítica advierte que solo existen cinco estudios controlados sobre tensión aplicada, todos del mismo grupo de investigación, y que en los cuestionarios de ansiedad la exposición sola a veces rindió incluso mejor, sin que se haya demostrado una ventaja fisiológica clara de la tensión (Ayala et al., 2009).

    Lo prudente, y lo que en la práctica clínica suele funcionar mejor, es enseñar la tensión aplicada como herramienta de seguridad mientras se avanza con la exposición gradual, no como sustituto de ella.

    Alternativas con tecnología

    Para quienes evitan la consulta presencial, hay alternativas: terapias asistidas por tecnología (aplicaciones, realidad virtual) muestran alivio del miedo y suelen tolerarse mejor que enfrentar la exposición en vivo desde el principio, aunque como puente hacia ella, no como reemplazo definitivo (Thng et al., 2020).

    ¿Cuántas sesiones hace falta?

    Menos de lo que la mayoría imagina. Para fobias específicas en general, un metaanálisis que comparó exposición en una sola sesión frente a varias sesiones no encontró diferencias significativas en los resultados, ni al terminar ni en el seguimiento, con efectos grandes en ambos formatos; la sesión única, eso sí, toma bastante menos tiempo total (Odgers et al., 2022).

    Este formato intensivo, llamado tratamiento en una sola sesión (OST), fue desarrollado originalmente por Öst en 1989 y combina psicoeducación, exposición graduada y modelado en un bloque concentrado de 2 a 3 horas.

    ¿Y en los niños? El miedo a las agujas no siempre es una fobia

    Que un niño llore o se resista antes de una vacuna es esperable según su edad y no significa, por sí solo, que tenga una fobia. El reflejo vasovagal maduro con desmayo real es menos frecuente a edades tempranas: en los primeros años el miedo se expresa más como rabieta, llanto y oposición directa que como el patrón bifásico de un adulto.

    Lo que sí puede mantener el miedo en el tiempo es la respuesta de los adultos alrededor: ceder ante la rabieta, cancelar citas médicas o sujetar al niño con fuerza durante el procedimiento refuerza la evitación en vez de reducirla.

    Por eso los protocolos infantiles suelen trabajar también con los padres, para que dejen de intervenir a modo de rescate y acompañen la exposición gradual como guías, no como escudo.

    La buena noticia es que el tratamiento en una sola sesión también rinde en población infantil: un ensayo pragmático con 268 niños y adolescentes de 7 a 16 años, en 26 servicios de salud mental infantil, encontró que el OST no fue inferior a la terapia cognitivo-conductual de varias sesiones a los 6 meses, con costos de servicio menores (Wright et al., 2023).

    Casi dos décadas de investigación respaldan este formato en jóvenes, combinando refuerzo, desafíos cognitivos, modelado y psicoeducación en una única sesión (Davis et al., 2019).

    Cuándo buscar ayuda profesional

    No hace falta esperar a que el miedo te haya hecho postergar un examen de sangre importante o evitar una cirugía necesaria.

    Conviene consultar cuando el miedo lleva a evitar atención médica real (vacunas, análisis, tratamientos), cuando ya hubo uno o más desmayos ante procedimientos médicos, o cuando la sola idea de una cita con agujas genera semanas de ansiedad anticipatoria.

    Un tratamiento psicológico bien enfocado puede enseñarte la tensión aplicada de forma segura y armar contigo una jerarquía de exposición a tu ritmo, en vez de que sigas evitando por tu cuenta.

    Preguntas frecuentes

    ¿Por qué me mareo o me desmayo cuando veo sangre o una aguja?

    Porque esta fobia produce una respuesta bifásica: una breve activación inicial seguida de una caída real de la presión arterial y el ritmo cardíaco, mediada por el sistema nervioso parasimpático. A diferencia de otras fobias, donde la presión sube, aquí baja lo suficiente como para provocar un desmayo real (Clark y Beck, 2010).

    ¿Es lo mismo la fobia a la sangre que el miedo a las agujas?

    Comparten el mismo mecanismo fisiológico y suelen tratarse juntas bajo el subtipo BII (sangre-inyecciones-heridas), pero el foco del miedo varía: uno se dispara con la vista de sangre y el otro con la anticipación del procedimiento médico. Muchas personas tienen ambos en distinto grado.

    ¿Cómo se trata la fobia a la sangre, las inyecciones y las agujas?

    El tratamiento con más respaldo combina exposición gradual con la técnica de tensión aplicada, que sube la presión arterial a voluntad para prevenir el desmayo. En estudios controlados, esta combinación logró tasas de mejoría clínica de hasta el 90-100% (Öst et al., 1991).

    ¿Qué es la técnica de tensión aplicada?

    Consiste en tensar los grandes grupos musculares del cuerpo durante 10 a 15 segundos, soltar sin relajar del todo por 20 a 30 segundos, y repetir varios ciclos hasta sentir calor en el rostro. Se practica primero en situaciones neutras y después se usa justo antes o durante la exposición al estímulo temido.

    ¿Es normal que los niños le teman a las agujas, o ya es una fobia?

    El miedo puntual a las agujas es esperable en la infancia y no equivale a una fobia. Se vuelve un problema cuando el miedo se mantiene en el tiempo, interfiere con la atención médica o los adultos alrededor terminan reforzando la evitación al ceder o cancelar citas.

    ¿Cuándo conviene consultar a un psicólogo por este miedo?

    Cuando el miedo lleva a postergar o evitar atención médica necesaria, cuando ya hubo desmayos ante procedimientos, o cuando la ansiedad anticipatoria por una cita con agujas dura días o semanas. El tratamiento suele requerir pocas sesiones y tiene una de las tasas de éxito más altas dentro de la psicoterapia.

    Cuando el cuerpo reacciona distinto, el tratamiento también

    Esta fobia se puede tratar, y con menos sesiones de las que la mayoría espera.

    Lo importante es no confundirla con un miedo cualquiera: el cuerpo hace algo distinto, así que la técnica también tiene que ser distinta. Si el miedo a la sangre, las inyecciones o las agujas te está haciendo evitar atención médica que necesitas, un psicólogo puede armar contigo una jerarquía de exposición y enseñarte la tensión aplicada antes de tu próxima cita con agujas, no después de evitarla otra vez.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Ayala, E. S., Meuret, A. E., & Ritz, T. (2009). Treatments for blood-injury-injection phobia: A critical review of current evidence. Journal of Psychiatric Research, 43(15), 1235-1242. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2009.04.008

    Clark, D. A., & Beck, A. T. (2010). Cognitive therapy of anxiety disorders: Science and practice. Guilford Press.

    Davis, T. E., Ollendick, T. H., & Öst, L.-G. (2019). One-Session Treatment of specific phobias in children: Recent developments and a systematic review. Annual Review of Clinical Psychology, 15, 233-256. https://doi.org/10.1146/annurev-clinpsy-050718-095608

    Eaton, W. W., Bienvenu, O. J., & Miloyan, B. (2018). Specific phobias. The Lancet Psychiatry, 5(8), 678-686. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(18)30169-x

    McMurtry, C. M., Noel, M., Taddio, A., Antony, M. M., Asmundson, G. J., Riddell, R. P., Chambers, C. T., & Shah, V. (2015). Interventions for individuals with high levels of needle fear: Systematic review of randomized controlled trials and quasi-randomized controlled trials. The Clinical Journal of Pain, 31(Suppl. 10), S109-S123. https://doi.org/10.1097/ajp.0000000000000273

    Odgers, K., Kershaw, K. A., Li, S. H., & Graham, B. M. (2022). The relative efficacy and efficiency of single- and multi-session exposure therapies for specific phobia: A meta-analysis. Behaviour Research and Therapy, 159, 104203. https://doi.org/10.1016/j.brat.2022.104203

    Öst, L.-G. (1989). One-session treatment for specific phobias. Behaviour Research and Therapy, 27(1), 1-7. https://doi.org/10.1016/0005-7967(89)90113-7

    Öst, L.-G., Fellenius, J., & Sterner, U. (1991). Applied tension, exposure in vivo, and tension-only in the treatment of blood phobia. Behaviour Research and Therapy, 29(6), 561-574. https://doi.org/10.1016/0005-7967(91)90006-o

    Ruiz, M. Á., Díaz, M. I., & Villalobos, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo-conductuales. Editorial Pirámide.

    Thng, C., Lim-Ashworth, N., Poh, B., & Lim, C. G. (2020). Recent developments in the intervention of specific phobia among adults: A rapid review. F1000Research, 9, 195. https://doi.org/10.12688/f1000research.20082.1

    Tolin, D. F. (2024). Doing CBT: A comprehensive guide to working with behaviors, thoughts, and emotions (2.ª ed.). Guilford Press.

    Vicente, B., Kohn, R., Rioseco, P., Saldivia, S., Levav, I., & Torres, S. (2006). Lifetime and 12-month prevalence of DSM-III-R disorders in the Chile Psychiatric Prevalence Study. American Journal of Psychiatry, 163(8), 1362-1370. https://doi.org/10.1176/ajp.2006.163.8.1362

    Wardenaar, K. J., Lim, C. C. W., Al-Hamzawi, A. O., Alonso, J., Andrade, L. H., Benjet, C., Bunting, B., de Girolamo, G., Demyttenaere, K., Florescu, S. E., Gureje, O., Hisateru, T., Hu, C., Huang, Y., Karam, E., Kiejna, A., Lepine, J. P., Navarro-Mateu, F., Oakley Browne, M., Piazza, M., Posada-Villa, J., ten Have, M. L., Torres, Y., Xavier, M., Zarkov, Z., Kessler, R. C., Scott, K. M., & de Jonge, P. (2017). The cross-national epidemiology of specific phobia in the World Mental Health Surveys. Psychological Medicine, 47(10), 1744-1760. https://doi.org/10.1017/s0033291717000174

    Wolitzky-Taylor, K. B., Horowitz, J. D., Powers, M. B., & Telch, M. J. (2008). Psychological approaches in the treatment of specific phobias: A meta-analysis. Clinical Psychology Review, 28(6), 1021-1037. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2008.02.007

    Wright, B., Tindall, L., Scott, A. J., Lee, E., Cooper, C., Biggs, K., Bee, P., Wang, H., Gega, L., Hayward, E., Solaiman, K., Teare, M. D., Davis, T., Wilson, J., Lovell, K., McMillan, D., Barr, A., Edwards, H., Lomas, J., Turtle, C., Parrott, S., Teige, C., Chater, T., Hargate, R., Ali, S., Parkinson, S., Gilbody, S., & Marshall, D. (2023). One session treatment (OST) is equivalent to multi-session cognitive behavioral therapy (CBT) in children with specific phobias (ASPECT): Results from a national non-inferiority randomized controlled trial. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 64(1), 39-49. https://doi.org/10.1111/jcpp.13665

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) e inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de Chile. Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile.

    Este contenido es educativo y se apoya en literatura científica y guías clínicas. No reemplaza una evaluación profesional: si el miedo a la sangre o las agujas te está haciendo evitar atención médica que necesitas, conviene consultar.

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  • Miedos Infantiles por Edad: Cuándo Son Normales y Cuándo No

    Miedos Infantiles por Edad: Cuándo Son Normales y Cuándo No

    Tu hija de cuatro años no quiere que apagues la luz. Tu hijo de siete se despierta gritando por un monstruo que “vive” debajo de la cama. El de diez, que hasta hace poco dormía como un tronco, ahora pregunta si te vas a morir. Y tú te preguntas lo mismo que se preguntan casi todos los padres en algún momento: ¿esto es normal a su edad o hay algo que debería estar tratando?

    La respuesta corta es que casi siempre es normal, y la respuesta útil es que “casi siempre” tiene bordes bastante claros. Los miedos infantiles por edad siguen un calendario conocido desde hace décadas: aparecen, cambian de contenido y se van solos, en un orden que se repite en casi todos los niños. Cuando un miedo se sale de ese calendario (por intensidad, por duración o por lo que le impide hacer al niño) deja de ser una etapa y pasa a ser algo que conviene tratar, y que se trata bien.

    En este artículo vas a encontrar ese calendario, edad por edad, los criterios que usamos los psicólogos para distinguir un miedo evolutivo de una fobia, qué hacer en casa con el miedo a la oscuridad (que es el que más consultas genera) y qué funciona cuando el miedo ya no se va solo.

    En corto: entre los 4 y los 12 años, tres de cada cuatro niños tienen algún miedo, y en la mayoría es parte normal del desarrollo. El contenido cambia con la edad (de los ruidos y los extraños a la oscuridad y los monstruos, y de ahí a la escuela y la muerte) y la intensidad baja con los años. Un miedo deja de ser normal cuando es desproporcionado, le impide al niño hacer su vida (dormir, ir al colegio, salir) y no cede con el tiempo. Cerca de uno de cada cinco niños con miedos comunes cumple criterios de un trastorno de ansiedad, y para ellos hay tratamientos breves y eficaces.

    ¿Por qué los niños tienen miedo? Lo que es normal y lo que no

    El miedo es una reacción normal ante una amenaza real o imaginada, y en la infancia cumple una función: proteger. Un siglo de investigación, resumido en una revisión de Eleonora Gullone en Clinical Psychology Review, llega a dos conclusiones muy estables: el miedo baja en frecuencia e intensidad a medida que el niño crece, y los miedos concretos son transitorios (Gullone, 2000). Lo esperable, entonces, es que aparezcan, duren un tiempo y se vayan.

    ¿Qué tan comunes son? Mucho. En un estudio con 190 escolares sanos de 4 a 12 años, el 75,8 % reportó miedos, el 67,4 % preocupaciones y el 80,5 % sueños que asustan (Muris, Merckelbach, Gadet y Moulaert, 2000). Si tu hijo tiene miedos, está en la mayoría.

    El manual de referencia en español para la psicología clínica infantil lo resume así: la mayoría de los miedos infantiles son transitorios, de intensidad leve y específicos de una edad, y la literatura los considera “evolutivos”, un aspecto normal del desarrollo que le da al niño maneras de adaptarse a distintos estresores (Méndez, Olivares y Bermejo, 2002). Lo que hay que diferenciar es ese miedo normal, que remite solo con los años, del miedo “patológico” o fobia, que requiere tratamiento.

    Una distinción que ayuda a los padres: miedo y ansiedad no son lo mismo. En el miedo predomina una situación concreta e identificable (el perro, la oscuridad) y una respuesta visible (llorar, esconderse, evitar). En la ansiedad predominan los pensamientos y el malestar interno, y el disparador es más difuso (Méndez et al., 2002). Un niño con miedo a los perros cruza la calle cuando ve uno; un niño ansioso se preocupa toda la tarde por si mañana habrá perros en el parque. Los dos pueden ser normales, y los dos pueden dejar de serlo.

    Miedos infantiles por edad: la tabla que conviene tener a mano

    Los miedos infantiles por edades siguen un patrón evolutivo: en los primeros años dominan los estímulos inmediatos y concretos (ruidos, caídas, extraños), y con la edad pasan a temas anticipatorios y abstractos, como el fracaso escolar, el rechazo social o la muerte (Gullone, 2000). La tabla siguiente resume ese recorrido a partir de la síntesis de Méndez (1999), recogida en Méndez et al. (2002).

    Edad Miedos que disminuyen Miedos que se mantienen Miedos que aumentan
    0 a 2 años (etapa de aparición) Pérdida brusca del apoyo, ruidos fuertes, extraños, separación de los padres, heridas, animales, oscuridad
    3 a 5 años Pérdida del apoyo, extraños Ruidos fuertes, separación, animales, oscuridad Daños físicos, personas disfrazadas
    6 a 8 años Ruidos fuertes, personas disfrazadas Separación, animales, oscuridad, daño físico Seres imaginarios (brujas, fantasmas, extraterrestres), tormentas, soledad, escuela
    9 a 12 años Separación, oscuridad, seres imaginarios, soledad Animales, daño físico, tormentas Escuela (exámenes, malas notas), aspecto físico, relaciones sociales, muerte
    13 a 18 años Tormentas Animales, daño físico Escuela, aspecto físico, relaciones sociales, muerte

    Lo que la tabla no muestra, y que el estudio de Muris y colaboradores (2000) sí midió, es la curva de frecuencia: los miedos y los sueños que asustan son comunes a los 4-6 años, se vuelven todavía más frecuentes a los 7-9 y bajan claramente a los 10-12. Las preocupaciones siguen otro camino: son más propias de los mayores (7 a 12 años) que de los pequeños. Y el contenido se mueve con la edad justo como la tabla anticipa: los miedos a criaturas imaginarias bajan con los años, mientras la preocupación por el rendimiento en pruebas sube.

    De 0 a 2 años: extraños, ruidos y separación

    En los bebés el miedo es casi reflejo: un ruido fuerte, perder el apoyo, una cara desconocida. Hacia el final del primer año aparece la angustia ante los extraños y el llanto cuando la madre o el padre salen de la habitación. Esa reacción a la separación es esperable y tiene su propio artículo en ansiedad por separación en niños, porque es el miedo que más se confunde con un problema cuando todavía no lo es.

    De 3 a 5 años: oscuridad, monstruos y disfraces

    Es la edad del miedo a la oscuridad, a los animales y a las personas disfrazadas (el payaso, el Viejo Pascuero de la tienda). Aparece el miedo a lastimarse. La imaginación del niño de esta edad todavía no separa bien lo que puede pasar de lo que se le ocurre, así que un cuento o una escena vista de pasada se convierte en un “algo” que vive en el clóset.

    De 6 a 8 años: seres imaginarios, tormentas y colegio

    Los ruidos y los disfraces dejan de asustar, pero suben los seres imaginarios (brujas, fantasmas, extraterrestres), las tormentas, la soledad y, con la entrada al colegio, la escuela misma. Los sueños que asustan tienen aquí su pico de frecuencia (Muris et al., 2000).

    De 9 a 12 años: notas, cuerpo, amigos y muerte

    El miedo a la oscuridad, a la separación y a los seres imaginarios baja. Lo que sube es más “de grande”: los exámenes y las malas notas, el aspecto físico, cómo lo ven los compañeros y la muerte (la propia y, sobre todo, la de los padres). Es normal que un niño de diez años pregunte por primera vez, y en serio, qué pasaría si te murieras.

    De 13 a 18 años: lo social manda

    En la adolescencia se mantienen los miedos a animales y al daño físico, y ganan terreno la escuela, el aspecto físico, las relaciones sociales y la muerte. Si el miedo social crece hasta evitar exponerse (hablar en clase, ir a fiestas), conviene leer sobre ansiedad social, porque a esa edad ya puede tener nombre propio.

    “Mi hijo tiene miedo a todo”: ¿es normal?

    Que un niño tenga varios miedos a la vez es más común de lo que parece: en el estudio de Muris et al. (2000), tres de cada cuatro tenían miedos, y en un estudio clásico que citan Méndez et al. (2002), el 43 % de una muestra de 482 niños de 6 a 12 años presentaba al menos siete miedos según sus madres. “Tiene miedo a todo” suele ser, en realidad, “tiene los cuatro o cinco miedos de su edad al mismo tiempo”.

    Dicho eso, hay dos situaciones en las que un niño “miedoso” merece una mirada más atenta.

    La primera es el temperamento. Algunos niños nacen más cautelosos ante lo nuevo: se quedan atrás, observan, tardan en entrar. En psicología eso se llama inhibición conductual, y no es un defecto. Pero un metaanálisis publicado en el Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry encontró que los niños con inhibición conductual tienen más de siete veces más riesgo de desarrollar ansiedad social; según los autores, cerca del 15 % de los niños muestra inhibición extrema y casi la mitad de ellos llegará a tener ansiedad social (Clauss y Blackford, 2012). No es una condena, es una razón para acompañar mejor a ese niño en lo nuevo, en vez de dejar que lo evite.

    La segunda son los miedos nocturnos intensos. En preescolares de 4 a 6 años derivados por miedos nocturnos, un estudio comparativo con 109 niños y 30 controles encontró que los que sufrían miedos nocturnos significativos también tenían más miedos de todo tipo, más problemas de conducta y menor capacidad de controlar la atención; los autores proponen que un miedo nocturno intenso puede ser un marcador de vulnerabilidad a la ansiedad y que vale la pena evaluar al niño completo, no solo la hora de dormir (Kushnir, Gothelf y Sadeh, 2014).

    Y un dato para poner las cosas en proporción: cuando se entrevistó con criterios diagnósticos a 290 niños de 8 a 13 años con miedos comunes, el 22,8 % cumplía criterios de un trastorno de ansiedad (Muris, Merckelbach, Mayer y Prins, 2000). En cuatro de cada cinco el miedo era desarrollo normal; en uno de cada cinco interfería con la rutina diaria. Ese uno de cada cinco es el que hay que saber reconocer.

    ¿Cuándo un miedo deja de ser normal? Miedo evolutivo vs. fobia

    Para considerar fóbico un miedo infantil, Méndez et al. (2002) exigen dos condiciones a la vez: que sea desproporcionado a la situación (el objeto no es una amenaza real, o lo es tan poco que la reacción no se explica) y que su intensidad lo vuelva desadaptativo, es decir, que el niño sufra mucho y que su vida familiar, escolar o social se deteriore. Un niño que corre despavorido cada vez que alguien enciende un fósforo, al punto de que su madre no puede cocinar, no tiene miedo al fuego: tiene una fobia al fuego.

    ¿Y la duración? Los manuales diagnósticos piden seis meses o más. Los propios autores del capítulo discuten ese criterio en niños pequeños: esperar medio año para saber si el miedo a la oscuridad de un niño de cuatro años es evolutivo equivale, en proporción a su vida, a hacer esperar a un adulto de cuarenta hasta los cuarenta y cinco. Su postura es que si el miedo produce un malestar clínicamente significativo o afecta el funcionamiento del niño, no se pospone la ayuda por cumplir un plazo (Méndez et al., 2002).

    Un estudio latinoamericano da una pista práctica sobre dónde está el borde. En 2.512 niños y adolescentes brasileños, la mayoría de los miedos específicos (oscuridad, animales, sangre) eran normativos cuando eran leves y pasaban a indicar un problema cuando eran generalizados (cuando aparecían con fuerza en muchas situaciones); los miedos sociales, en cambio, indicaban problema incluso siendo leves (Laporte et al., 2017). La regla que sale de ahí: un miedo específico leve casi nunca es motivo de alarma; un miedo social persistente merece atención antes.

    Sobre cuántos niños cruzan ese borde: en una muestra de 2.673 niños y adolescentes de Seúl, la prevalencia de fobia específica en un año fue del 7,9 % (Kim et al., 2010). Y en las encuestas mundiales de salud mental de la OMS, la edad mediana de inicio de la fobia específica es de 8 años, con una prevalencia a lo largo de la vida del 7,4 % (Wardenaar et al., 2017). Las fobias no son raras, y empiezan en la infancia.

    Señales de que el miedo ya no es una etapa

    Reúne varias de estas y conviene consultar:

    • Evita de forma activa: no entra a su pieza, no va a cumpleaños donde haya perros, no quiere ir al colegio.
    • El miedo dura meses sin ceder, o va a más en vez de a menos.
    • La reacción es muy intensa: llanto inconsolable, temblor, vómitos, pánico.
    • Afecta el sueño casi todas las noches, o la familia entera ha reorganizado sus rutinas alrededor del miedo.
    • Aparece a una edad en la que “ya no tocaba” (un miedo a los monstruos que sigue igual a los 11 años).
    • Hay otros signos: irritabilidad, quejas físicas frecuentes, preocupación constante, tristeza.

    Si dudas, la guía sobre cuándo llevar a un niño al psicólogo ordena las señales de alerta por edad.

    Miedo a la oscuridad en niños: qué hacer en casa

    Es el miedo por el que más preguntan los padres, y también uno de los mejor estudiados. Una revisión sistemática de 25 años de investigación reunió 12 estudios (nueve ensayos aleatorizados y tres diseños de caso controlado) sobre el tratamiento de los miedos nocturnos infantiles: las intervenciones conductuales y cognitivo-conductuales produjeron mejorías significativas en el miedo y redujeron las conductas nocturnas disruptivas (Lewis, Rafihi-Ferreira, Freitag, Coffman y Ollendick, 2021). Lo que funciona tiene una lógica común, y se puede aplicar en casa cuando el miedo no es grave.

    Primero, entender qué lo mantiene. Méndez et al. (2002) lo describen con claridad: en el miedo a la oscuridad, los padres suelen reforzar las quejas del niño sin querer, tanto por lo que consiguen (dormir con los padres, cuentos extra, tele) como por lo que evitan (la soledad de la pieza, aburrirse sin sueño). Eso no convierte a los padres en culpables. Explica por qué el miedo no se va: cada noche que la queja “funciona”, se afianza.

    Segundo, darle al niño un rol activo. En un ensayo con 104 niños de 4 a 6 años con miedos nocturnos, dos intervenciones breves con un muñeco (en una, el niño tenía que cuidar a un perrito de peluche que “también tenía miedo”; en otra, el perrito venía como protector) redujeron el miedo por igual y más que la lista de espera al mes, bajaron las conductas de los padres para manejar el miedo y los problemas de sueño, y el efecto seguía a los 6 meses (Kushnir y Sadeh, 2012). Cuidar a alguien más pequeño cambia al niño de asustado a cuidador.

    Tercero, leer juntos un cuento que enseñe a enfrentar la oscuridad, con juegos. En Brasil, un ensayo aleatorizado con 68 niños de 4 a 6 años que dormían con sus padres por miedos nocturnos intensos mostró que una intervención breve dirigida a los padres (un libro de biblioterapia basado en TCC más un muñeco) fue superior a la lista de espera y mantuvo el efecto a los 3 meses (Rafihi-Ferreira, Silvares, Asbahr y Ollendick, 2018). Y en España, un ensayo con 38 niños de 4 a 8 años probó un programa en casa de biblioterapia con juegos durante 4 a 5 semanas, con exposición gradual y manejo de pesadillas: bajaron los miedos a la noche y a los seres imaginarios y mejoró la capacidad de actuar a oscuras, sin cambios en el grupo de espera (Orgilés, Belzunegui-Pastor, Amorós-Reche y Espada, 2026). En los dos estudios, el ingrediente activo es que lo hacen los padres.

    Cuarto, la exposición en pequeños pasos. El principio detrás de todo lo anterior: acercarse a lo que da miedo de a poco, con apoyo, y premiar cada avance. En la práctica: apagar la luz principal y dejar una tenue, después una más tenue, después solo el pasillo; jugar a buscar un tesoro con linterna en la pieza a oscuras; quedarse en la pieza oscura 30 segundos, luego un minuto, con un adulto afuera de la puerta. Cada paso conseguido se celebra en voz alta y con algo concreto (una calcomanía, elegir el cuento del día siguiente). Méndez et al. (2002) recogen un estudio en el que, con este esquema de práctica reforzada, cuatro de siete niños lograron tolerar cinco minutos a oscuras, frente a ninguno del grupo control.

    Lo que no ayuda: pasarlo a la cama de los padres como solución permanente (alivia esa noche y confirma que la pieza era peligrosa), obligarlo a quedarse a oscuras “para que aprenda” (es exposición sin gradación ni apoyo, y suele empeorar el miedo), y reírse o compararlo con el hermano que “no es cobarde”.

    Qué hacer (y qué no) con los miedos de tu hijo a cualquier edad

    Lo que sirve para la oscuridad sirve, con ajustes, para casi todos los miedos evolutivos.

    Toma el miedo en serio sin tomar el control tú. Validar (“entiendo que te asuste”) no es lo mismo que acomodarse (“entonces no vamos”). Una revisión reciente advierte que varias estrategias que se recomiendan a familias de niños ansiosos se basan en la evitación, y que la evitación impide el aprendizaje correctivo y puede mantener la ansiedad a largo plazo (Dunning, Khan, Becker-Haimes y Guzick, 2025). Cuando el niño evita y el adulto lo facilita, el miedo se queda.

    Cuida lo que le llega. De las tres vías por las que se aprende un miedo (una experiencia directa, ver a otro asustarse, o que te cuenten algo), en el estudio de Muris et al. (2000) la vía más reportada por los niños para sus miedos y sus sueños feos fue la información: lo que oyeron, vieron o les contaron. Un noticiero de fondo, un video en el teléfono del hermano mayor, una historia de terror en el cumpleaños. No hace falta vivir en una burbuja, pero sí saber que el contenido cuenta, sobre todo antes de los 8 años.

    Modela y acompaña. Los procedimientos de modelado (un adulto o un niño mayor que se acerca al perro con calma, y luego el niño lo intenta con apoyo) tienen eficacia demostrada en miedos a animales, alturas, agua y procedimientos médicos (Méndez et al., 2002). Tu propia reacción ante la araña enseña más que cualquier discurso.

    Premia el valor, no la queja. Los adultos, sin darse cuenta, tienden a retirar el estímulo y abrazar al niño asustado (lo que refuerza el miedo) y a no prestar atención a los actos valientes por considerarlos “normales” (lo que los extingue). Reorganizar eso, reforzar la aproximación y no reforzar la evitación, es la estrategia común de todos los tratamientos de fobias infantiles (Méndez et al., 2002).

    Involúcrate tú, aunque el niño no quiera ir a terapia. En un ensayo de no inferioridad con 124 niños de 7 a 14 años, un tratamiento dirigido solo a los padres (el niño nunca vio al terapeuta) no fue inferior a la terapia individual del niño, y redujo más la acomodación familiar (Lebowitz, Marin, Martino, Shimshoni y Silverman, 2020). Si tu hijo se niega a ir, todavía hay mucho que puedes cambiar desde tu lado.

    Lo que no hacer: ridiculizar o comparar, obligar de golpe, mentir (“no hay perros en el parque” cuando sí los hay), o prometer que nunca va a pasar nada. La confianza que pierdes ahí es la que necesitas para la exposición gradual.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional (y qué esperar)?

    Consulta si el miedo cumple las señales de la lista de arriba: evitación activa, meses sin mejorar, reacción muy intensa, sueño o colegio afectados, o si el niño está más irritable, triste o preocupado de lo habitual. También si el miedo se instaló después de un susto concreto (una mordida, un accidente, una hospitalización) y no cede, o si tú mismo estás organizando la vida de la familia alrededor de él.

    La buena noticia es que las fobias infantiles están entre los problemas que mejor responden a tratamiento, y en poco tiempo. En un ensayo nacional británico con 268 niños de 7 a 16 años con fobia específica, el tratamiento en una sola sesión de exposición (OST) no fue inferior a la terapia cognitivo-conductual de varias sesiones a los 6 meses (Wright et al., 2023). Un metaanálisis de 23 ensayos con niños y adolescentes encontró que los tratamientos breves e intensivos tienen remisión comparable a la TCC estándar y menos abandono (Öst y Ollendick, 2017). El OST combina exposición graduada, modelado participante, refuerzo y psicoeducación en una sesión larga (Davis, Ollendick y Öst, 2019); para miedos más leves o en niños más pequeños, unas pocas sesiones con los padres suelen bastar.

    Si el miedo es más social que específico, o viene acompañado de preocupación constante, la evaluación mira el cuadro completo: puede ser ansiedad en niños más amplia que una fobia específica. Y si lo que te preocupa es la separación (llanto al dejarlo en el jardín, negativa a dormir solo por miedo a que te pase algo), ese cuadro tiene su propio recorrido, descrito en el artículo sobre ansiedad por separación.

    Preguntas frecuentes sobre los miedos infantiles

    ¿A qué edad es normal el miedo a la oscuridad?

    Aparece en los primeros dos años, se mantiene entre los 3 y los 8, y tiende a bajar entre los 9 y los 12 (Méndez et al., 2002). Es de los miedos más frecuentes y de los que más consultas generan. Deja de ser normal cuando el niño no puede dormir la mayoría de las noches, la familia reorganiza su rutina alrededor de él o sigue igual pasados los 10 u 11 años.

    ¿Es normal que mi hijo tenga miedo a todo?

    Tener varios miedos a la vez es común: tres de cada cuatro niños de 4 a 12 años reportan miedos y muchos tienen varios (Muris et al., 2000). Más que la cantidad, importa si son proporcionados, si el niño sigue haciendo su vida y si van bajando con la edad. Un niño muy cauteloso ante todo lo nuevo puede tener un temperamento inhibido que conviene acompañar con exposición gradual.

    ¿Cómo sé si es un miedo o una fobia?

    Una fobia cumple dos condiciones a la vez: el miedo es desproporcionado a la situación y su intensidad daña la vida del niño (sufre mucho, evita, se afecta el sueño, el colegio o las relaciones). Los miedos específicos leves casi siempre son normativos; los miedos sociales persistentes merecen atención antes (Laporte et al., 2017). Si dura meses sin ceder, consulta.

    ¿Debo dejar una luz encendida?

    Sí, al principio. Una luz tenue es el primer escalón de una exposición gradual, no un premio a la evitación. La idea es ir bajándola: menos intensa, después solo en el pasillo, después apagada con la puerta entreabierta. Lo que conviene evitar es quedarse en el mismo escalón durante años o pasarlo a tu cama como solución permanente.

    ¿Los cuentos sirven para quitar el miedo?

    Sí, cuando el cuento enseña a enfrentar el miedo y se acompaña de juegos y práctica. Dos ensayos con niños de 4 a 8 años, uno en Brasil y otro en España, mostraron que la biblioterapia guiada por los padres redujo los miedos nocturnos y mejoró el sueño, con efectos que se mantenían meses después (Rafihi-Ferreira et al., 2018; Orgilés et al., 2026). El ingrediente activo es la práctica que propone el cuento.

    ¿Cuánto tarda en tratarse una fobia en un niño?

    Menos de lo que la mayoría de los padres espera. Para fobias específicas, un ensayo con 268 niños de 7 a 16 años mostró que una sola sesión larga de exposición no fue inferior a varias sesiones de TCC (Wright et al., 2023), y un metaanálisis de 23 ensayos encontró remisión comparable con tratamientos breves e intensivos (Öst y Ollendick, 2017). Los miedos leves suelen resolverse con orientación a los padres.

    Lo que conviene recordar

    Los miedos infantiles por edad tienen calendario: ruidos y extraños en los bebés, oscuridad y monstruos en los preescolares, seres imaginarios y colegio en la primera etapa escolar, notas, cuerpo y muerte hacia los diez años, y lo social en la adolescencia. Casi todos se van solos, y los que no se van responden bien a tratamientos breves. Lo que hace la diferencia en casa es sencillo de decir y difícil de sostener: tomar el miedo en serio, no facilitarle la evitación, acercarse de a poco y celebrar cada paso.

    Si el miedo de tu hijo lleva meses, le impide dormir o ir al colegio, o sientes que toda la familia gira alrededor de él, no hace falta esperar a que se le pase. Puedes agendar una consulta para evaluar qué está pasando y armar, con ustedes, un plan de exposición gradual que el niño pueda seguir.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Clauss, J. A., & Blackford, J. U. (2012). Behavioral inhibition and risk for developing social anxiety disorder: A meta-analytic study. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 51(10), 1066-1075.e1. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2012.08.002

    Davis, T. E., Ollendick, T. H., & Öst, L.-G. (2019). One-Session Treatment of specific phobias in children: Recent developments and a systematic review. Annual Review of Clinical Psychology, 15, 233-256. https://doi.org/10.1146/annurev-clinpsy-050718-095608

    Dunning, K. R., Khan, F., Becker-Haimes, E. M., & Guzick, A. G. (2025). When attempts to help backfire: Psychosocial interventions that may inadvertently prolong anxiety among youth. Research on Child and Adolescent Psychopathology, 53(5), 639-653. https://doi.org/10.1007/s10802-025-01317-x

    Gullone, E. (2000). The development of normal fear: A century of research. Clinical Psychology Review, 20(4), 429-451. https://doi.org/10.1016/s0272-7358(99)00034-3

    Kim, S. J., Kim, B. N., Cho, S. C., Kim, J. W., Shin, M. S., Yoo, H. J., & Kim, H. W. (2010). The prevalence of specific phobia and associated co-morbid features in children and adolescents. Journal of Anxiety Disorders, 24(6), 629-634. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2010.04.004

    Kushnir, J., Gothelf, D., & Sadeh, A. (2014). Nighttime fears of preschool children: A potential disposition marker for anxiety? Comprehensive Psychiatry, 55(2), 336-341. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2013.08.019

    Kushnir, J., & Sadeh, A. (2012). Assessment of brief interventions for nighttime fears in preschool children. European Journal of Pediatrics, 171(1), 67-75. https://doi.org/10.1007/s00431-011-1488-4

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    Wardenaar, K. J., Lim, C. C. W., Al-Hamzawi, A. O., Alonso, J., Andrade, L. H., Benjet, C., Bunting, B., de Girolamo, G., Demyttenaere, K., Florescu, S. E., Gureje, O., Hisateru, T., Hu, C., Huang, Y., Karam, E., Kiejna, A., Lepine, J. P., Navarro-Mateu, F., Oakley Browne, M., … de Jonge, P. (2017). The cross-national epidemiology of specific phobia in the World Mental Health Surveys. Psychological Medicine, 47(10), 1744-1760. https://doi.org/10.1017/s0033291717000174

    Wright, B., Tindall, L., Scott, A. J., Lee, E., Cooper, C., Biggs, K., Bee, P., Wang, H., Gega, L., Hayward, E., Solaiman, K., Teare, M. D., Davis, T., Wilson, J., Lovell, K., McMillan, D., Barr, A., Edwards, H., Lomas, J., … Marshall, D. (2023). One session treatment (OST) is equivalent to multi-session cognitive behavioral therapy (CBT) in children with specific phobias (ASPECT): Results from a national non-inferiority randomized controlled trial. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 64(1), 39-49. https://doi.org/10.1111/jcpp.13665

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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