Etiqueta: distimia en adolescentes

  • Distimia en la adolescencia: cuando el mal humor dura más de un año

    Distimia en la adolescencia: cuando el mal humor dura más de un año

    “Así es él.” “Siempre fue medio malhumorada.” “Es la edad.” Cuando un adolescente lleva meses con el ánimo bajo, irritable o apagado, la familia suele resolverlo con una frase de ese tipo, y la frase puede ser cierta durante un tiempo. El problema aparece cuando pasa un año y nadie recuerda cómo era antes. La distimia en adolescentes (hoy llamada trastorno depresivo persistente) es una depresión de intensidad moderada pero de larga duración, y justo por eso se confunde con el carácter. En esta guía vas a ver cómo se reconoce, en qué se diferencia de la depresión mayor y de la adolescencia normal, qué dice la evidencia sobre su evolución y qué pueden hacer los padres.

    Respuesta corta: la distimia en adolescentes es un ánimo bajo o irritable que está presente la mayor parte del día, casi todos los días, durante al menos un año (en adultos el mínimo es de dos), acompañado de otros síntomas como baja autoestima, cansancio, problemas de sueño o de apetito, dificultad para concentrarse o desesperanza. Según una revisión sobre diagnóstico y tratamiento, afecta a entre 0,6 % y 4,6 % de los niños y entre 1,6 % y 8,0 % de los adolescentes (Nobile et al., 2003), y lo que la vuelve seria es que se queda mucho tiempo, aunque cada día no sea tan intenso.

    ¿Qué es la distimia en adolescentes y cuánto tiene que durar?

    La distimia es una forma crónica de depresión. En el DSM-5 se agrupa dentro del trastorno depresivo persistente (American Psychiatric Association, 2022), y el criterio que cambia en la juventud tiene dos partes. La primera es la duración: basta un año de síntomas, no dos. La segunda es el tipo de ánimo: en niños y adolescentes puede ser irritable en lugar de triste. Un chico con distimia a veces no dice que está mal. Se enoja rápido, responde con sequedad y vive con la sensación de que nada le sale bien.

    Los textos de terapia cognitivo-conductual que recogen estos criterios, como el de Beck y colaboradores (2024), insisten además en que la familia suele leer esa irritabilidad prolongada como un problema de conducta, como dramatismo o como “tomarse todo demasiado personal”. Por eso la distimia en la adolescencia tarda tanto en detectarse: el cuadro parece un rasgo de personalidad.

    Una revisión narrativa de 2020 sobre el trastorno depresivo persistente describe que suele ser más discapacitante que la depresión mayor episódica y que puede pasar inadvertido en la consulta hasta que se intensifica con un episodio depresivo mayor (Schramm et al., 2020). Esa revisión es de adultos, pero el patrón de “baja intensidad, larga duración” se repite en los estudios con jóvenes.

    Mi hijo adolescente está siempre de mal humor: ¿cuándo puede ser distimia?

    Todo adolescente tiene días de mal humor. Lo que separa un mal momento de un ánimo bajo crónico es el patrón, y se mira en cuatro puntos:

    • Tiempo. El ánimo bajo o irritable se mantiene casi todos los días durante un año o más, con a lo sumo breves respiros.
    • Alcance. Aparece en casa, en el colegio y con los amigos, no solo frente a una situación puntual.
    • Disfrute. Aun en los días buenos le cuesta entusiasmarse, o se enciende poco con lo que antes le gustaba.
    • Funcionamiento. Hay un costo en las notas, en las amistades o en el cuidado de sí mismo, aunque sea un costo moderado y sostenido.

    Si un chico con un mal ánimo reciente sigue buscando a sus amigos y se alegra con lo que le gusta, lo más probable es que esté frente a una reacción a algo concreto. Para ese caso y para las señales de una depresión más aguda hay una guía aparte sobre depresión en adolescentes. Aquí el foco es el cuadro que dura años.

    Síntomas de la distimia en adolescentes: los que más se repiten

    Dos estudios clínicos del mismo grupo italiano describieron cómo se ve la distimia “pura” (sin depresión mayor actual ni pasada) en jóvenes derivados a atención especializada. En 100 niños y adolescentes de 7 a 18 años, la irritabilidad, la baja autoestima, el cansancio o pérdida de energía, el ánimo deprimido, la culpa, la dificultad para concentrarse, la anhedonia (perder el gusto por lo que antes disfrutaba) y la desesperanza estaban presentes en más de la mitad de los casos (Masi et al., 2003). En otro estudio con 48 jóvenes, el ánimo deprimido, la irritabilidad, la pérdida de energía, la culpa y la baja autoestima superaron el 70 % (Masi et al., 2001).

    Traducido a lo que se ve en casa:

    Lo que vesQué puede haber detrás
    Responde mal a todo, se enoja por pocoÁnimo irritable en lugar de triste
    “No sirvo para nada”, “me sale todo mal”Baja autoestima y culpa
    Está cansado aunque duerma o no haga nadaPérdida de energía, que es un síntoma depresivo
    Se distrae, se le olvidan tareas, baja el rendimientoDificultad para concentrarse
    Ya no se entusiasma con nada, ni siquiera con lo que le gustabaAnhedonia
    “Para qué intentarlo, igual no va a cambiar”Desesperanza
    Preocupación constante, miedo a quedar malAnsiedad, que acompaña con frecuencia a la distimia

    Dos detalles del estudio de 2003 conviene tenerlos presentes. Los adolescentes mostraron más anhedonia y más pensamientos suicidas que los niños, y la ansiedad generalizada y las fobias simples eran las comorbilidades más habituales (Masi et al., 2003). La distimia casi nunca llega sola: según la revisión de Nobile y colaboradores (2003), cerca de la mitad de los casos presenta otro trastorno asociado.

    ¿En qué se diferencia de la depresión mayor y de la adolescencia normal?

    La depresión mayor se parece a una tormenta: aparece con fuerza, dura semanas o meses y, en muchos casos, remite. En una cohorte escolar de 247 adolescentes de 11 a 16 años seguidos durante un año, el 80 % de quienes tenían depresión mayor al inicio ya no cumplía los criterios al año siguiente (Garrison et al., 1997). La distimia es más bien un clima: menos intensa en cada día, pero con una duración media de 3 a 4 años en los jóvenes (Nobile et al., 2003).

    Hay una diferencia más fina en los síntomas. En un seguimiento de niños con distimia de inicio infantil, el cuadro empezaba antes que el de la depresión mayor y mostraba pocos síntomas de anhedonia y neurovegetativos (sueño, apetito, peso), con una dificultad afectiva similar (Kovacs et al., 1994). Con menos señales “de manual”, pasa más fácilmente por rasgo de carácter.

    Y hay que ser honestos con un matiz: la frontera entre ambas no es nítida. En una muestra comunitaria de 1.285 pares de padres y jóvenes de 9 a 17 años, quienes tenían depresión mayor, distimia o las dos juntas no se diferenciaban en variables sociodemográficas, clínicas ni familiares, y los que tenían ambas a la vez eran los más deteriorados (Goodman et al., 2000). Esa combinación se llama doble depresión, y es la que más urge evaluar.

    Frente a la inestabilidad normal de la adolescencia, los modelos cognitivo-conductuales distinguen por la persistencia y por la rigidez. El enojo o la tristeza normales cambian con lo que pasa (un plan con amigos, una buena noticia). En el cuadro depresivo persistente el tono se mantiene aunque cambie el contexto, y suele acompañarse de creencias fijas como “soy un desastre” o “nadie me quiere” (Beck et al., 2024).

    ¿Qué tan común es y cómo evoluciona?

    En la cohorte de Garrison y colaboradores (1997), la incidencia en un año fue de 3,4 % para la distimia y de 3,3 % para la depresión mayor en jóvenes de 11 a 16 años, y ningún factor medido predijo la aparición de la distimia. En Santiago de Chile, un estudio comunitario con 792 niños y adolescentes encontró que 25,4 % tenía algún trastorno psiquiátrico con deterioro funcional (18,2 % entre los 12 y los 18 años), y que la mayoría de quienes tenían trastornos afectivos estaban afectados en su vida diaria (Vicente et al., 2012). Ese estudio reporta los trastornos en conjunto, sin una cifra separada para la distimia.

    La evolución es la razón principal por la que vale la pena mirar este cuadro a tiempo. En el seguimiento de Kovacs y colaboradores (1994), con 55 jóvenes cuya primera depresión fue una distimia, el 76 % desarrolló después un primer episodio de depresión mayor y el 13 % un trastorno bipolar. Los autores concluyeron que la distimia de inicio infantil es un marcador temprano de enfermedad afectiva recurrente, y que el intervalo entre la distimia y la primera depresión mayor es una “ventana de oportunidad” para intervenir. La revisión de Nobile y colaboradores (2003) ubica ese primer episodio mayor entre 2 y 3 años después del inicio de la distimia.

    También deja huella social. En la Oregon Adolescent Depression Project, los adolescentes con antecedente de distimia reportaban menos apoyo de sus amigos que los que habían tenido depresión mayor, otros trastornos o ninguno, y más síntomas y más estrés cotidiano que quienes nunca tuvieron un trastorno, incluso después de recuperarse (Klein et al., 1997). El ánimo bajo crónico en esta etapa le quita al joven justo el terreno donde aprende a relacionarse.

    Todos estos estudios son de las décadas de 1990 y 2000 y se hicieron con muestras acotadas (varios en clínicas de salud mental), así que orientan, pero no predicen qué le pasará a un adolescente en particular. Una cifra de 76 % describe lo que ocurrió con jóvenes derivados a atención especializada, y la ventana de oportunidad que señalan los autores es un argumento para acompañar a tiempo.

    ¿Por qué aparece?

    No existe una causa única conocida. La revisión de Schramm y colaboradores (2020) la describe como probablemente multifactorial, y en la cohorte de Garrison y colaboradores (1997) ninguna de las variables medidas predijo la distimia nueva. Desde el modelo cognitivo, Beck y colaboradores (2024) señalan que un subgrupo de jóvenes llega a la adolescencia con una vulnerabilidad previa: esquemas negativos sobre sí mismos que se activan ante desafíos pequeños y una tendencia a culparse cuando algo sale mal. Un clima familiar muy crítico o un conflicto sostenido, como un divorcio conflictivo, empuja en esa dirección (Beck et al., 2024). Ninguno de estos factores explica por sí solo un caso concreto.

    Tratamiento de la distimia en adolescentes: qué se sabe y qué falta saber

    La evidencia específica para distimia en jóvenes es limitada, y conviene decirlo sin rodeos. La revisión más completa que encontramos señala que la terapia cognitivo-conductual y la psicoterapia interpersonal han resultado eficaces en depresión leve a moderada en estudios que incluían a jóvenes con distimia o doble depresión, y que los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son el fármaco de primera línea, con eficacia mostrada sobre todo en estudios abiertos, es decir, sin grupo control, que requieren confirmación (Nobile et al., 2003). La misma revisión remarca que no hay estudios de tratamiento de continuación en distimia pediátrica, y que las metas del tratamiento son resolver los síntomas, reducir el riesgo de otros trastornos del ánimo y fortalecer el funcionamiento psicosocial.

    En la práctica, un tratamiento razonable combina varias piezas:

    • Psicoterapia adaptada a la edad. En adolescentes se parece a la de adultos, con más peso en la autonomía, la regulación de las emociones y la resolución de problemas con pares y familia (Beck et al., 2024). En niños más pequeños se usan metáforas concretas, como poner nombre a “la voz desesperanzada” (Tolin, 2024).
    • Trabajo con los padres. Psicoeducación, pautas de crianza y apoyo a quienes cuidan durante la fase aguda (Nobile et al., 2003).
    • Evaluación de fármacos por un especialista, que decide caso a caso. La medicación no se decide desde un artículo.

    Un dato que suele sorprender a las familias: según Beck y colaboradores (2024), cuando la depresión de la madre o del padre remite con tratamiento, los síntomas del adolescente también mejoran, y la depresión no tratada de un progenitor resta efecto a los programas de prevención. Cuidar la propia salud mental también es una forma de ayudar al hijo.

    ¿Qué pueden hacer los padres?

    Algunas acciones sirven desde hoy, sin esperar el diagnóstico:

    1. Anota desde cuándo. Un año es el umbral. Con fechas aproximadas (el inicio, los períodos mejores y peores, cambios en el colegio) la consulta rinde mucho más.
    2. Conversa sin corregir. Beck y colaboradores (2024) distinguen entre invalidar (“basta de hacerte el llorón”) y acomodar (asumir sus responsabilidades para que no lo pase mal): ninguna de las dos ayuda. Lo que sirve es escuchar, validar lo que siente y acompañarlo a hacer las cosas de a poco. En la guía de depresión en adolescentes hay frases concretas para abrir esa conversación.
    3. Pregunta directamente por pensamientos de muerte si notas desesperanza marcada, porque en el estudio de Masi y colaboradores (2003) los adolescentes con distimia tenían más pensamientos suicidas que los niños. Si aparece ese tema, la guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas explica qué decir y a dónde acudir.
    4. Cuida tu propio ánimo si tú también estás con síntomas depresivos.
    5. Pide una evaluación con un profesional de salud mental, en un CESFAM o en consulta privada. La guía de diagnóstico de la distimia describe cómo se hace y qué diferencia el diagnóstico de la depresión mayor.

    Si quieres entender cómo es el cuadro en adultos, la guía completa sobre distimia cubre su definición, causas y tratamiento. Y para una visión general de la depresión, está la guía de depresión.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional y dónde en Chile?

    Conviene consultar si el ánimo bajo o irritable lleva meses, si afecta las notas, las amistades o el cuidado de sí mismo, o si los padres notan que “ya no es el mismo” aunque no sepan decir desde cuándo. Puedes pedir ayuda antes de cumplir el año: ese plazo es el requisito del diagnóstico, y la consulta puede empezar mucho antes.

    Hay situaciones que no esperan. Si el adolescente habla de querer morirse, de hacerse daño o de que sería mejor no estar, hay que buscar ayuda de inmediato: en urgencias, o en la línea de Salud Responde del Ministerio de Salud, 600 360 7777, que atiende las 24 horas, y en el *4141, la línea de prevención del suicidio del Minsal.

    La puerta de entrada puede ser el CESFAM, el pediatra o el médico general, un profesional de salud mental o el equipo de convivencia escolar. Para personas de 15 años o más, la depresión está incluida en el GES, y si el diagnóstico de tu hijo entra en esa garantía lo define el equipo de salud al evaluarlo. La OMS tiene además una ficha general sobre salud mental del adolescente.

    Preguntas frecuentes

    ¿La distimia en adolescentes se cura?

    Responde al tratamiento, aunque la evidencia específica para esta edad es limitada. La revisión de Nobile y colaboradores (2003) apunta a psicoterapia (cognitivo-conductual o interpersonal), trabajo con la familia y, si el especialista lo indica, ISRS. Como puede durar años sin tratar, empezar temprano es la mejor forma de acortar ese tiempo y de bajar el riesgo de una depresión mayor.

    ¿Es normal que un adolescente esté siempre irritable?

    La irritabilidad ocasional es parte de la edad. Cuando es lo habitual durante un año o más y viene con baja autoestima, cansancio o desánimo, puede ser la forma que toma la depresión en esta etapa, porque en adolescentes el criterio diagnóstico admite ánimo irritable en lugar de triste. Conviene consultar para descartarlo.

    ¿Cuánto tiene que durar el ánimo bajo para hablar de distimia?

    Al menos un año en niños y adolescentes, y dos en adultos, con síntomas casi todos los días y sin períodos de más de dos meses sin ellos, según los criterios del DSM-5. Si lleva menos tiempo, puede tratarse de otra forma de depresión o de un problema que merece atención igual.

    ¿Se puede tener distimia y depresión mayor a la vez?

    Sí, y se llama doble depresión. En el estudio comunitario de Goodman y colaboradores (2000), los jóvenes con ambos diagnósticos eran los más deteriorados. Por eso cuando una distimia empeora de golpe (más tristeza, ideas de muerte, caída fuerte del rendimiento) conviene consultar sin esperar.

    ¿Necesita medicación un adolescente con distimia?

    Depende de cada caso y la decide un especialista. Los ISRS son la primera opción farmacológica según la revisión de Nobile y colaboradores (2003), con evidencia aún limitada en esta edad, y la psicoterapia es parte central del tratamiento. Ninguna decisión de este tipo debería tomarse sin una evaluación profesional.

    Un siguiente paso

    Si llevas tiempo pensando que a tu hijo “le pasa algo” y no logras decir qué, una primera evaluación sirve para ordenar qué parte es la edad, qué parte es ánimo bajo sostenido y qué parte necesita tratamiento. Puedes agendar una consulta y partir por una conversación sobre lo que has observado.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto revisado). American Psychiatric Publishing.

    Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F., & Emery, G. (2024). Cognitive therapy of depression (2.ª ed.). Guilford Press.

    Garrison, C. Z., Waller, J. L., Cuffe, S. P., McKeown, R. E., Addy, C. L., & Jackson, K. L. (1997). Incidence of major depressive disorder and dysthymia in young adolescents. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 36(4), 458-465. https://doi.org/10.1097/00004583-199704000-00007

    Goodman, S. H., Schwab-Stone, M., Lahey, B. B., Shaffer, D., & Jensen, P. S. (2000). Major depression and dysthymia in children and adolescents: Discriminant validity and differential consequences in a community sample. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 39(6), 761-770. https://doi.org/10.1097/00004583-200006000-00015

    Klein, D. N., Lewinsohn, P. M., & Seeley, J. R. (1997). Psychosocial characteristics of adolescents with a past history of dysthymic disorder: Comparison with adolescents with past histories of major depressive and non-affective disorders, and never mentally ill controls. Journal of Affective Disorders, 42(2-3), 127-135. https://doi.org/10.1016/s0165-0327(96)01403-6

    Kovacs, M., Akiskal, H. S., Gatsonis, C., & Parrone, P. L. (1994). Childhood-onset dysthymic disorder: Clinical features and prospective naturalistic outcome. Archives of General Psychiatry, 51(5), 365-374. https://doi.org/10.1001/archpsyc.1994.03950050025003

    Masi, G., Favilla, L., Mucci, M., Poli, P., & Romano, R. (2001). Depressive symptoms in children and adolescents with dysthymic disorder. Psychopathology, 34(1), 29-35. https://doi.org/10.1159/000049277

    Masi, G., Millepiedi, S., Mucci, M., Pascale, R. R., Perugi, G., & Akiskal, H. S. (2003). Phenomenology and comorbidity of dysthymic disorder in 100 consecutively referred children and adolescents: Beyond DSM-IV. The Canadian Journal of Psychiatry, 48(2), 99-105. https://doi.org/10.1177/070674370304800206

    Nobile, M., Cataldo, G. M., Marino, C., & Molteni, M. (2003). Diagnosis and treatment of dysthymia in children and adolescents. CNS Drugs, 17(13), 927-946. https://doi.org/10.2165/00023210-200317130-00001

    Schramm, E., Klein, D. N., Elsaesser, M., Furukawa, T. A., & Domschke, K. (2020). Review of dysthymia and persistent depressive disorder: History, correlates, and clinical implications. The Lancet Psychiatry, 7(9), 801-812. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(20)30099-7

    Tolin, D. F. (2024). Doing CBT: A comprehensive guide to working with behaviors, thoughts, and emotions (2.ª ed.). Guilford Press.

    Vicente, B., de la Barra, F., Saldivia, S., Kohn, R., Rioseco, P., & Melipillan, R. (2012). Prevalence of child and adolescent psychiatric disorders in Santiago, Chile: A community epidemiological study. Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, 47(7), 1099-1109. https://doi.org/10.1007/s00127-011-0415-3

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y bienestar emocional. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta