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  • Mi hijo tiene anorexia: qué hacer como padre o madre

    Mi hijo tiene anorexia: qué hacer como padre o madre

    Imagina que llevas semanas notando cosas pequeñas. Tu hija ya no se sienta a la mesa con ustedes, cocina para todos y ella “ya comió”, usa polerones tres tallas más grandes y se enoja si preguntas. Entre el miedo a exagerar y el miedo a llegar tarde, buscas en internet “qué hacer si mi hijo tiene anorexia”. Esa búsqueda ya cuenta como una acción, y vale más de lo que parece.

    Esta guía te acompaña en ese momento: cómo reconocer las señales, cómo hablar con tu hijo o hija sin pelear, por qué la familia forma parte del tratamiento (y por qué no eres la culpable ni el culpable), qué pasa en la terapia, cuánto dura y cuándo hay que ir a urgencias. Aquí el foco son los padres de un niño o adolescente, porque el papel de la familia cambia bastante cuando la persona enferma es un adulto.

    En breve: si sospechas anorexia en un hijo adolescente, pide una evaluación médica y psicológica pronto, sin esperar a que el peso sea “muy bajo”. El tratamiento con mejor respaldo para adolescentes es la terapia familiar, en la que los padres asumen un rol activo en la renutrición. La anorexia puede ser grave y tiene riesgo médico real, pero cuanto antes se aborda, mejores son las perspectivas. Esta guía orienta y no reemplaza la evaluación de un equipo de salud.

    ¿Qué hacer si mi hijo tiene anorexia? Los primeros pasos

    Lo primero es pedir una evaluación profesional, sin esperar a estar seguro. La guía británica NICE (2017) indica que ante la sospecha de un trastorno alimentario la derivación a un servicio especializado no debe demorarse, y que la decisión no debe depender solo de que el peso esté “lo bastante bajo”. La GPC española de GuiaSalud (2009) coincide en que el peso y el IMC no son los únicos indicadores de riesgo y pide mirar el ritmo de pérdida y la curva de crecimiento.

    En la práctica, los primeros días se ven así:

    1. Pide hora con el pediatra o el médico que conoce a tu hijo, y cuenta lo que has observado. Pide que evalúe peso, talla (con su curva de crecimiento), pulso, presión y exámenes de sangre.
    2. Pide derivación a un equipo con experiencia en trastornos alimentarios (psicólogo clínico, psiquiatra infantojuvenil, nutrición). La entrada puede ser el pediatra o la atención primaria.
    3. Habla con tu hijo con calma, pero sin esperar a que esté de acuerdo para pedir la evaluación (más abajo, cómo).
    4. Busca estar de acuerdo con tu pareja o con quien cuide a tu hijo antes de hablar. Lock y Le Grange (2012) insisten en que los padres actúen como un bloque, porque cualquier grieta entre ellos es una puerta que la enfermedad aprovecha.

    Si alguien te dice “es una etapa” o “come, así que está bien”, insiste. La anorexia puede estar presente en un adolescente que come algo en la mesa, o cuyo peso no parece extremo.

    ¿Cómo saber si mi hijo tiene anorexia? Señales que se ven en casa

    Ninguna señal sola confirma el diagnóstico, y el diagnóstico lo hace un profesional. Pero hay un conjunto de conductas que, juntas y sostenidas, justifican consultar. Las describen los manuales clínicos (Lock y Le Grange, 2012; Robinson y Agras, 2018) y las guías de NICE (2017) y GuiaSalud (2009):

    • Con la comida: cambios progresivos (primero se eliminan dulces y grasas, luego otros grupos), porciones cada vez más pequeñas, leer etiquetas, contar calorías, cortar la comida en trozos mínimos, comer muy lento, excusas para no comer en familia, esconder o tirar comida, cocinar para otros sin comer.
    • Con el ejercicio: necesidad de entrenar todos los días aunque esté cansado, enfermo o lesionado, ejercicio a escondidas en el dormitorio.
    • Con el cuerpo: miedo intenso a engordar aunque esté delgado, pesarse seguido, mirarse al espejo o pellizcarse, ropa ancha o en capas para ocultar el cuerpo.
    • En el ánimo: irritabilidad, cambios bruscos, rigidez, perfeccionismo creciente, apatía.
    • En lo social y escolar: evitar cumpleaños y salidas con comida, aislarse en el dormitorio, bajar la concentración, dejar actividades que antes disfrutaba.
    • En el cuerpo que crece: en chicas, desaparición de la menstruación; en niños y púberes, dejar de crecer o de subir de peso según su curva, o retraso en el desarrollo puberal.

    Una aclaración importante: el peso no siempre avisa. Una revisión sistemática de 24 publicaciones encontró que en la anorexia atípica (sin bajo peso, pero con restricción y pérdida de peso importante) el nivel de psicopatología alimentaria es tan alto o más alto que en la anorexia nerviosa, y muchas complicaciones físicas son parecidas (Walsh et al., 2023). Por eso, “se ve normal” no basta para quedarse tranquilo. Si quieres leer más, está la guía sobre anorexia atípica, y una forma de ordenar tus dudas antes de consultar es el test de trastornos alimenticios SCOFF, que orienta pero no diagnostica.

    Y si tu hijo es varón, tampoco descartes la posibilidad: la anorexia en hombres suele pasar desapercibida.

    Mi hija no come nada, ¿qué hago? Cómo hablar sin entrar en la discusión

    Cuando una madre o un padre dice “no come nada”, casi nunca es literal. Lo que suele pasar es que come muy poco, muy selectivo o a escondidas. El método New Maudsley, desarrollado por Treasure, Smith y Crane (2007) para familias, y el manual de terapia familiar de Lock y Le Grange (2012) coinciden en varias ideas para esa primera conversación:

    • Elige un momento neutro. No durante la comida, no después de una pelea, no con prisa. Un lugar tranquilo y privado.
    • Ensaya antes lo que vas a decir, con tu pareja o frente al espejo, para no desbordarte si responde con rabia o con llanto.
    • Habla en primera persona, desde lo que observas y desde tu cariño: “He notado algunas cosas últimamente que me preocupan por tu salud, y me gustaría que hablemos de cómo te sientes”.
    • No esperes que lo reconozca. Es habitual que lo niegue o se enoje. Que te diga “estoy bien” no cancela la cita con el médico.

    Dentro de la mesa y de la discusión, los dos manuales advierten de una trampa: el llamado “debate anoréxico”. Es la discusión sobre si la porción es grande, si el aceite engorda, si esa comida es “sana”. Discutir con lógica con una persona desnutrida no funciona, porque el trastorno responde por ella. Lo que sugieren es reconocer la emoción y no entrar en el contenido:

    Situación Mejor evitar Puede ayudar
    Dice que no tiene problema “Estás flaquísima, ¿no lo ves?” “Entiendo que no lo veas así. Igual vamos a ir al médico para quedarnos tranquilos”
    Protesta porque “esto engorda” Explicar calorías y nutrientes “Escucho lo asustado que estás en este momento. No voy a discutir de calorías, porque sé que eso alimenta tu ansiedad”
    Se niega a comer lo servido Gritar, amenazar o negociar el plato “Sé lo difícil que es esto para ti, y tienes que comer lo que está en tu plato” (repetido con calma, sin elevar la voz)
    Llora o se enoja Llorar tú también o entrar en pánico Mantener la presencia, serena y cálida, sin ceder la regla
    Pregunta “¿estoy gorda?” “No, estás flaquísima” Responder a la emoción (“pareces asustada”) y cambiar de tema

    Treasure et al. (2007) describen cuatro reacciones comprensibles que conviene vigilar: embestir con lógica o gritos (el rinoceronte), desbordarse en llanto o culpa (la medusa), acomodarse a todo y cocinar menús especiales (el canguro) y evitar el tema (el avestruz). Reconocerte en alguna no te hace mala persona. Es lo que le pasa a casi cualquiera con tanto miedo.

    También ayuda cuidar lo que se dice en casa sobre el cuerpo. En un estudio con 356 adolescentes, el 45 % de las chicas dijo que su madre la animaba a hacer dieta y el 58 % refirió burlas por el peso de parte de familiares; esas burlas y los comentarios de las madres sobre el peso se asociaron con más insatisfacción corporal y conductas alimentarias alteradas (Neumark-Sztainer et al., 2010). Es un estudio transversal en chicas con riesgo, que muestra asociación y no causa, pero justifica sacar las dietas y los comentarios sobre el cuerpo de la conversación familiar.

    ¿Por qué la familia es parte del tratamiento?

    Porque la evidencia más sólida en adolescentes está en los tratamientos que incluyen a los padres. NICE (2017) recomienda como primera opción para niños y adolescentes con anorexia la terapia familiar centrada en la anorexia, de 18 a 20 sesiones a lo largo de un año. Si no es aceptable, está contraindicada o no funciona, considera la terapia cognitivo-conductual individual para trastornos alimentarios o la psicoterapia centrada en el desarrollo adolescente.

    Los estudios respaldan esa jerarquía, con matices:

    • En un ensayo con 121 adolescentes de 12 a 18 años, la terapia familiar y la terapia individual lograron una remisión parecida al terminar, pero a los 6 y a los 12 meses de seguimiento la familiar fue superior (Lock et al., 2010).
    • Un metaanálisis con tres estudios que cumplían criterios estrictos apuntó en la misma dirección (Couturier et al., 2013).
    • Una revisión más reciente de 23 publicaciones sobre 18 ensayos encontró que la terapia familiar logra más aumento de peso al final del tratamiento que la psicoterapia individual, y que las versiones centradas en los padres, o con padres e hijo por separado, tuvieron mejores resultados de peso y recuperación al final que la versión conjunta. Los demás resultados no mostraron diferencias significativas, y los autores piden estandarizar cómo se mide en los estudios futuros (Austin et al., 2025).

    Hay otro punto, tan importante como los números: el modelo exonera a la familia de la culpa. Lock y Le Grange (2012) parten de una postura “agnóstica” sobre las causas: nadie sabe con certeza qué origina la anorexia, y la autoculpa paraliza a los padres justo cuando más hace falta que actúen con firmeza. Por eso la anorexia se trata como un invasor que se ha apoderado de la capacidad de decidir del adolescente, y los padres como el recurso principal para recuperarlo.

    Dos precisiones para no sobreinterpretar. Primera: lo que hagas en casa importa, y algunas conductas, como la crítica y los comentarios sobre el peso, se asocian con peores resultados. En 121 familias con un adolescente con anorexia, la crítica del padre predijo menor mejoría de los síntomas alimentarios y la hostilidad de la madre menor mejoría del funcionamiento familiar (Rienecke et al., 2016), mientras que en otro estudio con 79 familias la calidez de madres y padres se asoció con un buen resultado (Le Grange et al., 2011). Segunda: una revisión de 39 estudios concluyó que factores del cuidador, como su confianza y su estado emocional, pueden influir en el resultado de la terapia familiar (McCord et al., 2025). Dicho de otro modo, prepararte importa.

    ¿Cómo funciona el tratamiento basado en la familia, fase por fase?

    El tratamiento basado en la familia (FBT, también llamado método Maudsley) tiene tres fases, según Lock y Le Grange (2012). Es un resumen de lo que describe el manual, y el equipo tratante lo adapta a cada familia.

    Fase 1: recuperar el peso y la nutrición. Dura típicamente entre tres y cinco meses, con sesiones semanales. Aquí los padres asumen de forma temporal el control de la alimentación: planifican, sirven y supervisan las comidas y colaciones, y se mantienen firmes y cálidos frente a las protestas. La lógica es que una persona desnutrida no puede tomar decisiones saludables sobre la comida, porque la desnutrición altera cómo piensa. Habitualmente el terapeuta comparte una comida con la familia en una de las primeras sesiones para entrenarlos en vivo. En esta fase se pausa el ejercicio compulsivo y puede ser necesario reducir la carga escolar.

    Fase 2: devolver el control de la comida al adolescente. Cuando el peso se estabiliza, la resistencia a comer ha cedido y las comidas se vuelven más tranquilas, los padres devuelven la autonomía poco a poco: que se sirva solo, que elija algunas comidas, que almuerce en el colegio. Si el peso baja, los padres retoman el control temporalmente, sin tono punitivo.

    Fase 3: la adolescencia, otra vez. Con el peso estable y la comida sin ser el centro de la vida familiar, se trabajan las tareas propias de la edad (amistades, estudios, identidad) y se acuerda cómo reconocer y enfrentar señales de recaída.

    Lock y Le Grange (2012) describen una postura de empatía por el sufrimiento y una expectativa firme de que la comida no es opcional, repetida con calma por ambos padres, sin gritos ni amenazas. Y se hace acompañado de un equipo: la supervisión médica es parte del tratamiento, y no se debe intentar realimentar a un adolescente muy desnutrido en casa por cuenta propia, porque reintroducir comida de golpe puede causar complicaciones que exigen monitoreo.

    ¿Cuánto dura y qué se puede esperar?

    La terapia familiar estándar dura alrededor de un año (NICE, 2017), y la recuperación completa suele tardar más. Algunas cosas ayudan a tener expectativas realistas:

    • Cuanto antes, mejor. Una revisión de 14 estudios estimó que quienes llegan a tratamiento por anorexia llevaban en promedio unos 30 meses con el trastorno sin tratar, y los estudios retrospectivos sugieren que un tiempo sin tratamiento más corto puede asociarse con mayor probabilidad de remisión (Austin et al., 2021). Es preliminar, pero va en la dirección de no esperar.
    • La respuesta temprana importa. En un ensayo con 82 adolescentes, quienes ganaron más de 1,8 kg hasta la cuarta sesión de terapia familiar tuvieron más remisión al terminar (46 % frente a 11 %) y al año (64 % frente a 36 %) (Madden et al., 2015). Este dato lo monitorea el equipo, y no conviene pesar a tu hijo en casa para “comprobarlo”: el peso es un tema para la consulta.
    • Las remisiones son frecuentes, aunque no universales. El manual de Lock y Le Grange (2012) describe remisiones completas de entre la mitad y dos tercios de los adolescentes con enfermedad de corta evolución. Son cifras de ensayos controlados con familias que completan el tratamiento, y no garantizan lo que pasará con tu hijo.
    • Puede haber recaídas. Un metaanálisis de 16 estudios halló que el 31 % de las personas con anorexia recayó tras el tratamiento, con mayor riesgo durante el primer año y hasta unos dos años (Berends et al., 2018). Un tropiezo no es volver a cero: Treasure et al. (2007) recomiendan distinguir un “desliz” de una recaída y tratar el desliz con curiosidad, para ajustar el plan sin pánico ni reproches.
    • La recuperación suele ser sólida en lo alimentario, con secuelas emocionales posibles. En un seguimiento a largo plazo de 36 personas tratadas con terapia familiar en la adolescencia, sus conductas alimentarias y de ejercicio eran comparables a las de 29 controles, pero tenían más depresión, ansiedad y estrés (Springall et al., 2022). Es un estudio pequeño con cuestionarios de autoinforme, pero indica que conviene seguir cuidando el ánimo después del peso.

    ¿Cuándo es una urgencia?

    Algunas situaciones no esperan a la próxima sesión. Lleva a tu hijo a un servicio de urgencias si hay desmayos o mareos intensos, dolor en el pecho, palpitaciones o latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre, negativa total a comer o a beber, o ideas de hacerse daño.

    Las guías detallan lo que el equipo médico evalúa. Según la GPC de GuiaSalud (2009), son criterios de derivación urgente un pulso menor de 40 por minuto, una presión sistólica menor de 70 mmHg o síncopes, un potasio menor de 3 mEq/l, arritmias graves, convulsiones o deshidratación. Tú no tienes que medir nada de esto: la señal para ti es que, ante cualquiera de los síntomas de arriba, se va a urgencias. NICE (2017) añade que la hospitalización se reserva para cuando el tratamiento ambulatorio no ha sido suficiente, o hay alto riesgo físico, o alto riesgo de suicidio.

    Si tu hijo dice que quiere morir o se hace daño, no lo dejes solo y llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Tomarla en serio tiene respaldo: en un metaanálisis de 2025, la anorexia nerviosa tuvo la mayor razón de mortalidad entre los trastornos alimentarios, 5,21 veces la esperada (Krug et al., 2025).

    ¿Y los hermanos, el colegio y el ejercicio?

    Hermanos. Según Lock y Le Grange (2012), los hermanos no participan en supervisar la comida ni en vigilar a su hermano o hermana: esa tarea es de los padres. Su lugar es el cariño, la compañía y las actividades compartidas sin foco en la comida. Treasure et al. (2007) advierten que los hermanos suelen quedarse con necesidades sin atender (se sienten ignorados, culpables o incluso rinden menos en el colegio para no “eclipsar”), así que conviene reservarles tiempo propio.

    Colegio. En las primeras semanas puede ser necesario ajustar el horario, evitar que el adolescente almuerce solo en el colegio y coordinar tareas con los profesores. NICE (2017) pide que la exigencia académica no comprometa la recuperación física ni las comidas estructuradas.

    Ejercicio. En la fase de renutrición, el ejercicio compulsivo o de alta intensidad se pausa hasta que haya estabilidad médica; después se reintroduce de forma gradual y acordada con el equipo (Lock y Le Grange, 2012). Si tu hijo quiere entrenar “solo un poco”, la decisión es del equipo tratante.

    Pareja. Los padres funcionan mejor cuando están “en la misma página” y cuando protegen un rato semanal a solas para hablar de otra cosa que no sea la enfermedad (Treasure et al., 2007).

    ¿Cómo cuidarte tú mientras tanto?

    Acompañar la renutrición de un hijo es de las tareas más agotadoras que existen, y ese desgaste tiene consecuencias. Una revisión de 12 ensayos encontró que los efectos de las intervenciones para cuidadores sobre su ansiedad y depresión fueron infrecuentes y pequeños, con mejores señales en las que incluían apoyo profesional o de pares (Riboldi et al., 2026). Los programas de habilidades sí cambian conductas concretas: un ensayo con 37 cuidadores mostró menos intrusividad y menos experiencias negativas de cuidado (Hoyle et al., 2013), y en un ensayo con 108 familiares de adolescentes el programa ECHO online mejoró la emoción expresada, la acomodación y el bienestar emocional (Ruiz et al., 2024). Ambos son estudios pequeños, y en el segundo el grupo de comparación también mejoró.

    En concreto: sostén tu red de apoyo, agenda pausas semanales que no giren en torno a la comida, comparte la carga con la otra persona adulta de la casa y suelta la culpa. Si sientes que ya no puedes más, puedes leer sobre el síndrome del cuidador.

    ¿Cuándo y con quién consultar?

    Consulta pronto si hace semanas que ves restricción, pérdida de peso, ejercicio compulsivo, evitación de comidas o cambios de ánimo ligados al cuerpo y la comida. La puerta de entrada puede ser el pediatra o la atención primaria, y el tratamiento de fondo lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras infantojuveniles con experiencia en trastornos alimentarios, junto con control médico y nutricional. Si dudas por dónde partir, la guía sobre psicólogo o psiquiatra ayuda a decidir.

    Tú también puedes consultar. Una primera conversación con un psicólogo puede ayudarte a ordenar lo que viste, cómo hablarle a tu hijo y a quién derivarlo; el tratamiento de una anorexia en un adolescente exige además seguimiento médico presencial, que no se reemplaza con atención en línea. Si quieres orientación, puedes agendar una consulta. Para una visión general, la guía de trastornos de la conducta alimentaria y la de diferencias entre anorexia y bulimia sirven de mapa. Como material de consenso hay información de MedlinePlus, del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. y la guía NICE NG69.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo saber si mi hijo tiene anorexia o solo está haciendo dieta?

    Una dieta tiene un objetivo y se puede flexibilizar. En la anorexia hay miedo intenso a engordar, reglas rígidas, ejercicio compulsivo, ocultamiento, irritabilidad y aislamiento que persisten y crecen. Si lo notas por semanas, pide evaluación al pediatra sin esperar un peso muy bajo, porque el peso no siempre avisa.

    ¿Es culpa mía que mi hijo tenga anorexia?

    Es un trastorno con muchas causas, y los manuales de terapia familiar parten de que la causa exacta se desconoce y de que culpar a los padres retrasa la ayuda. Sentirse culpable es frecuente, pero lo útil es canalizar esa energía en acompañar el tratamiento y pedir apoyo para ti.

    Mi hija no come nada, ¿la obligo a comer?

    No a gritos ni con amenazas. En la terapia familiar, los padres asumen la supervisión de las comidas con calma y firmeza, guiados por un equipo, repitiendo que comer no es opcional y reconociendo lo difícil que es. No discutas calorías ni porciones, y no intentes realimentar en casa a un adolescente muy desnutrido sin control médico.

    ¿Cuánto dura el tratamiento de la anorexia en adolescentes?

    La terapia familiar recomendada por NICE son 18 a 20 sesiones a lo largo de un año, y la recuperación completa puede tardar más. Hay altibajos, y un tropiezo no es una recaída. El riesgo de recaída es mayor durante el primer año después del tratamiento, por lo que el seguimiento sigue siendo importante.

    ¿Cuándo debo llevar a mi hijo a urgencias?

    Ante desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre, negativa total a comer o beber, o ideas de hacerse daño. En Chile, el *4141 atiende crisis de salud mental las 24 horas. No esperes a que tu hijo esté de acuerdo.

    ¿Mi hijo puede recuperarse completamente?

    Muchos adolescentes se recuperan, sobre todo cuando el tratamiento comienza pronto y la familia participa. Los manuales describen remisiones de entre la mitad y dos tercios en enfermedad de corta evolución, y los estudios muestran que también existen recaídas. Es una expectativa realista, no una promesa: depende de cada caso.

    ¿Cómo hablo con mi hijo sobre la anorexia sin que se enoje?

    Elige un momento tranquilo y privado, habla desde lo que has observado y desde tu cariño, en primera persona, y no discutas con datos. Es normal que lo niegue; no necesitas su acuerdo para pedir una evaluación médica. Si se enoja, mantén la calma, repite que lo quieres y retoma otro día.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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