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    Cómo cambia la personalidad con la edad

    “A los treinta años el carácter ya está fraguado como el yeso, y nunca más va a ablandarse.” Lo escribió William James en 1890, y la frase se repitió tanto que todavía aparece como sentido común: la idea de que, pasada cierta edad, tu forma de ser queda sellada para siempre.

    La ciencia que estudia cómo cambia la personalidad con la edad lleva más de dos décadas revisando esa idea con datos reales, no con intuición. Y lo que encuentra es más interesante que un simple sí o un simple no: la personalidad sí cambia a lo largo de la vida adulta, lo hace en una dirección bastante predecible en promedio, pero también se vuelve más estable con los años, y las dos cosas son ciertas al mismo tiempo porque responden preguntas distintas.

    La respuesta corta: los cinco grandes rasgos de personalidad (responsabilidad, amabilidad, estabilidad emocional, extraversión y apertura) tienden a moverse hacia versiones “más maduras” de sí mismos entre los veinte y los sesenta años, mientras que la posición relativa de cada persona dentro de su grupo se vuelve progresivamente más estable, con un pico entre los 40 y los 60. Después de esa edad, la imagen se complica: algunos estudios ven más estabilidad, otros ven cambios tardíos, y una parte de esas diferencias depende de cómo se midió, no solo de lo que de verdad pasó.

    Cómo cambia la personalidad con la edad: ¿se “endurece” a los 30?

    La capsula corta es: no exactamente. Cambia menos que en la adolescencia, pero sigue cambiando.

    La frase de James nació de la observación clínica, no de un seguimiento de miles de personas durante décadas. Cuando sí existió ese seguimiento, la imagen que apareció fue distinta: hay cambio en la treintena, en la cuarentena y en la vejez, solo que más lento y más sutil que el que ocurre entre los quince y los veinticinco años.

    Un metaanálisis de 152 estudios longitudinales, que juntó más de 3.000 coeficientes de consistencia entre dos mediciones de la misma persona, encontró que esa consistencia sigue subiendo después de los 30: pasa de 0,64 a esa edad a una meseta de 0,74 entre los 50 y los 70 (Roberts y DelVecchio, 2000). Es una estabilidad alta, pero no perfecta, y sobre todo: sigue aumentando durante toda la adultez media, no se detiene a los 30.

    Dos preguntas que suenan igual y no lo son

    Gran parte de la confusión sobre la estabilidad de la personalidad viene de mezclar dos preguntas distintas sobre lo que la American Psychological Association define como un rasgo de personalidad, que la investigación trata por separado.

    La primera es sobre posición relativa: si eras de las personas más responsables de tu grupo a los 25 años, ¿sigues siendo de las más responsables a los 55? Eso es estabilidad de rango, y es lo que midió Roberts y DelVecchio (2000) arriba.

    La segunda es sobre nivel promedio: ¿sube o baja, en conjunto, el nivel de responsabilidad de la gente a medida que envejece, sin importar quién está arriba o abajo del grupo? Eso es cambio de nivel medio, y responde a una pregunta distinta: no “cuánto te pareces a ti mismo”, sino “hacia dónde se mueve la gente en promedio”. Ambas preguntas se responden con los mismos instrumentos que se usan para evaluar la personalidad en un momento dado, aplicados dos o más veces a la misma persona a lo largo de los años.

    Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y de hecho lo son: tu posición relativa frente a tus pares se vuelve más predecible con los años (estabilidad de rango alta), mientras el grupo entero va cambiando de nivel promedio (cambio de nivel medio), como un grupo de corredores que mantiene el mismo orden de llegada mientras todos corren un poco más rápido con el tiempo.

    Personalidad y madurez: cómo cambia la personalidad en la adultez

    Cuando los estudios longitudinales miden el nivel promedio de los cinco grandes rasgos a lo largo de la adultez, aparece una tendencia que se repite con la frecuencia suficiente como para tener nombre propio: el principio de madurez. La gente tiende, en promedio, a volverse más responsable, más emocionalmente estable y algo más amable a medida que pasan los años de la adultez temprana y media (Roberts, Walton y Viechtbauer, 2006).

    Un estudio con 14.718 adultos alemanes seguidos durante años confirmó ese patrón general, pero agregó un matiz importante: el ritmo de cambio no es parejo. La edad tuvo una relación curvilínea con los niveles de personalidad (ni una línea recta hacia arriba ni hacia abajo), y los cambios más marcados ocurrieron en la juventud y en la vejez, con una adultez media comparativamente más tranquila (Specht, Egloff y Schmukle, 2011). El mismo estudio encontró algo que contradice la idea de una maduración puramente “interna”: la personalidad predijo que la gente viviera ciertos eventos vitales importantes (como casarse, cambiar de trabajo o enviudar), y también cambió en reacción a haberlos vivido. El cambio no viene solo de un reloj biológico: viene también de lo que te pasa.

    Un trabajo más reciente, que siguió a adultos de 30 a 70 años durante 11 a 16 años, afinó todavía más el cuadro: de 47 facetas específicas de personalidad analizadas, la mayoría maduró en la dirección esperada, pero tres (el nivel de actividad, la apertura a los propios sentimientos y la “potencia social”, es decir, cuánto te gusta influir o liderar en un grupo) en realidad bajaron, justo al revés del principio de madurez (Schwaba et al., 2022). El mismo estudio encontró algo curioso: las personas cercanas (pareja, familiares, amigos) perciben más maduración en alguien de la que esa persona reporta sobre sí misma. Es probable que notes menos tu propio cambio del que notan quienes te rodean.

    Por qué los datos transversales y los longitudinales a veces no coinciden

    Hay dos formas de estudiar cómo cambia la personalidad con la edad, y conviene saber cuál es cuál porque dan resultados parecidos pero no idénticos.

    Los estudios transversales comparan a personas de distintas edades en un solo momento: toman, por ejemplo, a gente de 20, de 40 y de 60 años hoy, y comparan sus puntajes. El estudio más grande de este tipo evaluó a 1.267.218 personas de 10 a 65 años por internet y encontró que la adolescencia tardía fue el período con los cambios de edad más marcados, con descensos transitorios de madurez psicosocial, mientras que en la adultez la tendencia general fue hacia más madurez (Soto, John, Gosling y Potter, 2011). La ventaja de este método es el tamaño de la muestra; la desventaja es que no sigue a las mismas personas: una diferencia entre un grupo de 40 años y uno de 60 puede reflejar cambio real, o puede reflejar que esas dos generaciones crecieron en contextos distintos (lo que se llama un efecto de cohorte).

    Los estudios longitudinales siguen a las mismas personas durante años, lo que resuelve el problema de la cohorte, pero son más caros y más lentos de hacer. Para ver las trayectorias del Big Five a lo largo de la vida con el mayor detalle posible, un análisis coordinado juntó 16 muestras longitudinales distintas (más de 60.000 participantes en total) y les aplicó el mismo modelo estadístico a todas, para que los resultados fueran comparables entre sí, encontró algo que rompe la imagen demasiado ordenada del principio de madurez: en los modelos lineales, la responsabilidad, la extraversión y la apertura en realidad bajaron con el tiempo, y los modelos no lineales sugirieron aumentos de neuroticismo en la vejez tardía (Graham et al., 2020). Parte de esa variabilidad se explicó por la edad de cada muestra al empezar el estudio, el país de origen y el instrumento usado para medir personalidad.

    ¿Entonces quién tiene razón, Roberts et al. (que encuentran maduración) o Graham et al. (que encuentran declives)? Probablemente las dos cosas, en parte, porque miden poblaciones, edades y países distintos entre sí. La lección práctica es que una curva única y universal (“a los X años tu personalidad hace Y”) simplifica algo que en los datos reales varía bastante según a quién y cuándo se mida.

    ¿A qué edad es más estable la personalidad?

    Juntando la evidencia de estabilidad de rango, el punto más alto parece estar en la adultez media, no en la juventud ni en la vejez. El estudio alemán de Specht et al. (2011) encontró que la estabilidad de rango de la estabilidad emocional, la extraversión, la apertura y la amabilidad sigue una curva en U invertida, con su pico entre los 40 y los 60 años, y bajando después de esa ventana. La responsabilidad fue la excepción: su estabilidad de rango siguió subiendo de forma continua durante toda la adultez, sin el mismo descenso tardío.

    Esto encaja, a grandes rasgos, con la meseta que encontraron Roberts y DelVecchio (2000) entre los 50 y los 70 años, aunque ese estudio no llegó a capturar el posible descenso en la vejez tardía que sí aparece en datos más recientes.

    Cuándo un cambio de personalidad sí es motivo de preocupación

    Todo lo anterior describe cambio normal: gradual, parcial, consistente con el envejecimiento típico. Hay un escenario distinto, y es el que más le preocupa a las familias cuando notan que un adulto mayor “ya no es el mismo”: el cambio de personalidad como señal temprana de una demencia.

    Un metaanálisis reciente comparó el tamaño de esos cambios según la etapa de la enfermedad. Los estudios prospectivos, con autorreporte de la propia persona, encontraron cambios sutiles en las etapas preclínica y de transición (antes de que haya un diagnóstico claro), que se vuelven más marcados ya en la etapa clínica de la demencia. Los estudios retrospectivos, basados en lo que reporta un familiar, encontraron algo más llamativo: aumentos grandes de neuroticismo y descensos de extraversión y responsabilidad que ya aparecen desde el deterioro cognitivo leve, antes de la demencia establecida (Terracciano et al., 2025).

    La diferencia práctica con el cambio normal descrito arriba está en el ritmo y en quién lo nota primero. El cambio relacionado con el envejecimiento típico es gradual, se extiende durante años y suele alinearse con el principio de madurez (más calma, más responsabilidad). Un cambio que preocupa clínicamente suele ser más rápido, va en la dirección contraria (más irritabilidad, más apatía, menos iniciativa) y, según este metaanálisis, a veces lo nota antes la familia que la propia persona. Si un familiar mayor cambió de forma notoria en meses, no en años, y el cambio va acompañado de otros signos (olvidos frecuentes, desorientación, dificultad para seguir conversaciones), conviene una evaluación profesional en vez de atribuirlo solo “a la edad”.

    Qué hacer si quieres cambiar algo de tu personalidad

    Si el cambio ocurre de forma natural con la edad, una pregunta razonable es si se puede acelerar o dirigir a propósito. La evidencia de este artículo no responde eso directamente (es la pregunta de otro tipo de estudios, sobre intervenciones), pero sí deja una pista útil: parte del cambio que ven Specht et al. (2011) está ligado a vivir ciertos eventos (un trabajo nuevo, una relación, una responsabilidad distinta), no solo al paso del tiempo. Eso sugiere que el contexto en el que te metes (una relación, un trabajo, un rol) empuja al rasgo tanto o más que la edad por sí sola. Buscar activamente situaciones que exijan lo que quieres desarrollar (constancia, calma, apertura) parece más prometedor que esperar a que el tiempo lo haga solo. Si quieres partir por saber dónde estás parado hoy, hay un test de personalidad Big Five gratuito con el que puedes medir tus cinco rasgos antes de proponerte cambiar alguno.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es cierto que después de los 30 años la personalidad ya no cambia?

    No. Sigue cambiando, aunque más lento que en la adolescencia. La estabilidad de rango sube después de los 30 y llega a su punto más alto entre los 40 y los 60, pero varios estudios longitudinales documentan cambios de nivel medio incluso en la adultez tardía (Specht et al., 2011; Graham et al., 2020).

    ¿Qué diferencia hay entre estabilidad de rango y cambio de nivel medio?

    La estabilidad de rango mide si mantienes tu posición relativa frente a otras personas de tu edad; el cambio de nivel medio mide si el nivel promedio del grupo sube o baja con los años. Puedes tener alta estabilidad de rango (sigues siendo, digamos, de las personas más ordenadas de tu grupo) y al mismo tiempo cambio de nivel medio (todo el grupo, incluido tú, se vuelve más ordenado con la edad).

    ¿Qué es el principio de madurez de la personalidad?

    Es el patrón, repetido en varios estudios, de que la gente tiende a volverse más responsable, más emocionalmente estable y algo más amable a medida que avanza la adultez temprana y media (Roberts, Walton y Viechtbauer, 2006). No es universal: algunos estudios encuentran excepciones en facetas específicas y en poblaciones distintas (Schwaba et al., 2022; Graham et al., 2020).

    ¿A qué edad es más estable la personalidad?

    Según la evidencia disponible, la estabilidad de rango parece alcanzar su punto más alto entre los 40 y los 60 años, con un posible descenso después de esa ventana (Specht et al., 2011).

    ¿Todos los rasgos cambian en la misma dirección con la edad?

    No. Incluso dentro del principio de madurez hay facetas que van en contra de la tendencia general, como el nivel de actividad o la apertura a los propios sentimientos, que tienden a bajar en vez de subir (Schwaba et al., 2022). Y entre estudios con metodologías distintas, algunos rasgos incluso cambian de dirección.

    ¿Cuándo un cambio de personalidad en un adulto mayor es señal de alarma?

    Cuando es relativamente rápido (meses, no años), va en contra del envejecimiento típico (más apatía o irritabilidad en vez de más calma) y lo nota primero la familia que la propia persona. Son justamente los rasgos que un metaanálisis reciente encontró alterados ya desde el deterioro cognitivo leve, antes del diagnóstico de demencia (Terracciano et al., 2025). Ante eso, conviene una evaluación profesional en vez de atribuirlo solo a la edad.

    Si te preocupa un cambio así en ti o en alguien que quieres, una conversación con un profesional ayuda a distinguir lo que es parte del curso normal de la vida de lo que de verdad necesita atención. Agenda una consulta si quieres conversarlo con calma.

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    Referencias

    Graham, E. K., Weston, S. J., Gerstorf, D., Yoneda, T. B., Booth, T., Beam, C. R., Petkus, A. J., Drewelies, J., Hall, A. N., Bastarache, E. D., Estabrook, R., Katz, M. J., Turiano, N. A., Lindenberger, U., Smith, J., Wagner, G. G., Pedersen, N. L., Allemand, M., Spiro, A., Deeg, D. J. H., Johansson, B., Piccinin, A. M., Lipton, R. B., Schaie, K. W., Willis, S., Reynolds, C. A., Deary, I. J., Hofer, S. M., y Mroczek, D. K. (2020). Trajectories of Big Five personality traits: A coordinated analysis of 16 longitudinal samples. European Journal of Personality, 34(3), 301-321. https://doi.org/10.1002/per.2259

    Roberts, B. W., y DelVecchio, W. F. (2000). The rank-order consistency of personality traits from childhood to old age: A quantitative review of longitudinal studies. Psychological Bulletin, 126(1), 3-25. https://doi.org/10.1037/0033-2909.126.1.3

    Roberts, B. W., Walton, K. E., y Viechtbauer, W. (2006). Patterns of mean-level change in personality traits across the life course: A meta-analysis of longitudinal studies. Psychological Bulletin, 132(1), 1-25. https://doi.org/10.1037/0033-2909.132.1.1

    Schwaba, T., Bleidorn, W., Hopwood, C. J., Manuck, S. B., y Wright, A. G. C. (2022). Refining the maturity principle of personality development by examining facets, close others, and comaturation. Journal of Personality and Social Psychology, 122(5), 942-958. https://doi.org/10.1037/pspp0000400

    Specht, J., Egloff, B., y Schmukle, S. C. (2011). Stability and change of personality across the life course: The impact of age and major life events on mean-level and rank-order stability of the Big Five. Journal of Personality and Social Psychology, 101(4), 862-882. https://doi.org/10.1037/a0024950

    Soto, C. J., John, O. P., Gosling, S. D., y Potter, J. (2011). Age differences in personality traits from 10 to 65: Big Five domains and facets in a large cross-sectional sample. Journal of Personality and Social Psychology, 100(2), 330-348. https://doi.org/10.1037/a0021717

    Terracciano, A., Luchetti, M., Karakose, S., Miller, A. A., Stephan, Y., y Sutin, A. R. (2025). Meta-analyses of personality change from the preclinical to the clinical stages of dementia. Ageing Research Reviews, 112, 102852. https://doi.org/10.1016/j.arr.2025.102852

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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