Etiqueta: apego en hombres

  • Apego ansioso en el hombre

    Apego ansioso en el hombre

    Le escribiste hace dos horas y el mensaje sigue en un solo visto. Sabes que está en el trabajo y que no pasa nada, pero el pecho se aprieta, empiezas a repasar cuándo fue la última vez que se mostró cariñosa y ya estás tecleando un tercer mensaje que dice “¿todo bien?” y pregunta otra cosa: “¿sigues ahí, sigues queriéndome?”. Es una escena típica del apego ansioso en hombres, y casi nunca se reconoce por lo que es.

    Desde afuera se ve como control, insistencia o celos, así que rara vez alguien mira lo que hay debajo: un miedo muy antiguo al abandono. Si lees esto como pareja de un hombre así, quizá conozcas el resto: las preguntas repetidas, los celos que aparecen sin motivo, la sensación de que nada de lo que dices alcanza. Entender ese miedo no justifica lo que se hace con él, pero permite cambiarlo.

    En pocas palabras: el apego ansioso es un patrón de vínculo en el que la persona vive la relación con una alarma encendida ante cualquier señal de distancia. En hombres es menos frecuente que en mujeres, aunque la diferencia es pequeña, y suele expresarse hacia afuera, como celos, vigilancia o necesidad de atención constante, porque mostrar el miedo choca con lo que se les enseñó a ser. Puede cambiar con experiencias de seguridad y con terapia, y cuando el control escala hacia la intimidación o la violencia, la prioridad pasa a ser la seguridad de la otra persona.

    ¿Qué es el apego ansioso en hombres y qué lo hace distinto?

    El apego ansioso es una de las dos dimensiones con las que la psicología describe hoy cómo nos vinculamos en pareja. Mide cuánto miedo hay al rechazo y al abandono, cuánta necesidad de aprobación y cuánta duda sobre el propio valor como persona querida. La otra dimensión, la evitación, mide la incomodidad con la cercanía. Quien puntúa alto en ansiedad y bajo en evitación es el perfil que solemos llamar apego ansioso (o preocupado). El instrumento de referencia es el ECR-R, un cuestionario de 36 ítems, 18 para cada dimensión, que revisaron Fraley, Waller y Brennan (2000) para que midiera con más precisión. Si quieres ver en qué zona de las dos dimensiones te ubicas, hay un test de apego ansioso, evitativo y desorganizado en este sitio.

    Lo que ocurre por dentro se describe como hiperactivación: ante cualquier duda sobre si la otra persona está disponible, el sistema de apego sube el volumen de la angustia y empuja a buscar cercanía de inmediato (Mikulincer y Shaver, 2007). Esa vigilancia tiene un efecto medible. En una serie de experimentos con videos de rostros que cambiaban gradualmente de una emoción a una expresión neutra, las personas con alta ansiedad de apego detectaban antes que los demás el momento en que la emoción aparecía o desaparecía, y, en uno de los estudios, esa hipervigilancia fue de la mano de una peor precisión al juzgar la expresión (Fraley et al., 2006). Traducido: la mente ansiosa mira tanto el rostro del otro que termina leyéndolo peor.

    ¿Y qué tiene que ver el género? Menos de lo que se cree. Un metaanálisis que reunió las diferencias entre sexos en estas dos dimensiones, con 113 muestras y 66.132 personas, encontró que los hombres puntúan en promedio algo más alto en evitación y algo más bajo en ansiedad que las mujeres, con muchísima variación entre estudios. La diferencia fue mayor en muestras de la comunidad y casi desapareció, e incluso se invirtió, en estudios hechos por internet (Del Giudice, 2011). Dicho de otro modo: hay muchos hombres con apego ansioso, solo que su manera de vivirlo y de mostrarlo se parece poco a la imagen que tenemos de él.

    ¿Por qué el apego ansioso se ve distinto en un hombre?

    La ansiedad de apego empuja a pedir cercanía, validación y compromiso. La socialización masculina tradicional empuja a mostrarse autónomo, dominante y sin necesidad de nadie. Los dos mandatos no caben en la misma persona, y ese choque es lo que hace particular el apego ansioso masculino.

    Mikulincer y Shaver (2007) recogen una línea de estudios (Blazina y Watkins, 2000; Fischer y Good, 1998; Mahalik et al., 2005, entre otros) sobre el llamado conflicto con el rol de género masculino: los hombres con alta ansiedad de apego se estresan por sentir que no cumplen el ideal de invulnerabilidad. Admitir “tengo miedo de que me dejes” suena a fracaso. Lo que sale en cambio es una versión que sí está permitida: enojo, ironía, desconfianza, vigilancia.

    El cuerpo registra esa tensión. En un estudio con 124 parejas jóvenes que debían negociar un conflicto mientras se medía el cortisol en la saliva, hombres y mujeres se diferenciaron en qué tipo de apego inseguro predecía más estrés, y el estudio apunta a las normas de género como parte de la explicación (Powers et al., 2006). En la lectura que hacen Mikulincer y Shaver (2007), fue en los varones con ansiedad donde el cortisol subió rápido y se mantuvo alto durante toda la discusión: la discusión los activa más en términos fisiológicos, y a la vez la cultura les pide ser quienes llevan el control de la conversación.

    La expresión también cambia. Según esa misma revisión, las mujeres con apego ansioso tienden a canalizar la inseguridad hacia la autocrítica o la complacencia, mientras que en los hombres aparece con más frecuencia la intrusividad, como meterse en los planes de la pareja o pedir una y otra vez que lo tranquilicen, sobre todo en los días posteriores a una pelea. Esa búsqueda de reaseguro tiene nombre en la literatura y un efecto conocido: en dos estudios con parejas, Shaver, Schachner y Mikulincer (2005) hallaron que pedir confirmación en exceso se relacionaba con síntomas depresivos, pero solo porque iba de la mano de la ansiedad de apego. Eso sugiere que la pregunta repetida alivia poco la ansiedad de fondo.

    Eso explica algo que desconcierta a muchas parejas. Los hombres que necesitan mucha atención en la pareja, que quieren saber dónde estás y con quién y se ponen mal cuando sales con tus amigas, no siempre buscan dominar. Con frecuencia el motor es una angustia que no tiene nombre para ellos.

    Celos y apego ansioso masculino: cuando el miedo se disfraza de control

    Los celos son una emoción corriente, y la teoría del apego explica por qué: surgen cuando se percibe una amenaza al vínculo. Un estudio clásico mostró que el estilo de apego predice cómo se viven y se expresan, y lo hizo con un resultado contraintuitivo: los participantes ansiosos tendían más que otros a contener su enojo, mientras que los evitativos descargaban culpa sobre el tercero y los seguros lo expresaban a la pareja para conservar la relación (Sharpsteen y Kirkpatrick, 1997). Esa advertencia importa: el apego ansioso no equivale a un hombre agresivo ni a un celoso por naturaleza. Lo que los define es el miedo, y lo que hagan con él depende de otras cosas, entre ellas la regulación emocional, lo aprendido sobre cómo se comporta un hombre y el contexto de la relación.

    Aun así, cuando la ansiedad no encuentra otra vía, el control pasa a ser una forma de calmarla. Revisar el teléfono, preguntar por cada salida, pedir que se compartan ubicaciones o contraseñas, enfadarse con los amigos de la pareja: todo eso alivia la angustia unos minutos y la alimenta a largo plazo, porque confirma que el peligro era real. Para distinguir los celos comunes de los que ya son un problema clínico, puedes revisar celos normales y celotipia.

    También hay un cruce con la dependencia emocional. Una revisión sistemática con metaanálisis de 102 estudios encontró que la baja autoestima es un correlato compartido del amor obsesivo y la dependencia emocional, y que el vínculo entre adicción al amor y apego ansioso era más fuerte en muestras con mayor proporción de hombres (Sánchez-Fernández et al., 2026). En la clínica, Castelló Blasco (2005) describe una variante que llama dependencia emocional dominante: un hombre que necesita intensamente a su pareja y al mismo tiempo la desprecia, y que usa la posesividad y el control para tapar su vulnerabilidad. Es una descripción clínica y no una regla, y conviene leerla así. Si quieres ver más, hay una guía sobre cómo superar la dependencia emocional.

    ¿Cuándo el control de un hombre ansioso cruza la línea?

    Esta sección es incómoda y necesaria. El apego ansioso masculino, mal regulado, puede escalar hacia la violencia en la pareja. La evidencia más reciente es un metaanálisis de 63 estudios que analizó por qué el apego inseguro se asocia a la violencia de pareja, tanto cometida como sufrida. Entre los mecanismos que explicaban esa asociación estaban los celos, la rabia, la desconfianza, la insatisfacción en la relación, la comunicación destructiva y la desregulación emocional. En el caso de la ansiedad de apego, uno de los pocos factores intermedios de tamaño mediano fue la necesidad de dominio y de control (Wong y Denson, 2025).

    Hay que ser justos con los datos. Una revisión sistemática de 113 estudios encontró que varios no hallaron ninguna asociación significativa entre apego inseguro y violencia, y sus autores piden más investigación (Velotti et al., 2018). Tener apego ansioso no condena a nadie a ser violento, pero sí es un factor que, junto con otros, aumenta el riesgo.

    En hombres que ejercen violencia, Dutton y colaboradores (1994) describieron una combinación de apego inseguro y lo que llamaron rabia de intimidad, y los trabajos que resumen Mikulincer y Shaver (2007) señalan un detonante frecuente: la pareja que se retira, calla o pide espacio. Babcock y colaboradores (2000) compararon a maridos violentos y no violentos según fueran seguros, preocupados o evitativos. Para el hombre ansioso, esa distancia se vive como abandono inminente, y de ahí surgen la persecución, el acorralamiento o la presión.

    Hay señales que indican que ya no estamos hablando de inseguridad común:

    • Revisar de forma sistemática mensajes, horarios, redes o ubicaciones, y enfurecerse si la otra persona lo impide.
    • Aislar a la pareja de su familia o sus amistades con el argumento de que “solo nos necesitamos el uno al otro”.
    • Reaccionar con gritos, insultos, amenazas o golpes cuando ella o él pide una pausa durante una discusión.
    • Impedir que la otra persona salga de la habitación o de la casa.
    • Presionar para tener sexo después de una pelea o cuando se habla de terminar.

    Si algo de esto ocurre, la prioridad es la seguridad de quien está recibiendo el control, antes que cualquier trabajo de reconciliación, y la terapia de pareja conjunta no es lo primero. Si eres mujer y vives algo así, el Fono de orientación en violencias de género 1455 atiende de lunes a domingo, de 8:00 a 00:00, y es gratuito; para una emergencia, Carabineros tiene la línea 133 y el Fono Familia 149. Si eres tú quien está cruzando esa línea, lo más útil es consultar con un psicólogo de manera individual, y pronto. Para identificar formas más sutiles de maltrato hay una guía sobre señales de violencia psicológica sutil.

    ¿De dónde viene el apego ansioso?

    El patrón se origina, en buena parte, en la forma en que fue cuidado el niño. Mary Ainsworth y sus colaboradores (1978) describieron en bebés un patrón ambivalente: cuidadores que a veces respondían con calidez y a veces estaban ausentes, fríos o desbordados por sus propios problemas. El niño no puede predecir cuándo recibirá consuelo, así que aprende a mantener el sistema de apego en alerta continua y a amplificar su llanto y su protesta para no perder el contacto. Lecannelier (2009) lo compara con un programa de reforzamiento intermitente, el mismo principio que mantiene a alguien frente a una máquina tragamonedas: como la respuesta llega a veces, nunca se puede dejar de insistir.

    Esos aprendizajes se convierten en modelos internos sobre uno mismo (“quizá no merezco amor estable”) y sobre los otros (“pueden irse en cualquier momento”). Tampoco hay que leer esto como sentencia. La teoría del apego usa la imagen de un tren: la infancia marca la vía inicial, y las experiencias posteriores, incluida una pareja segura o una terapia, pueden provocar desvíos (Mikulincer y Shaver, 2007). Y los hombres tienen una capa más por encima: crecieron escuchando que mostrar miedo o necesidad no corresponde, así que aprendieron a esconderlos, aunque la alarma siguiera encendida.

    ¿Puede cambiar el apego ansioso?

    Sí. En un seguimiento de 59 años con tres muestras que sumaban 628 personas, estar en pareja predijo menos ansiedad de apego, y menos evitación, a lo largo de toda la vida adulta (Chopik et al., 2019). Una revisión sistemática sobre cambios de apego durante la psicoterapia concluyó que la seguridad de apego aumenta y la ansiedad de apego disminuye después de la terapia, en distintos enfoques y poblaciones, aunque las autoras piden ensayos controlados para confirmarlo (Taylor et al., 2015).

    Existe además la llamada seguridad adquirida. En un seguimiento de 23 años, quienes habían sido inseguros de bebés y eran seguros de adultos tuvieron buenos resultados en sus relaciones cercanas, y varios no mostraban niveles altos de malestar emocional (Roisman et al., 2002). Mikulincer y Shaver (2007) señalan que lo decisivo suele ser haber dado un sentido coherente a la propia historia dolorosa, junto con relaciones reparadoras: una pareja que responde con sensibilidad, un terapeuta, un amigo estable.

    Quien vive con apego ansioso necesita ver que el miedo no se cumple una y otra vez. Eso lleva tiempo, y por eso conviene no esperar cambios en semanas. Para un desarrollo completo del tema hay una guía sobre cómo superar el apego ansioso, y para el espejo del mismo fenómeno, una sobre el apego evitativo en los hombres.

    Qué ayuda a los hombres con apego ansioso a regularse

    Son sugerencias prácticas, coherentes con el enfoque de regulación emocional que describen Mikulincer y Shaver (2007). Ninguna reemplaza una terapia, pero todas se pueden empezar hoy.

    Ponerle nombre al miedo antes de actuar. Cuando sientas el impulso de revisar, llamar o preguntar, pregúntate qué estás sintiendo debajo: miedo a que se vaya, a no ser suficiente, a quedar solo. Nombrarlo con una frase concreta (“tengo miedo de que se esté alejando”) reduce la urgencia de resolverlo con una conducta de control.

    Dejar pasar veinte minutos. Las oleadas de angustia suelen ser más intensas en los primeros minutos. Una regla práctica: no enviar el segundo mensaje hasta que pase un tiempo fijo, y usar ese tiempo para algo que calme el cuerpo, como caminar o respirar lento.

    Pedir en vez de preguntar. “¿Dónde estás? ¿Con quién?” es un interrogatorio. “Hoy estoy inseguro y me ayudaría que me escribas cuando llegues” es una petición que la otra persona puede cumplir y que no convierte la relación en una vigilancia.

    Construir otras fuentes de seguridad. Amistades, deporte, proyectos propios y, si hace falta, un terapeuta. Cuando toda la estabilidad emocional descansa sobre una sola persona, cada silencio de esa persona se vive como amenaza.

    Tolerar la autonomía del otro. Que tu pareja tenga planes propios, amistades o un mal día no quiere decir que se está yendo. Repetírselo en voz alta parece ingenuo, pero es parte del entrenamiento.

    Qué puede hacer la pareja

    Acompañar a un hombre con apego ansioso cansa, y está bien reconocerlo. Estas pautas ayudan sin exigir que la pareja renuncie a sus propios límites.

    • Dar afecto antes de que lo pida. Mikulincer y Shaver (2007) destacan que el cariño espontáneo y la validación explícita bajan la alarma de rechazo, mientras que tranquilizar cada vez que se exige tiende a calmar solo unos minutos.
    • Plantear los desacuerdos con un “arranque suave”. Es la idea de Gottman: empezar desde la necesidad (“necesito que hablemos de cómo repartimos las tareas”) y no desde la crítica o el reproche, para no activar su defensa.
    • Usar la pausa con garantía de retorno. Si necesitas espacio durante una pelea, di cuánto tiempo y cuándo vuelves: “necesito veinte minutos para calmarme, regreso a las ocho y seguimos”. Para él, un silencio sin fecha se lee como abandono, y es justo el momento en que más sube la presión.
    • Mantener un clima positivo. Gottman propone cinco interacciones positivas (gestos de cariño, humor, gratitud) por cada negativa, una proporción que Mikulincer y Shaver también destacan.
    • Sostener los límites. Un trato de confianza no incluye revisar celulares, ceder contraseñas ni dejar de ver a los amigos. Decirlo con calma y con firmeza forma parte del cuidado de la relación.

    Terapia para el apego ansioso: qué opciones existen y cuándo consultar

    El objetivo de la terapia es revisar esos modelos internos sobre uno mismo y los demás, y el terapeuta ofrece una base segura donde se puede mirar el miedo sin que nadie se vaya. Mikulincer y Shaver (2007) describen tres enfoques que se usan con este patrón:

    • Terapia focalizada en las emociones (Sue Johnson), de pareja. Ayuda a nombrar el ciclo de persecución y retirada como un enemigo común, a llegar a las emociones de fondo (miedo, soledad) y a pedir lo que se necesita de forma directa.
    • Terapia basada en la mentalización (Fonagy y Bateman), individual o grupal. Trabaja la capacidad de entender los propios estados mentales y los del otro, útil cuando la rabia de protesta se dispara con rapidez (Lecannelier, 2009).
    • Terapia cognitivo-conductual, individual o de pareja. Reestructura pensamientos catastróficos del tipo “si no responde, me va a dejar” e interrumpe conductas como pedir reaseguro sin parar o vigilar a la pareja.

    Conviene consultar cuando la rumiación sobre la relación ocupa buena parte del día, cuando hay ciclos de ruptura y reconciliación, cuando la pareja está atrapada en el patrón de pedir cercanía y recibir distancia, o apenas aparezcan conductas de control o discusiones que escalan. Si la relación ya muestra violencia física o amenazas, la intervención parte por la seguridad y no por la terapia de pareja. Para una orientación general, terapia de pareja: cuándo funciona y cuándo ir explica qué esperar. La Asociación Americana de Psicología también ha señalado en sus guías para la práctica con hombres que la supresión rígida de emociones se asocia a más problemas de salud física y mental.

    Si te reconociste en estas líneas, sea como el hombre que vive con este miedo o como su pareja, conversar con un psicólogo permite ordenar lo que hoy se vive como una tormenta. Puedes agendar una consulta cuando lo sientas necesario.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se manifiesta el apego ansioso en un hombre?

    Suele verse como necesidad constante de atención, preguntas repetidas sobre dónde estás y con quién, celos, insistencia en que lo tranquilicen y malestar fuerte ante un silencio o una salida de la pareja. Debajo hay miedo al abandono, que a menudo se expresa como enojo o control porque mostrar vulnerabilidad choca con lo que se les enseñó.

    ¿Es más común el apego ansioso en mujeres que en hombres?

    En promedio, las mujeres puntúan algo más alto en ansiedad de apego y los hombres en evitación, pero la diferencia es pequeña y varía mucho según la muestra. Un metaanálisis de 113 muestras la encontró mayor en la comunidad y casi nula en estudios por internet. Muchos hombres tienen apego ansioso aunque casi nadie lo nombre así.

    ¿Un hombre con apego ansioso es celoso o controlador por naturaleza?

    No necesariamente. El miedo al abandono aumenta la probabilidad de celos y de conductas de vigilancia, pero lo que el hombre haga con ese miedo depende de su regulación emocional, de lo que aprendió sobre masculinidad y del contexto de la relación. Cuando el control se vuelve sistemático, hay un problema que merece atención profesional.

    ¿El apego ansioso en el hombre se puede cambiar?

    Sí. Estar en una relación estable predice menos ansiedad de apego a lo largo de la vida, y una revisión sistemática halló que esta baja después de la psicoterapia. El cambio es gradual y depende de vivir experiencias repetidas de seguridad. Conviene esperar meses de trabajo constante y no semanas.

    ¿Cómo ayudo a mi pareja si tiene apego ansioso?

    Demuestra afecto de manera espontánea, plantea los desacuerdos desde la necesidad y no desde el reproche, y si necesitas una pausa, avisa cuánto durará y cuándo vuelves. Mantén tus límites sobre la privacidad. Alentar que busque terapia también ayuda, y si hay miedo a su reacción, la seguridad va primero.

    ¿Cuándo conviene ir a terapia por un apego ansioso?

    Cuando los celos o la necesidad de reaseguro ocupan buena parte del día, cuando las peleas se repiten con el mismo guion, cuando hay rupturas y reconciliaciones constantes o cuando aparece control sobre la pareja. Si hay gritos, amenazas o cualquier agresión, consulta de forma individual lo antes posible.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E., & Wall, S. (1978). Patterns of attachment: A psychological study of the strange situation. Lawrence Erlbaum.

    Babcock, J. C., Jacobson, N. S., Gottman, J. M., & Yerington, T. P. (2000). Attachment, emotional regulation, and the function of marital violence: Differences between secure, preoccupied, and dismissing violent and nonviolent husbands. Journal of Family Violence, 15(4), 391-409. https://doi.org/10.1023/a:1007558330501

    Castelló Blasco, J. (2005). Dependencia emocional: Características y tratamiento. Alianza Editorial.

    Chopik, W. J., Edelstein, R. S., & Grimm, K. J. (2019). Longitudinal changes in attachment orientation over a 59-year period. Journal of Personality and Social Psychology, 116(4), 598-611. https://doi.org/10.1037/pspp0000167

    Del Giudice, M. (2011). Sex differences in romantic attachment: A meta-analysis. Personality and Social Psychology Bulletin, 37(2), 193-214. https://doi.org/10.1177/0146167210392789

    Dutton, D. G., Saunders, K., Starzomski, A., & Bartholomew, K. (1994). Intimacy-anger and insecure attachment as precursors of abuse in intimate relationships. Journal of Applied Social Psychology, 24(15), 1367-1386. https://doi.org/10.1111/j.1559-1816.1994.tb01554.x

    Fraley, R. C., Niedenthal, P. M., Marks, M., Brumbaugh, C., & Vicary, A. (2006). Adult attachment and the perception of emotional expressions: Probing the hyperactivating strategies underlying anxious attachment. Journal of Personality, 74(4), 1163-1190. https://doi.org/10.1111/j.1467-6494.2006.00406.x

    Fraley, R. C., Waller, N. G., & Brennan, K. A. (2000). An item response theory analysis of self-report measures of adult attachment. Journal of Personality and Social Psychology, 78(2), 350-365. https://doi.org/10.1037/0022-3514.78.2.350

    Lecannelier, F. (2009). Apego e intersubjetividad: Influencia de los vínculos tempranos en el desarrollo humano y en la salud mental. LOM Ediciones.

    Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2007). Attachment in adulthood: Structure, dynamics, and change. Guilford Press.

    Powers, S. I., Pietromonaco, P. R., Gunlicks, M., & Sayer, A. (2006). Dating couples’ attachment styles and patterns of cortisol reactivity and recovery in response to a relationship conflict. Journal of Personality and Social Psychology, 90(4), 613-628. https://doi.org/10.1037/0022-3514.90.4.613

    Roisman, G. I., Padrón, E., Sroufe, L. A., & Egeland, B. (2002). Earned-secure attachment status in retrospect and prospect. Child Development, 73(4), 1204-1219. https://doi.org/10.1111/1467-8624.00467

    Sánchez-Fernández, M., Almeda, N., & Borda-Mas, M. (2026). Problematic love behaviors and correlated factors: A systematic review with subgroup meta-analysis including gender/sex moderation. Archives of Sexual Behavior, 55(3), 1069-1089. https://doi.org/10.1007/s10508-026-03420-6

    Sharpsteen, D. J., & Kirkpatrick, L. A. (1997). Romantic jealousy and adult romantic attachment. Journal of Personality and Social Psychology, 72(3), 627-640. https://doi.org/10.1037/0022-3514.72.3.627

    Shaver, P. R., Schachner, D. A., & Mikulincer, M. (2005). Attachment style, excessive reassurance seeking, relationship processes, and depression. Personality and Social Psychology Bulletin, 31(3), 343-359. https://doi.org/10.1177/0146167204271709

    Taylor, P., Rietzschel, J., Danquah, A., & Berry, K. (2015). Changes in attachment representations during psychological therapy. Psychotherapy Research, 25(2), 222-238. https://doi.org/10.1080/10503307.2014.886791

    Velotti, P., Beomonte Zobel, S., Rogier, G., & Tambelli, R. (2018). Exploring relationships: A systematic review on intimate partner violence and attachment. Frontiers in Psychology, 9, 1166. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2018.01166

    Wong, I., & Denson, T. F. (2025). Understanding the mechanisms underlying the association between insecure attachment and intimate partner violence (IPV): Meta-analyses using two meta-analytical methods and a systematic review of mediators. Clinical Psychology Review, 121, 102645. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102645

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Apego evitativo en los hombres

    Apego evitativo en los hombres

    Le pides a tu pareja que te cuente cómo se siente y te responde “bien, ¿por qué?”. Insistes un poco y lo que llega es una explicación lógica de la situación, nunca de lo que le pasa por dentro. No parece enojado ni triste. Parece, simplemente, que el tema no fuera con él.

    Si llevas tiempo dándole vueltas a esto, probablemente ya escuchaste el término “apego evitativo” y lo buscaste en Google a las once de la noche.

    Lo que casi nadie te explica es por qué el apego evitativo en hombres aparece con tanta frecuencia, y por qué no se trata solo de “falta de voluntad” o de que no te quiera lo suficiente. Hay una explicación con respaldo científico real: una mezcla de cómo se construye el apego en la infancia y de las reglas no escritas que la crianza tradicional les impone a los niños sobre lo que pueden sentir y mostrar.

    Entender esa mezcla es lo que permite dejar de interpretar el silencio como rechazo, y empezar a ver qué se puede hacer con él.

    En breve:

    • El apego evitativo es un patrón relacional que se forma en la infancia como respuesta a un cuidado frío o poco disponible.
    • En la adultez se expresa como incomodidad con la cercanía emocional y dificultad para pedir o dar apoyo.
    • Los hombres puntúan, en promedio, algo más alto en esta dimensión que las mujeres (Chopik et al., 2019).
    • Buena parte de esa diferencia no es biológica: tiene que ver con cómo la masculinidad tradicional premia el mismo guion de autosuficiencia y supresión emocional que ya trae el apego evitativo (Mikulincer y Shaver, 2007).
    • El estilo de apego no es un diagnóstico fijo: cambia con las experiencias relacionales correctas.

    ¿Qué es el apego evitativo en hombres, y por qué parece tan “típico de hombre”?

    El apego evitativo no nace de un rasgo de personalidad ni de una decisión consciente. Es una estrategia de adaptación que un bebé desarrolla cuando su cuidador principal responde con frialdad, incomodidad o rechazo ante el llanto, el malestar o la necesidad de cercanía (Ainsworth et al., 1978). El niño aprende, sin palabras, una regla que va a seguir usando el resto de su vida: mostrar necesidad de otro no funciona, así que mejor no mostrarla.

    John Bowlby, el fundador de la teoría del apego, llamó a esto autosuficiencia compulsiva: la convicción defensiva de que hay que resolver los problemas en soledad, sin pedir ayuda ni consuelo.

    Mary Main y, más tarde, Hazan y Shaver (1987) extendieron esta idea a la vida adulta y a las relaciones de pareja, mostrando que los mismos patrones que un bebé usa con su cuidador se repiten, casi intactos, con la pareja romántica. Bartholomew y Horowitz (1991) terminaron de afinar el mapa: dentro del apego evitativo hay un perfil “desdeñoso” (cómodo con la distancia, autoimagen positiva) y otro “temeroso” (quiere cercanía pero le teme al rechazo, y se acerca más al perfil del apego desorganizado), y conviene no confundirlos.

    Si quieres identificar primero en qué perfil encajas, puedes partir por el test de apego evitativo.

    ¿Y la diferencia de género?

    Es real, pero más modesta de lo que el estereotipo sugiere. En un seguimiento longitudinal de 59 años con 628 personas, los hombres puntuaron más alto en evitación que las mujeres en todos los tramos de edad estudiados (Chopik et al., 2019).

    No es una diferencia enorme ni universal: Mikulincer y Shaver (2007) insisten en que no hay una brecha drástica en la distribución general de apego seguro e inseguro entre sexos.

    Lo que sí encuentran es una tendencia consistente a que ellos puntúen algo más en evitación y ellas algo más en ansiedad de apego.

    La explicación que dan es psicológica, no biológica: el factor real es la androginia psicológica, la capacidad de integrar rasgos de autonomía y de expresividad emocional sin que uno excluya al otro. La evitación se asocia con baja expresividad emocional, sea hombre o mujer quien la presente, pero la crianza y la cultura hacen mucho más fácil que un hombre termine ahí.

    La desactivación: por qué cuesta identificar lo que se siente, no solo decirlo

    Aquí está el matiz que casi ningún artículo sobre el tema explica bien: a un hombre con apego evitativo no solo le cuesta decir lo que siente. Muchas veces le cuesta genuinamente saber qué siente. ¿Alguna vez le preguntaste cómo se siente y la respuesta honesta fue «no sé»?

    Mikulincer y Shaver (2007) lo llaman estrategia de desactivación: el sistema de apego se mantiene permanentemente “apagado” para evitar el dolor de depender de alguien que se percibe como poco disponible. Esto se logra desviando la atención, de forma automática, lejos de cualquier pensamiento que huela a vulnerabilidad o necesidad. La información emocional se procesa de manera superficial y queda encapsulada en lo que los autores llaman sistemas segregados: contenidos que existen, pero aislados de la conciencia.

    Un experimento de laboratorio lo deja muy claro. Mikulincer, Dolev y Shaver (2004, citados en Mikulincer y Shaver, 2007) pidieron a personas evitativas que memorizaran un número de siete dígitos mientras hacían una tarea de atención. Bajo esa carga cognitiva, la defensa colapsó: pensamientos de separación y rasgos negativos sobre sí mismos irrumpieron de golpe. En condiciones normales, sin esa presión, la represión funciona casi a la perfección.

    Esto conecta directamente con la alexitimia, la dificultad para identificar y nombrar las propias emociones. Mikulincer y Shaver son categóricos en un punto: no es que la persona evitativa no entienda los conceptos emocionales (de hecho, en pruebas de inteligencia emocional como el MSCEIT los comprenden bien en el plano teórico). Es una inatención defensiva y deliberada hacia sus propias señales internas, entrenada durante años.

    Y hay una prueba física de esto: en discusiones de conflicto, una persona evitativa puede decir “estoy tranquilo” mientras sus registros de conductancia de la piel, frecuencia cardíaca y tensión facial muestran una activación alta. El cuerpo reacciona. La etiqueta consciente, simplemente, no llega.

    Masculinidad tradicional y apego evitativo: cuando ambos mandatos se refuerzan

    Si la desactivación ya empuja hacia la autosuficiencia y la inexpresividad, la socialización masculina tradicional añade una segunda capa encima que apunta exactamente en la misma dirección.

    Un coach de pareja chileno lo resumía sin rodeos en una nota de Paula/La Tercera: una discusión emocional resulta mucho más incómoda para los hombres porque, en general, se manejan peor con las emociones; lo atribuye a un déficit de habilidades comunicacionales más que a falta de interés.

    Desde la psicología del desarrollo, la misma nota apunta a una crianza que trata lo emocional como una desventaja, algo que hay que anular en vez de integrar con la razón.

    El conflicto con el rol de género masculino

    La investigación académica llega a una conclusión parecida, con más matices. Mikulincer y Shaver (2007) documentan una línea de estudios (Blazina y Watkins, 2000; Fischer y Good, 1998; Mahalik et al., 2005, entre otros) sobre lo que llaman conflicto con el rol de género masculino: hombres con apego inseguro que sienten un estrés intenso ante la expresividad emocional, por miedo a no estar a la altura del ideal de invulnerabilidad masculina.

    La respuesta defensiva típica suele ser sobreidentificarse con una imagen de masculinidad todavía más rígida, a veces con actitudes despectivas hacia la intimidad misma, en vez de acercarse a ese miedo.

    Esto no es un problema exclusivo del hombre evitativo: es un problema de cómo se construye la masculinidad tradicional en general, y la Asociación Americana de Psicología lo documentó en sus guías de práctica clínica con niños y hombres: la supresión rígida de emociones se asocia a mayor toma de riesgos y más problemas de salud física y psicológica.

    El apego evitativo no inventa esta norma, la aprovecha. Ya trae instalado el hábito de no pedir ayuda; la cultura solo le pone una medalla.

    Autonomía madura frente a autosuficiencia compulsiva

    Vale la pena aclarar algo: la independencia del hombre evitativo es autosuficiencia compulsiva con otro nombre, no autonomía madura.

    La diferencia se nota en que la autonomía sana se puede soltar cuando conviene (pedir ayuda, mostrarse vulnerable con alguien de confianza) y la evitativa no se suelta nunca, porque soltarla activa la misma alarma que un bebé sintió cuando su cuidador lo rechazaba.

    Cómo se ve un hombre evitativo en la pareja: el ciclo de demanda y retirada

    En la práctica, todo lo anterior se traduce en un patrón muy reconocible para quien vive con un hombre evitativo: menos autorrevelación (cuenta poco de lo que le pasa), menos disposición a pedir apoyo, y también menos disposición a darlo cuando es su pareja quien está pasando por un momento difícil. ¿Cuántas de estas tres cosas ves en tu relación?

    Un metaanálisis de 73 estudios con más de 21.000 personas encontró que, comparada con la ansiedad de apego, la evitación se asocia de forma más negativa con la satisfacción general de la relación, la conexión y el apoyo percibido (Li y Chan, 2012). La ansiedad de apego produce más conflicto abierto. La evitación erosiona algo más silencioso: la sensación de estar conectado.

    El conflicto es donde esto se ve con más claridad. Frente a una discusión, la persona evitativa tiende a la retirada: silencio, frialdad, o directamente levantarse e irse (lo que algunos terapeutas llaman stonewalling). Es la estrategia de desactivación operando en tiempo real, no necesariamente desprecio, intentando apagar un sistema que se activó de golpe.

    El problema es que, del otro lado, ese silencio casi siempre se lee como abandono o indiferencia, y ahí se arma el ciclo clásico de demanda y retirada: ella (o él) pide más cercanía, él se aleja más, lo que confirma el miedo de ambos y reinicia el círculo. Que ese silencio te duela como abandono es comprensible; es justo la lectura que alimenta el ciclo.

    ¿Es para siempre? Lo que dice la evidencia sobre el cambio

    Si quieres un desarrollo completo de cómo superarlo paso a paso, hay un artículo aparte dedicado solo a eso. Aquí nos quedamos con la pregunta de fondo.

    Esta es, probablemente, la pregunta que más le importa a quien está leyendo esto con una relación concreta en la cabeza. La respuesta honesta tiene dos partes.

    La primera: el apego evitativo no es una sentencia fija. El mismo estudio longitudinal de 59 años que mostró la brecha de género encontró algo más alentador: estar en pareja predice menos evitación (y menos ansiedad) a lo largo de toda la adultez (Chopik et al., 2019).

    En otra investigación con 137 parejas seguidas durante dos años tras el nacimiento de su primer hijo, quienes vivieron experiencias que contradecían su propio modelo evitativo (por ejemplo, dar más apoyo del que estaban acostumbrados a dar) redujeron su evitación durante esa transición (Rholes et al., 2021).

    Y en un estudio con parejas que combinaba método experimental y diario, las personas evitativas que vivieron experiencias repetidas de intimidad positiva se autorrevelaron más con el tiempo y mostraron menos evitación un mes después (Stanton et al., 2017).

    Qué ayuda a que el patrón cambie

    El patrón que aparece una y otra vez en esta literatura es que el cambio no llega por confrontación directa, sino por lo que algunos autores llaman “amortiguamiento”. Cuando la pareja responde al retraimiento con paciencia en vez de presión, respetando la autonomía y mostrando valoración en lugar de exigencia, la persona evitativa reduce su rabia y su retirada durante el conflicto (Overall et al., 2013).

    Algo similar encontró otro estudio con 298 parejas: cuando el apoyo práctico que recibe una persona muy evitativa es alto (no moderado, alto), mejora; con apoyo a medias, en cambio, reacciona peor, con más sensación de control o crítica (Girme et al., 2015).

    Y cuando alguien le pide un sacrificio a una persona evitativa pero reconoce explícitamente ese esfuerzo y expresa confianza en que va a responder, la reacción es mejor que cuando se le exige sin reconocimiento (Farrell et al., 2016).

    Lo que no es tan optimista

    La segunda parte de la respuesta es más incómoda, y conviene decirla con la misma honestidad: no toda la evidencia es optimista. Una revisión sistemática encontró que, tras psicoterapia, la ansiedad de apego suele bajar con claridad, pero para la evitación los resultados son “poco claros” (Taylor et al., 2015).

    Un seguimiento a 6 años de pacientes ambulatorios no encontró una baja significativa de la evitación después de la terapia (Olssøn y Dahl, 2021).

    Y en cuanto a la salud mental, hay un dato que tranquiliza más de lo que alarma: en un metaanálisis sobre apego y síntomas depresivos, el perfil desdeñoso (evitativo) no se diferenció de forma significativa del perfil seguro (Dagan et al., 2018). Tener un estilo evitativo no es, por sí solo, un factor de riesgo de depresión del mismo tamaño que otras formas de inseguridad de apego.

    En limpio: el apego evitativo cambia más por acumulación de experiencias relacionales concretas (ser escuchado sin ser presionado, recibir apoyo práctico consistente, que alguien reconozca el esfuerzo que cuesta abrirse) que por la sola voluntad de “ser más expresivo”. Y cambia más despacio de lo que a cualquiera de los dos miembros de la pareja le gustaría, así que si te parece lento, no es una impresión tuya.

    Qué puede hacer un hombre evitativo (y su pareja) para mejorar la comunicación

    Con todo esto como base, hay herramientas concretas que no exigen “romper” las defensas de golpe, algo que de hecho suele producir el efecto contrario y cerrar más la puerta.

    La pausa comunicada, en vez del silencio sin aviso. Cuando la sobrecarga emocional empieza a sentirse (el cuerpo activado, aunque la mente diga “estoy bien”), la salida es nombrar la pausa, no desaparecer sin explicación: “me siento desbordado ahora, necesito veinte minutos, pero vuelvo a las siete para seguir hablando de esto”.

    Satisface la necesidad real de autorregularse sin activar la alarma de abandono en el otro, que es justo lo que el silencio sin aviso sí provoca.

    Micro-autorrevelación, en vez de la explicación lógica fría. Se trata de frases breves y concretas sobre el estado presente, no de pasar de cero a una confesión profunda: “no sé qué responder ahora”, “siento mucha presión con esto”. Son dosis pequeñas, pero reales, de lo que el otro necesita escuchar.

    Si acompañas a un hombre evitativo

    Validar antes de resolver. Para quien acompaña a un hombre evitativo: la respuesta instintiva de dar una solución práctica casi nunca es lo primero que hace falta. Escuchar sin interrumpir durante un par de minutos y decir algo tan simple como “entiendo que esto te esté doliendo” baja la guardia mucho más rápido que cualquier consejo bien intencionado.

    Pedir desde la necesidad, no desde la crítica de carácter. “Me gustaría que habláramos tranquilos esta noche” abre una puerta. “Tú nunca te comunicas” la cierra de un golpe, porque confirma exactamente el guion que la persona evitativa ya trae instalado: que mostrarse vulnerable termina en reproche.

    Ninguna de estas herramientas es magia ni reemplaza el trabajo de fondo. Son, eso sí, lo que la evidencia de la sección anterior respalda de forma consistente: paciencia, apoyo práctico sostenido y reconocimiento explícito del esfuerzo, no presión ni confrontación directa.

    Cuándo conviene buscar ayuda profesional

    ¿Cuántas veces la misma conversación terminó en el mismo silencio? Hay una señal clara de que esto ya no se resuelve solo con mejores conversaciones en casa: cuando el patrón de retirada se repite sistemáticamente, cuando ninguno de los dos logra salir del ciclo de demanda y retirada por su cuenta, o cuando la desconexión emocional empieza a sentirse como soledad dentro de la propia relación.

    En terapia de pareja, un enfoque frecuente es la terapia focalizada en las emociones, que en vez de buscar culpables invita a nombrar el ciclo como algo externo a ambos: “el problema no eres tú ni soy yo, es el patrón de persecución y distancia que nos atrapa a los dos” (Sue Johnson, citada en Mikulincer y Shaver, 2007).

    Cuando además hay una desconexión marcada entre lo que el cuerpo expresa y lo que la persona dice sentir, enfoques como la terapia basada en la mentalización trabajan con intervenciones breves, centradas en el aquí y ahora, para ayudar a traducir una sensación física (un nudo en la garganta, tensión en el pecho) en una palabra emocional concreta. Todo ello, sin forzar una introspección que la persona evitativa todavía no puede sostener (Fonagy y Bateman, citados en Lecannelier, 2009).

    Instrumentos para ver dónde está el problema

    Muchos terapeutas de pareja usan además instrumentos validados, como la Escala de Ajuste Diádico (Spanier, 1976), para poner en números algo que de otro modo queda solo en la sensación de “estamos mal”: consenso, satisfacción, cohesión y expresión afectiva. Ver con claridad en cuál de esas cuatro áreas está el problema real ayuda a que la terapia no se disperse.

    Cuando el malestar sale de la pareja

    Si el malestar empieza a afectar también el ánimo, el sueño o el funcionamiento general, y no se queda solo en el plano de la pareja, vale la pena recordar que la salud mental, según la define la OMS, incluye el bienestar emocional y social, no solo la ausencia de un trastorno diagnosticable.

    Además, hay información confiable y gratuita para orientarse en MedlinePlus antes de decidir el siguiente paso.

    Entender por qué cuesta tanto es el punto de partida para dejar de interpretar cada silencio como rechazo y empezar a construir, con paciencia y con las herramientas correctas, una forma de estar cerca que no obligue a nadie a elegir entre intimidad y seguridad. No una excusa para quedarse ahí, ni para que la pareja cargue sola con el problema.

    Si este patrón lleva tiempo repitiéndose en tu relación y ya no saben cómo salir de él solos, conversarlo con un psicólogo puede ser el paso que destrabe lo que las buenas intenciones solas no han logrado.

    Preguntas frecuentes

    ¿Por qué los hombres con apego evitativo no expresan lo que sienten?

    Porque aprendieron, desde muy temprano, que mostrar necesidad de otro no funcionaba, y porque la masculinidad tradicional premia exactamente esa misma inexpresividad. No es que no sientan: el cuerpo se activa igual, pero la etiqueta emocional consciente queda bloqueada por una inatención defensiva entrenada durante años.

    ¿Ser evitativo es lo mismo que no querer o ser frío con la pareja?

    No. La evidencia muestra que las personas evitativas pueden amar con la misma intensidad que cualquiera; lo que cambia es cómo lo expresan y qué tan cómodas se sienten con la cercanía. El desafío típico no es enamorarse, es sostener la intimidad sin que se active la necesidad de poner distancia.

    ¿El apego evitativo en los hombres se puede cambiar?

    Sí, aunque más despacio de lo que a la pareja le gustaría. Estudios longitudinales muestran que estar en una relación estable predice menos evitación con los años, y que experiencias repetidas de apoyo práctico y de intimidad positiva reducen el patrón. La psicoterapia ayuda más con la ansiedad de apego que con la evitación, así que conviene manejar expectativas realistas sobre el ritmo del cambio.

    ¿Cómo se diferencia a un hombre evitativo de alguien que simplemente necesita espacio?

    La diferencia está en la constancia y en el contexto: todos necesitamos espacio en algún momento, pero la persona evitativa busca distancia justo cuando la relación se pone emocionalmente intensa, no solo cuando está cansada o estresada por otra cosa. Y la distancia aparece con cualquier pareja, no solo con esta.

    ¿Qué puede hacer la pareja de un hombre evitativo sin sentir que renuncia a sus propias necesidades?

    Pedir desde la necesidad concreta en vez de la crítica general, dar apoyo práctico sostenido (no solo en los momentos de crisis) y reconocer en voz alta el esfuerzo que le cuesta abrirse, aunque sea en dosis pequeñas. Ninguna de estas estrategias significa dejar de pedir lo que se necesita; significa pedirlo de un modo que no active la alarma de invasión del otro.

    ¿Cuándo conviene ir a terapia de pareja por este patrón?

    Cuando el ciclo de pedir cercanía y recibir distancia se repite una y otra vez sin que ninguno de los dos logre salir de él solo, o cuando la desconexión emocional empieza a sentirse como soledad dentro de la relación. Un terapeuta puede trabajar el patrón sin que ninguno de los dos termine sintiéndose el “culpable”.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E., & Wall, S. (1978). Patterns of attachment: A psychological study of the strange situation. Lawrence Erlbaum.

    Bartholomew, K., & Horowitz, L. M. (1991). Attachment styles among young adults: A test of a four-category model. Journal of Personality and Social Psychology, 61(2), 226-244. https://doi.org/10.1037/0022-3514.61.2.226

    Chopik, W. J., Edelstein, R. S., & Grimm, K. J. (2019). Longitudinal changes in attachment orientation over a 59-year period. Journal of Personality and Social Psychology, 116(4), 598-611. https://doi.org/10.1037/pspp0000167

    Dagan, O., Facompré, C. R., & Bernard, K. (2018). Adult attachment representations and depressive symptoms: A meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 236, 274-290. https://doi.org/10.1016/j.jad.2018.04.091

    Farrell, A. K., Simpson, J. A., Overall, N. C., & Shallcross, S. L. (2016). Buffering the responses of avoidantly attached romantic partners in strain test situations. Journal of Family Psychology, 30(5), 580-591. https://doi.org/10.1037/fam0000186

    Girme, Y. U., Overall, N. C., Simpson, J. A., & Fletcher, G. J. O. (2015). “All or nothing”: Attachment avoidance and the curvilinear effects of partner support. Journal of Personality and Social Psychology, 108(3), 450-475. https://doi.org/10.1037/a0038866

    Hazan, C., & Shaver, P. R. (1987). Romantic love conceptualized as an attachment process. Journal of Personality and Social Psychology, 52(3), 511-524. https://doi.org/10.1037/0022-3514.52.3.511

    Lecannelier, F. (2009). Apego e intersubjetividad: Influencia de los vínculos tempranos en el desarrollo humano y en la salud mental. LOM Ediciones.

    Li, T., & Chan, D. K.-S. (2012). How anxious and avoidant attachment affect romantic relationship quality differently: A meta-analytic review. European Journal of Social Psychology, 42(4), 406-419. https://doi.org/10.1002/ejsp.1842

    Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2007). Attachment in adulthood: Structure, dynamics, and change. Guilford Press.

    Olssøn, I., & Dahl, A. A. (2021). Long-term changes in attachment patterns after psychotherapy in outpatients with Axis I and personality disorders vs. Axis I disorders only. Personality and Mental Health, 15(2), 136-146. https://doi.org/10.1002/pmh.1500

    Overall, N. C., Simpson, J. A., & Struthers, H. (2013). Buffering attachment-related avoidance: Softening emotional and behavioral defenses during conflict discussions. Journal of Personality and Social Psychology, 104(5), 854-871. https://doi.org/10.1037/a0031798

    Rholes, W. S., Eller, J., Simpson, J. A., & Arriaga, X. B. (2021). Support processes predict declines in attachment avoidance across the transition to parenthood. Personality and Social Psychology Bulletin, 47(5), 810-825. https://doi.org/10.1177/0146167220948706

    Spanier, G. B. (1976). Measuring dyadic adjustment: New scales for assessing the quality of marriage and similar dyads. Journal of Marriage and the Family, 38(1), 15-28. https://doi.org/10.2307/350547

    Stanton, S. C. E., Campbell, L., & Pink, J. C. (2017). Benefits of positive relationship experiences for avoidantly attached individuals. Journal of Personality and Social Psychology, 113(4), 568-588. https://doi.org/10.1037/pspi0000098

    Taylor, P., Rietzschel, J., Danquah, A., & Berry, K. (2015). Changes in attachment representations during psychological therapy. Psychotherapy Research, 25(2), 222-238. https://doi.org/10.1080/10503307.2014.886791

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta