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  • Cómo Salir de una Relación Tóxica (y Por Qué Cuesta Tanto)

    Cómo Salir de una Relación Tóxica (y Por Qué Cuesta Tanto)

    Ya sabes que la relación te hace mal. Probablemente lo sabes hace meses, o años. Puede que hasta lo hayas dicho en voz alta, que hayas terminado una o varias veces, y que después hayas vuelto. Y cada vez que vuelves aparece la misma pregunta incómoda: si tengo tan claro que esto me daña, por qué no puedo dejarlo.

    Cuando buscas cómo salir de una relación tóxica, la respuesta que te dan casi siempre es que te falta amor propio o decisión. Es una respuesta cómoda y es falsa. Lo que la investigación describe es otra cosa: un conjunto de mecanismos concretos (afectivos, cognitivos, materiales y de seguridad) que hacen que salir sea difícil incluso cuando la persona ya decidió irse. Abajo vas a encontrar qué distingue una relación difícil de una relación con maltrato, qué explica que cueste tanto soltar, en qué orden conviene hacer las cosas para salir, y qué pasa después, que es la parte que casi nadie te cuenta.

    La respuesta corta

    Salir de una relación tóxica no es un acto de voluntad, es un proceso con etapas. La decisión suele consolidarse con el tiempo, no de golpe, y lo que más pesa en ella son las razones para quedarse. La separación es además el momento de mayor riesgo cuando hay maltrato, así que conviene prepararla antes de anunciarla. Después de irse, el contacto cero y la ayuda profesional son lo que sostiene la salida.

    ¿Qué es una relación tóxica, y cuándo deja de ser solo una relación difícil?

    “Relación tóxica” no es un término clínico, y ahí empieza la confusión. Bajo esa etiqueta caben dos cosas muy distintas: una relación insatisfactoria, con desgaste y conflicto, y una relación con maltrato psicológico. El tratamiento es diferente en cada caso, así que vale la pena saber en cuál estás.

    El criterio que las separa no es la intensidad de las peleas. Es la asimetría. En una relación conflictiva las diferencias se discuten desde un plano de relativa simetría, y las dos personas conservan su capacidad de decidir y su autonomía. En el maltrato psicológico se instala un patrón de dominación y subordinación en el que uno anula los derechos, la libertad y la autoestima del otro (Muñoz, 2013).

    Las señales concretas que describen las fuentes clínicas son bastante reconocibles cuando se nombran:

    • Desvalorización: burlas sobre tu físico o tu inteligencia, descalificación de tus logros, críticas hirientes a tu familia.
    • Culpabilización sistemática: todos los problemas de la relación, y hasta sus propios estallidos, terminan siendo responsabilidad tuya.
    • Control: exigencia de acceso permanente, revisión de tu teléfono, comprobación repetida de dónde estás y con quién. Cuando el control se justifica con celos, conviene distinguirlo de los celos patológicos o celotipia, que son un cuadro clínico distinto.
    • Aislamiento: restricción activa de tu contacto con amigos y familia, hasta que la relación es tu único vínculo.
    • Intimidación: amenazas de ruptura, de agresión o de daño, usadas para que cedas (Castelló Blasco, 2005; Muñoz, 2013).

    Hay una razón por la que esto pasa desapercibido tanto tiempo. Una revisión de alcance sobre violencia encubierta describe cómo el gaslighting, el control coercitivo, las microinvalidaciones y la manipulación económica erosionan la percepción de la realidad y la autonomía sin dejar ninguna evidencia física, lo que las hace escapar a la detección, y cómo con frecuencia anteceden a la violencia física abierta (Saedi et al., 2026).

    Y no es un fenómeno de minorías. En un metaanálisis con 201 estudios y 250.599 mujeres, la violencia psicológica a lo largo de la vida resultó ser la forma más prevalente de violencia de pareja, por encima de la física y la sexual (White et al., 2024). La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor del 25,8 % de las mujeres de 15 a 49 años que han tenido pareja han sufrido violencia física o sexual de una pareja actual o pasada al menos una vez.

    Si aún no tienes claro en cuál de los dos escenarios estás, el test de pareja tóxica o saludable del sitio ordena las señales por área.

    ¿Por qué cuesta tanto dejar una relación tóxica?

    Porque la decisión de irse no se toma en un instante. Se construye durante meses, compite con motivos reales para quedarse, y ocurre mientras la propia capacidad de decidir está deteriorada por el maltrato. A eso se suman barreras materiales que ninguna cantidad de fuerza de voluntad resuelve sola.

    La decisión se consolida con el tiempo, no de golpe

    Hay un dato que cambia la forma de mirar esto. Un estudio longitudinal con 134 mujeres bolivianas, evaluadas tres veces en seis meses, encontró que lo que predecía el estado de la relación al final no era la intención inicial de irse, sino la que se había consolidado a los tres meses. Y de todos los factores estudiados, los que más pesaban eran las actitudes hacia quedarse, no las actitudes hacia irse (Heim et al., 2018).

    Traducido: la primera vez que dices “esto se acabó” no es la decisión, es el comienzo de la decisión. Los intentos que se cayeron por el camino no fueron fracasos, fueron el proceso. Y lo que hay que trabajar no es tanto convencerte de las ventajas de salir como examinar qué te está reteniendo.

    El maltrato daña justamente la herramienta con la que habría que salir

    Una síntesis temática de 13 estudios sobre decisión y abuso encontró que las consecuencias del maltrato (depresión, estrés postraumático) tienen efectos secundarios sobre la función cognitiva y la capacidad de tomar decisiones, y que la propia literatura organiza el campo en dos focos, uno de ellos “la decisión de quedarse o irse” (Lausi et al., 2023). Es una trampa circular: la relación deteriora la capacidad de evaluar la relación.

    Esto también explica por qué el consejo de “piénsalo con calma y decide” rinde tan poco. La calma es exactamente lo que no hay.

    La dependencia emocional no es amor intenso

    Jorge Castelló Blasco define la dependencia emocional como una necesidad extrema de carácter afectivo hacia la pareja que se repite a lo largo de las distintas relaciones. Su diferencia con el amor sano es cuantitativa, y él la resume en la distancia entre querer y necesitar: en el amor normal hay deseo recíproco y se preserva la autonomía; en la dependencia la persona renuncia a su autoestima, su dignidad y sus derechos con tal de no perder el vínculo (Castelló Blasco, 2005).

    Las tres características que describe como imprescindibles son baja autoestima con autodesprecio, miedo intolerable a la soledad, e historial de relaciones desequilibradas con parejas de perfil dominante. Sobre eso se monta un círculo vicioso: la entrega y la sumisión de uno alimentan la dominación del otro, y los desprecios del otro deterioran todavía más la autoestima del primero, que entonces se somete más. Si te reconoces en el patrón, hay un test de dependencia emocional basado en el cuestionario de Lemos y Londoño.

    El estilo de apego predice quedarse en relaciones infelices

    Aquí hay cifras que ordenan bastante. En un seguimiento con recién casados, la ansiedad de apego fue el factor que distinguió a los cónyuges infelices que se separaban de los que se mantenían en el matrimonio (Davila y Bradbury, 2001, como se citó en Mikulincer y Shaver, 2007). En un estudio prospectivo a cuatro años, las personas con apego ansioso eran las más propensas a haber roto al menos una vez con su pareja, y a la vez tenían la misma probabilidad que las personas seguras de seguir con esa misma persona cuatro años después (Kirkpatrick y Hazan, 1994, como se citó en Mikulincer y Shaver, 2007). Ese es el ciclo de romper y volver, medido.

    La reacción típica de los adultos con apego ansioso ante una ruptura también está descrita: rabia de protesta, preocupación obsesiva, atracción sexual persistente hacia la expareja e intentos insistentes de restablecer la proximidad (Davis, Shaver y Vernon, 2003, como se citó en Mikulincer y Shaver, 2007). Y en relaciones con maltrato se ha descrito la formación de un vínculo traumático que dificulta todavía más la salida (Henderson, Bartholomew y Dutton, 1997, como se citó en Mikulincer y Shaver, 2007).

    Un matiz importante, porque esto no es una condena. Alrededor del 30 % de los adultos muestra cambios significativos en su patrón de apego incluso en periodos cortos, y existe la llamada seguridad adquirida: personas con infancias difíciles que llegan a un apego seguro en la adultez, por vías identificadas como la psicoterapia, las figuras de apego alternativas y las relaciones reparadoras (Mikulincer y Shaver, 2007; Marrone, 2001). Si quieres ubicar tu patrón, está el test para saber qué tipo de apego tienes.

    Y después están las barreras que no son psicológicas

    Una revisión integrativa de 12 estudios sobre mujeres que salieron de relaciones violentas identificó de forma consistente cuatro obstáculos: las pérdidas que implica irse, el contacto que sigue existiendo con el agresor, la inseguridad económica, y ser juzgada por otros por haberse ido, sumados a la falta de servicios disponibles (Stulz et al., 2024).

    Vale la pena decirlo con claridad: la persona que no puede irse porque no tiene dónde vivir ni cómo mantener a sus hijos no tiene un problema de autoestima. Tiene un problema de vivienda y de dinero, y ese se resuelve con recursos, no con terapia.

    ¿Y si se puede arreglar en vez de terminar?

    A veces sí, y decirlo importa, porque la respuesta automática de “déjalo ya” desatiende una parte de los casos. Castelló plantea que intentar equilibrar la relación en lugar de romperla solo es viable en casos leves, y bajo tres condiciones que deben cumplirse todas:

    1. La pareja no presenta un perfil gravemente narcisista, explotador ni hostil. 2. Su posición dominante se instaló por el sometimiento del otro, no por un patrón de manipulación deliberada. 3. Reconoce el problema y acepta participar activamente en terapia, con el compromiso explícito de renunciar a sus privilegios para reconstruir el vínculo en un plano de igualdad (Castelló Blasco, 2005).

    Si la pareja se niega a colaborar o insiste en conservar su posición, la terapia de pareja es inviable y la ruptura pasa a ser la indicación. Y una advertencia que conviene tener presente: cuando hay violencia, la terapia de pareja no es el tratamiento, porque poner a las dos personas a negociar en una relación asimétrica expone a quien está en desventaja.

    Cómo salir de una relación tóxica, paso a paso

    1. Nombrar lo que está pasando

    Sin nombre no hay decisión. Poner por escrito los episodios concretos, con fechas, sirve para dos cosas: te devuelve la referencia de realidad que el gaslighting erosiona, y te deja un registro si más adelante necesitas denunciar. Hazlo en un lugar al que tu pareja no tenga acceso.

    2. Preparar la salida antes de anunciarla

    Este es el punto que las guías de consejos suelen saltarse, y es el más importante de todos si hay maltrato. Una revisión de alcance sobre seguridad en familias que se separan parte de una constatación: la separación es un periodo de riesgo significativo, y muchas familias experimentan una escalada de la violencia mientras atraviesan el proceso (Krella et al., 2026).

    De los 17 estudios elegibles, los factores modificables asociados a más seguridad durante ese periodo fueron la distancia física respecto del agresor, el uso estratégico de la tecnología, el apoyo relacional, los servicios centrados en la persona, y procesos deliberados de seguridad dentro del sistema judicial de familia. Los autores advierten que hay poca investigación con la seguridad como resultado primario, así que estos factores orientan, no garantizan.

    En la práctica esto significa resolver antes de hablar: dónde vas a dormir, cómo accedes a tu dinero y tus documentos, quién sabe que esto va a pasar y puede acompañarte, y qué haces si la reacción escala. Anunciar la separación en medio de una discusión, sin nada de eso resuelto, es el escenario de mayor exposición.

    3. Contacto cero, y qué incluye exactamente

    El contacto cero es la primera tarea que Castelló prescribe después de una separación, y su objetivo es evitar que la necesidad afectiva se alimente de dosis intermitentes de contacto. Abarca más de lo que la gente supone:

    • Contacto directo: nada de llamadas, mensajes ni encuentros. Incluye de forma explícita los encuentros sexuales esporádicos, que reactivan la necesidad y suelen dejar sensación de haber sido usado.
    • Contacto indirecto: no seguir su vida por redes sociales ni pedir información a amigos o familiares comunes. Enterarte por terceros de que rehízo su vida tiene un impacto que borra semanas de avance.
    • Medidas de protección: si es la otra persona quien insiste o acosa, cambiar el número, bloquear vías y evitar los lugares habituales.
    • Contacto inevitable: cuando hay trámites o hijos en común, la comunicación se limita al asunto práctico, de forma impersonal y cordial, sin entrar en discusiones emocionales (Castelló Blasco, 2005).

    4. Atravesar el síndrome de abstinencia

    Después de la separación aparece un malestar agudo que suele cumplir criterios de depresión mayor o trastorno adaptativo: tristeza profunda, insomnio, pérdida de apetito, impulsos irrefrenables de buscar a la expareja y rumiaciones constantes sobre ella. Castelló describe la vivencia con una frase que resume por qué tanta gente vuelve: con la pareja había días malos, pero sin ella todos los días son insoportables (Castelló Blasco, 2005).

    Con contacto cero estricto, ese periodo suele requerir varios meses para remitir. Con contactos intermitentes se prolonga durante meses o años. Saberlo de antemano ayuda, porque el error clásico es interpretar la abstinencia como una señal de que la relación era buena. No lo es: es lo que ocurre cuando se corta un vínculo que funcionaba por necesidad.

    5. Nada de relaciones de transición

    Los vínculos precipitados que se establecen para amortiguar el dolor de la ruptura se desaconsejan de forma rotunda durante el tratamiento. La euforia inicial de una pareja nueva elimina la motivación de cambio y distrae del trabajo personal, con lo que el ciclo se repite con otra persona (Castelló Blasco, 2005). Tolerar la soledad temporal es parte del tratamiento, no un castigo añadido.

    6. Reconstruir la autoestima, y con ayuda

    El orden que propone Castelló empieza por estabilizar los síntomas agudos si los hay, sigue con el autoconocimiento (entender que la baja autoestima y las pautas de sumisión vienen de una historia, y no son culpa personal), continúa con el trabajo relacional y termina reconstruyendo una fuente interna de autoestima, que deje de depender del suministro externo de validación. Ahí es donde aparece también aprender a poner límites y, más adelante, un criterio distinto para elegir pareja. Si quieres una referencia de dónde estás partiendo, la escala de autoestima de Rosenberg es el instrumento más usado para medirla.

    ¿Qué pasa después de irse? El abuso posterior a la separación

    Terminar no siempre termina. El abuso posterior a la separación está descrito como un patrón continuado y deliberado de intimidación hacia la expareja, y un análisis de concepto sobre literatura de 1987 a 2021 lo desglosa en abuso legal, abuso económico, amenazas y puesta en peligro de los hijos, aislamiento, desacreditación, y acoso o seguimiento. Sus rasgos definitorios son miedo e intimidación, dominación, intrusión, omnipresencia y manipulación de los sistemas (Spearman, Hardesty y Campbell, 2023).

    Una revisión de 48 artículos de Estados Unidos y Canadá añade una táctica que conviene anticipar: instrumentalizar a los hijos. Entre las consecuencias funcionales del patrón figuran el riesgo de letalidad y la privación de necesidades básicas (Spearman et al., 2024).

    Anticiparlo es lo que permite no interpretar el hostigamiento posterior como una señal de que la ruptura estuvo mal hecha, y buscar apoyo legal a tiempo si hace falta; no es pesimismo.

    ¿Qué ayuda de verdad, y cuánto?

    Aquí hay cifras, con sus límites declarados.

    Sobre los programas de acompañamiento especializado, una revisión sistemática con metaanálisis de 29 estudios británicos encontró que al cierre del caso el 58,7 % (IC 95 %: 53,6 a 63,8) de quienes participaron en acompañamiento especializado reportó cese del abuso, frente al 46,2 % (IC 95 %: 39,1 a 53,3) de los programas de alcance comunitario. Los mismos autores advierten alto riesgo de sesgo en la mayoría de los estudios incluidos (Carlisle et al., 2025).

    Sobre la psicoterapia, un metaanálisis de 25 ensayos aleatorizados con 4.683 participantes encontró mejoras en depresión (DME = -0,26; IC 95 %: -0,56 a -0,05), salud general (DME = 0,39; IC 95 %: 0,12 a 0,66), apoyo social (DME = 0,40; IC 95 %: 0,20 a 0,61) y prevención de nueva violencia (DME = -0,92; IC 95 %: -1,66 a -0,17). El ingrediente que los autores destacan es el empoderamiento, sobre todo para depresión y estrés postraumático, que son los desenlaces más difíciles de mover. Los resultados en autoeficacia y calidad de vida fueron mixtos, y varios intervalos de confianza cruzan el cero, así que no todo lo prometedor está demostrado (Karakurt et al., 2022).

    Dos lecturas honestas de esos números. La primera: la mejoría en depresión es modesta, y quien espere que la terapia por sí sola resuelva el cuadro va a quedar decepcionado si el resto (seguridad, vivienda, red de apoyo) no se mueve. La segunda: el efecto más grande está en prevenir nueva violencia, que es exactamente para lo que sirve pedir ayuda.

    También conviene saber quién abandona el tratamiento. En un estudio con 148 víctimas de violencia de pareja, el 33 % cumplía criterios de estrés postraumático, y las víctimas menores de 30 años presentaban un maltrato objetivamente más grave, más sintomatología depresiva y menor autoestima, junto con una tasa de abandono del tratamiento del 48,2 %, frente al 27,2 % de las mayores de 30 (Sarasua, Zubizarreta, Echeburúa y de Corral, 2007). Los autores lo atribuyen en parte a interpretar el malestar como consecuencia del proceso judicial o de la ruptura, y no del maltrato.

    Si es alguien cercano quien está en esa relación

    Casi siempre las personas cuentan lo que les pasa a sus amigos antes que a un profesional. Un ensayo aleatorizado en 41 universidades con 293 participantes estudió justamente a los amigos preocupados: el 93,7 % ya había intentado al menos una estrategia para ayudar, y el 89,2 % temía que su amiga resultara gravemente dañada. Una herramienta de planificación de seguridad mejoró la claridad de valores para intervenir y la preparación para decidir, aunque a los doce meses ambos grupos habían aumentado su confianza y no se diferenciaron en las estrategias usadas (Bloom et al., 2023).

    Lo que se desprende de ahí es bastante concreto: acompañar sirve, presionar para que corte ya suele salir mal, y lo que más se necesita es no desaparecer cuando la persona vuelve con su pareja. Culturalmente también importa a quién se recurre. Una revisión sistemática con 40.904 participantes encontró que las mujeres latinas recurren más a servicios de salud y policía que a servicios de salud mental o sociales (Satyen et al., 2018), lo que sugiere que la puerta de entrada al apoyo psicológico muchas veces hay que abrirla desde afuera.

    Cuándo pedir ayuda profesional, y dónde en Chile

    Hay señales que no admiten espera: amenazas de daño hacia ti, hacia tus hijos o hacia sí mismo, agresiones físicas de cualquier intensidad, control de tu dinero o tus documentos, y la aparición de ideas de muerte propias. En esos casos la conversación deja de ser sobre la relación y pasa a ser sobre seguridad.

    Recursos disponibles:

    • Fono de orientación en violencia contra las mujeres 1455 del SernamEG, que atiende todos los días, y su WhatsApp de orientación +56 9 9700 7000.
    • Si hay riesgo inmediato, Carabineros al 133.
    • Información general en MedlinePlus y en la American Psychological Association.

    Para el trabajo psicológico posterior, lo que corresponde es terapia individual, no de pareja, mientras exista asimetría o violencia.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto tarda en pasar el dolor después de dejar una relación tóxica?

    Con contacto cero estricto, el periodo agudo (tristeza intensa, insomnio, impulso de buscar a la expareja, pensamientos constantes sobre ella) suele requerir varios meses para remitir. Si se mantienen contactos intermitentes, directos o por redes sociales, ese malestar se prolonga durante meses o años, porque cada contacto reactiva la esperanza y reinicia el ciclo.

    ¿Por qué volví con mi ex si sabía que me hacía mal?

    Porque la decisión de irse se consolida con el tiempo y compite con motivos reales para quedarse. En un estudio longitudinal, lo que predijo la separación definitiva no fue la intención inicial sino la consolidada tres meses después, y lo más determinante fueron las actitudes hacia quedarse. Volver es parte estadísticamente común del proceso, no una prueba de debilidad.

    ¿Es peligroso el momento de terminar una relación con maltrato?

    Sí. La separación está descrita como un periodo de riesgo significativo, con escalada de la violencia en muchos casos. Por eso conviene preparar la salida antes de anunciarla: resolver dónde vas a estar, el acceso a tu dinero y documentos, avisar a alguien de confianza, y considerar orientación especializada antes de la conversación, no después.

    ¿Cómo sé si mi relación es tóxica o simplemente difícil?

    El criterio no es cuánto discuten, es si hay asimetría. En una relación difícil ambos conservan su autonomía y capacidad de decidir. En una relación con maltrato uno anula los derechos y la autoestima del otro, con desvalorización, culpabilización sistemática, control, aislamiento e intimidación como señales concretas.

    ¿Sirve la terapia de pareja para arreglar una relación tóxica?

    Solo si el problema es de desequilibrio leve y se cumplen tres condiciones: que la pareja no tenga un perfil hostil o explotador, que su posición dominante no responda a manipulación deliberada, y que reconozca el problema y acepte renunciar a sus privilegios. Cuando hay violencia, la terapia de pareja no está indicada.

    ¿Qué es el contacto cero y por qué es tan estricto?

    Es la autoprohibición de todo contacto con la expareja tras la separación. Incluye llamadas, mensajes, encuentros y relaciones sexuales esporádicas, y también el contacto indirecto: seguir su vida por redes o pedir información a amigos comunes. Es estricto porque cada contacto funciona como una dosis que reactiva la necesidad afectiva y borra el avance.

    ¿Es normal sentirse peor después de salir que estando dentro?

    Es lo esperable en dependencia emocional. Quien no tiene ese patrón siente alivio al salir de una relación destructiva; quien lo tiene experimenta que dentro había días malos pero fuera todos los días son insoportables. Esa diferencia no dice nada bueno sobre la relación: dice que el vínculo funcionaba por necesidad, no por afecto recíproco.

    ¿Cuánto ayuda ir a terapia después de una relación así?

    Un metaanálisis de 25 ensayos con 4.683 participantes encontró mejoras en depresión, salud general, apoyo social y prevención de nueva violencia, con el mayor efecto en este último punto. Las mejoras en depresión fueron modestas, y varios resultados no son concluyentes. En programas de acompañamiento especializado, el 58,7 % reportó cese del abuso al cierre del caso.

    Para cerrar

    Si llevas tiempo con esto y todavía no has salido, la lectura correcta no es que te falta carácter. Es que estás enfrentando un vínculo que se sostiene sobre necesidad afectiva, con la capacidad de decidir deteriorada por la propia relación, y a veces con dependencia económica encima. Nadie sale de eso solo por convencerse un martes.

    Lo que sí cambia el pronóstico es preparar la salida en lugar de improvisarla, sostener el contacto cero cuando aparezca la abstinencia (que va a aparecer), y no quedarse sin acompañamiento durante los meses que dura la parte fea. Las cifras de las intervenciones no son milagrosas, pero son mejores que las de intentarlo en silencio.

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    Referencias

    Bloom, T. L., Perrin, N., Brown, M. L., Campbell, J., Clough, A., Grace, K. T., Laughon, K., Messing, J., Eden, K. B., Turner, R., & Glass, N. (2023). Concerned friends of intimate partner violence survivors: Results from the myPlan randomized controlled trial on college campuses. BMC Public Health, 23(1), 1033. https://doi.org/10.1186/s12889-023-15918-y

    Carlisle, S., Bunce, A., Prina, M., McManus, S., Barbosa, E., Feder, G., & Lewis, N. V. (2025). Effectiveness of UK-based support interventions and services aimed at adults who have experienced or used domestic and sexual violence and abuse: A systematic review and meta-analysis. BMC Public Health, 25(1), 1003. https://doi.org/10.1186/s12889-025-21891-5

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    White, S. J., Sin, J., Sweeney, A., Salisbury, T., Wahlich, C., Montesinos Guevara, C. M., Gillard, S., Brett, E., Allwright, L., Iqbal, N., Khan, A., Perot, C., Marks, J., & Mantovani, N. (2024). Global prevalence and mental health outcomes of intimate partner violence among women: A systematic review and meta-analysis. Trauma, Violence, & Abuse, 25(1), 494-511. https://doi.org/10.1177/15248380231155529

    Nota sobre las citas secundarias: los estudios de Davila y Bradbury (2001), Kirkpatrick y Hazan (1994), Davis, Shaver y Vernon (2003) y Henderson, Bartholomew y Dutton (1997) se citan a través de Mikulincer y Shaver (2007), que es la obra consultada.

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.