Primero la tensión: pisar con cuidado, medir cada palabra, sentir que algo se viene. Después el estallido: el grito, la humillación, el golpe o el portazo. Y después, casi siempre, la calma: las disculpas, el «no volverá a pasar», los días buenos que hacen dudar de todo lo anterior. Si reconoces esa secuencia, estás mirando el ciclo de la violencia, el modelo que la psicóloga Lenore Walker describió en 1979 y que hoy aparece en casi toda guía sobre violencia de pareja.
Este artículo explica las tres fases con detalle, pero también lo que la mayoría de los textos en español omite: qué respaldo tiene el modelo en la investigación (menos del que parece), qué críticas serias recibió, por qué el ciclo engancha aunque una parte de ti sepa que hace daño, y qué dice la evidencia sobre romperlo. Con cifras de Chile, la ley que aplica y a quién llamar.
Respuesta corta: el ciclo de la violencia es un patrón de tres fases que se repite en muchas relaciones de maltrato: acumulación de tensión, explosión (la agresión física, psicológica o sexual) y arrepentimiento o «luna de miel», en la que la persona que agredió pide perdón y promete cambiar. Con el tiempo las fases se acortan, la calma dura menos y la violencia sube de intensidad. El ciclo cuesta romperlo porque la alternancia de maltrato y afecto crea un vínculo muy fuerte con quien agrede, y porque salir es un proceso con varios intentos, no una decisión de un día.
¿Qué es el ciclo de la violencia de Walker?
El ciclo de la violencia (o «ciclo del maltrato») es la descripción que hizo Lenore Walker (en muchas fuentes en español, «Leonor» Walker), en su libro The Battered Woman (1979), de cómo se organiza en el tiempo la violencia dentro de una pareja. Su tesis central es que el maltrato no es continuo ni azaroso: sigue un patrón de tres fases que se repite, y esa repetición explica dos cosas que desde fuera parecen incomprensibles, que la víctima siga en la relación y que vuelva después de irse.
Walker construyó el modelo a partir de entrevistas con mujeres maltratadas en Estados Unidos, y lo enmarcó en la teoría de la indefensión aprendida: la idea de que, cuando nada de lo que haces cambia lo que te pasa, dejas de intentarlo. Décadas más tarde ella misma reformuló el «síndrome de la mujer maltratada» como una subcategoría del estrés postraumático, con reexperimentación, evitación, hiperactivación, relaciones alteradas, distorsión de la imagen corporal y problemas de intimidad, y presentó datos de mujeres de Estados Unidos, España, Grecia y Rusia (Walker, 2006).
Dos aclaraciones antes de entrar a las fases. La primera: el modelo nació describiendo violencia del hombre hacia la mujer, y por eso en español se habla de «ciclo de la violencia de género»; el patrón, sin embargo, se observa en parejas de cualquier composición. La segunda: «ciclo de la violencia» también nombra otra cosa en la investigación, la transmisión del maltrato de padres a hijos, y vale la pena no confundirlas. De eso hay una sección más abajo.
Las 3 fases del ciclo de la violencia en la pareja
Las tres fases del ciclo de la violencia son la acumulación de tensión, la explosión o agresión y el arrepentimiento (la «luna de miel»). No duran lo mismo en cada pareja ni en cada vuelta, y no todas las relaciones violentas las muestran con claridad. Son un mapa, no un reloj.
| Fase | Qué hace quien agrede | Qué siente y hace quien la sufre | Cuánto suele durar |
|---|---|---|---|
| 1. Acumulación de tensión | Irritabilidad, críticas, silencios, celos, control creciente; agresiones «menores» | Camina con cuidado, evita temas, se esfuerza por calmar, se culpa | Días o semanas; con el tiempo, cada vez menos |
| 2. Explosión | La agresión: gritos, humillación, amenazas, destrozos, golpes o violencia sexual | Miedo, shock, a veces disociación; puede resistir, huir o quedarse quieta | Minutos u horas |
| 3. Arrepentimiento o luna de miel | Pide perdón, llora, promete cambiar, regalos, atención, «fue por el estrés» | Alivio, esperanza, culpa por haber pensado en irse, minimiza lo ocurrido | Semanas al principio; se acorta hasta casi desaparecer |
Fase 1: acumulación de tensión
La primera fase es un clima más que un hecho. Aparecen los reproches por cosas pequeñas, los cambios de humor sin explicación, los celos, las preguntas sobre dónde estabas y con quién. La persona que vive con eso aprende a leer el ambiente: baja la voz, cancela planes, guarda lo que piensa. Muchas describen la sensación de «caminar sobre cáscaras de huevo».
Buena parte de esta fase es violencia psicológica, aunque no se nombre así. Una revisión de 43 fuentes sobre violencia encubierta (control, manipulación económica, invalidaciones, gaslighting) concluye que erosiona la percepción de la realidad y la autonomía, pasa desapercibida porque no deja marcas, y con frecuencia antecede a la violencia física abierta (Saedi et al., 2026). La Ley 21.675, vigente en Chile desde junio de 2024, incluye en la definición de violencia psicológica justamente el «control o vigilancia de conductas, intimidación, coacción, sumisión, aislamiento» (artículo 6).
Fase 2: explosión o agresión
La segunda fase es la descarga de la tensión acumulada. Puede ser física (golpes, empujones, romper cosas), sexual o «solo» verbal, y esta última no es menor: en una revisión de 201 estudios con más de 250.000 mujeres, la violencia psicológica fue la forma más frecuente de violencia de pareja y se asoció a más depresión, estrés postraumático y conducta suicida (White et al., 2024).
Quien agrede suele presentar el estallido como algo que «se le escapó», provocado por la otra persona. Eso importa para lo que viene después: si la agresión fue «culpa de ambos», la disculpa de la fase tres parece un gesto generoso en vez de lo que es.
Fase 3: arrepentimiento o luna de miel
La tercera fase es la que mantiene el ciclo girando. La persona que agredió pide perdón, se muestra vulnerable, promete que no volverá a ocurrir, a veces acepta ir a terapia o deja de beber unos días. Vuelven la ternura, los regalos, los planes. Para quien recibió la agresión, este periodo confirma que «en el fondo es buena persona» y que la relación de los buenos tiempos sigue existiendo.
Walker la describió como un periodo de arrepentimiento y cariño, y Sarasua, Zubizarreta, Echeburúa y de Corral (2007) la describen con precisión desde un servicio público para víctimas en España: las agresiones físicas y psicológicas «se manifiestan de forma repetida e intermitente entremezcladas con actitudes y comportamientos de arrepentimiento o buen trato». Esa mezcla, y no la agresión sola, es la que engancha. En las relaciones más graves, la luna de miel se va acortando hasta quedar reducida a unos días de calma, y en algunas desaparece.
¿Por qué el ciclo de la violencia se repite y se acorta?
El ciclo se repite porque la fase de arrepentimiento es un refuerzo: castigo y recompensa vienen de la misma persona, en un orden impredecible, y esa alternancia produce un apego más fuerte que el afecto constante. Y se acorta porque cada vuelta que termina en perdón enseña a quien agrede que el estallido no tiene costo.
El vínculo traumático: cuando el maltrato va y viene
La explicación con más respaldo empírico es la del vínculo traumático. Dutton y Painter pusieron a prueba la teoría en 75 mujeres recién salidas de relaciones abusivas: la intermitencia del maltrato y el desequilibrio de poder predijeron cuánto apego sentían hacia la expareja, sus síntomas de trauma y su autoestima. A los seis meses el apego había bajado alrededor de un 27 %, y las características de la relación explicaban el 55 % de lo que quedaba (Dutton y Painter, 1993).
El mismo equipo, ese mismo año, hizo una observación incómoda para el modelo de Walker: al evaluar a 50 mujeres maltratadas y 25 emocionalmente maltratadas, propusieron la intermitencia (el ir y venir del afecto) como el principal responsable del daño, por encima del ciclo en sí, y encontraron que la predictibilidad del maltrato no se relacionaba con ella (Dutton y Painter, 1993). Dicho de otro modo: no hace falta que las fases sean nítidas para que el vínculo se forme; basta con que el cariño y el miedo vengan de la misma mano.
Estudios más recientes confirman las piezas. En 354 personas en relaciones abusivas actuales, el maltrato en la infancia y la inseguridad del apego predijeron el vínculo traumático por encima de la edad, el género y el amor romántico (Shaughnessy et al., 2023). Es la misma lógica del refuerzo intermitente que explica por qué el love bombing engancha al principio de algunas relaciones.
La escalada: cada vuelta es un poco peor
Sarasua y su equipo (2007) resumen la evolución típica: «el maltrato evoluciona en una escala ascendente en cuanto a la gravedad y la frecuencia de aparición de los actos violentos». Lo que empieza como celos y críticas se convierte en amenazas, y lo que empieza como un empujón puede terminar en lesiones. En el extremo, un estudio forense de 275 femicidios en Turín entre 1970 y 2016 encontró que la escalada hasta la muerte fue más probable dentro de relaciones íntimas y largas, y que cuanto más cercana era la relación, más probable el «overkilling», la violencia más allá de la necesaria para matar (Zara y Gino, 2018).
¿Cuándo empieza? Un dato que casi nunca se cita: en 62.274 mujeres de 14 países africanos, la mediana de tiempo entre el matrimonio y la primera agresión conyugal fue de dos años, y casarse joven, tener menos educación y haber visto violencia entre los propios padres adelantaban el inicio (Akinyemi et al., 2020). El contexto es otro, pero el mensaje sirve: la «luna de miel» inicial, la de verdad, suele durar más que las que vienen después.
Por qué cuesta salir del ciclo de la violencia
Salir del ciclo de la violencia cuesta porque el maltrato deteriora justamente las herramientas que harían falta para irse (el juicio, la energía, la confianza en uno mismo), porque hay barreras reales (dinero, hijos, miedo, aislamiento) y porque el afecto intermitente crea un vínculo que no se corta por decisión. Nada de eso es debilidad ni falta de voluntad.
Lo que el maltrato le hace a la capacidad de decidir
Una síntesis de 13 estudios muestra que las consecuencias del abuso, como la depresión y el estrés postraumático, tienen efectos secundarios sobre la función cognitiva y la capacidad de tomar decisiones (Lausi et al., 2023). Sarasua et al. (2007) lo describen desde la clínica: primero humillación, vergüenza y miedo que llevan a ocultar; después pérdida de control, confusión y culpa que, «con la coraza del enamoramiento», dificultan que la propia víctima se reconozca como tal; y al final un malestar crónico y el temor a una segunda victimización desde el sistema judicial o la familia.
A eso se suman distorsiones que el ciclo alimenta. Una revisión de alcance sobre distorsiones cognitivas y toma de decisiones en víctimas identifica el foco en lo positivo del agresor, la esperanza de cambio y la autoculpa como las que más pesan en la decisión de quedarse (Badenes-Sastre et al., 2025). La fase de luna de miel es, literalmente, la fábrica de esas tres creencias.
Las barreras que no están en la cabeza
Una revisión de 12 estudios encontró cuatro barreras que se repiten: las pérdidas que implica irse (casa, ingresos, red), el contacto que sigue existiendo con el agresor, la inseguridad económica y el juicio de los demás, sumadas a la falta de servicios (Stulz et al., 2024). Y en el único estudio longitudinal latinoamericano localizado, con 134 mujeres bolivianas seguidas seis meses, lo que predijo el estado de la relación no fue la intención inicial de irse, sino la que se había consolidado a los tres meses, y las actitudes hacia quedarse pesaron más que cualquier otro factor (Heim et al., 2018).
Castelló Blasco (2005) aporta otra pieza desde la dependencia emocional: quien creció con figuras frías, rechazantes u hostiles puede sentir «más familiar» a una pareja así que a una cálida (p. 122), y describe la sucesión de «desequilibrio, rupturas y arrepentimientos de difícil solución» que se produce cuando una persona con dependencia emocional se empareja con alguien posesivo y hostil (pp. 200-201). Si sospechas que esa pieza está en tu historia, el test de dependencia emocional del sitio es un buen punto de partida.
Salir es un proceso, no un acto
La investigación coincide en algo que contradice la imagen de la víctima pasiva: irse es un proceso largo con varios intentos. Una revisión empírica clásica muestra que las mujeres maltratadas pasan por varios cambios en su forma de pensar el maltrato antes de irse de forma definitiva, y que algunas están peor psicológicamente recién salidas que las que siguen dentro, porque la salida misma es un estresor (Anderson y Saunders, 2003).
Enander y Holmberg (2008) describen tres procesos que se solapan: romper (la acción, con un punto de inflexión), liberarse (soltar el vínculo emocional con el agresor, en cuatro etapas) y comprender (llamar violencia a lo vivido y reconocerse como mujer maltratada). Y en 20 mujeres entrevistadas con el modelo de etapas de cambio, el avance fue no lineal, con idas y vueltas entre situaciones seguras y no seguras, múltiples pasos de acción y un punto de inflexión identificable (Chang et al., 2006). Una revisión de 2025 añade que pedir ayuda es uno de los pasos principales y que identificar la etapa en que está la persona permite elegir mejor la intervención (Fávero et al., 2025).
Por eso «¿por qué no se va?» es una pregunta mal planteada. La pregunta útil es en qué parte del proceso está, y qué necesita para dar el siguiente paso sin ponerse en más riesgo.
Lo que el modelo de Walker no explica: críticas y modelos más recientes
El ciclo de la violencia es una descripción útil, pero tiene cuatro límites que la investigación posterior dejó claros: no toda violencia de pareja sigue un ciclo, el «síndrome de la mujer maltratada» no es un diagnóstico reconocido, el modelo pinta a la víctima como más pasiva de lo que es, y deja fuera el ingrediente que hoy se considera central: el control.
No es una sola violencia: la tipología de Johnson
Michael Johnson propuso en 1995 distinguir el «terrorismo patriarcal» (violencia sistemática como táctica de control, casi siempre del hombre hacia la mujer) de la «violencia común de pareja» (discusiones que escalan de forma ocasional, en ambos sexos), y advirtió que las muestras de refugios y programas ven la primera mientras las encuestas de población ven la segunda (Johnson, 1995). Un metaanálisis de 149 estudios confirmó que el control, el poder, los celos y las creencias patriarcales son marcadores mucho más fuertes en muestras clínicas, y que la tipología funciona como un continuo de gravedad en el que el terrorismo íntimo es más grave por su carácter controlador (Love et al., 2020).
Esto tiene consecuencia práctica: el ciclo de Walker describe bien la primera forma. Una pareja que discute mal y a veces se grita no está necesariamente en un ciclo de tensión-explosión-luna de miel, y tratarla como si lo estuviera puede ser tan equivocado como ignorar el control cuando sí existe. En América Latina, un análisis de 63.321 mujeres de cinco países encontró tres perfiles: violencia de nivel alto (23 %), un grupo de nivel medio con alto control pero poca violencia de otro tipo (45 %) y sin violencia (32 %) (Restrepo et al., 2022). Casi la mitad vivía sobre todo control, con poca violencia de otro tipo.
El control coercitivo: el ciclo visto desde el poder
La lectura actual pone el foco en el control más que en los episodios. Un metaanálisis de 45 estudios asoció el control coercitivo con estrés postraumático (r = 0,32) y depresión (r = 0,27), en magnitudes comparables a las de la violencia psicológica en general (Lohmann et al., 2024). Y un estudio con sobrevivientes australianas propone hablar de «trauma por control coercitivo» para nombrar el daño que produce el patrón de aislamiento, amenazas, manipulación, abuso económico y vigilancia tecnológica; su título lo resume: «lentamente, con el tiempo, te pierdes por completo» (Kassing y Collins, 2026). Tolmie, Smith y Wilson (2024) van un paso más allá: el control coercitivo debe entenderse dentro de un atrapamiento social y sistémico, porque si el problema se reduce a la relación, la respuesta legal y social deja sola a la víctima.
El «síndrome» y la indefensión: qué se sostiene y qué no
El síndrome de la mujer maltratada nunca entró en el DSM. Una revisión de su uso en tribunales de Estados Unidos muestra que lleva décadas usándose como defensa (legítima defensa, coacción, explicación de retractaciones), con respuestas dispares de los jueces, y propone el estrés postraumático como diagnóstico más fiable en esos contextos (Holliday et al., 2022). Bell y Naugle (2008) revisaron las teorías de la violencia de pareja y concluyeron que cada una tiene algún apoyo empírico, pero poca capacidad de explicar los episodios concretos o de mejorar la prevención y el tratamiento; proponen mirar antecedentes, señales, motivos y consecuencias de cada episodio en vez de un guion fijo.
Sobre la indefensión aprendida, la crítica es más conocida: pinta a la víctima como pasiva. Los estudios del proceso de salida citados arriba muestran lo contrario: intentos múltiples, estrategias, puntos de inflexión (Anderson y Saunders, 2003; Chang et al., 2006). Nada de eso invalida el mapa de las tres fases. Lo pone en su lugar: describe cómo se siente el ciclo desde dentro, no por qué existe ni cómo se termina.
El otro «ciclo de la violencia»: de padres a hijos
En la literatura científica, «cycle of violence» nombra sobre todo otra cosa: la transmisión del maltrato entre generaciones. El estudio clásico de Widom (1989) en la revista Science encontró que haber sido maltratado o negligido en la infancia aumenta el riesgo de delincuencia y crimen violento en la adultez, pero subrayó que la mayoría de los niños maltratados no se vuelven violentos. Un metaanálisis de 34 estudios en mujeres encontró una asociación positiva pero pequeña (d = 0,30) entre maltrato infantil y agresión adulta (Augsburger et al., 2019). Si buscabas eso, ese es el nombre; el resto de este artículo habla del ciclo dentro de la pareja.
Qué le hace el ciclo a la salud mental
Vivir dentro del ciclo de la violencia produce daño psicológico medible y acumulativo, con la depresión y el estrés postraumático como consecuencias más frecuentes. En el servicio público vasco de Sarasua y su equipo (2007), con 148 víctimas atendidas fuera de casas de acogida, el estrés postraumático alcanzó el 42 % en las menores de 30 años y el 27 % en las mayores; las más jóvenes sufrían más maltrato físico, más riesgo vital, más depresión y menor autoestima, y abandonaban el tratamiento con mucha más frecuencia (48 % frente a 27 %).
Los datos globales van en la misma línea: en la revisión de White et al. (2024), la exposición a violencia psicológica de pareja duplicaba o triplicaba la probabilidad de depresión y de estrés postraumático, y multiplicaba por dos a cinco la de conducta suicida. Y una revisión de 18 estudios sitúa la depresión entre el 20 % y más del 50 % y el estrés postraumático entre el 30 % y el 70 % según la población, con más visitas a urgencias y hospitalizaciones (Deacu et al., 2026). Si quieres entender cómo se evalúa ese daño, en el sitio hay una guía sobre evaluación psicológica en violencia y daño psicológico y otra sobre el trastorno de estrés postraumático.
El ciclo de la violencia de género en Chile: cifras y ley
En Chile, una de cada tres mujeres de 15 a 65 años ha vivido violencia psicológica, física o sexual en algún momento de su vida, y una de cada cinco la vivió en el último año, según la V Encuesta Nacional de Violencia contra las Mujeres (ENVCM 2024) de la Subsecretaría de Prevención del Delito. Son las cifras oficiales más recientes y bajaron respecto de 2020.
| Indicador ENVCM 2024 (mujeres de 15 a 65 años, zonas urbanas) | Vida | Último año |
|---|---|---|
| Violencia general (psicológica, física o sexual) | 33,4 % | 20,3 % |
| Violencia psicológica | 28,6 % | 18,5 % |
| Violencia física | 10,9 % | 3,5 % |
| Violencia económica por pareja o expareja | no se mide | 9,9 % |
La misma encuesta dice algo que calza con el ciclo: del último episodio de violencia psicológica se denunció el 19,1 %; de violencia física, el 37,4 %; de violencia sexual, el 12,1 %. La mayor parte de lo que pasa en la fase de tensión nunca llega a una comisaría. La encuesta se aplicó a más de 11.000 mujeres entre noviembre de 2023 y mayo de 2024 y se presentó en diciembre de 2024.
En cuanto a la ley, dos normas importan. La Ley 20.066 (2005) define la violencia intrafamiliar como «todo maltrato que afecte la vida o la integridad física o psíquica, la libertad o indemnidad sexual, o la subsistencia o autonomía económica» de la pareja o expareja, con o sin convivencia (artículo 5). Y la Ley 21.675, publicada el 14 de junio de 2024, reconoce como violencia de género la física, la psicológica, la sexual, la económica, la simbólica y la institucional, y describe la psicológica con las conductas típicas de la fase de tensión: «tratos humillantes, vejatorios o degradantes, control o vigilancia de conductas, intimidación, coacción, sumisión, aislamiento» (artículo 6). Que la ley lo nombre así importa: significa que lo que ocurre entre explosión y explosión también es violencia, y también se puede denunciar.
¿La persona que agrede puede cambiar de verdad?
Sí, algunas personas dejan de agredir, pero las promesas de la fase de luna de miel no predicen nada por sí solas; lo que cambia la probabilidad es un tratamiento real y sostenido, y aun así el efecto es modesto y se diluye con los años. Esta es la parte del ciclo en la que más conviene mirar los datos y no las palabras.
Un metaanálisis de 17 estudios con grupos de comparación sin tratamiento encontró que los programas para agresores redujeron la reincidencia registrada por el sistema judicial (unas tres veces menos), pero no cuando la medía la propia sobreviviente, y que el efecto desaparecía en los ensayos aleatorizados, los más rigurosos (Cheng et al., 2021). Otro metaanálisis de 31 estudios fue algo más optimista: las intervenciones bajaron la reincidencia a un año (OR = 0,52) y a dos años (OR = 0,60), pero más allá de dos años el efecto dejó de ser significativo, y los programas ajustados al riesgo y a las necesidades de cada persona funcionaron mejor que los de «talla única» (Travers et al., 2021).
Importa también quién es el que agrede. Una revisión sistemática de 2026 sobre tipologías encontró que los agresores «solo familiares» completan más el tratamiento y reinciden menos que los «generalmente violentos» o antisociales, y que la ira, la inestabilidad y la baja disposición al cambio predicen la reincidencia (Giesbrecht et al., 2026). Los hombres que sí desisten, según entrevistas con agresores, sobrevivientes y terapeutas, pasan por catalizadores concretos (disparadores y transiciones de vida) y cambian de estilo de vida, no solo de discurso (Walker et al., 2015).
Y las medidas de protección ayudan, con matices: una revisión de 25 estudios encontró que las órdenes de alejamiento se violan más de lo que registra la policía, se cumplen más cuando van acompañadas de arresto, y se cumplen menos cuando el agresor tiene antecedentes de violencia o acosa (Cordier et al., 2021).
Traducido a una decisión personal: «prometió cambiar» no es un dato; «lleva un año en un programa, lo verifico yo y no ha vuelto a agredir» sí lo es. Y si la promesa de cambio llega justo en la fase tres, después del estallido, es parte del ciclo, no su fin.
Cómo romper el ciclo de la violencia: qué ayuda de verdad
Romper el ciclo de la violencia no depende de esperar a que la otra persona cambie: depende de recuperar apoyo, información y control sobre la propia seguridad, con acompañamiento. La evidencia señala tres cosas que ayudan de forma medible.
- Acompañamiento especializado y terapia. En una revisión con metaanálisis de 29 estudios, el 58,7 % de quienes participaron en programas de acompañamiento especializado (advocacy) reportó cese del abuso al cierre del caso, y las intervenciones psicológicas mejoraron la autoestima (Carlisle et al., 2025). Un metaanálisis de 25 ensayos con 4.683 participantes encontró que las intervenciones psicosociales redujeron la depresión, mejoraron el apoyo social y previnieron nueva violencia, y el empoderamiento fue el ingrediente que más pesó (Karakurt et al., 2022).
- Planificación de seguridad, sobre todo al separarse. La separación es un periodo de riesgo. Una revisión de 17 estudios identifica factores modificables: distancia física, uso estratégico de la tecnología, apoyo relacional, servicios centrados en la persona y procesos deliberados de seguridad en tribunales de familia (Krella et al., 2026). Irse sin plan puede ser más peligroso que quedarse una semana más armando uno.
- Involucrar a las personas cercanas. En un ensayo con 293 amigas y amigos de mujeres maltratadas, el 93,7 % ya había intentado ayudar y el 89,2 % temía que su amiga resultara gravemente dañada; una herramienta de planificación de seguridad mejoró su claridad y preparación para intervenir (Bloom et al., 2023). Si estás leyendo esto por alguien más, ese dato dice que tu preocupación es la regla, no la excepción.
Hay algo más que conviene saber, porque a veces se cree que el problema termina al cambiar de pareja. En una cohorte australiana seguida hasta los 30 años, cambiar de pareja no redujo la victimización posterior: la violencia previa siguió prediciendo el nuevo maltrato (Ahmadabadi et al., 2018). Es una razón fuerte para trabajar en terapia lo que el ciclo dejó (el vínculo traumático, la autoestima, los esquemas sobre lo que «merece» una persona) y no solo para salir de esta relación. Para empezar por lo básico, el sitio tiene una escala de autoestima de Rosenberg y una guía sobre cómo poner límites.
Cuándo consultar (y a quién llamar en Chile)
Corresponde pedir ayuda profesional cuando reconoces el ciclo, aunque «todavía» no haya golpes: cuando mides lo que dices por miedo a la reacción, cuando las disculpas ya no te tranquilizan, cuando tu círculo se ha ido achicando, cuando has pensado en irte y vuelves atrás, o cuando notas síntomas (ansiedad, insomnio, tristeza, sobresalto) que no tenías antes de la relación.
Si hay miedo, amenazas, control del dinero o del teléfono, o la pareja te vigila o te sigue, en Chile puedes orientarte de forma gratuita y confidencial en el Fono 1455 de SernamEG o por su WhatsApp +56 9 9700 7000. Ante una agresión en curso, llama a Carabineros. La Organización Mundial de la Salud señala que casi una de cada tres mujeres en el mundo ha vivido violencia física o sexual de pareja o de terceros, y la Asociación Americana de Psicología subraya que el control y la violencia psicológica son violencia de pareja aunque no dejen marcas.
Y si lo que tienes es la duda de si tu relación está en un ciclo o solo en una mala racha, esa duda también se trabaja. Puedes agendar una consulta online: la primera conversación sirve para poner nombre a lo que pasa, evaluar el riesgo con calma y decidir el siguiente paso sin presión y sin juicio. El test de relación tóxica del sitio puede ayudarte a ordenar lo que estás viviendo mientras tanto.
Preguntas frecuentes sobre el ciclo de la violencia
¿Cuáles son las 3 fases del ciclo de la violencia?
Las tres fases del ciclo de la violencia de Walker son la acumulación de tensión (críticas, celos, control, silencios, con la víctima intentando calmar), la explosión o agresión (el estallido físico, psicológico o sexual) y el arrepentimiento o luna de miel (disculpas, promesas de cambio y afecto). El ciclo se repite y, con el tiempo, las fases de calma se acortan.
¿Quién describió el ciclo de la violencia?
Lo describió la psicóloga estadounidense Lenore Walker en su libro The Battered Woman (1979), a partir de entrevistas con mujeres maltratadas. Walker lo vinculó a la indefensión aprendida y más tarde al estrés postraumático. Investigaciones posteriores, como las de Dutton y Painter (1993) y Johnson (1995), matizaron el modelo sin descartarlo.
¿Por qué la víctima vuelve con el agresor?
Porque la alternancia de maltrato y afecto crea un vínculo traumático muy fuerte, porque el maltrato deteriora la capacidad de decidir, porque hay barreras reales (dinero, hijos, aislamiento, miedo) y porque salir es un proceso con varios intentos. Dutton y Painter (1993) mostraron que la intermitencia del maltrato predice el apego a la expareja incluso meses después de irse.
¿Todas las relaciones violentas siguen el ciclo?
No. El ciclo describe bien la violencia sistemática con control (lo que Johnson llamó terrorismo íntimo), pero muchas parejas viven control sin golpes o discusiones que escalan sin un patrón de luna de miel. En cinco países latinoamericanos, el 45 % de las mujeres encuestadas vivía alto control con poca violencia de otro tipo (Restrepo et al., 2022).
¿La fase de luna de miel desaparece?
Con el tiempo suele acortarse: las disculpas se vuelven más breves, la calma dura menos y en las relaciones más graves puede quedar reducida a la ausencia de agresión. Sarasua et al. (2007) describen que el maltrato sube en gravedad y frecuencia mientras se entremezcla con periodos de arrepentimiento o buen trato.
¿Qué diferencia hay entre ciclo de la violencia y violencia de género?
La violencia de género es la violencia que se ejerce contra una mujer por serlo, en cualquier ámbito; en Chile la define la Ley 21.675. El ciclo de la violencia es un patrón temporal (tensión, explosión, arrepentimiento) que describe cómo se repite la violencia dentro de una pareja. El ciclo es una forma frecuente en que se presenta la violencia de género en la pareja, no un sinónimo.
¿Cómo se rompe el ciclo de la violencia?
Con apoyo externo y un plan: acompañamiento especializado y terapia (con cese del abuso en cerca del 59 % de los casos en programas de advocacy, según Carlisle et al., 2025), planificación de seguridad sobre todo al separarse, y trabajo posterior sobre el vínculo traumático y la autoestima, porque cambiar de pareja por sí solo no reduce el riesgo de volver a vivir maltrato (Ahmadabadi et al., 2018).
¿Te gustaría conversarlo con alguien?
Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.
Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.
Referencias
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Akinyemi, J. O., Somefun, O., Olamijuwon, E. O., De Wet, N., & Odimegwu, C. O. (2020). How long was the honeymoon? Accelerated failure time model of spousal violence onset among women in sub-Saharan Africa. Women & Health, 60(9), 987-999. https://doi.org/10.1080/03630242.2020.1784367
Anderson, D. K., & Saunders, D. G. (2003). Leaving an abusive partner: An empirical review of predictors, the process of leaving, and psychological well-being. Trauma, Violence, & Abuse, 4(2), 163-191. https://doi.org/10.1177/1524838002250769
Augsburger, M., Basler, K., & Maercker, A. (2019). Is there a female cycle of violence after exposure to childhood maltreatment? A meta-analysis. Psychological Medicine, 49(11), 1776-1786. https://doi.org/10.1017/s0033291719000680
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