Hay gente que no va al dentista desde hace diez años. Gente que rechazó un ascenso porque el cargo implicaba volar dos veces al mes. Gente que revisa el techo de cada habitación antes de entrar, por si hay una araña, y que sabe perfectamente que una araña de casa no le va a hacer nada. Lo sabe. Y aun así el cuerpo reacciona como si la vida dependiera de salir de ahí.
Eso es una fobia específica: un miedo intenso y persistente a un objeto o a una situación concreta, desproporcionado respecto al peligro real, que lleva a evitarla o a soportarla con mucha angustia. Es el trastorno de ansiedad más común que existe y, al mismo tiempo, uno de los que menos gente trata, porque casi siempre se puede esquivar lo temido. Aquí vas a encontrar cuáles son los tipos de fobias que describe el DSM-5, cómo distinguir una fobia de un miedo normal, por qué no se pasa sola y qué tratamiento tiene respaldo real: la exposición, que en muchos casos resuelve el problema en pocas sesiones, a veces en una sola.
Respuesta corta: una fobia específica es un miedo marcado y persistente (seis meses o más) a un objeto o situación determinada, que la persona evita o soporta con mucha ansiedad y que interfiere con su vida. El DSM-5 distingue cinco tipos: animales, entorno natural, sangre-inyecciones-heridas, situacional y otros. Afecta a cerca del 7% de las personas a lo largo de la vida, suele empezar en la infancia y, sin tratamiento, tiende a durar años. El tratamiento de elección es la terapia de exposición, con efectos grandes tanto en formato de varias sesiones como en una sola sesión intensiva.
Qué es una fobia específica: criterios diagnósticos y qué la separa de un miedo normal
Tener miedo a las alturas, a las serpientes o a una inyección es parte del equipamiento humano. El miedo avisa de un peligro y nos hace cuidarnos. Una fobia es otra cosa: el sistema de alarma se dispara con toda su fuerza ante algo que no justifica esa respuesta, y la persona lo sabe. Según el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría, se habla de fobia específica en el DSM-5 cuando el miedo o la ansiedad ante el objeto o situación es inmediato y casi siempre presente, la persona lo evita activamente o lo soporta con angustia intensa, el miedo es desproporcionado al peligro real y al contexto, dura seis meses o más y causa malestar clínicamente significativo o deterioro en el trabajo, los estudios o las relaciones (American Psychiatric Association, 2013).
La frontera práctica entre miedo y fobia está en dos preguntas. La primera: ¿qué dejas de hacer por esto? Si el miedo a volar te hace elegir vacaciones distintas, evitar un trabajo o no ir al matrimonio de un hermano que vive lejos, ya no es solo un miedo. La segunda: ¿cómo lo pasas cuando no puedes evitarlo? Una persona con fobia a las agujas no «se pone nerviosa» en la toma de sangre: puede tener taquicardia, temblor, sudor frío, náuseas, sensación de irrealidad o la certeza de que se va a desmayar (y, en la fobia a la sangre, a veces se desmaya de verdad, algo que veremos más abajo porque cambia el tratamiento).
Hay un tercer rasgo que la persona rara vez cuenta si no se le pregunta: la ansiedad anticipatoria. Semanas antes del vuelo ya duerme mal. Días antes de la cita con el dentista ya piensa en cancelar. El objeto temido ocupa mucho más espacio mental que el tiempo real que la persona pasa frente a él.
¿Por qué la persona sabe que es irracional y no le sirve saberlo?
Porque el miedo fóbico no vive en el razonamiento. Tolin (2024, p. 93) explica el caso clásico del pequeño Albert, el bebé al que Watson y Rayner enseñaron a temer una rata blanca asociándola a un ruido fuerte: el miedo se aprende por asociación, y una vez aprendido se dispara solo, antes de que la parte pensante del cerebro alcance a opinar. El propio Tolin aclara que el condicionamiento puede estar en el origen de una fobia, pero no siempre: hay fobias sin ningún episodio traumático detrás. Lo que sí es constante es lo que la mantiene: cada vez que la persona evita y el miedo baja, el cerebro aprende que la evitación era necesaria. Por eso «pensar en positivo» no cura una fobia y por eso la salida pasa por hacer, no por convencerse.
Los tipos de fobias específicas según el DSM-5
La quinta edición del manual diagnóstico agrupa las fobias específicas en cinco especificadores según el objeto temido (American Psychiatric Association, 2013). Muchas páginas web dicen «tres tipos»; son cinco, y la distinción importa porque el cuarto tiene una fisiología distinta.
| Tipo | Ejemplos frecuentes | Qué suele temerse |
|---|---|---|
| Animal | Arañas, perros, insectos, serpientes, aves, ratones | Ser mordido, atacado o el asco que produce el animal |
| Entorno natural | Alturas, tormentas, agua, oscuridad | Caer, ahogarse, quedar atrapado por el fenómeno |
| Sangre, inyecciones y heridas | Ver sangre, agujas, procedimientos médicos, heridas | Desmayarse, el dolor, ver el propio cuerpo herido |
| Situacional | Volar, ascensores, espacios cerrados, conducir, puentes, túneles | No poder escapar, perder el control, un accidente |
| Otro | Atragantarse, vomitar, contraer una enfermedad, ruidos fuertes, personajes disfrazados | Varía según el estímulo |
Una persona puede tener más de un tipo a la vez, y de hecho es lo habitual: cuando la encuesta de la OMS en 22 países evaluó a más de 124.000 adultos, encontró que el deterioro, la comorbilidad y el uso de tratamiento aumentaban con el número de subtipos de miedo que la persona tenía (Wardenaar et al., 2017). Dos fobias no son «lo mismo pero doble»: restringen más la vida.
Fobia a la sangre, las inyecciones y las heridas: la que hace desmayarse
Este tipo merece su propio párrafo porque funciona al revés que los demás. En casi todas las fobias el cuerpo se acelera (sube el pulso, sube la presión). En la fobia a la sangre y a las agujas, muchas personas tienen una respuesta en dos tiempos: una aceleración breve y después una caída de la presión arterial y del ritmo cardíaco que puede terminar en desmayo (síncope vasovagal). Una revisión crítica de los tratamientos para esta fobia describe justamente esa respuesta única, con descensos de presión y bradicardia marcada, y explica que por eso el tratamiento recomendado combina la exposición con una técnica de tensión muscular (Ayala et al., 2009). Lo veremos en la sección de tratamiento.
Síntomas de la fobia específica: cómo se ve en la vida diaria
Los síntomas de una fobia específica se organizan en tres planos. El primero es el cuerpo, cuando el estímulo está presente o cerca:
- Taquicardia, palpitaciones, presión en el pecho.
- Sudor, temblor, sensación de ahogo o de nudo en la garganta.
- Mareo, náuseas, sensación de irrealidad («como si esto no estuviera pasando»).
- En la fobia a la sangre o las agujas, palidez, visión borrosa y desmayo.
El segundo plano es la mente: la anticipación («¿y si el avión se cae?», «¿y si la araña salta?»), la certeza de que no se va a poder soportar, y la necesidad imperiosa de salir de la situación. En los niños, el miedo puede expresarse como llanto, rabietas, quedarse paralizado o aferrarse a un adulto (American Psychiatric Association, 2013).
El tercer plano es el más silencioso y el que más daño hace: la evitación. Es más que «no me acerco a los perros»: es cambiar de vereda, no ir a casas donde hay perros, no llevar a los hijos a la plaza, rechazar un trabajo con reparto a domicilio. La evitación es lo que convierte un miedo en un problema de vida, y también lo que lo mantiene, porque le impide al cerebro comprobar que el peligro no llega. Una manera sencilla de medir el peso de una fobia es hacer la lista de todo lo que se decide en función de ella. Suele ser más larga de lo que la persona cree.
¿Qué tan común es la fobia específica y a quién afecta?
Mucho más de lo que parece, justamente porque se esconde bien. La encuesta mundial de salud mental de la OMS, con 25 estudios poblacionales en 22 países, estimó que el 7,4% de las personas ha tenido una fobia específica en algún momento de su vida y el 5,5% la tuvo en los últimos doce meses; es casi el doble de frecuente en mujeres (9,8% a lo largo de la vida) que en hombres (4,9%). La edad mediana de inicio fue de 8 años. Y solo el 23,1% de quienes la tenían en el último año había recibido algún tratamiento (Wardenaar et al., 2017).
En Chile el dato es parecido o algo mayor. El estudio chileno de prevalencia psiquiátrica, con una muestra representativa de 2.978 personas de 15 años o más, encontró que la fobia simple (el nombre que usaba la clasificación de entonces) afectaba al 9,8% de la población a lo largo de la vida, y era el tercer trastorno más frecuente después de la agorafobia y la fobia social (Vicente et al., 2006). Es decir, en Chile hay más gente con una fobia específica que con depresión mayor a lo largo de la vida, según ese mismo estudio.
Una revisión de Lancet Psychiatry sobre las fobias específicas resume que su prevalencia a lo largo de la vida varía entre el 3% y el 15% según el país, que los miedos más comunes son a las alturas y a los animales, y que aunque suelen empezar en la infancia, la incidencia de casos nuevos tiene un pico en la mitad de la vida y en la vejez (Eaton et al., 2018). Empezar de adulto no es raro ni es señal de otra cosa.
Lo que casi nadie cuenta: la fobia como antesala de otros problemas
Este es el dato que cambia la forma de mirar una fobia «pequeña». En la encuesta de la OMS, el 60,5% de las personas con fobia específica a lo largo de la vida tuvo además otro trastorno mental, y en el 72,6% de los casos la fobia había empezado antes que el otro (Wardenaar et al., 2017). La revisión de Eaton et al. (2018) va en la misma dirección: las fobias específicas predicen con fuerza el inicio posterior de otros trastornos de ansiedad, del ánimo y de consumo de sustancias, y persisten durante años o incluso décadas en un 10% a 30% de los casos. Los autores plantean que tratar la fobia temprano podría cambiar el riesgo de lo que viene después. No hay todavía un ensayo que lo demuestre, pero la secuencia temporal está bien documentada.
Causas: por qué una persona desarrolla una fobia y otra no
No hay una sola causa. En algunas fobias hay un episodio claro (una mordida, una turbulencia fuerte, un desmayo en una toma de sangre), y el miedo queda asociado a la situación. En otras la persona aprendió mirando: un padre que se paralizaba con las arañas, una madre que no subía a un ascensor. Y en muchas no hay ningún origen identificable, lo cual desconcierta a la persona («¿por qué a mí, si nunca me pasó nada?»).
La ciencia del aprendizaje aporta la parte del mecanismo. Como resume Tolin (2024, p. 93), hay una literatura amplia que muestra que el condicionamiento clásico puede participar en el desarrollo de los trastornos de ansiedad, aunque no siempre lo hace. Lo que sí está claro es el mantenimiento: la evitación alivia, el alivio refuerza, y el miedo no tiene ocasión de corregirse. Por eso las fobias, a diferencia de muchos miedos infantiles que se van solos con la edad, tienden a quedarse cuando la persona ha organizado su vida alrededor de ellas.
Fobia específica: tratamiento con respaldo (y cuánto dura)
El tratamiento de la fobia específica con más evidencia es la terapia de exposición: acercarse de forma planificada, repetida y sostenida al objeto o situación temida, hasta que el cerebro aprende algo nuevo sobre él. Un metaanálisis de 33 estudios aleatorizados encontró que los tratamientos basados en exposición producen efectos grandes frente a no hacer nada, superan al placebo y a otras psicoterapias, y que la exposición en vivo (con el estímulo real, no imaginado) fue la más eficaz al terminar el tratamiento; más sesiones se asociaron a mejores resultados y el tipo de fobia no cambió el efecto (Wolitzky-Taylor et al., 2008). Sirve igual para arañas, alturas o ascensores.
¿Cuántas sesiones? A veces, una
Aquí viene lo que a mucha gente le cuesta creer. Desde fines de los años ochenta existe el tratamiento en una sola sesión (One-Session Treatment, OST), diseñado por Lars-Göran Öst (1989): una única sesión larga y concentrada de exposición graduada con el terapeuta. Según la revisión sistemática de sus propios autores, esa sesión integra psicoeducación, modelado participante (el terapeuta se acerca primero al estímulo), desafío de las predicciones catastróficas, refuerzo y entrenamiento en habilidades (Davis et al., 2019). Tolin (2024, p. 10) lo pone como el ejemplo extremo de lo breve que puede ser una terapia cognitivo conductual bien enfocada.
¿Funciona igual que un tratamiento de varias sesiones? Un metaanálisis de 2022 comparó 55 estudios de exposición en una sola sesión con 30 de exposición en varias sesiones, con 1.758 participantes en total: no hubo diferencias significativas en el tamaño del efecto al terminar ni en el seguimiento, los efectos fueron grandes en ambos casos, y el formato de sesión única requirió bastante menos tiempo total de tratamiento (Odgers et al., 2022). En niños, un ensayo clínico nacional en el Reino Unido con 268 niños y adolescentes de 7 a 16 años mostró que la sesión única no fue inferior a la terapia cognitivo conductual de varias sesiones a los seis meses, con un costo de servicio algo menor (Wright et al., 2023). Y un metaanálisis de 23 ensayos con niños y adolescentes encontró que los tratamientos breves e intensivos tuvieron menos abandono (2,3% frente a 6,5%) y remisión comparable a la terapia estándar (Öst & Ollendick, 2017).
Esto no quiere decir que toda fobia se resuelva en una tarde, pero sí que una fobia específica aislada, sin otros problemas encima, es de los cuadros con mejor pronóstico de toda la salud mental, y que llevar diez años evitando algo que puede tratarse en pocas semanas es una decisión que vale la pena revisar.
Cómo es la exposición en la práctica
Primero se construye una lista de situaciones ordenadas por cuánto miedo dan, de menor a mayor. Para una fobia a los perros, por ejemplo: mirar fotos, ver videos, estar en la misma vereda que un perro con correa a veinte metros, a cinco metros, tocar a un perro tranquilo con el dueño al lado. Tolin (2024, p. 274) lista ejercicios típicos por tipo de fobia: sostener una araña o visitar una tienda de mascotas en las fobias a animales; subir a edificios altos y mirar por el balcón, tomar un vuelo comercial o pasar tiempo en un espacio cerrado en las situacionales; ver una extracción de sangre, donar sangre o ir al dentista en la fobia a la sangre y las inyecciones.
Después se recorre esa lista con el terapeuta, quedándose en cada situación el tiempo suficiente para que pase algo importante: comprobar que la catástrofe esperada no ocurre. Durante años se pensó que lo importante era que el miedo bajara dentro de la sesión. Hoy la investigación apunta a otra cosa: lo que cuenta es el aprendizaje inhibitorio, una nueva asociación de seguridad que compite con la vieja, y para eso ayuda variar las situaciones y los contextos y retirar las «muletas» que la persona usa para sentirse a salvo (Craske et al., 2014). Una revisión de 111 estudios sobre qué predice que la exposición funcione en fobia específica encontró que ayudan la motivación y la confianza antes de empezar, dormir bien, variar el contexto y centrarse en el cambio de las predicciones; y que usar técnicas de relajación durante la exposición la vuelve menos eficaz, porque le enseña al cerebro que el miedo había que neutralizarlo (Böhnlein et al., 2020).
Un detalle que suena a chiste y no lo es: Tolin (2024, p. 279) cita un estudio con personas con fobia a las alturas en el que la exposición funcionó mejor cuando se les pedía actuar «con valentía», por ejemplo correr hacia el balcón en vez de aproximarse de a poco. Distraerse durante la exposición, en cambio, la debilita, porque impide notar que el desastre no llega.
Exposición en realidad virtual: ¿sirve igual?
Para fobias donde el estímulo real es caro o difícil de conseguir (volar, tormentas, alturas específicas), la realidad virtual se usa desde hace años. Un metaanálisis de nueve ensayos que compararon directamente exposición en realidad virtual con exposición en vivo, con la misma dosis en ambos brazos, encontró efectos grandes en las dos y una diferencia pequeña y no significativa a favor de la exposición en vivo en fobia específica (Wechsler et al., 2019). Es una alternativa razonable cuando la exposición real no es viable, y muchas personas la toleran mejor como primer paso. Una revisión rápida de los avances en el tratamiento de la fobia específica en adultos entre 2014 y 2019 concluyó que la terapia cognitivo conductual sigue siendo la intervención con mayor respaldo, con efectos grandes, y que las terapias asistidas por tecnología parecen más tolerables que la exposición en vivo (Thng et al., 2020).
Fobia a la sangre y a las agujas: exposición más tensión aplicada
Si tu problema es desmayarte con la sangre o las inyecciones, la exposición sola no basta, porque el cuerpo hace lo contrario de lo que hace en las otras fobias: la presión baja en vez de subir. La técnica que corrige eso se llama tensión aplicada: tensar los músculos grandes del cuerpo (brazos, piernas, tronco) durante unos segundos, soltar sin relajarse del todo, y repetir, para mantener la presión arterial arriba mientras se está frente al estímulo. En el ensayo original de Öst con 30 personas con fobia a la sangre, el 90% de quienes recibieron tensión aplicada mejoró clínicamente al terminar cinco sesiones, frente al 40% de quienes recibieron solo exposición en vivo; al año, las cifras eran 100% y 50% (Öst et al., 1991).
La evidencia posterior matiza sin desmentir. Ayala et al. (2009) advierten que los estudios controlados son pocos y salen todos del mismo grupo, que la exposición sola también mejora los cuestionarios de miedo, y que la ventaja de la tensión aplicada se ve sobre todo en los desmayos. Una revisión sistemática de 11 ensayos sobre el miedo intenso a las agujas concluyó lo mismo: la exposición en vivo reduce el miedo (con un efecto grande en niños de 7 años o más), y la tensión aplicada muestra beneficio específico sobre el desmayo, tanto al terminar como al año, en comparación con la exposición sola (McMurtry et al., 2015). La receta práctica es clara: exposición para el miedo, tensión aplicada para el desmayo, y las dos juntas cuando hay ambos.
¿Y los medicamentos?
Para la fobia específica, los fármacos no son el tratamiento. La revisión de Thng et al. (2020) lo dice con claridad: los medicamentos se han estudiado solo como complemento de la exposición, con resultados inconsistentes. Los ansiolíticos tomados «para aguantar» un vuelo o una inyección tienen además un problema de fondo: si la persona atribuye a la pastilla el haber sobrevivido a la situación, el cerebro no aprende que la situación era segura, y la fobia sigue intacta para la próxima. Esto es distinto de lo que pasa en otros trastornos de ansiedad, donde los antidepresivos sí tienen un lugar establecido; si tienes además ataques de pánico o agorafobia, la conversación sobre medicación cambia.
Fobia específica, fobia social y agorafobia: no son lo mismo
Las tres llevan «fobia» y las tres se tratan con exposición, pero el objeto del miedo es distinto y el tratamiento se adapta. En la fobia específica el miedo es a una cosa o situación concreta (el perro, el avión, la aguja). En la ansiedad social el miedo es a ser evaluado o a hacer el ridículo frente a otros, y puede aparecer en decenas de situaciones distintas. En la agorafobia el miedo es a los lugares donde escapar sería difícil o donde no llegaría ayuda si aparecen síntomas de pánico: transporte público, filas, multitudes, estar fuera de casa solo. Una persona que evita el metro por miedo a un accidente tiene una fobia situacional; una que lo evita por miedo a tener un ataque de pánico sin poder bajarse tiene agorafobia. Se parecen desde fuera y se tratan de forma parecida, pero el diagnóstico correcto ordena la terapia.
Cuándo buscar ayuda profesional (y dónde, en Chile)
No toda fobia necesita tratamiento. Si le tienes miedo a las serpientes y vives en Santiago, es probable que el tema no interfiera en nada. La pregunta útil es qué te está costando. Conviene consultar cuando:
- Evitas situaciones que necesitas o quieres vivir (viajes, trabajo, exámenes médicos, actividades con tus hijos).
- Pospones procedimientos de salud por miedo a las agujas, la sangre o el dentista.
- La anticipación te ocupa días o semanas antes de enfrentar la situación.
- Tienes más de un miedo intenso, o se suma a ansiedad general, pánico o ánimo bajo.
- Es un niño o adolescente cuyo miedo lo aleja de cosas propias de su edad (dormir solo, ir a la plaza, quedarse en casa de un amigo).
Lo que hay que buscar es un psicólogo con formación en terapia cognitivo conductual y experiencia en exposición. Una pregunta legítima en la primera sesión es «¿cómo trabaja usted la exposición para las fobias?». Si la respuesta es vaga o el plan no incluye enfrentar el estímulo en algún momento, sigue buscando. En Chile, la fobia específica no está entre los problemas de salud con garantías explícitas GES; en el sistema público la puerta de entrada es el CESFAM, desde donde se deriva a la atención de salud mental. Y si lo que buscas es entender primero qué implica el tratamiento, aquí explicamos cómo funciona la terapia cognitivo conductual para la ansiedad.
Preguntas frecuentes sobre la fobia específica
¿Cuál es la diferencia entre un miedo y una fobia específica?
Un miedo es proporcional al peligro y no organiza tu vida. Una fobia específica es un miedo intenso y persistente (seis meses o más) a un objeto o situación concreta, desproporcionado respecto al riesgo real, que la persona evita o soporta con mucha angustia y que interfiere con su trabajo, sus relaciones o sus decisiones cotidianas.
¿Cuáles son los tipos de fobia específica según el DSM-5?
El DSM-5 describe cinco tipos según el objeto temido: animal (arañas, perros, insectos), entorno natural (alturas, tormentas, agua), sangre-inyecciones-heridas (agujas, procedimientos médicos), situacional (volar, ascensores, espacios cerrados) y otro (atragantarse, vomitar, ruidos fuertes). Es frecuente tener más de un tipo a la vez.
¿Una fobia específica se pasa sola con el tiempo?
Muchos miedos infantiles desaparecen con la edad, pero una fobia establecida tiende a quedarse. Según una revisión en Lancet Psychiatry, entre el 10% y el 30% de las fobias persisten durante años o décadas, y las fobias predicen el inicio de otros trastornos de ansiedad, del ánimo y de consumo. Cuanto antes se trate, menos vida organiza a su alrededor.
¿Cuántas sesiones necesita el tratamiento de una fobia específica?
Menos de lo que la mayoría cree. Un metaanálisis de 85 estudios no encontró diferencias entre la exposición en una sola sesión intensiva y la exposición en varias sesiones: los efectos fueron grandes en ambos formatos. En la práctica, una fobia aislada suele resolverse en un puñado de sesiones; con varias fobias o ansiedad generalizada encima, el plan es más largo.
¿Sirven los medicamentos para una fobia específica?
No como tratamiento principal. Los fármacos se han estudiado solo como complemento de la exposición, con resultados inconsistentes. Un ansiolítico para «aguantar» un vuelo puede impedir el aprendizaje que cura la fobia, porque la persona atribuye la calma a la pastilla y no a que la situación era segura. Si hay pánico o agorafobia asociados, la evaluación es distinta.
¿Qué hago si me desmayo con la sangre o las agujas?
Ese desmayo tiene explicación fisiológica (una caída de la presión arterial) y tratamiento propio: la tensión aplicada, que consiste en tensar los músculos grandes del cuerpo por ciclos mientras se está frente al estímulo, combinada con exposición gradual. En el ensayo original, el 90% de las personas mejoró al terminar cinco sesiones. Avísale siempre a quien te tome la muestra y pide hacerlo acostado.
¿Se puede tratar una fobia en niños?
Sí, y responde muy bien. Un ensayo con 268 niños y adolescentes de 7 a 16 años mostró que una sola sesión intensiva de exposición fue tan eficaz como varias sesiones de terapia cognitivo conductual. Lo importante es que el tratamiento incluya enfrentar el miedo de forma graduada y con apoyo, y que los adultos no lo refuercen ayudando a evitar.
Para llevar
Una fobia específica es el trastorno de ansiedad más frecuente y el que mejor responde al tratamiento. Se reconoce por tres cosas: un miedo desproporcionado a algo concreto, evitación que organiza decisiones, y ansiedad anticipatoria que ocupa mucho más tiempo que el estímulo real. Afecta a cerca del 7% de las personas en el mundo y al 9,8% en Chile a lo largo de la vida, empieza casi siempre en la infancia y, sin tratamiento, tiende a durar y a abrir la puerta a otros problemas.
La exposición, con terapeuta y con un plan, la resuelve en la mayoría de los casos en pocas sesiones, a veces en una sola; en la fobia a la sangre y las agujas se suma la tensión aplicada. Los medicamentos no la curan. Si llevas años decidiendo tu vida alrededor de un miedo que sabes exagerado, puedes agendar una consulta para evaluar de qué tipo de fobia se trata y armar un plan de exposición a tu medida. Es de los problemas en los que más rápido se nota el cambio.
¿Te gustaría conversarlo con alguien?
Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.
Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.
Referencias
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