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    Evaluación neuropsicológica para trámites en adultos mayores

    Tu papá cumplió 75 y hay que renovar la licencia de conducir. O una hermana empezó a hablar de “hacer algo legal” porque tu mamá firmó un papel que no debería haber firmado. O simplemente el notario pidió, de la nada, un “certificado de lucidez” para una escritura que parecía trámite de rutina.

    En los tres casos apareció la misma palabra: evaluación neuropsicológica. Y en los tres casos, casi nadie te explica de entrada qué es la evaluación neuropsicológica del adulto mayor, quién la pide de verdad y qué hace falta para que sirva en cada trámite específico.

    TL;DR: lo que necesitas saber

    La evaluación neuropsicológica para trámites administrativos o legales (licencia de conducir, interdicción por demencia, poderes notariales) no es un examen distinto al clínico: es la misma herramienta aplicada con una pregunta distinta, la que hace el trámite en cuestión, no la que hace el médico tratante (Jarne et al., 2010).

    Para conducir, se centra en funciones ejecutivas, velocidad de procesamiento y atención dividida (Schaefer, 2022). Para interdicción o curatela, en si el deterioro afecta la capacidad de administrar bienes o tomar decisiones (Wood et al., 2022).

    Un diagnóstico de deterioro cognitivo leve casi nunca basta por sí solo para ninguno de los dos: lo que define el trámite es cuánto interfiere ese deterioro en la vida real de la persona.

    ¿Qué es la evaluación neuropsicológica del adulto mayor y para qué trámites sirve?

    La evaluación neuropsicológica mide el estado de funciones como la memoria, la atención, el lenguaje, las habilidades visoespaciales y las funciones ejecutivas (Slachevsky et al., 2010), a través de una entrevista clínica y una batería de pruebas estandarizadas que en el caso de personas mayores suelen ir acompañadas de baremos propios para su edad (Schroeder et al., 2019; Holdnack et al., 2013).

    Aplicada al ámbito legal, esta misma herramienta pasa a llamarse neuropsicología forense (Weiner, 2012).

    Cuando el resultado se usa fuera de la consulta, para un trámite legal o administrativo, cambia algo de fondo: ya no basta con describir fortalezas y debilidades para diseñar un tratamiento.

    La pregunta pasa a ser puntual y práctica, “¿esta persona puede seguir conduciendo con seguridad?” o “¿este deterioro le impide administrar su patrimonio?”, y el informe tiene que responderla con el mismo rigor con el que se sostiene ante un tribunal o una autoridad de tránsito (Jarne et al., 2010).

    Si nunca te has hecho una y quieres entender primero cómo es el proceso en general, en nuestra guía sobre la evaluación neuropsicológica en adultos explicamos qué mide, cuánto dura y qué esperar del informe.

    Aquí nos enfocamos en algo más puntual: en Chile, esta evaluación aparece con más frecuencia en tres escenarios bastante distintos entre sí: la renovación o el otorgamiento de la licencia de conducir en personas mayores, los procesos judiciales de interdicción por demencia (para nombrar un curador) y, con menos regulación formal, el llamado “certificado de lucidez” que algunas notarías piden antes de una compraventa, un testamento o un poder.

    Vale la pena mirar cada uno por separado, porque lo que exige un trámite no siempre sirve para otro.

    El “certificado de lucidez” y los trámites notariales

    Es probable que hayas escuchado hablar de este certificado antes que de cualquier otro. Algunas notarías lo piden a personas mayores para escrituras, donaciones o testamentos, buscando dejar constancia de que la persona comprende lo que está firmando. En rigor, es un certificado neuropsicológico o psicológico sobre el estado cognitivo de la persona, aunque en el habla cotidiana se le siga llamando “certificado de lucidez”.

    La Asociación de Notarios, Conservadores y Archiveros Judiciales de Chile ha aclarado algo importante al respecto: exigir este certificado no es una obligación legal, y aplicarlo queda a criterio de cada notaría.

    En la práctica, cuando se pide, la evaluación revisa memoria, lenguaje, juicio, orientación y la capacidad de comprender lo que se va a decidir, lo mismo que se examina en cualquier valoración de capacidad para consentir (Wood et al., 2022).

    Evaluación neuropsicológica y licencia de conducir en el adulto mayor

    Conducir es, desde el punto de vista cognitivo, una de las tareas instrumentales más exigentes de la vida diaria: obliga a integrar en tiempo real la velocidad de procesamiento, la atención dividida, la anticipación de riesgos y el control de impulsos (Schaefer, 2022; Lezak et al., 2012).

    Hoy, el trámite de licencia en Chile pasa por un examen psicotécnico general para todos los solicitantes, que incluye revisión médica, agudeza visual y auditiva, y pruebas de reflejos y coordinación.

    Una evaluación para licencia de conducir más completa, con base neuropsicológica, entra en escena cuando el médico examinador, la familia o el propio conductor notan señales de deterioro cognitivo que el examen estándar no alcanza a captar.

    Algo va a cambiar pronto en este trámite. La Ley Jacinta (Ley N° 21.797), publicada el 7 de febrero de 2026, incorporará una declaración jurada de salud obligatoria al obtener o renovar cualquier licencia, donde el solicitante deberá acreditar que no padece enfermedades que lo inhabiliten para manejar.

    Todavía no rige: el Ministerio de Transportes tiene 12 meses desde la publicación para dictar el reglamento que fije los detalles, y la exigencia entrará en vigor 90 días después de que ese reglamento se publique. Mientras tanto, el trámite sigue funcionando con el examen psicotécnico habitual, y quien entrega una declaración falsa quedará expuesto a sanciones una vez que la norma esté vigente.

    Qué mira en concreto la evaluación

    ¿Qué mira en concreto una evaluación neuropsicológica orientada a la conducción? Principalmente la función ejecutiva (planificar, decidir rápido, inhibir un impulso al volante), la velocidad de procesamiento y la atención dividida, además de las habilidades visoespaciales necesarias para calcular distancias y mantenerse en el carril (Schaefer, 2022).

    Un dato que suele sorprender a las familias: un diagnóstico de deterioro cognitivo leve no implica, por sí solo, la pérdida automática de la licencia. Muchas personas con este perfil siguen conduciendo con seguridad, a menudo autorregulando su propia conducta (evitando la noche, la lluvia o las autopistas), y lo que suele recomendarse es una reevaluación periódica en vez de un retiro inmediato (Bush et al., 2022).

    La situación cambia en cuadros de demencia más avanzados, donde el enlentecimiento y la pérdida de conciencia de las propias limitaciones (algo que en clínica se llama anosognosia) sí elevan de forma clara el riesgo de accidentes y de episodios de desorientación al volante.

    Interdicción por demencia: qué rol cumple el informe neuropsicológico

    Este es, de los tres escenarios, el que más confunde a las familias, porque mezcla un problema clínico con un procedimiento judicial que no resuelve el psicólogo solo. La interdicción por demencia es la vía que contempla el Código Civil chileno para que un tribunal declare que una persona no puede administrar sus bienes por su estado mental, y le designe un curador que lo haga en su lugar.

    El artículo 456 del Código Civil lo plantea así: “el adulto que se halla en un estado habitual de demencia, deberá ser privado de la administración de sus bienes, aunque tenga intervalos lúcidos”.

    Pueden solicitarla, según el artículo 459, el cónyuge no separado judicialmente, los consanguíneos hasta el cuarto grado o el defensor público, y la presentación se hace ante el juzgado civil del domicilio de la persona, siempre con un abogado.

    Dos caminos, y no son intercambiables

    Cuando la persona ya cuenta con una certificación de discapacidad de COMPIN inscrita en el Registro Nacional de la Discapacidad, suele estar disponible una vía más simple, no contenciosa, amparada en la Ley N° 18.600.

    Si no existe esa certificación, o hay desacuerdo entre la familia, corresponde la vía ordinaria (contenciosa), donde el informe de un facultativo (médico o neuropsicológico) se vuelve una pieza de prueba central, junto con testigos y antecedentes clínicos (Demakis et al., 2022). ChileAtiende ofrece orientación jurídica gratuita para iniciar este trámite y detalla los documentos que suelen pedirse (cédula de identidad, certificados de parentesco y, si existen, certificados de discapacidad).

    En este contexto, el informe neuropsicológico no se limita a confirmar un diagnóstico. Tiene que establecer el nexo entre el deterioro medido en las pruebas y la pérdida concreta de autonomía para gobernar la propia vida y el propio patrimonio, algo bastante distinto de “tiene alzhéimer” (Jarne et al., 2010; Monguió, 2010).

    Por eso el informe describe con detalle cómo el deterioro afecta actividades como manejar el dinero, tomar medicamentos sin ayuda o detectar un intento de estafa o abuso económico por parte de terceros, más que quedarse en una etiqueta diagnóstica (Wood et al., 2022).

    Qué evalúa el profesional para responder a la pregunta legal

    Un marco que se usa bastante en este tipo de evaluaciones, propuesto originalmente por la American Bar Association y la American Psychological Association, describe cuatro habilidades que sostienen cualquier decisión legal o médica relevante: comprender la información relevante, apreciar cómo esa información se aplica a la propia situación, razonar comparando las opciones disponibles y comunicar una elección de forma coherente (Wood et al., 2022).

    Cada una depende de dominios cognitivos distintos: la comprensión se apoya en memoria y lenguaje; la apreciación, en funciones ejecutivas y conciencia de la propia situación; el razonamiento, en memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva; la comunicación, en el lenguaje expresivo.

    La capacidad, además, no se trata como un todo único: alguien puede conservar plenamente la capacidad para decidir sobre su tratamiento médico y, al mismo tiempo, tener dificultades reales para administrar inversiones complejas o detectar una manipulación financiera (Wood et al., 2022).

    El informe final se escribe pensando en quien lo va a leer, que casi nunca es otro clínico. Evita la jerga técnica sin traducir, describe las capacidades que la persona conserva junto con las que perdió (para no reducirla a una sola etiqueta) y plantea, cuando corresponde, medidas graduales de apoyo antes que una incapacitación total (Arch et al., 2010; Molina, 2010).

    Deterioro cognitivo leve versus demencia: por qué esta diferencia decide el trámite

    Casi todo lo que se pide para un trámite depende de esta distinción, así que vale la pena entenderla bien (en deterioro cognitivo leve profundizamos en sus criterios y su pronóstico).

    El deterioro cognitivo leve (DCL) es relativamente frecuente: afecta a cerca del 15,6% de los adultos mayores de 50 años en el mundo (Bai et al., 2022), y su prevalencia sube con la edad, desde un 6,7% entre los 60 y 64 años hasta más del 25% después de los 80.

    Lo define un rendimiento algo más bajo de lo esperado en las pruebas, pero con la autonomía cotidiana intacta: la persona puede necesitar más notas o recordatorios, pero sigue manejando su vida sin supervisión de terceros (Junqué y Barroso, 2009).

    Dónde está la línea con la demencia

    La demencia cruza esa línea. Ahí el deterioro ya interfiere de forma directa con actividades como manejar el dinero, tomar medicamentos o desplazarse con seguridad, y por eso empieza a requerir la ayuda de un tercero (Junqué y Barroso, 2009; Bush et al., 2022).

    No es una frontera que se decida solo con un puntaje de corte en un test de tamizaje: pruebas como el MoCA o el ACE-R distinguen mejor este límite que el clásico MMSE (Breton et al., 2019), pero lo que finalmente inclina la balanza es el impacto real en la autonomía, no el número aislado.

    Y esa progresión no es automática ni uniforme: en un seguimiento de casi tres años a más de 2.900 personas con deterioro cognitivo leve, alrededor de un 13% avanzó a demencia, un 30% se mantuvo estable con DCL y cerca de la mitad dejó de cumplir los criterios (Angevaare et al., 2022).

    La edad avanzada, un menor nivel educativo y el sexo masculino aumentan el riesgo, mientras que la educación, las actividades de ocio y un mejor ingreso económico funcionan como factores protectores (Samson et al., 2022).

    Cómo es el proceso en consulta

    La evaluación suele partir con una entrevista clínica (con la persona y, cuando es posible, con algún familiar cercano que pueda aportar el antes y el después), sigue con la aplicación de pruebas estandarizadas en varias sesiones y termina en un informe escrito que traduce los resultados a la pregunta concreta del trámite.

    Conviene que lleves informes médicos previos, un listado de los medicamentos que se toman y, si existe, algún antecedente de estudios de imagen cerebral: esa información colateral es tan relevante como el propio desempeño en las pruebas.

    Sobre todo porque la falta de conciencia sobre las propias dificultades (la anosognosia) es frecuente en cuadros demenciales y puede hacer que el relato de la persona, por sí solo, se quede corto (Jarne et al., 2010; Hebben y Milberg, 2011).

    Cuándo conviene pedir esta evaluación

    Si llevas semanas dándole vueltas a esto, no estás exagerando: no toda duda familiar necesita una evaluación formal, pero hay señales concretas que sí la justifican. ¿Reconoces alguna de estas en tu situación?

    • Un trámite específico la exige o la sugiere: la municipalidad, un notario o el propio proceso judicial de interdicción la piden.
    • Alguien cercano nota errores nuevos y reiterados en el manejo del dinero, en la administración de medicamentos o al volante, no solo un olvido puntual.
    • Aparecen episodios de desorientación en lugares conocidos, o decisiones económicas que no encajan con la forma de ser habitual de la persona.
    • La familia está en desacuerdo sobre si alguien puede seguir viviendo, conduciendo o decidiendo de forma independiente, y necesita un criterio profesional objetivo para avanzar.

    Preguntas frecuentes

    ¿Necesito un abogado para pedir la interdicción por demencia, o basta con el informe psicológico?

    Necesitas un abogado. El informe neuropsicológico es una prueba central dentro del proceso, pero la solicitud se presenta ante un juzgado civil y la tramitación legal la lleva un abogado, no el psicólogo. ChileAtiende ofrece orientación jurídica gratuita para iniciar este trámite.

    ¿El certificado de lucidez y la evaluación neuropsicológica son lo mismo?

    El certificado de lucidez suele ser un resumen breve de una evaluación neuropsicológica, pedido para un trámite notarial puntual. No es exigencia legal (algunas notarías lo piden por criterio propio) y evalúa lo mismo, memoria, juicio y comprensión, pero con un alcance más acotado que un informe pericial completo.

    Si me diagnostican deterioro cognitivo leve, ¿pierdo automáticamente la licencia de conducir?

    No. El deterioro cognitivo leve no implica el retiro automático del permiso, porque la autonomía funcional suele mantenerse. Lo habitual es recomendar una reevaluación periódica y, en algunos casos, restricciones parciales (evitar de noche o en autopistas), reservando el retiro para casos de demencia más avanzada.

    ¿Qué pasa si el resultado de la evaluación es normal?

    Es un resultado frecuente y útil: descarta un deterioro objetivable y orienta la búsqueda hacia otras causas de la preocupación familiar, como el estrés, el ánimo o algún efecto de un medicamento. Un resultado normal no invalida lo que la familia percibió, solo indica que el origen probablemente está en otro lugar.

    ¿Sirve el mismo informe para varios trámites (licencia, testamento, interdicción)?

    No necesariamente. Cada trámite plantea una pregunta distinta (aptitud para conducir, capacidad para testar, capacidad para administrar bienes) y el informe debe responder a esa pregunta puntual. Es habitual que se pida una evaluación específica y actualizada para cada proceso, en vez de reutilizar un informe pensado para otro fin.

    Qué hacer si tienes este trámite por delante

    ¿Renovar una licencia, iniciar una interdicción o simplemente aclarar una duda familiar sobre la capacidad de un adulto mayor? Es normal no saber por dónde empezar cuando el trámite mezcla algo tan personal con papeleo legal.

    Lo primero es identificar qué pregunta necesita responder el trámite, porque de eso depende qué evaluación pedir y con qué informe se sustenta. En una consulta podemos revisar tu situación puntual, aplicar las pruebas que correspondan y entregarte un informe pensado para el trámite específico que tienes que resolver, no un examen genérico.

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    Referencias

    Angevaare, M. J., Vonk, J. M. J., Bertola, L., Zwan, M., Georges, J., Bäckman, L., Kramberger, M., Waldemar, G., & Visser, P. J. (2022). Predictors of incident mild cognitive impairment and its course in a diverse community-based population. Neurology, 98(1), e13-e26. https://doi.org/10.1212/WNL.0000000000013017

    Arch, M., Cartil, C., & Jarne, A. (2010). El informe en neuropsicología forense y su defensa ante el tribunal. En A. Jarne y Á. Aliaga (Comps.), Manual de Neuropsicología forense: De la clínica a los tribunales (pp. 203-260). Herder Editorial.

    Bai, W., Chen, P., Cai, H., Zhang, Q., Su, Z., Cheung, T., Jackson, T., Sha, S., & Xiang, Y. T. (2022). Worldwide prevalence of mild cognitive impairment among community dwellers aged 50 years and older: A meta-analysis and systematic review of epidemiology studies. Age and Ageing, 51(8), afac173. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/35977150/

    Breton, A., Casey, D., & Arnaoutoglou, N. A. (2019). Cognitive tests for the detection of mild cognitive impairment (MCI), the prodromal stage of dementia: Meta-analysis of diagnostic accuracy studies. International Journal of Geriatric Psychiatry, 34(2), 233-242. https://doi.org/10.1002/gps.5016

    Bush, S. S., Yochim, B. P., & Bieliauskas, L. A. (Eds.). (2022). A Handbook of Geriatric Neuropsychology: Practice Essentials (2a ed.). Routledge.

    Demakis, G. J., Bush, S. S., & Yochim, B. P. (2022). Forensic assessment in geriatric neuropsychology. En S. S. Bush, B. P. Yochim y L. A. Bieliauskas (Eds.), A Handbook of Geriatric Neuropsychology: Practice Essentials (2a ed., pp. 425-438). Routledge.

    Hebben, N., & Milberg, W. (2011). Fundamentos para la evaluación neuropsicológica. Editorial El Manual Moderno.

    Holdnack, J. A., Drozdick, L., Weiss, L. G., & Zhou, X. (2013). WAIS-IV, WMS-IV, and ACS: Advanced Clinical Interpretation. Academic Press.

    Jarne, A., Aliaga, Á., & Villaseñor, T. (2010). La neuropsicología forense como disciplina científica. En A. Jarne y Á. Aliaga (Comps.), Manual de Neuropsicología forense: De la clínica a los tribunales (pp. 47-84). Herder Editorial.

    Junqué, C., & Barroso, J. (Coords.). (2009). Manual de neuropsicología. Editorial Síntesis.

    Lezak, M. D., Howieson, D. B., Bigler, E. D., & Tranel, D. (2012). Neuropsychological Assessment (5a ed.). Oxford University Press.

    Molina, A. (2010). Ética y deontología en neuropsicología forense. En A. Jarne y Á. Aliaga (Comps.), Manual de Neuropsicología forense: De la clínica a los tribunales (pp. 323-348). Herder Editorial.

    Monguió, I. (2010). Evaluación en cuadros degenerativos: una visión centrada en las capacidades legales. En A. Jarne y Á. Aliaga (Comps.), Manual de Neuropsicología forense: De la clínica a los tribunales (pp. 381-424). Herder Editorial.

    Samson, A. D., Shen, C., Grady, C. L., & McIntosh, A. R. (2022). Exploration of salient risk factors involved in mild cognitive impairment. European Journal of Neuroscience, 56(10), 5632-5650. https://doi.org/10.1111/ejn.15665

    Schaefer, L. A. (2022). Functional assessment: Basic ADLs, IADLs, and driving ability. En S. S. Bush, B. P. Yochim y L. A. Bieliauskas (Eds.), A Handbook of Geriatric Neuropsychology: Practice Essentials (2a ed., pp. 324-335). Routledge.

    Schroeder, R. W., Martin, P. K., & Walling, A. (2019). Neuropsychological evaluations in adults. American Family Physician, 99(2), 101-108. PMID: 30633479.

    Slachevsky, A., Pérez, C., & Prenafeta, M. L. (2010). La evaluación de las funciones cognitivas. En A. Jarne y Á. Aliaga (Comps.), Manual de Neuropsicología forense: De la clínica a los tribunales (pp. 85-116). Herder Editorial.

    Weiner, I. B. (2012). Forensic neuropsychology. En Handbook of Psychology: Assessment of Neuropsychological Functioning (2a ed., Vol. 10, pp. 505-509). John Wiley & Sons.

    Wood, S. A., Bush, S. S., & Demakis, G. J. (2022). Assessment of decision-making capacity in older adults. En S. S. Bush, B. P. Yochim y L. A. Bieliauskas (Eds.), A Handbook of Geriatric Neuropsychology: Practice Essentials (2a ed., pp. 406-424). Routledge.

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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  • Insomnio en Adultos Mayores: Por Qué Cambia el Sueño y Qué Ayuda

    Insomnio en Adultos Mayores: Por Qué Cambia el Sueño y Qué Ayuda

    Tu papá se acuesta a las nueve, se despierta a las tres y se queda ahí, dando vueltas, hasta que amanece. Tu mamá dice que “no pegó ojo” y a media tarde cabecea frente a la tele. O eres tú, pasados los 65, y llevas años con una pastilla en el velador que ya no hace tanto efecto como antes.

    El insomnio en adultos mayores es uno de los motivos de consulta más frecuentes de esta etapa, y también uno de los peor tratados: se suele resolver con una receta que, a esa edad, cuesta más de lo que da.

    Acá vas a encontrar qué cambia en el sueño con los años (y qué de eso es normal), por qué un adulto mayor no duerme, qué riesgos tienen las pastillas para dormir después de los 60 y qué tratamiento funciona de verdad, con adaptaciones para esta edad.

    Una aclaración antes de seguir: dormir distinto no es dormir mal. Buena parte de lo que se vive como insomnio a los 70 es la forma normal que toma el sueño con la edad. Y la parte que sí es insomnio tiene tratamiento, sin pastillas.

    En breve

    • Con los años el sueño se vuelve más liviano, más corto de noche y más entrecortado, y eso es normal.
    • El insomnio de verdad (no poder dormir y pagarlo de día) afecta a cerca de 3 de cada 10 mayores, y casi siempre tiene detrás una enfermedad, un medicamento, un cambio de hábitos o el ánimo.
    • Las pastillas para dormir ayudan poco a esa edad y aumentan las caídas, la confusión y las fracturas.
    • Lo que funciona es la terapia cognitivo conductual para el insomnio, que también sirve en mayores y se adapta a ellos.

    ¿Es normal dormir peor después de los 60?

    Sí, en parte. ¿Es hora de preocuparse, o esto es solo la vejez? El sueño cambia con la edad aunque la persona esté completamente sana, y conviene saber qué cambia para no tratar como enfermedad algo que es la fisiología de esa etapa.

    El metaanálisis de referencia sobre cómo cambia el sueño a lo largo de la vida, con 65 estudios de polisomnografía o actigrafía en 3.577 personas sanas de 5 a 102 años, encontró que en la adultez bajan con la edad el tiempo total de sueño, la eficiencia (la proporción del tiempo en cama que de verdad se duerme), el sueño profundo y el REM, mientras suben el tiempo para dormirse, el sueño ligero y el tiempo despierto después de haberse dormido.

    Un detalle importante: pasados los 60, el único parámetro que sigue cayendo de forma significativa es la eficiencia. Y los efectos eran mucho más marcados en los estudios que no habían excluido a personas con enfermedades, apnea o consumo de sustancias (Ohayon, Carskadon, Guilleminault y Vitiello, 2004). Dicho en simple: buena parte del “sueño malo de la vejez” es de las enfermedades que se acumulan, no de la edad.

    Morin y Espie (2004, pp. 4-5) lo resumen así: la edad es probablemente la variable más importante para la calidad y la duración del sueño; el sueño profundo se reduce de forma marcada, aumenta el tiempo en las fases ligeras, los despertares son más frecuentes y más largos, y los mayores tienden a pasar más tiempo en cama intentando compensar, con lo que una parte cada vez mayor de ese tiempo transcurre despierto y el sueño se vuelve menos eficiente.

    La guía española de insomnio en atención primaria lo dice con una frase que vale la pena repetirle a cualquier hijo preocupado: las personas mayores “no duermen menos que el resto de la población, sino que duermen distinto” (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 30). Su tabla de características incluye menos sueño nocturno, tendencia a las siestas, sueño más fragmentado, despertares más largos, umbral de despertar más bajo (cualquier ruido despierta) y una tendencia a acostarse y despertarse más temprano.

    El reloj que se adelanta

    Con los años el reloj interno se adelanta: la somnolencia llega antes en la tarde y el despertar llega antes en la madrugada. Morin y Espie (2004, p. 40) describen que en mayores la propensión a dormir empieza a caer a las cinco de la mañana (en jóvenes sigue alta a las siete) y aumenta entre las siete y las nueve de la noche.

    Si tu papá se duerme a las nueve y se despierta a las cuatro, durmió siete horas: no tiene insomnio, tiene el reloj corrido. Los mismos autores advierten que este despertar precoz no debería confundirse con depresión si no hay otros signos que la apoyen.

    Y una advertencia que viene de una revisión clásica sobre el tema: no es la edad en sí la que quita el sueño, sino los cambios del ritmo circadiano, los trastornos primarios del sueño, las enfermedades médicas y psiquiátricas y los medicamentos, con los factores psicosociales encima.

    Dormir poco aumenta la necesidad de siestas, reduce atención y memoria, enlentece la respuesta y afecta las relaciones, así que cualquier queja de sueño en un mayor merece que alguien busque sus causas (Ancoli-Israel y Cooke, 2005).

    ¿Qué tan común es el insomnio en el adulto mayor?

    Muy común, y más de lo que se diagnostica. Una revisión de 252 estudios con casi un millón de mayores de 60 años de 36 países que viven en la comunidad (no en residencias) estimó que el 29 % tiene insomnio, el 40 % mala calidad de sueño, el 19 % somnolencia diurna excesiva y el 46 % apnea obstructiva del sueño, sin diferencias entre hombres y mujeres (Canever et al., 2024).

    No es que uno de cada dos mayores esté enfermo: es que los problemas de sueño se superponen y muchos ni se consultan.

    La cifra depende de cómo se pregunte. La guía española recoge que alrededor de un 32 % de los mayores refiere perturbaciones del sueño, pero la cifra baja a cerca del 12 % cuando se aplican los criterios diagnósticos de insomnio, y que los síntomas más frecuentes son el despertar precoz y el “despertar cansado” (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 28).

    La misma guía anota dos consecuencias que importan a esta edad: tiempos de reacción más lentos y peor equilibrio, con más caídas; y déficits de atención y memoria por dormir mal que “podrían ser malinterpretados como propios de un deterioro cognitivo leve o demencia”. Antes de asustarte por la memoria de tu papá o tu mamá cuando duermen mal, conviene arreglar el sueño primero y volver a mirar.

    Para Chile no encontramos un estudio de prevalencia específico en mayores, así que no vamos a inventar una cifra. Lo que sí podemos decir es que la cifra mundial sale de 36 países y no cambia con el sexo, y no hay motivo para pensar que Chile sea la excepción.

    Causas del insomnio en adultos mayores: por qué no duerme y qué sí se puede tratar

    Cuando un mayor no duerme, la pregunta útil es “qué le está quitando el sueño”, antes que “qué pastilla le doy”. Casi siempre hay algo, y casi siempre se puede hacer algo con eso.

    Dolor, ganas de orinar y otras enfermedades del cuerpo

    La artrosis que duele al girarse, la insuficiencia cardíaca que ahoga al acostarse, el reflujo, la próstata o la vejiga que obligan a levantarse dos o tres veces. MedlinePlus lista más de diez causas médicas de los trastornos del sueño en ancianos, y varias son tratables. Ohayon y sus colegas (2004) encontraron justamente que el deterioro del sueño con la edad era mucho menor en las personas sanas: el cuerpo que duele o que despierta a orinar pesa más que los años.

    Los medicamentos que quitan el sueño

    Los mayores toman más fármacos que nadie, y varios alteran el sueño. La guía española de insomnio nombra entre las sustancias que lo perturban a los estimulantes (cafeína incluida), los corticoides, los bloqueantes adrenérgicos y los broncodilatadores, y recuerda que en los pacientes polimedicados hay que considerar siempre “la contribución que algunos fármacos tienen en el problema de insomnio” antes de añadir otro (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, pp. 86, 125). Un diurético tomado a última hora, además, garantiza levantarse a orinar. Una revisión de la lista de medicamentos con el médico tratante es de las intervenciones más rentables que existen para el sueño de un mayor.

    Apnea y piernas inquietas, que no siempre se notan

    Casi la mitad de los mayores de 60 tiene apnea obstructiva del sueño según la revisión de Canever et al. (2024), y muchos no lo saben porque duermen solos o porque la pareja se acostumbró al ronquido. La apnea fragmenta el sueño desde adentro y se vive como “me despierto muchas veces y no descanso”. Los movimientos periódicos de las piernas durante el sueño, más frecuentes en mayores, hacen algo parecido (Morin y Espie, 2004, p. 40). Ninguna terapia ni pastilla arregla eso: lo arregla un diagnóstico, y para eso está el estudio del sueño. Si hay ronquido fuerte, pausas respiratorias o somnolencia de día, el test de somnolencia de Epworth ayuda a decidir si vale la pena consultar.

    Depresión, duelo y soledad

    La depresión en mayores se presenta muchas veces sin tristeza evidente: como insomnio, falta de energía, quejas del cuerpo o irritabilidad. Después de una viudez, una jubilación o una mudanza, el sueño suele ser lo primero que se rompe. Cuando el despertar de madrugada viene acompañado de pérdida de interés, falta de apetito o pensamientos de que no vale la pena seguir, lo primero que hay que atender es el ánimo, no el sueño. Tienes una guía sobre cómo evaluar la depresión en adultos mayores con la escala de Yesavage, y una guía completa sobre la depresión.

    Los hábitos que trae la jubilación

    El factor que más se pasa por alto y el que más se puede cambiar. Sin horario de trabajo, la cama se vuelve un refugio: se acuestan a las nueve “porque no hay nada que hacer”, se quedan hasta las nueve de la mañana “por si duermen un poco más”, y en el día cabecean frente a la tele.

    Morin y Espie (2004, p. 128) señalan que los jubilados tienen más libertad justamente sobre los dos factores que perpetúan el insomnio: la hora de levantarse y el tiempo despierto en la cama por la mañana. Más tiempo en cama para la misma cantidad de sueño produce un sueño más fragmentado y una persona que se siente peor.

    Sobre esto se trabaja en terapia, y es lo que explica por qué en mayores los componentes que mejor funcionan son la restricción del tiempo en cama y el control de estímulos.

    Pastillas para dormir en el adulto mayor: los riesgos que hay que conocer

    Los hipnóticos (benzodiacepinas como el clonazepam, el lorazepam o el alprazolam, y los fármacos “Z” como el zolpidem y la zopiclona) son lo más recetado para el insomnio en mayores, y la evidencia sobre su balance a esa edad es bastante clara: ayudan poco y cuestan mucho.

    Ayudan poco: lo que muestra la evidencia

    El metaanálisis que reunió 24 ensayos clínicos con 2.417 mayores de 60 años midió las dos caras. Del lado del beneficio, frente a placebo los hipnóticos mejoraron la calidad del sueño con un tamaño del efecto pequeño (0,14), sumaron en promedio 25 minutos de sueño y redujeron los despertares en 0,63 por noche.

    Del lado del costo, los efectos adversos cognitivos fueron 4,8 veces más frecuentes, los psicomotores 2,6 veces y la fatiga diurna 3,8 veces. Los autores concluyen que en mayores de 60 el beneficio puede no justificar el riesgo, sobre todo si hay factores de riesgo de caídas o de deterioro cognitivo (Glass, Lanctôt, Herrmann, Sproule y Busto, 2005). Ese es el estudio en el que se apoya la guía española cuando dice que la relación beneficio/riesgo de los hipnóticos en mayores es desfavorable y que, en general, no se recomiendan (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, pp. 15, 87).

    Por qué pesan más a esta edad tiene explicación. Ashton (2002, cap. I) describe que los mayores son más sensibles a los efectos depresores de las benzodiacepinas sobre el sistema nervioso: las metabolizan más lento, el fármaco se acumula con el uso regular y, aun con la misma concentración en sangre, el efecto es mayor.

    El resultado puede ser confusión, deambulación nocturna, amnesia, pérdida de equilibrio, efecto resaca y una “pseudodemencia” que a veces se atribuye por error al Alzheimer. Por eso, si se usan, la recomendación es la mitad de la dosis de adulto y por poco tiempo (Ashton, 2002, cap. I; Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 16).

    Las caídas: el riesgo que más importa

    Las caídas son el riesgo que más importa, porque una cadera rota a los 80 cambia una vida. Una revisión de 248 estudios sobre psicofármacos y caídas en mayores encontró que las benzodiacepinas se asocian a un 42 % más de caídas, y las de acción larga a un 81 % más (Seppala et al., 2018).

    Otra revisión, centrada en fracturas de cadera, encontró un 52 % más de riesgo con benzodiacepinas y un 90 % más con fármacos Z, sin que los “nuevos” fueran más seguros que los “viejos”; el riesgo más alto fue en las primeras semanas de uso, que es cuando la persona todavía no sabe cómo le cae el remedio y se levanta de noche al baño (Donnelly, Bracchi, Hewitt, Routledge y Carter, 2017).

    Todo esto está recogido en los Criterios de Beers de la Sociedad Americana de Geriatría, la lista de referencia de medicamentos potencialmente inapropiados en mayores de 65, actualizada en 2023 y pensada para apoyar (no reemplazar) la decisión compartida entre médico y paciente (AGS Beers Criteria Update Expert Panel, 2023).

    La guía española reproduce la versión anterior de esos criterios aplicada al insomnio: las benzodiacepinas de vida media larga por la sedación prolongada y las caídas, dosis máximas para las de acción corta, y los antihistamínicos sedantes como la difenhidramina y la hidroxicina “no deberían usarse como hipnótico” por su acción anticolinérgica, con confusión y sedación (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, pp. 88-89). Eso incluye buena parte de lo que se compra “para dormir” sin receta.

    ¿Y la demencia?

    Aquí conviene no exagerar. Un metaanálisis reciente de estudios observacionales no encontró una asociación estadísticamente significativa entre el uso crónico de benzodiacepinas y la demencia (razón de riesgo 1,17, con un intervalo que incluye el 1) ni con el Alzheimer (Rivas et al., 2025).

    El daño cognitivo que sí está demostrado es el agudo: la confusión, la amnesia y el enlentecimiento mientras se toma el fármaco. Que se parezca a una demencia no significa que la cause, y en muchos casos mejora al retirarlo.

    ¿Y la melatonina, los antihistamínicos y “lo natural”?

    La melatonina baja con la edad, y por eso suena lógico reponerla. La guía española revisó la evidencia y encontró resultados mixtos: dos metaanálisis que no encontraron pruebas suficientes para usarla como hipnótico en general, y un ensayo en mayores con insomnio primario con melatonina de liberación retardada que mostró beneficios en latencia y calidad del sueño sin insomnio de rebote al retirarla (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, pp. 79, 90).

    Su recomendación es que la melatonina de liberación retardada “puede ser utilizada” en mayores de 55 con insomnio, con grado B. Es la opción farmacológica con menos riesgo, pero no es milagrosa, y la que se vende como suplemento en Chile rara vez es la formulación estudiada.

    Lo que sí está claro es qué evitar: los antihistamínicos de venta libre (difenhidramina, doxilamina, hidroxicina) están en la lista de lo que no se debe usar para dormir en mayores.

    Cómo dejar las pastillas para dormir sin pasarlo mal

    Muchos mayores llevan diez, quince, veinte años con la misma pastilla. Dejarla da miedo, a ellos y a sus hijos. ¿Y si ya es tarde, a esta edad, para dejar algo que se toma hace veinte años? La buena noticia es que se puede, a cualquier edad, y que dormir suele mejorar después.

    Ashton (2002, cap. II), que dirigió durante años una clínica de retirada de benzodiacepinas, lo dice sin rodeos: los mayores pueden retirarlas con tanto éxito como los jóvenes aunque las hayan tomado durante años, y un ensayo en 273 pacientes de atención primaria con un promedio de 15 años de uso mostró que reducir la dosis y retirarlas se acompañó de mejor sueño, mejor salud física y psicológica y menos visitas al médico.

    Su método es el mismo que en adultos: una reducción lenta y gradual, “fácilmente tolerada incluso por personas de 80 años que han tomado benzodiacepinas durante 20 años o más”.

    Qué ayuda a lograrlo está medido. Una revisión de 49 ensayos con más de 39.000 pacientes encontró que educar al paciente sobre los riesgos del fármaco y cómo reducirlo, revisar la medicación con el médico y las intervenciones educativas lideradas por un farmacéutico aumentan la proporción de personas que lo dejan, sin empeorar el sueño, la salud mental ni la función física; las intervenciones que combinan varios componentes parecen funcionar mejor que las de uno solo (Zeraatkar et al., 2025).

    Una revisión centrada en mayores de 65 y personas con deterioro cognitivo encontró tasas de abandono del hipnótico de entre 23 % y 72 % solo con material escrito, y de hasta 100 % en programas multicomponente; el único estudio en personas con deterioro cognitivo mostró que también ellas pueden dejarlo (McEvoy et al., 2025).

    La combinación que más respalda la guía española, con dos ensayos en mayores de 60, es la reducción gradual del fármaco junto con terapia cognitivo conductual: es “la más eficaz para ayudar a las personas insomnes mayores de 60 años a disminuir o dejar el consumo” (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 89). Morin y Espie (2004, p. 119) llegan a la misma conclusión: en mayores, un régimen de reducción supervisado es un componente que no puede faltar, y la terapia del insomnio sin una guía específica para bajar el fármaco no basta.

    La retirada nunca se hace por cuenta propia ni de golpe: la coordina el médico tratante, y en Chile existe un protocolo de deshabituación de benzodiacepinas del MINSAL que sirve de referencia. Si quieres entender qué fármaco toma tu familiar y cuánto dura en el cuerpo, tienes una guía de benzodiacepinas con ejemplos, dosis y vida media.

    Tratamiento del insomnio en adultos mayores: la terapia que ayuda de verdad

    La terapia cognitivo conductual para el insomnio (TCC-I) es el tratamiento de primera línea del insomnio crónico a cualquier edad, y en mayores tiene su propia evidencia.

    Lo que muestran los estudios en mayores

    Un metaanálisis de 14 estudios en adultos mayores encontró que, medido en diario de sueño, la TCC-I aumentó la eficiencia del sueño en 8,4 puntos porcentuales, acortó el tiempo para dormirse en 9 minutos y redujo el tiempo despierto en mitad de la noche en 23 minutos, con la conclusión de que es un abordaje seguro y eficaz en esta población (Huang et al., 2022).

    El tiempo total de sueño en diario fue un poco menor al terminar el tratamiento (12 minutos), lo que es esperable: la técnica acorta el tiempo en cama para consolidar el sueño, y el tiempo total se recupera después.

    Un metaanálisis en red de 34 ensayos con 21 intervenciones no farmacológicas en mayores de 60 puso a la TCC-I (con o sin estrategias de ánimo positivo añadidas) en los dos primeros lugares para la calidad del sueño, por delante de las otras intervenciones estudiadas, entre ellas la musicoterapia y los ejercicios tradicionales chinos; la musicoterapia rindió mejor en quienes dormían solo un poco mal, y la TCC-I en los peores (Song et al., 2026).

    La guía española coincide, con un matiz honesto: la efectividad de la TCC en mayores es algo menor que en jóvenes, los efectos no siempre son duraderos, el parámetro que más mejora es el tiempo despierto después de dormirse, y los componentes más eficaces son el control de estímulos y la restricción del tiempo en cama (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 86).

    Un ensayo posterior que compara TCC con zopiclona en mayores encontró que la terapia fue superior al fármaco y al placebo en eficiencia y tiempo despierto, a corto y a largo plazo (p. 87). Un ensayo con 179 mayores mostró que el control de estímulos solo, la restricción de sueño sola y la combinación funcionaron igual de bien, con ganancias mantenidas al año, y que la combinación logró más remisiones (Epstein, Sidani, Bootzin y Belyea, 2012).

    Cómo se adapta a esta edad

    Cómo se adapta a esta edad importa tanto como la técnica. Morin y Espie (2004, p. 128) recomiendan distinguir primero los cambios propios de la edad de los patológicos y ajustar los objetivos (a los 75 no se persiguen ocho horas seguidas), permitir a veces una siesta corta programada a mediodía para mejorar la alerta de la tarde, y ser firmes en dos cosas: una hora de levantarse fija y no quedarse despierto en la cama por la mañana.

    Perlis, Jungquist, Smith y Posner (2005, pp. 64, 71) usan un umbral de eficiencia del sueño más benévolo en mayores (85 % en vez de 90 %) para decidir si se amplía la ventana de sueño, y reconocen que la prohibición total de siestas “puede no ser práctica” en ellos; se trabaja la hora y la duración de la siesta en vez de suprimirla.

    Y no hace falta ser un mayor “joven” ni tener la memoria intacta: un análisis secundario de un ensayo mostró que los mayores con deterioro cognitivo leve mejoran igual que los cognitivamente intactos al terminarla, aunque a los seis meses sostienen la mejoría en menor proporción (O’Hora et al., 2026).

    Si no puedes ir a sesiones presenciales

    Para quien no puede o no quiere ir a sesiones, la TCC-I digital también tiene evidencia en mayores de 60: en 9 ensayos con 760 participantes redujo la gravedad del insomnio en cerca de 4 puntos del ISI, incluso sin un terapeuta que la guíe, aunque los estudios incluyen sobre todo mayores relativamente jóvenes y el seguimiento a largo plazo es escaso (Liu et al., 2026). Si tu papá o tu mamá tiene poca familiaridad tecnológica, que los acompañes con el programa puede ser la diferencia.

    Si quieres entender mejor de qué se trata, tienes una guía completa sobre los trastornos del sueño y el insomnio, otra sobre el modelo de las 3P del insomnio, y un test de insomnio basado en el ISI para poner un número a la gravedad antes de consultar.

    Qué pueden hacer los hijos

    Si el que no duerme es tu padre o tu madre, ¿qué puedes hacer tú, sin ser el que decide sobre sus remedios? Hay cosas concretas que ayudan más que insistir en que “deje de pensar tanto”.

    • Pedir una revisión de medicamentos. Con la lista completa (recetados y de venta libre), pregúntale al médico cuáles pueden estar alterando el sueño y a qué hora conviene tomar cada uno. Es la intervención con mejor relación esfuerzo/resultado.
    • Descartar apnea y dolor. Si ronca, si alguien lo vio dejar de respirar, si se levanta con dolor de cabeza o cabecea de día, pide un estudio del sueño. Si le duele algo de noche, ese dolor se trata.
    • Cuidar el reloj. Luz natural de mañana, algo de actividad de día, cena no muy tarde, y cuidado con acostarse a las ocho “porque no hay nada que hacer”: eso garantiza despertarse a las tres.
    • Limitar el tiempo en cama, no el sueño. Una hora fija para levantarse, aunque haya dormido mal, y no quedarse en la cama despierto por la mañana. Si hay siesta, corta y temprano.
    • No comprar nada “para dormir” en la farmacia sin preguntar. Los antihistamínicos sedantes están en la lista de lo que no se debe dar a un mayor.
    • Si toma un hipnótico hace años, no se lo quites tú. Se reduce de a poco, con el médico y con apoyo psicológico, y la evidencia dice que a esa edad se logra.
    • Mirar el ánimo. Un mayor que no duerme, no come y dejó de interesarse por lo que le gustaba no tiene un problema de sueño: tiene una depresión que se presenta así.

    Cuándo consultar

    Dormir distinto a los 70 no necesita a nadie. Consulta cuando se cumplen estas condiciones:

    • La dificultad para dormir o mantenerse dormido ocurre tres o más noches por semana desde hace tres meses o más, y se nota de día: cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse. Es la definición de trastorno de insomnio del DSM-5 de la Asociación Americana de Psiquiatría, y vale igual a los 30 que a los 80.
    • Hay ronquido fuerte, pausas respiratorias observadas o somnolencia de día. Ahí lo primero es un especialista en sueño, no una terapia.
    • Apareció confusión nocturna, deambulación, episodios de no saber dónde está o cambios bruscos de conducta. Eso puede ser un delirium, a veces provocado por el propio hipnótico, y se atiende con urgencia.
    • Junto con el sueño se deterioró la memoria de forma sostenida. Primero se arregla el sueño y se revisan los fármacos; si persiste, corresponde una evaluación del deterioro cognitivo.
    • Hay ánimo bajo persistente, pérdida de interés o ideas de que no vale la pena seguir. Se atiende antes que el sueño, y con urgencia si hay ideas de muerte.
    • Lleva meses o años con una pastilla para dormir y quiere dejarla, o ya no le hace efecto.

    Si nada de lo anterior aplica y el problema es que se acuesta temprano, se despierta de madrugada y se queda en la cama esperando, es insomnio, y a esa edad se trata con terapia cognitivo conductual adaptada: control de estímulos, un horario de cama más ajustado, siestas ordenadas y trabajo sobre las ideas que rodean la noche. Se puede hacer en persona u online, y con un familiar acompañando si hace falta.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuántas horas debe dormir un adulto mayor?

    No hay una cifra obligatoria. Con la edad el sueño nocturno se acorta y se vuelve más liviano, y parte de las horas se reparten en siestas. Lo que importa es cómo funciona la persona de día. Si duerme seis horas y media, se levanta con energía y no cabecea, no tiene un problema; si duerme “ocho” pero despierto en la cama la mitad, sí.

    ¿Es normal que mi papá se despierte a las 4 de la mañana?

    Con frecuencia, sí. El reloj interno se adelanta con la edad: la somnolencia llega antes en la tarde y el despertar antes en la madrugada. Si se acuesta a las nueve y se despierta a las cuatro, durmió siete horas. El problema aparece cuando se acuesta cada vez más temprano para compensar y el sueño se fragmenta, o cuando el despertar viene con ánimo bajo.

    ¿Qué pastilla para dormir es segura para un adulto mayor?

    Ninguna es inocua a esa edad. Benzodiacepinas y fármacos Z aumentan caídas, fracturas y confusión, y los antihistamínicos de venta libre están en la lista de medicamentos a evitar en mayores. La opción con menos riesgo es la melatonina de liberación retardada, con beneficio modesto. La decisión es del médico, con la dosis más baja y por el menor tiempo posible.

    Mi mamá toma clonazepam hace 15 años para dormir. ¿Puede dejarlo?

    Sí, y la evidencia dice que los mayores lo logran tan bien como los jóvenes, incluso tras décadas de uso, con mejor sueño y mejor salud después. Se hace con reducción gradual coordinada por el médico, nunca de golpe, y con apoyo psicológico: la combinación de retirada lenta y terapia cognitivo conductual es la que más ayuda.

    ¿Las pastillas para dormir causan Alzheimer?

    No está demostrado. Un metaanálisis reciente no encontró una asociación significativa entre el uso crónico de benzodiacepinas y la demencia ni el Alzheimer. Lo que sí producen mientras se toman es confusión, amnesia y lentitud, que pueden parecer una demencia y que suelen mejorar al retirarlas. Es motivo suficiente para reducirlas, sin necesidad de asustar con algo que no está probado.

    ¿La terapia para el insomnio funciona en personas mayores?

    Sí. En mayores de 60, la terapia cognitivo conductual mejora la eficiencia del sueño y reduce en más de 20 minutos el tiempo despierto durante la noche, con efectos que se mantienen al año en varios ensayos, y es la intervención no farmacológica mejor clasificada. Se adapta: objetivos realistas, siesta corta permitida, hora de levantarse fija. También sirve en personas con deterioro cognitivo leve.

    ¿Sirven las siestas o hay que prohibirlas?

    Depende. Una siesta corta programada a mediodía puede mejorar la alerta de la tarde sin dañar la noche, y los manuales de terapia reconocen que prohibirla del todo en mayores no siempre es práctico: se ordena su hora y su duración en vez de suprimirla. Lo que sí daña el sueño nocturno es cabecear varias veces al día frente a la tele o dormir una hora después de almuerzo.

    Esta noche, en la casa de tus padres

    Lo primero no es una pastilla ni una infusión: es una pregunta. ¿A qué hora se acuesta, a qué hora se levanta, cuántas veces va al baño, qué remedios toma y a qué hora, ronca? Con esas cinco respuestas un profesional ya sabe por dónde empezar.

    Y si la respuesta es “lleva años sin dormir bien y con la misma pastilla”, ese es un motivo suficiente para pedir hora: el insomnio en el adulto mayor se trata, sin fármacos, y en la mayoría de los casos mejora.

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    Referencias

    AGS Beers Criteria Update Expert Panel. (2023). American Geriatrics Society 2023 updated AGS Beers Criteria® for potentially inappropriate medication use in older adults. Journal of the American Geriatrics Society, 71(7), 2052-2081. https://doi.org/10.1111/jgs.18372

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    Ashton, C. H. (2002). Benzodiazepines: How they work and how to withdraw (ed. revisada). Universidad de Newcastle. https://www.benzo.org.uk/manual/

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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