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    Asertividad en adultos mayores

    Pasaste setenta, ochenta años cediendo. Diciendo que sí cuando querías decir que no. Dejando que la familia decida por ti “por tu bien”. Y ahora te preguntas si la asertividad en adultos mayores es algo que de verdad se puede aprender a esta edad, o si ya es tarde para algo tan básico como poner un límite.

    Se puede. La asertividad en la tercera edad es una habilidad, no un rasgo fijo de personalidad, y las habilidades se entrenan con la misma lógica a los 25 que a los 75 años (Baker, 2023; Bellack et al., 2004). Lo que cambia con la edad son los motivos por los que nunca se practicó y el contexto en el que ahora toca usarla: hijos adultos, nietos, una familia que ya se acostumbró a que tú cedas. Es un músculo que no se ejercitó, y que todavía se puede entrenar.

    Antes de llegar a las técnicas conviene entender tres cosas: qué es exactamente la asertividad, por qué a tu generación le costó más que a otras, y qué evidencia real existe de que esto funciona después de los sesenta.

    ¿Qué es la asertividad y en qué se diferencia de ser pasivo o agresivo?

    La comunicación asertiva consiste en expresar directamente lo que piensas, sientes o necesitas, sin agredir al otro y sin dejar que el otro te pase por encima (Bellack et al., 2004). Es, según la definición de la American Psychological Association, la capacidad de defender los propios derechos e intereses sin negar los del interlocutor. No es un punto medio tibio entre dos extremos: es una tercera forma de responder, distinta tanto de la sumisión como del ataque.

    La pasividad es no decir nada y dejar que la otra persona actúe aunque eso te moleste o te perjudique. Equivale a la respuesta de huida frente a un conflicto (Baker, 2023). La agresividad es comunicar de forma amenazante, exigente o hiriente, buscando dominar al otro en vez de resolver el problema junto a él. La asertividad respeta tus derechos y los del otro a la vez: dices que no sin insultar, pides sin exigir, expresas molestia sin gritar.

    Vicente Caballo (2007), en su manual de referencia sobre entrenamiento en habilidades sociales, recoge una tabla de derechos asertivos básicos (p. 189): el derecho a decir que no, a cambiar de opinión, a pedir lo que necesitas, a cometer errores, a no justificarte ante cada decisión. Ninguno de esos derechos caduca con la edad. Lo que suele pasar es que, a los setenta u ochenta años, llevas décadas sin ejercerlos y la familia se acostumbró a un patrón que ahora cuesta romper.

    Por qué tu generación aprendió justo lo contrario

    Si sientes que esto debería haberte salido natural y no te salió, vale la pena mirar el contexto en que creciste. Bellack et al. (2004) señalan algo específico sobre las generaciones mayores de hoy: muchas personas, sobre todo mujeres, fueron socializadas bajo la idea de que expresar molestia o decir que no era “mala educación” o ponía en riesgo la armonía familiar. Es el resultado de décadas de un mensaje repetido, no una debilidad personal: ceder es lo correcto, exigir es egoísmo.

    Eso explica por qué a muchas personas mayores les cuesta particularmente la palabra “ira” o “enojo” cuando se les plantea el entrenamiento en estos términos. Por eso en clínica suele funcionar mejor reformular: se trata de nombrar que algo te incomoda y pedir que cambie, no de “enfrentar” a nadie (Bellack et al., 2004). El objetivo es decir la verdad con respeto, hacia ti y hacia el otro, nunca pelear.

    Lo que cuesta no poner límites, años después

    Ceder una vez no tiene consecuencias. Ceder sistemáticamente, durante años, sí las tiene. El manual del Centre for Clinical Interventions describe el efecto como un “espacio interno” que se va llenando de malestar acumulado hasta que no queda lugar para el bienestar (Kingsep y Nathan, s.f.). La persona pierde progresivamente el control sobre su propia vida, queda a merced de lo que otros decidan por ella y es más vulnerable a que se aprovechen de su disposición a ceder.

    La evidencia respalda esa descripción clínica. Una revisión meta-analítica de 2025 sobre problemas interpersonales encontró que los estilos hostil-sumisos (pasividad crónica, dificultad para poner límites) atrapan a la persona en ciclos repetitivos de interacciones insatisfactorias que refuerzan pensamientos de autocrítica y anticipan más conflicto futuro (Iovoli et al., 2025). Y un estudio de 2017 sobre creencias interpersonales mostró que las personas con dificultades de este tipo suelen priorizar sistemáticamente las necesidades ajenas sobre las propias, buscando validación externa, lo que termina deteriorando su propia autoestima cuando esa validación no llega (Carlson et al., 2017).

    Hay también un costo relacional menos obvio: la pasividad crónica no evita el conflicto, solo lo pospone. Cuando el malestar se acumula sin expresarse, un evento menor puede desencadenar una explosión desproporcionada, con las consecuencias de culpa y distancia que eso trae después (Bellack et al., 2004). Lo contrario de decir que no a tiempo no es la paz: es decir que sí demasiadas veces hasta que algo revienta.

    ¿Se puede entrenar la asertividad en adultos mayores? La evidencia dice que sí

    Esta es, probablemente, la pregunta que de verdad te trajo hasta aquí. La respuesta tiene dos fuentes distintas, y conviene mirar ambas con honestidad. MedlinePlus incluye el bienestar emocional y social dentro de la salud de las personas mayores, no solo lo físico, y ambos se pueden trabajar activamente a cualquier edad.

    La primera es un ensayo clínico aleatorizado con 240 pacientes de edad media y mayores: comparó un programa de entrenamiento en habilidades funcionales y sociales (FAST) contra un grupo de control, y encontró una mejora significativa en habilidades sociales en el grupo entrenado (p = 0,003), además de mejoras en habilidades de la vida diaria (Patterson et al., 2006). Es importante decir con precisión qué mostró este estudio: se hizo con pacientes con trastornos psicóticos crónicos, no con población general mayor sin diagnóstico psiquiátrico. Lo que aporta es evidencia de que el cerebro y la conducta de una persona mayor sí responden a un entrenamiento estructurado en habilidades sociales, incluso en el escenario clínico más exigente para el aprendizaje.

    La segunda fuente es más directa para tu situación: un programa de intervención educativa aplicado durante un año a 26 adultos mayores sanos de entre 65 y 80 años, en Cuba, diseñado específicamente para promover conductas asertivas (Díaz Fernández et al., 2012). Antes del programa, solo 7 de los 26 se consideraban capaces de decir sí o no según lo que realmente querían. Al terminar, ese número subió a 14, con un cambio estadísticamente significativo (p = 0,0078). También bajó, aunque sin significancia estadística, la sensación de que su espacio y su criterio no se respetaban en casa (de 65% a 42%).

    Hay que leer esta cifra con la cautela que merece: es un estudio pequeño, sin grupo control, de hace más de una década. No prueba una fórmula mágica. Prueba algo más modesto y más útil: que un grupo de personas mayores, trabajando el tema durante meses, cambió de forma medible. Si ellos pudieron, la pregunta de “¿no seré ya muy viejo para esto?” queda, en los hechos, respondida.

    Por dónde empezar: de lo más fácil a lo más difícil

    Si quieres partir ubicando cuál es tu estilo habitual antes de entrenar nada, este test de asertividad gratuito te da una primera orientación en pocos minutos.

    Un error común es empezar el entrenamiento por la situación más temida (ese hijo que siempre consigue lo que quiere, esa exigencia que llevas años sin poder frenar). Los manuales clínicos desaconsejan ese orden: recomiendan construir la habilidad de menor a mayor dificultad, como quien sube una escalera y no salta directo al último peldaño (Baker, 2023; Bellack et al., 2004).

    La secuencia habitual empieza por lo que menos ansiedad genera:

    • Expresar algo positivo. Agradecer, felicitar, decir que algo te gustó. Parece trivial, pero entrena el mismo músculo (mirar a los ojos, usar un tono firme, decir lo que piensas en voz alta) sin el riesgo de un conflicto.
    • Hacer peticiones pequeñas en contextos seguros. Pedir información en una tienda, pedir que te cambien algo en un restaurante. Nadie conocido está mirando, y el costo de equivocarte es bajo.
    • Practicar con alguien neutral. Un rechazo telefónico, una negativa a un vendedor. Terreno todavía de bajo riesgo emocional.
    • Expresar una molestia o un límite con un conocido o un amigo, antes de intentarlo con quien más te cuesta.
    • Recién al final, el límite con la persona del vínculo más complejo: el hijo, la pareja, el familiar directo.

    Ensayar la frase a solas, frente a un espejo, o practicarla con otra persona antes de decirla en la situación real, es parte legítima del método, no un paso para “los que no pueden” (Baker, 2023). Nadie empieza por lo difícil. Empezar por lo fácil no es timidez: es la forma en que esta habilidad se aprende mejor.

    Técnicas concretas para decir que no sin sentirte culpable

    Una vez que tienes algo de práctica en lo fácil, estas son herramientas puntuales que describe Caballo (2007, pp. 267-272) para situaciones de mayor presión:

    Disco rayado. Repetir tu postura con calma, las veces que haga falta, sin subir el tono ni entrar en la discusión que el otro propone. “Entiendo que te moleste, pero no voy a poder” (y si insiste, exactamente lo mismo otra vez). No necesitas una justificación nueva cada vez.

    Banco de niebla. Dar la razón en lo que pueda ser cierto de lo que el otro dice, sin ceder en tu decisión. “Puede que tengas razón en que te vendría bien la ayuda, y aun así no voy a poder esta vez.” Caballo (2007) advierte que es una técnica controvertida y conviene usarla con cuidado, porque mal aplicada puede sonar evasiva.

    Aserción negativa. Reconocer un error propio sin hundirte en la disculpa ni en la autocrítica excesiva. “Tienes razón, se me olvidó. Lo voy a hacer apenas pueda”, y ahí se cierra el tema.

    La técnica del sándwich. Para pedir o rechazar algo sin que suene brusco: empiezas con algo positivo, dices el límite o la petición en el medio, y cierras con otro gesto de cercanía. “Me encanta que confíes en mí para esto. Esta vez no voy a poder hacerme cargo. Ojalá podamos juntarnos este fin de semana igual.”

    Mensajes en primera persona. Nombrar la conducta concreta del otro sin acusarlo, decir cómo te hace sentir, y pedir el cambio que necesitas: “Cuando decides por mí sin preguntarme, me siento ninguneado. Preferiría que me consultaras antes.” Cambia por completo el tono frente a un reclamo que empieza con “tú siempre…” (Bellack et al., 2004).

    Ninguna de estas técnicas pide ser cortante. Todas buscan lo mismo: que tu postura quede clara sin que la relación se rompa. Si quieres practicar antes de llevar esto a la vida real, puedes revisar esta guía para aprender a decir que no con ejemplos adicionales paso a paso.

    Poner límites siendo adulto mayor: con hijos adultos y nietos

    Este es, en la práctica clínica, el terreno más difícil de todos. Los manuales de entrenamiento en habilidades sociales describen con frecuencia dos escenarios que probablemente reconozcas: que un familiar dé por sentado que vas a ayudar (cuidar nietos, hacer trámites, prestar la casa) sin pedirlo con respeto, y las peticiones de dinero dentro de la familia, donde negarte suele sentirse como una traición aunque sea un derecho básico (Bellack et al., 2004).

    La culpa, acá, casi nunca viene de que estés haciendo algo mal. Viene de que llevas años entrenado para ceder, y romper ese patrón se siente, al principio, como un acto egoísta aunque no lo sea. Vale la pena distinguir una cosa: ayudar porque quieres es distinto de ayudar porque no sabes cómo negarte. Lo primero es un acto libre. Lo segundo desgasta, y con el tiempo genera el resentimiento silencioso del que hablan Kingsep y Nathan (s.f.): sentirte usado, sin haberlo dicho nunca en voz alta.

    Un ejemplo concreto con la técnica del sándwich, para cuidar nietos un día que de verdad no puedes: “Me hace muy feliz que cuenten conmigo para esto. Este sábado no voy a poder, tengo algo que ya tenía planeado. ¿Vemos otro día de la semana?” No hace falta inventar una excusa más elaborada que esa. El derecho a decir que no por simple cansancio, sin dar explicaciones extensas, es uno de los que recoge Caballo (2007, p. 189) en su tabla de derechos asertivos.

    El lenguaje no verbal que sostiene un límite

    Las mismas palabras, dichas de forma distinta, comunican cosas opuestas. Decir “estoy incómodo con esto” mirando al suelo, con la voz apagada, cancela el mensaje: el cuerpo contradice lo que la boca dice (Bellack et al., 2004). Cuatro cosas concretas marcan la diferencia:

    • La mirada. Contacto visual intermitente, ni evitarla por completo (transmite inseguridad) ni clavarla sin parpadear (se percibe como agresivo).
    • El volumen. Un tono de voz conversacional, ni tan bajo que nadie te tome en serio ni tan alto que suene a pelea.
    • La postura. Relajada pero erguida, sin tensar los puños ni cruzarte de brazos como si estuvieras a la defensiva.
    • La coherencia. Que la cara, el tono y las palabras digan lo mismo. Si sonríes mientras pones un límite, es fácil que el otro interprete que en realidad no te molesta tanto.

    No hace falta memorizar un manual de gestos. Basta con notar, la próxima vez que quieras decir que no, si tu cuerpo está diciendo lo mismo que tu boca.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    Si llevas meses intentando esto por tu cuenta y la dinámica familiar no cambia, o si poner un límite te genera una ansiedad que no logras manejar, o si sospechas que detrás de la dificultad para decir que no hay una historia de maltrato o abuso económico de algún familiar, conviene buscar apoyo profesional. El Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA) orienta sobre maltrato y abuso hacia personas mayores en Chile, y un acompañamiento terapéutico permite practicar estas situaciones en un espacio seguro antes de llevarlas a la vida real. La Organización Mundial de la Salud señala que la salud mental y la autonomía en la vejez dependen en buena parte de poder seguir tomando decisiones propias, no solo de la salud física. Un espacio de terapia ayuda a distinguir cuándo el problema es solo falta de práctica y cuándo hay algo más que requiere trabajarse con mayor profundidad.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es tarde para aprender a ser asertivo a los setenta u ochenta años?

    No. Un ensayo clínico con pacientes de edad media y mayores mostró mejoras significativas en habilidades sociales tras un entrenamiento estructurado (Patterson et al., 2006), y un programa aplicado en Cuba a adultos mayores sanos duplicó el número de personas que se consideraban asertivas en un año (Díaz Fernández et al., 2012). La edad no es la barrera: la falta de práctica sí lo es, y la práctica se puede empezar en cualquier momento.

    ¿Por qué mi generación nunca aprendió esto?

    Muchas personas mayores, especialmente mujeres, fueron socializadas bajo la idea de que decir que no o mostrar molestia era de mala educación y ponía en riesgo la armonía familiar (Bellack et al., 2004). No es una falla personal: es un patrón cultural de época que ahora se puede revisar.

    ¿Cómo le digo que no a mi hijo o nieto sin sentirme culpable?

    Con una frase clara, sin extenderte en justificaciones. La técnica del sándwich ayuda: un gesto de cercanía, el límite en el medio, y otro gesto de cercanía al cerrar. “Me encanta que cuentes conmigo. Hoy no voy a poder. ¿Vemos otro día?” La culpa suele venir de la costumbre de ceder, no de estar haciendo algo malo.

    ¿Ser asertivo es lo mismo que ser agresivo o grosero?

    No. La asertividad respeta tus derechos y los del otro al mismo tiempo; la agresividad busca dominar o herir al otro para imponerse (Bellack et al., 2004). Decir que no con calma y sin insultar es asertivo. Gritar o exigir es agresivo.

    ¿Qué hago si cada vez que pongo un límite mi familia se enoja?

    Es una reacción frecuente al principio, porque la familia se acostumbró a un patrón distinto. La técnica del disco rayado (repetir tu postura con calma, sin entrar en la discusión que el otro propone) ayuda a sostener el límite sin escalar el conflicto (Caballo, 2007). Si el enojo persiste de forma desproporcionada o constante, puede valer la pena trabajar la dinámica familiar con acompañamiento profesional.

    ¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional para esto?

    Cuando llevas tiempo intentándolo por tu cuenta sin resultados, cuando poner un límite te genera mucha ansiedad, o cuando detrás de la dificultad para decir que no hay una historia de maltrato o abuso de algún familiar. Un espacio terapéutico permite practicar antes de enfrentar la situación real.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Baker, J. (2023). Social skills training: For children and adolescents with autism & social-communication differences (2.ª ed.). Future Horizons.

    Bellack, A. S., Mueser, K. T., Gingerich, S., & Agresta, J. (2004). Social skills training for schizophrenia: A step-by-step guide (2.ª ed.). Guilford Press.

    Caballo, V. E. (2007). Manual de evaluación y entrenamiento de las habilidades sociales (7.ª ed.). Siglo XXI.

    Carlson, E. N., Wright, A. G. C., & Imam, H. (2017). Blissfully blind or painfully aware? Exploring the beliefs people with interpersonal problems have about their reputation. Journal of Personality. https://doi.org/10.1111/jopy.12284

    Díaz Fernández, S., Camejo Pérez, Y. M., & Díaz Fernández, B. C. (2012). Programa de intervención educativa para promover conductas asertivas en el adulto mayor. Mediciego, 18(2). https://revmediciego.sld.cu/index.php/mediciego/article/download/325/2212/11573

    Feely, M., Sines, D., & Long, A. (2007). Early life experiences and their impact on our understanding of depression. Journal of Psychiatric and Mental Health Nursing. https://doi.org/10.1111/j.1365-2850.2007.01097.x

    Iovoli, F., Rubel, J. A., Steinbrenner, T., & Lauterbach, R. (2025). Interpersonal problems and their mental health correlates: A meta-analytic review. Journal of Clinical Psychology. https://doi.org/10.1002/jclp.70022

    Kingsep, P., & Nathan, P. (s.f.). Social skills training for severe mental disorders: A therapist manual. Centre for Clinical Interventions.

    Lin, Y. R., Wu, M. H., Yang, C. I., Chen, T. H., Hsu, C. C., Chang, Y. C., Tzeng, W. C., Chou, Y. H., & Chou, K. R. (2008). Evaluation of assertiveness training for psychiatric patients. Journal of Clinical Nursing, 17, 2875-2883. https://doi.org/10.1111/j.1365-2702.2008.02343.x

    Patterson, T. L., Mausbach, B. T., McKibbin, C., Goldman, S., Bucardo, J., & Jeste, D. V. (2006). Functional adaptation skills training (FAST): A randomized trial of a psychosocial intervention for middle-aged and older patients with chronic psychotic disorders. Schizophrenia Research. https://doi.org/10.1016/j.schres.2006.05.017

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y habilidades sociales. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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