Por Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico
Sentir que el corazón se dispara, que el aire no alcanza, que algo grave está a punto de ocurrir sin ninguna razón visible. Y luego, cuando el episodio pasa, la duda que queda encima: ¿qué fue eso? ¿es del corazón? ¿es ansiedad? ¿me debería preocupar?
Si ya buscaste en internet, probablemente te cruzaste con el test de Goldberg, el BAI o el GAD-7. Los hiciste, leíste el resultado, y sigues sin saber bien qué significa en relación a los ataques de pánico. Tiene sentido: esas herramientas miden ansiedad en general, no pánico específicamente, y la diferencia importa.
En este artículo vas a entender el proceso clínico real para diagnosticar un ataque de pánico (y cuándo eso se convierte en un trastorno de pánico), qué mide exactamente cada uno de esos tests y por qué ninguno solo es suficiente para este cuadro, y qué escalas usan los especialistas cuando quieren evaluar el pánico con precisión.
TL;DR: Un ataque de pánico se diagnostica mediante entrevista clínica, criterios del DSM-5 y descarte de causas médicas. Los tests de Goldberg, BAI y GAD-7 miden ansiedad general, no trastorno de pánico específicamente. Para evaluarlo con precisión, los especialistas usan la PDSS-SR o el PHQ-PD.
¿Qué es un ataque de pánico y en qué se diferencia del trastorno de pánico?
Un ataque de pánico es un episodio discreto de miedo o malestar intenso, de inicio súbito, que alcanza su pico en menos de diez minutos. Para que se llame así, deben estar presentes al menos cuatro de 13 síntomas posibles: palpitaciones, sudoración, temblores, sensación de falta de aire, opresión en el pecho, náuseas, mareos, entumecimiento, escalofríos, desrealización, despersonalización, miedo a morir o miedo a “volverse loco” (Clark & Beck, 2010).
Lo que suele sorprender: los ataques aislados son mucho más comunes de lo que se piensa. Más de un tercio de los adultos jóvenes experimenta al menos uno al año (Clark & Beck, 2010). Tener un ataque no significa tener un trastorno.
El trastorno de pánico es otra cosa. El DSM-5 exige dos o más ataques recurrentes e inesperados, es decir, que ocurren “de la nada”, sin un detonante situacional claro. Y después de al menos uno de esos ataques, la persona debe experimentar durante un mes o más alguno de estos: preocupación persistente porque vuelvan, miedo a sus implicaciones (“me va a dar un infarto”, “voy a perder la razón”) o un cambio conductual significativo como evitar el metro, salir solo con compañía o dejar de hacer ejercicio por miedo a que el corazón se acelere (American Psychiatric Association, 2022).
La diferencia clave no son los ataques en sí. Es lo que pasa entre ellos.
[EXPERIENCIA: En consulta veo con frecuencia personas que llegan después de meses viviendo en alerta, revisando cada latido, planificando cada salida según la distancia al hospital más cercano. El ataque fue el punto de partida, pero el trastorno lo construye el miedo al siguiente.]
Cómo se diagnostica: el proceso clínico paso a paso
El diagnóstico de un trastorno de pánico no viene de un test online. Requiere una evaluación clínica con tres pilares.
Primer pilar: la entrevista clínica. El psicólogo o médico recoge la historia detallada de los episodios: ¿cuándo ocurrió el primero?, ¿qué estabas haciendo?, ¿llegan sin aviso o hay algo que los desencadene?, ¿qué piensas en el momento pico?, ¿qué haces para sentirte más seguro? Esas preguntas no son al azar. Apuntan a los criterios diagnósticos y al modelo que explica por qué el trastorno se mantiene (Clark & Beck, 2010).
Segundo pilar: los criterios del DSM-5. El manual establece con precisión cuántos síntomas, por cuánto tiempo y bajo qué condiciones. La American Psychological Association reconoce el trastorno de pánico como un cuadro específico y tratable, claramente distinguible de otros trastornos de ansiedad.
Tercer pilar: el descarte médico. Este es el paso que más se omite y que más importa. Antes de confirmar un trastorno de pánico, hay que descartar causas orgánicas. No porque sean frecuentes, sino porque equivocarse tiene consecuencias. El clínico evalúa y, en muchos casos, deriva a medicina general para descartar condiciones como hipertiroidismo, feocromocitoma, arritmias cardíacas, hipoglucemia o condiciones cardiopulmonares como asma o EPOC, que pueden provocar síntomas idénticos a los ataques de pánico (American Psychiatric Association, 2022).
Qué señales hacen sospechar una causa médica y no un ataque de pánico
El DSM-5-TR es explícito: hay características atípicas que deben activar una alerta. Si los episodios comenzaron después de los 45 años, si van acompañados de vértigo, pérdida de consciencia, pérdida de control de esfínteres, habla arrastrada o amnesia posterior, el origen es probablemente médico (American Psychiatric Association, 2022).
Una revisión publicada en JAMA (Szuhany & Simon, 2022) señala que síntomas como palpitaciones, molestias torácicas, disnea o mareos son tan comunes en los ataques de pánico como en afecciones médicas. Ante la duda, corresponde hacer un examen físico y, si hay indicios, un electrocardiograma, perfil tiroideo o monitoreo Holter.
La buena noticia: cuando se descartan estas causas y el diagnóstico apunta al trastorno de pánico, hay tratamientos con muy buena evidencia. Pero llegar a ese diagnóstico correcto es el primer paso.
El modelo cognitivo: por qué los ataques se retroalimentan solos
Para entender qué evalúan los tests y por qué algunos no aplican bien al pánico, conviene conocer el mecanismo que mantiene el trastorno.
Clark (1986) propuso el modelo cognitivo del pánico, refinado más tarde junto a Beck (Clark & Beck, 2010): el motor del trastorno son las interpretaciones catastróficas de sensaciones corporales normales.
El ciclo funciona así: una sensación física banal (una palpitación por café, tensión muscular por estrés) activa una interpretación catastrófica (“esto es un infarto”, “algo muy malo está pasando”). Esa interpretación genera miedo real, que activa el sistema nervioso autónomo y produce más síntomas. Y esos síntomas nuevos se leen como “evidencia” de que la catástrofe es inminente, cerrando la espiral.
Lo que sostiene el ciclo después son tres mecanismos (Clark & Beck, 2010):
- Hipervigilancia interoceptiva: el cuerpo queda en modo “escaneo” constante. La persona nota cambios físicos que cualquier otra ignoraría, y cada uno puede disparar el ciclo.
- Ansiedad anticipatoria (“miedo al miedo”): la propia ansiedad se convierte en amenaza. El trastorno no es tener ataques: es vivir pendiente del próximo.
- Conductas de seguridad: llevar ansiolíticos “por si acaso”, evitar el metro, salir siempre acompañado. Estas conductas alivian en el momento pero mantienen la creencia de que sin ellas algo malo ocurriría, impidiendo que el sistema aprenda que las sensaciones son inofensivas.
Este modelo tiene una implicación directa para los tests: una escala que mida “ansiedad” en términos generales no captura ninguno de estos mecanismos específicos. Por eso los especialistas recurren a herramientas más precisas.
Test de Goldberg, BAI y GAD-7: qué mide cada uno (y sus límites reales)
Esta es la comparativa que probablemente te trajo aquí. Veamos cada herramienta con honestidad.
¿Qué es el test de Goldberg para ansiedad?
La Escala de Ansiedad y Depresión de Goldberg (GADS) fue diseñada para cribado rápido en atención primaria (Goldberg et al., 1988). Tiene dos subescalas independientes: ansiedad (9 ítems, punto de corte en 4 o más) y depresión (9 ítems, punto de corte en 2 o más), con formato sí/no.
Su propósito es claro: detectar si hay malestar que justifique una evaluación más profunda. No distingue entre trastornos, no mide el componente somático agudo del pánico y no captura el “miedo al miedo” ni la evitación agora fóbica. Su correlación alta con síntomas depresivos la hace poco discriminativa entre cuadros específicos.
Dicho de otro modo: el test de Goldberg puede decirte que algo pasa y que conviene consultar. No puede decirte qué es exactamente.
¿Qué mide el test BAI (Inventario de Ansiedad de Beck)?
El BAI fue desarrollado por Beck y colaboradores (Beck et al., 1988) y tiene 21 ítems en escala de 0 a 3, con un rango total de 0 a 63. Sus rangos de interpretación son: 0-7 ansiedad mínima, 8-15 leve, 16-25 moderada y 26 o más severa.
Una ventaja real para el contexto del pánico: el 75% de sus ítems evalúa activación fisiológica (palpitaciones, sudoración, temblores, sensación de ahogo), que es justamente el núcleo somático de los ataques. Un meta-análisis Cochrane con 14 estudios y más de 6.000 participantes (Eck et al., 2025) encontró que para detectar trastorno de pánico el BAI alcanza un AUC de 0.80, con sensibilidad de 0.72 y especificidad de 0.77 en el punto de corte de 16.
Pero hay matices que importan: ese mismo meta-análisis señala que la evidencia disponible es limitada (solo 4 estudios para trastorno de pánico específicamente) y con riesgo de sesgo. El BAI no mide frecuencia de ataques, evitación agora fóbica ni “miedo al miedo”. Identifica que hay ansiedad intensa con componente físico, pero no distingue bien entre trastorno de pánico y otras condiciones con perfil somático similar.
Es útil como parte de una evaluación. No como único instrumento.
¿Qué evalúa el GAD-7 y para qué sirve?
El GAD-7 (Spitzer et al., 2006) tiene 7 ítems que preguntan por la frecuencia de preocupación, nerviosismo, dificultad para relajarse y anticipación de eventos negativos. Fue diseñado específicamente para el trastorno de ansiedad generalizada (TAG).
Una revisión sistemática del USPSTF publicada en JAMA (O’Connor et al., 2023) encontró que el GAD-7 tiene excelente rendimiento para lo que fue diseñado: sensibilidad de 0.79 y especificidad de 0.89 para TAG en punto de corte de 10. Para trastorno de pánico, el rango de detección de la versión breve (GAD-2) va del 50% al 91%, una amplitud que refleja precisamente su limitación para este propósito.
El GAD-7 no captura frecuencia de ataques, evitación agora fóbica, interpretaciones catastróficas de sensaciones físicas ni el “miedo al miedo”. Tolin (2024) recomienda explícitamente no usarlo como herramienta de seguimiento para pánico y reemplazarlo por la PDSS-SR. El GAD-7 mide preocupación crónica. El pánico es otra cosa.
La comparativa directa: BAI versus GAD-7 para cribado de pánico
Para ansiedad en general, el GAD-7 supera al BAI (AUC 0.86 vs. 0.83). Para trastorno de pánico específicamente, ambos alcanzan un AUC de 0.80 y la diferencia no es sustancial. La evidencia actual no es suficiente para recomendar uno sobre el otro con firmeza para este propósito (Eck et al., 2025).
La conclusión que importa: ninguno de los dos fue diseñado para diagnosticar trastorno de pánico. Son herramientas de cribado general. Úsalos como punto de partida para una conversación con un profesional, no como diagnóstico en sí mismos.
Las escalas específicas de pánico: qué capturan que los otros tests no
Si el objetivo es evaluar trastorno de pánico con precisión, los especialistas usan instrumentos diseñados exactamente para eso.
PDSS-SR (Panic Disorder Severity Scale Self-Report): 7 ítems en escala de 0 a 4 (rango 0-28). Mide las siete dimensiones nucleares del trastorno: frecuencia de ataques, malestar durante los episodios, ansiedad anticipatoria, evitación agora fóbica, evitación interoceptiva, interferencia laboral e interferencia social (Shear et al., 1997). Un puntaje de 9 o más sugiere evaluación formal; la recuperación clínica se define como 2 o menos. Una reducción de 6 puntos o más indica mejora significativa.
PHQ-PD (Patient Health Questionnaire para trastorno de pánico): según DeGeorge y colaboradores en American Family Physician (2022), es actualmente la herramienta de cribado más precisa para trastorno de pánico en personas con episodios de ansiedad o miedo súbito.
ASI (Anxiety Sensitivity Index): mide la vulnerabilidad al “miedo al miedo”. Los pacientes con trastorno de pánico puntúan en promedio dos desviaciones estándar por encima de la población general (Clark & Beck, 2010).
ACQ y BSQ: el Agoraphobic Cognitions Questionnaire evalúa la frecuencia de pensamientos catastróficos durante los ataques (“voy a tener un infarto”, “me voy a desmayar”); el Body Sensations Questionnaire mide la intensidad del miedo a sensaciones físicas específicas como mareo o taquicardia. Estas herramientas ayudan al psicólogo a identificar exactamente qué tipo de interpretación catastrófica mantiene el ciclo del pánico, lo que permite personalizar la terapia cognitivo-conductual (Ruiz, Díaz & Villalobos, 2012).
[EXPERIENCIA: Cuando trabajo con alguien con ataques de pánico, la entrevista y las escalas específicas me dan información distinta. La entrevista me da el contexto y la historia; las escalas me dan un punto de base para medir la evolución. El BAI al inicio del tratamiento y la PDSS-SR mes a mes me cuentan cosas distintas y complementarias.]
Cuándo buscar ayuda profesional
Si tuviste dos o más ataques de pánico inesperados y empezaste a reorganizar tu vida para evitar que vuelvan (dejas de hacer ejercicio, evitas ciertos lugares, necesitas siempre a alguien cerca), eso es señal de que conviene consultar. No porque estés en peligro, sino porque hay tratamientos eficaces y el patrón tiende a reforzarse con el tiempo si no se trabaja.
La Organización Mundial de la Salud reconoce los trastornos de ansiedad como los más prevalentes a nivel mundial. El trastorno de pánico ocurre comórbidamente con otros trastornos de ansiedad en aproximadamente el 80% de los casos (Szuhany & Simon, 2022), lo que hace importante una evaluación completa.
La terapia cognitivo-conductual tiene décadas de evidencia como tratamiento de primera línea para el trastorno de pánico (Clark & Beck, 2010; Tolin, 2024). El objetivo del tratamiento no es eliminar las sensaciones físicas, sino cambiar la interpretación que las convierte en catástrofe.
Buscar ayuda no es confirmar que “algo está muy mal”. Es lo contrario: es tomar la decisión de entender lo que pasa y trabajarlo con alguien que conoce el camino.
Preguntas frecuentes
¿Cómo se diferencia un ataque de pánico de un problema cardíaco?
Los síntomas físicos se superponen mucho (palpitaciones, presión en el pecho, falta de aire), lo que hace que la duda sea completamente válida. Los ataques cardíacos suelen aparecer con esfuerzo físico y no remiten en minutos; los ataques de pánico pasan solos en 20-30 minutos. Una revisión en JAMA (Szuhany & Simon, 2022) recomienda evaluación médica con electrocardiograma o perfil tiroideo ante la primera duda. Siempre es mejor descartar.
¿Qué test o escala es mejor para diagnosticar ataques de pánico?
El diagnóstico es clínico, no depende de un test solo. Para evaluación específica del trastorno de pánico, la PDSS-SR y el PHQ-PD son las herramientas más validadas. Los tests de Goldberg, BAI y GAD-7 miden ansiedad general y funcionan bien como cribado inicial, pero no como diagnóstico diferencial del trastorno de pánico.
¿Es lo mismo ansiedad que trastorno de pánico?
No. La ansiedad es una respuesta normal ante amenazas reales o percibidas. El trastorno de pánico es un cuadro específico con ataques inesperados y recurrentes más un patrón de evitación o miedo anticipatorio que altera la vida cotidiana. Alguien puede tener ansiedad generalizada sin tener ataques de pánico, y viceversa (Clark & Beck, 2010).
¿Qué diferencia hay entre el GAD-7 y el BAI?
El GAD-7 mide preocupación crónica y generalizada: fue diseñado para el trastorno de ansiedad generalizada. El BAI mide activación ansiosa con énfasis en síntomas físicos. Para pánico, el BAI capta mejor el componente somático, pero ninguno fue diseñado para este trastorno específicamente (Eck et al., 2025; O’Connor et al., 2023).
¿Cuándo se puede confirmar el diagnóstico de trastorno de pánico?
Cuando el clínico confirma al menos dos ataques inesperados y un mes o más de preocupación persistente por que vuelvan, miedo a sus implicaciones o cambios conductuales para evitarlos; y una vez descartadas causas médicas o por sustancias, según los criterios del DSM-5-TR (American Psychiatric Association, 2022).
¿Me estoy volviendo loco si tengo ataques de pánico?
No. La sensación de “volverse loco” es uno de los síntomas clásicos del ataque, pero no refleja lo que ocurre en el cerebro. El ataque de pánico no produce daño neurológico ni pérdida del juicio: es una respuesta de alarma disparada en el momento equivocado, interpretada de forma catastrófica por la mente (Clark & Beck, 2010).
¿Qué es el test de Goldberg para ansiedad?
Es una escala de cribado con formato sí/no desarrollada para detectar ansiedad o depresión en atención primaria (Goldberg et al., 1988). No diagnostica trastornos específicos: indica si el nivel de malestar justifica una evaluación más profunda. Tiene 9 ítems de ansiedad (punto de corte en 4) y 9 de depresión (punto de corte en 2). Es la puerta de entrada, no el destino.
¿Qué mide el BAI (Inventario de Ansiedad de Beck)?
El BAI mide la intensidad de síntomas de ansiedad, con énfasis marcado en los físicos: el 75% de sus ítems son somáticos (palpitaciones, sudoración, temblores). Es sensible al cambio con el tratamiento y tiene buena correlación con el trastorno de pánico, pero no mide las dimensiones específicas del trastorno como frecuencia, evitación o anticipación (Beck et al., 1988).
¿Cómo sé si mis ataques de pánico son ya trastorno de pánico?
La diferencia está en lo que ocurre entre los ataques. Si después de uno empezaste a reorganizar tu vida, a preocuparte por cuándo vendrá el próximo o a interpretar cualquier sensación física como señal de peligro, es probable que el patrón ya sea un trastorno de pánico. Consultar a un psicólogo es el siguiente paso natural.
Dar el primer paso tiene sentido
Entender qué es lo que pasa, cómo se llama y qué lo sostiene no es lo mismo que resignarse a vivir con ello. Al contrario: es el mapa que necesitas para elegir bien el camino.
Si llegaste aquí buscando respuestas sobre los ataques de pánico, el proceso de diagnóstico o la diferencia entre los tests disponibles, ya tienes una base mucho más sólida. El siguiente paso, si todavía no lo has dado, es conversarlo con un profesional.
Si quieres evaluar tu situación con alguien que trabaja específicamente con estos cuadros, puedes agendar una consulta con Nicolás Alcayaga en Terapia Online Chile. La primera sesión está diseñada para que entiendas qué está pasando y qué opciones tienes.
Revisado por Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico (Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) — Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud)).
Referencias
American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.). American Psychiatric Publishing.
Beck, A. T., & Clark, D. A. (2010). Cognitive therapy of anxiety disorders: Science and practice. Guilford Press.
Beck, A. T., Epstein, N., Brown, G., & Steer, R. A. (1988). An inventory for measuring clinical anxiety: Psychometric properties. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 56(6), 893–897.
Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F., & Emery, G. (2024). Cognitive therapy of depression (2nd ed.). Guilford Press.
DeGeorge, K. C., Grover, M., & Streeter, G. S. (2022). Generalized anxiety disorder and panic disorder in adults. American Family Physician, 106(2), 157–164. https://www.aafp.org/pubs/afp/issues/2022/0700/p157.html
Eck, S., Dümmler, D., Aktürk, Z., et al. (2025). Beck Anxiety Inventory (BAI) for detecting anxiety disorders in adults. Cochrane Database of Systematic Reviews. https://doi.org/10.1002/14651858.cd015457
Goldberg, D. P., Bridges, K., Duncan-Jones, P., & Grayson, D. (1988). Detecting anxiety and depression in general medical settings. BMJ, 297(6653), 897–899.
O’Connor, E. A., Henninger, M. L., Perdue, L. A., et al. (2023). Anxiety screening: Evidence report and systematic review for the USPSTF. JAMA, 329(24), 2166–2185. https://doi.org/10.1001/jama.2023.9301
Ruiz, M. A., Díaz, M. I., & Villalobos, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo-conductuales. Desclée de Brouwer.
Shear, M. K., Brown, T. A., Barlow, D. H., Money, R., Sholomskas, D. E., Woods, S. W., Gorman, J. M., & Papp, L. A. (1997). Multicenter Collaborative Panic Disorder Severity Scale. American Journal of Psychiatry, 154, 1571–1575.
Spitzer, R. L., Kroenke, K., Williams, J. B. W., & Löwe, B. (2006). A brief measure for assessing generalized anxiety disorder: The GAD-7. Archives of Internal Medicine, 166(10), 1092–1097.
Szuhany, K. L., & Simon, N. M. (2022). Anxiety disorders: A review. JAMA, 328(24), 2431–2445. https://doi.org/10.1001/jama.2022.22744
Tolin, D. F. (2024). Doing CBT: A comprehensive guide to working with behaviors, thoughts, and emotions (2nd ed.). Guilford Press.
Nicolás Alcayaga — Psicólogo Clínico
Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) • Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud)
Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.
Nicolás Alcayaga
Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)
Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →
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