Categoría: Psicología de la Salud

  • Dolor Crónico y Psicología: Por Qué el Dolor No Es Solo Físico

    Dolor Crónico y Psicología: Por Qué el Dolor No Es Solo Físico

    Si llevas meses con dolor, ya te habrán dicho de todo. Que es la postura. Que es el estrés. Que “no sale nada” en los exámenes. Y en algún momento, con más o menos delicadeza, alguien habrá insinuado que es psicológico. Esa frase suele caer como un insulto, y con razón: suena a “te lo estás inventando”.

    Lo que la ciencia del dolor sabe hoy es otra cosa. El dolor crónico es real, tiene mecanismos medibles en el sistema nervioso, y al mismo tiempo la psicología pesa en él mucho más de lo que la mayoría imagina. Ambas cosas son ciertas a la vez. En Chile, además, uno de cada tres adultos convive con dolor crónico no oncológico, y cerca del 40 % de quienes lo padecen en el mundo tienen síntomas de depresión o de ansiedad.

    Aquí vas a encontrar qué significa “dolor crónico y psicología” sin rodeos: qué pasa en el sistema nervioso cuando el dolor se instala, por qué el miedo a moverse lo empeora, qué relación tiene con la depresión, qué hace de verdad un psicólogo en estos casos y cuánto ayudan la terapia cognitivo-conductual y la terapia de aceptación y compromiso, con los números en la mano.

    En pocas palabras

    El dolor crónico es el que dura más de tres meses. Con el tiempo, el sistema nervioso se vuelve más sensible (sensibilización central) y los pensamientos catastróficos, el miedo al dolor y la evitación de actividad lo mantienen. La terapia psicológica (TCC y ACT) reduce la discapacidad, la depresión y el malestar, con efectos pequeños a moderados que se mantienen en el tiempo. No reemplaza al médico: trabaja con él.

    ¿Qué es el dolor crónico y por qué importan los tres meses?

    El dolor crónico es el que persiste o vuelve durante más de tres meses. Ese límite lo fija la clasificación de la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) incorporada a la CIE-11, que por primera vez le da al dolor crónico un lugar propio entre los diagnósticos (Treede et al., 2019). No es un capricho de calendario: a esa altura el dolor suele haber dejado de cumplir su función de alarma.

    La misma clasificación distingue dos grupos. El dolor crónico secundario es un síntoma de otra enfermedad: cáncer, una lesión nerviosa, una cirugía, artritis. El dolor crónico primario (fibromialgia, lumbalgia inespecífica, cefalea crónica) es una enfermedad en sí mismo: el dolor persiste sin que haya un daño que lo explique en proporción. Esta segunda categoría es donde la psicología tiene más que decir.

    Chile adoptó una definición parecida en la Ley 21.531, publicada en febrero de 2023: dolor crónico no oncológico es el que “aparece y se extiende por doce semanas de duración o más y se manifiesta a través de síntomas físicos y psicológicos” (artículo 3). La propia ley reconoce, en su artículo 2, el derecho a “terapias físicas y psicológicas”. Volveremos sobre ella al final.

    Para quien quiera una explicación general en lenguaje simple, MedlinePlus tiene una buena página de partida.

    ¿Cuánta gente vive con dolor crónico en Chile?

    Alrededor de un tercio de los adultos. Una encuesta telefónica nacional con 865 personas mayores de 18 años estimó una prevalencia de dolor crónico no oncológico del 32,1 % (Bilbeny et al., 2018). Dos de cada tres lo calificaban como moderado y uno de cada cinco como severo; el 70 % tomaba algún medicamento y el 30 % de los trabajadores había tenido licencia por ese motivo.

    Un estudio poblacional en Molina, con 1.945 adultos de 38 a 74 años, llegó a una cifra muy parecida: 34,7 % de dolor crónico no oncológico, con una duración promedio de 32 meses y un impacto marcado en las actividades diarias, el sueño y el ánimo (Durán et al., 2023). Ese mismo estudio estimó un 3,3 % de fibromialgia y un 12 % de dolor neuropático, y encontró que ser mujer, tener menos años de estudio y presentar síntomas depresivos se asociaban con ambos.

    Estas cifras chilenas están por encima de lo que se ve en promedio en países en desarrollo, donde un metaanálisis de 12 estudios calculó un 18 % (Sá et al., 2019), aunque con enorme variación según cómo se defina “crónico”.

    El costo tampoco es menor. Un modelo económico desde la perspectiva del sistema de salud estimó que el dolor crónico musculoesquelético cuesta en Chile unos 1.387 millones de dólares al año, el 0,4 % del PIB, y que la depresión atribuible al dolor crónico suma por sí sola 94 millones (Vargas et al., 2018). Detrás de ese número hay 137.000 años vividos con discapacidad.

    Por qué el dolor no es solo físico: lo que pasa en el sistema nervioso

    Durante siglos se pensó que el dolor era proporcional al daño. Descartes lo dibujó como un hilo que va del pie quemado al cerebro, y ese modelo duró hasta mediados del siglo XX. Como explica Amigo Vázquez (2015) en su manual de psicología de la salud, dos observaciones lo derrumbaron: el dolor del miembro fantasma (duele una pierna que ya no está) y el hallazgo de Beecher en la Segunda Guerra Mundial, cuando comprobó que ante heridas comparables el 80 % de los civiles pedía analgésicos y solo el 25 % de los soldados lo hacía. Para ellos, la herida significaba volver a casa.

    La puerta de Melzack y Wall

    En 1965, un psicólogo (Melzack) y un anatomista (Wall) propusieron la teoría de la compuerta: la señal de dolor que sube desde el cuerpo pasa por una especie de puerta en la médula espinal, y esa puerta se abre o se cierra en función de mensajes que bajan desde el cerebro. La ansiedad, el miedo y el estrés la abren; la atención puesta en otra cosa y las creencias sobre lo que significa el dolor la modulan (Amigo Vázquez, 2015). Es la razón por la que frotarse un dedo golpeado alivia, y por la que un tenista puede torcerse el tobillo en pleno partido y notarlo recién al terminar.

    Melzack y Casey describieron en 1968 tres dimensiones del dolor que siguen vigentes: la sensorial (dónde y cuánto duele), la afectiva (cuán desagradable resulta) y la cognitiva (qué pienso sobre él y cuánta atención le presto). Las tres se influyen entre sí (Amigo Vázquez, 2015).

    La sensibilización central: cuando el sistema “aprende” a doler

    La pieza que faltaba llegó de la neurociencia. La sensibilización central es un aumento prolongado (aunque reversible) de la excitabilidad de las neuronas que procesan el dolor en la médula y el cerebro. El sistema responde con más intensidad a estímulos que antes no dolían, o que dolían poco. Según la revisión de referencia de Clifford Woolf, este mecanismo contribuye al dolor de la fibromialgia, la artrosis, las cefaleas, los trastornos de la articulación temporomandibular, el dolor neuropático y el dolor posquirúrgico (Woolf, 2011). Y explica algo que desconcierta a muchos pacientes: síndromes de dolor sin inflamación ni lesión visible, con presentaciones clínicas parecidas entre sí.

    La clasificación actual llama a este tipo dolor nociplástico: dolor que surge de una alteración en cómo el sistema nervioso procesa las señales, no de un daño en los tejidos. Es dolor real, con base biológica. Solo que la base no está donde uno la busca.

    El círculo del miedo-evitación: cómo el dolor se instala

    Aquí entra de lleno la psicología. El modelo de miedo-evitación, formulado por Vlaeyen y Linton y revisado por sus propios autores en Pain, explica por qué una minoría de personas con un dolor agudo termina con un problema crónico (Vlaeyen, Crombez y Linton, 2016). La secuencia es esta:

    1. Aparece el dolor.
    2. La persona lo interpreta de forma catastrófica (“algo se rompió”, “esto va a ir a peor”).
    3. Esa interpretación produce miedo al dolor y al movimiento (kinesiofobia).
    4. El miedo lleva a evitar: dejar de caminar, de trabajar, de salir.
    5. La evitación produce desuso, pérdida de condición física, aislamiento y ánimo bajo.
    6. Todo eso baja el umbral del dolor, y el círculo vuelve a empezar.

    Una revisión de la evidencia de cada componente del modelo respalda el papel del miedo relacionado con el dolor en tres momentos: el inicio de la lumbalgia, el paso de aguda a crónica y el mantenimiento del dolor persistente (Leeuw et al., 2007).

    Los números son contundentes. Un metaanálisis de 335 estudios con más de 65.000 participantes encontró que la catastrofización, el miedo al dolor y la vigilancia constante al dolor tienen asociaciones medianas a grandes con la ansiedad, la depresión y la discapacidad, y medianas con la intensidad del dolor mismo (Rogers y Farris, 2022).

    Qué es exactamente el catastrofismo

    Conviene definirlo bien porque no es “exagerar”. Amigo Vázquez (2015) lo describe como un estilo de afrontamiento con tres componentes: rumiación (“cada vez que giro la cabeza me da una punzada”), magnificación (“si no encuentro tratamiento pronto no voy a poder caminar”) e indefensión (“nadie sabe cómo solucionarlo y no lo soporto más”). Son pensamientos que aparecen solos ante el dolor; nadie los elige. Lo que sí se puede hacer es aprender a responder distinto cuando aparecen, y eso es parte del trabajo en terapia.

    Hay un detalle más que el mismo manual recoge: las conductas de dolor (quejarse, protegerse, tomar medicación, quedarse en cama) pueden terminar mantenidas por lo que consiguen del entorno, según describió Fordyce en los años setenta. Cuanto más solícito es el cuidador, más intenso reporta el paciente su dolor. No es manipulación: es aprendizaje, y ocurre sin que nadie se dé cuenta.

    Dolor crónico y depresión: una calle de doble sentido

    Cerca del 40 % de los adultos con dolor crónico tiene síntomas clínicos de depresión, y otro 40 % de ansiedad. Es el resultado del metaanálisis más grande hasta la fecha, con 376 estudios de 50 países y más de 347.000 personas (Aaron et al., 2025). En concreto: depresión clínica en el 39,3 % y ansiedad en el 40,2 %; un 36,7 % cumplía criterios de trastorno depresivo mayor. La cifra sube en fibromialgia (54 % de depresión) y baja en artrosis (29 %). Las mujeres, las personas jóvenes y quienes tienen dolor nociplástico son las más afectadas.

    La relación va en las dos direcciones. Una revisión clásica publicada en Archives of Internal Medicine mostró que el dolor dificulta reconocer y tratar la depresión; que cuando el dolor es moderado o severo, limita la función o no responde al tratamiento, la depresión es peor y tiene peores desenlaces; y que la depresión, a su vez, se asocia con más quejas de dolor y más deterioro (Bair et al., 2003). Ambas condiciones comparten vías biológicas y neurotransmisores, por lo que los autores concluyen que hay que evaluarlas y tratarlas a la vez.

    Fordyce y Steger observaron hace décadas por qué la ansiedad se enreda distinto con el dolor crónico que con el agudo (Amigo Vázquez, 2015). En el dolor agudo, el tratamiento alivia y la ansiedad baja con él. En el crónico, el tratamiento tiene efectos limitados, la ansiedad crece al no poder aliviarlo, y esa ansiedad hace doler más. La frustración de no encontrar respuesta es parte del problema, no una reacción aparte.

    Si te reconoces en esto, el artículo sobre qué es la depresión y cómo se trata explica cómo distinguir un bajón esperable de un cuadro que necesita tratamiento propio.

    “¿Entonces el dolor es psicológico?” El mito que hay que desarmar

    Este es el malentendido más frecuente, y vale la pena nombrarlo como lo que es: un mito. Que la psicología influya en el dolor no significa que el dolor esté “en tu cabeza” en el sentido de inventado. La sensibilización central ocurre en neuronas reales. El dolor nociplástico tiene marcadores medibles. Y el miedo-evitación produce desuso muscular concreto.

    Lo que sí es cierto es que el cerebro construye la experiencia del dolor con toda la información que tiene: la señal del cuerpo, el contexto, lo que la persona cree que significa, su historia previa y su estado de ánimo. Amigo Vázquez (2015) lo resume así: la respuesta de dolor no es una mera reacción a un estímulo, sino una respuesta compleja que incluye los aprendizajes previos, el estilo de afrontamiento, los pensamientos y las emociones. Por eso un psicólogo tiene algo que aportar, y por eso ese aporte no invalida el diagnóstico médico.

    Hay otra cara del mito que duele más. Según estudios cualitativos recogidos en el mismo manual, las personas con dolor crónico sienten que los demás no les creen, se comparan constantemente con quienes eran antes, y terminan retirándose de la vida social para no ser una carga. Ese aislamiento también alimenta el dolor.

    Qué hace un psicólogo especializado en dolor crónico

    Un psicólogo que trabaja con dolor crónico no intenta convencerte de que no duele. Evalúa cómo el dolor se ha instalado en tu vida y qué lo está manteniendo, para intervenir justo ahí. Trabaja en paralelo con el médico tratante, nunca en su lugar.

    La evaluación

    La primera etapa es una entrevista detallada. Amigo Vázquez (2015), siguiendo a Fordyce, propone un análisis funcional que recorre preguntas concretas: intensidad, frecuencia y horarios del dolor; en qué contextos aparecen las quejas; qué condiciones físicas, emocionales o sociales lo suben o lo bajan; cómo reacciona la familia; qué actividades se abandonaron desde que empezó; y una que suele ser reveladora: qué harías si el dolor no existiera.

    A eso se suman cuestionarios. El clásico es el Cuestionario de Dolor de McGill, que mide no solo la intensidad sino la dimensión afectiva y evaluativa del dolor. También se evalúa ansiedad, depresión (a menudo con instrumentos adaptados a dolor crónico), estrategias de afrontamiento y el impacto en el estilo de vida: pareja, trabajo, ocio. Si quieres una referencia de cómo se miden ansiedad y depresión en consulta, hay una guía de tests de autoevaluación para depresión y ansiedad en este sitio.

    Lo que la evaluación decide

    Según lo que aparezca, el tratamiento cambia. Si el problema principal son conductas de dolor mantenidas por el entorno, el foco será el manejo de contingencias con la familia. Si es la evitación, será la recuperación gradual de actividad. Si es la ansiedad y la atención fija en el dolor, serán técnicas cognitivas y de regulación. Casi siempre es una combinación.

    Terapia psicológica para el dolor crónico: qué funciona y cuánto

    Aquí conviene ser honesto con los números, porque los sitios que prometen “eliminar el dolor con la mente” hacen daño. La terapia psicológica tiene efectos reales, medidos en decenas de ensayos, y esos efectos son moderados. Lo que más cambia es la discapacidad, el ánimo y la capacidad de vivir con el dolor; la intensidad baja menos.

    Terapia cognitivo-conductual (TCC)

    Es el tratamiento psicológico con más estudios. La revisión Cochrane de 2020 reunió 75 ensayos con 9.401 participantes, en su mayoría con fibromialgia, lumbalgia crónica, artritis reumatoide o dolor mixto (Williams et al., 2020). La TCC, comparada con el tratamiento habitual, mostró beneficios pequeños pero consistentes al terminar: en dolor (diferencia estandarizada de -0,22), en discapacidad (-0,32) y en malestar emocional (-0,34), con evidencia de calidad moderada. Esos beneficios se mantenían en gran parte a los 6 y 12 meses. Frente a un control activo (otra intervención con la misma atención), las diferencias fueron muy pequeñas.

    ¿Qué se hace en una TCC para dolor? Amigo Vázquez (2015) enumera los componentes: análisis funcional para saber qué mantiene el dolor; manejo de contingencias con la familia cuando hay conductas de dolor reforzadas; recuperación gradual de la actividad física ajustada a lo posible; técnicas de atención (distracción, transformación de las sensaciones, describir el dolor de forma objetiva); relajación; y, sobre todo, la modificación de los pensamientos catastróficos mediante registro y experimentos conductuales. Puedes leer cómo funciona el enfoque en general en qué es la terapia cognitivo-conductual.

    Un dato del mismo manual que vale la pena tener presente: la relajación por sí sola, sin el resto del paquete, tiene evidencia sólida en cefalea tensional y migraña, pero resultados dudosos en otros dolores crónicos.

    Terapia de aceptación y compromiso (ACT)

    La ACT plantea algo distinto. En vez de pelear con el dolor para bajarlo, trabaja para que el dolor deje de mandar sobre la vida: recuperar las actividades valiosas que se abandonaron, aunque el dolor siga ahí. Hayes, Strosahl y Wilson (2015) lo llaman flexibilidad psicológica: estar en contacto con el momento presente tal como es, sin defenderse de él, y persistir o cambiar la conducta según los valores que uno elige (p. 126).

    La evidencia es reciente y creciente. Un metaanálisis de 33 ensayos aleatorizados con 2.293 participantes encontró efectos pequeños a medianos de la ACT sobre la intensidad del dolor (g = 0,44 al terminar; 0,34 en seguimiento), la función física (0,59; 0,56), la depresión (0,43 en ambos momentos), la ansiedad (0,43; 0,35) y la calidad de vida (0,45; 0,43), y el análisis secuencial indicó que no eran hallazgos casuales (Lai et al., 2023). La ACT presencial rindió más que la versión por internet en los resultados físicos, y las personas con fibromialgia y cefalea crónica se beneficiaron más que las de dolor inespecífico.

    Una revisión de nueve revisiones sistemáticas confirmó el patrón: al terminar, la ACT reduce depresión, ansiedad y catastrofización y mejora la aceptación del dolor; a seis meses mejora la función y la calidad de vida; a 6-12 meses sigue reduciendo la catastrofización (Martinez-Calderon et al., 2024). Los autores advierten que las revisiones se solapan mucho entre sí y rara vez califican la certeza de la evidencia. La Cochrane de 2020, más conservadora, analizó solo cinco ensayos de ACT y calificó su evidencia como de muy baja calidad, aunque con un efecto grande sobre el dolor frente al tratamiento habitual.

    Hay una idea de la ACT que suele hacer clic en las personas con dolor: la diferencia entre dolor limpio y dolor sucio. El dolor limpio es la sensación. El sucio es todo lo que se le suma: la rabia, el “por qué a mí”, el esfuerzo por que pare de una vez. La terapia no promete quitar el primero; sí ayuda a soltar el segundo (Amigo Vázquez, 2015). Si te interesa el enfoque, este sitio tiene una guía sobre qué es la terapia de aceptación y compromiso y otra sobre mindfulness y cómo empezar.

    Educación en neurociencia del dolor

    Explicarle a la persona, con calma y con detalle, por qué le duele (sensibilización, sistema de alarma, miedo-evitación) es en sí una intervención. Sola, tiene efectos modestos sobre el dolor y la discapacidad, pero un metaanálisis de 12 ensayos encontró un efecto clínicamente relevante sobre la kinesiofobia a corto plazo (Watson et al., 2019). Lo que más valoraron los pacientes en los estudios cualitativos fue poder contar su propia historia.

    Combinada con ejercicio, rinde más: frente al ejercicio solo, la suma de educación y ejercicio mejoró a corto plazo el dolor, la discapacidad, la kinesiofobia y la catastrofización (Siddall et al., 2022), aunque con certeza baja a moderada.

    Resumen comparativo

    Enfoque Qué cambia más Tamaño del efecto Fuente
    TCC Discapacidad y malestar emocional; dolor algo menos Pequeño (-0,22 a -0,34 frente a tratamiento habitual), se mantiene a 6-12 meses Cochrane, 75 ensayos (Williams et al., 2020)
    ACT Función, depresión, ansiedad, calidad de vida; también dolor Pequeño a mediano (g 0,34 a 0,59) 33 ensayos (Lai et al., 2023)
    Educación en neurociencia Miedo al movimiento Relevante en kinesiofobia; modesto en dolor 12 ensayos (Watson et al., 2019)
    Educación + ejercicio Dolor, discapacidad, kinesiofobia Mayor que ejercicio solo, a corto plazo 5 ensayos (Siddall et al., 2022)

    Qué recomiendan las guías clínicas (y qué no)

    La guía NICE NG193 del Reino Unido, publicada en 2021 para dolor crónico primario en mayores de 16 años, es la más citada. Sus recomendaciones son claras: ofrecer un programa de ejercicio supervisado en grupo (1.2.1), considerar ACT o TCC para el dolor a cargo de profesionales entrenados (1.2.3), y considerar un antidepresivo tras conversar beneficios y riesgos (1.2.7), explicando que puede ayudar con el dolor, el sueño y el malestar incluso sin diagnóstico de depresión.

    Igual de importante es lo que la guía dice que no se debe iniciar para dolor crónico primario, porque no hay evidencia de beneficio y sí de daño: opioides, paracetamol, antiinflamatorios, benzodiacepinas y gabapentinoides (1.2.10). Ojo con el matiz: esto aplica al dolor primario (el que es enfermedad en sí), no al secundario, y las decisiones sobre medicamentos son siempre del médico tratante. Si ya tomas alguno, la misma guía pide revisarlo en conjunto, no suspenderlo por cuenta propia.

    Lo que estas recomendaciones muestran, en el fondo, es un cambio de paradigma: en el dolor crónico primario, moverse y trabajar con la cabeza tiene más respaldo que la mayoría de los fármacos.

    Qué puedes empezar a hacer desde hoy

    Nada de esto reemplaza un tratamiento, pero todo tiene respaldo en lo que acabas de leer.

    • Deja de esperar el día sin dolor para retomar la vida. La evitación es el motor del círculo (Vlaeyen, Crombez y Linton, 2016). Elige una actividad que abandonaste y retómala en una versión pequeña, aunque duela algo.
    • Gradúa la actividad, no la elimines. Amigo Vázquez (2015) lo describe como recuperar un nivel de actividad ajustado a las posibilidades del paciente, para mantener el tono muscular. Un poco más cada semana, no todo un sábado y tres días en cama.
    • Ponle nombre al catastrofismo. Cuando aparezca “esto va a ir a peor”, identifícalo como rumiación, magnificación o indefensión. Verlo como un pensamiento, y no como un pronóstico, ya cambia algo.
    • Cuida el sueño como parte del tratamiento. El dolor crónico altera el sueño y el mal sueño baja el umbral del dolor (Durán et al., 2023). Si el insomnio se instaló, hay un modelo de tres factores que explica cómo se perpetúa.
    • Habla con tu familia del rol que juegan. Sin culpas: que sepan que ayudar demasiado, o mirar cada gesto de dolor, puede mantenerlo sin querer.
    • Revisa cómo estás manejando el estrés general. Si el dolor llegó junto con una etapa de sobrecarga, conviene mirar qué es el estrés crónico y qué se puede hacer con él.

    Cuándo consultar a un psicólogo por dolor crónico

    Hay señales que indican que el dolor ya no es solo un problema médico:

    • Llevas más de tres meses con dolor y has dejado de hacer cosas que te importaban por miedo a que empeore.
    • Notas ánimo bajo, irritabilidad o ansiedad que no tenías antes, o has perdido interés en casi todo.
    • El dolor ocupa gran parte de tus pensamientos durante el día y te cuesta apartarlo.
    • Los exámenes no explican la intensidad del dolor y sientes que nadie te cree.
    • Duermes mal desde que empezó, o el sueño no te repara.
    • Cada consulta médica termina en frustración y en más medicamentos sin mejoría clara.

    Ninguna de esas señales significa que el dolor sea imaginario. Significan que el sistema del dolor se enredó con el ánimo, el miedo y la conducta, y que ese enredo tiene tratamiento.

    En Chile, la Ley 21.531 reconoce a las personas con fibromialgia y dolor crónico no oncológico el derecho a “una atención preferente y oportuna”, a “un diagnóstico temprano y oportuno” y a que el Estado propicie el acceso a “terapias físicas y psicológicas” (artículo 2). Y establece que las licencias médicas por estos diagnósticos “no podrán rechazarse por su solo diagnóstico” (artículo 5). Conocer esos derechos también forma parte de cuidarse.

    Si el dolor lleva meses mandando sobre tu vida, una consulta psicológica es un lugar razonable para empezar a recuperar terreno. Puedes agendar una primera sesión y ver, con calma, qué está manteniendo el dolor en tu caso.

    Preguntas frecuentes

    ¿El dolor crónico es psicológico?

    No en el sentido de inventado. El dolor crónico tiene mecanismos biológicos medibles, como la sensibilización central del sistema nervioso. Lo que sí es cierto es que el miedo, los pensamientos catastróficos, la evitación y el ánimo modulan cuánto duele y cuánto incapacita. Por eso la psicología ayuda sin que el dolor deje de ser real.

    ¿Qué relación hay entre dolor crónico y depresión?

    Alrededor del 40 % de los adultos con dolor crónico tiene síntomas clínicos de depresión, y otro 40 % de ansiedad, según un metaanálisis de 376 estudios (Aaron et al., 2025). La relación es bidireccional: el dolor empeora la depresión y la depresión aumenta el dolor y la discapacidad. Conviene tratar ambos a la vez.

    ¿Un psicólogo puede quitarme el dolor?

    No es lo que promete, y desconfía de quien lo prometa. La terapia psicológica reduce la intensidad del dolor de forma moderada; lo que más mejora es la discapacidad, el ánimo, el miedo al movimiento y la capacidad de retomar la vida. Esos cambios, en la práctica, suelen importar más que un punto menos en la escala del dolor.

    ¿Qué terapia psicológica es mejor para el dolor crónico: TCC o ACT?

    Las dos tienen respaldo y la guía NICE recomienda considerar cualquiera de ellas. La TCC tiene más estudios y efectos pequeños pero consistentes; la ACT muestra efectos pequeños a medianos en ensayos más recientes. La elección depende del caso: qué mantiene el dolor, qué prefiere la persona y con qué enfoque trabaja el profesional.

    ¿Cuánto dura la terapia psicológica para el dolor crónico?

    No hay una cifra única. Los programas evaluados en los ensayos son estructurados y acotados en el tiempo (semanas o pocos meses, no años), y la duración real depende de cuánto lleva el dolor, de si hay depresión o insomnio asociados y de los objetivos que se fijen. Lo que sí muestra la evidencia es que los beneficios se mantienen a los 6 y 12 meses de seguimiento (Williams et al., 2020).

    ¿Existe alguna ley en Chile sobre dolor crónico?

    Sí. La Ley 21.531, publicada en febrero de 2023, crea la ley de fibromialgia y dolores crónicos no oncológicos. Reconoce el derecho a atención preferente, diagnóstico oportuno y acceso a terapias físicas y psicológicas, y prohíbe rechazar licencias médicas por el solo diagnóstico. No es una garantía GES, pero fija derechos exigibles.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Aaron, R. V., Ravyts, S. G., Carnahan, N. D., Bhattiprolu, K., Harte, N., McCaulley, C. C., Vitalicia, L., Rogers, A. B., Wegener, S. T., & Dudeney, J. (2025). Prevalence of depression and anxiety among adults with chronic pain: A systematic review and meta-analysis. JAMA Network Open, 8(3), e250268. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2025.0268

    Amigo Vázquez, I. (2015). Manual de psicología de la salud (2.ª ed.). Pirámide.

    Bair, M. J., Robinson, R. L., Katon, W., & Kroenke, K. (2003). Depression and pain comorbidity: A literature review. Archives of Internal Medicine, 163(20), 2433-2445. https://doi.org/10.1001/archinte.163.20.2433

    Bilbeny, N., Miranda, J. P., Eberhard, M. E., Ahumada, M., Méndez, L., Orellana, M. E., Cid, L., Ritter, P., & Fernández, R. (2018). Survey of chronic pain in Chile: Prevalence and treatment, impact on mood, daily activities and quality of life. Scandinavian Journal of Pain, 18(3), 449-456. https://doi.org/10.1515/sjpain-2018-0076

    Durán, J., Tejos-Bravo, M., Cid, V., Ferreccio, C., & Calvo, M. (2023). Chronic pain in Chile: First prevalence report of noncancer chronic pain, fibromyalgia, and neuropathic pain and its associated factors. Pain, 164(8), 1852-1859. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000002886

    Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2015). Terapia de aceptación y compromiso: Proceso y práctica del cambio consciente (mindfulness). Desclée De Brouwer.

    Lai, L., Liu, Y., McCracken, L. M., Li, Y., & Ren, Z. (2023). The efficacy of acceptance and commitment therapy for chronic pain: A three-level meta-analysis and a trial sequential analysis of randomized controlled trials. Behaviour Research and Therapy, 165, 104308. https://doi.org/10.1016/j.brat.2023.104308

    Leeuw, M., Goossens, M. E. J. B., Linton, S. J., Crombez, G., Boersma, K., & Vlaeyen, J. W. S. (2007). The fear-avoidance model of musculoskeletal pain: Current state of scientific evidence. Journal of Behavioral Medicine, 30(1), 77-94. https://doi.org/10.1007/s10865-006-9085-0

    Ley 21.531. Crea ley de fibromialgia y dolores crónicos no oncológicos. Diario Oficial de la República de Chile, 10 de febrero de 2023. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1188919

    Martinez-Calderon, J., García-Muñoz, C., Rufo-Barbero, C., Matias-Soto, J., & Cano-García, F. J. (2024). Acceptance and commitment therapy for chronic pain: An overview of systematic reviews with meta-analysis of randomized clinical trials. The Journal of Pain, 25(3), 595-617. https://doi.org/10.1016/j.jpain.2023.09.013

    National Institute for Health and Care Excellence. (2021). Chronic pain (primary and secondary) in over 16s: Assessment of all chronic pain and management of chronic primary pain (NICE guideline NG193). https://www.nice.org.uk/guidance/ng193

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    Sá, K. N., Moreira, L., Baptista, A. F., Yeng, L. T., Teixeira, M. J., Galhardoni, R., & de Andrade, D. C. (2019). Prevalence of chronic pain in developing countries: Systematic review and meta-analysis. PAIN Reports, 4(6), e779. https://doi.org/10.1097/pr9.0000000000000779

    Siddall, B., Ram, A., Jones, M. D., Booth, J., Perriman, D., & Summers, S. J. (2022). Short-term impact of combining pain neuroscience education with exercise for chronic musculoskeletal pain: A systematic review and meta-analysis. Pain, 163(1), e20-e30. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000002308

    Treede, R.-D., Rief, W., Barke, A., Aziz, Q., Bennett, M. I., Benoliel, R., Cohen, M., Evers, S., Finnerup, N. B., First, M. B., Giamberardino, M. A., Kaasa, S., Korwisi, B., Kosek, E., Lavand’homme, P., Nicholas, M., Perrot, S., Scholz, J., Schug, S., Smith, B. H., Svensson, P., Vlaeyen, J. W. S., & Wang, S.-J. (2019). Chronic pain as a symptom or a disease: The IASP Classification of Chronic Pain for the International Classification of Diseases (ICD-11). Pain, 160(1), 19-27. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000001384

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Dejar de Fumar: Qué Aporta la Psicología (y Cuánto Sube la Tasa de Éxito)

    Dejar de Fumar: Qué Aporta la Psicología (y Cuánto Sube la Tasa de Éxito)

    Si ya intentaste dejar de fumar y volviste, estás en la mayoría. En Chile, la mitad de las personas que fuman trató de dejarlo por su cuenta en el último año, sin conseguirlo.

    Lo que casi nadie sabe es cuánto cambia la probabilidad de éxito cuando dejar de fumar se aborda con psicología: no con fuerza de voluntad, sino con un plan que trabaja el hábito, la dependencia física y las recaídas por separado.

    Aquí vas a ver las cifras reales de cada método (sin ayuda, con consejo breve, con terapia, con fármacos y combinando las dos cosas), qué hace exactamente un psicólogo en un tratamiento del tabaquismo y por qué la ansiedad de las primeras semanas es más corta de lo que parece.

    Más abajo hay un test de Fagerström interactivo, de seis preguntas, que te dice en menos de un minuto cuánta dependencia física tienes a la nicotina. Conviene leer primero qué significa ese número, porque de él depende si te basta con un plan conductual o si vale la pena sumar un tratamiento farmacológico.

    Respuesta directa: sin ningún tratamiento, solo 3 a 5 de cada 100 personas que dejan de fumar siguen sin fumar a los 6-12 meses. El apoyo psicológico (counselling conductual) sube esa probabilidad en torno a un 40-60 % en términos relativos, y combinar apoyo psicológico con fármacos casi la duplica frente al consejo breve.

    La psicología aporta el plan, el manejo de las situaciones de riesgo y la prevención de recaídas; los fármacos alivian la abstinencia física.

    ¿Por qué es tan difícil dejar de fumar por tu cuenta?

    Porque fumar sostiene dos dependencias a la vez. Una es física: la nicotina llega al cerebro en segundos y el cuerpo la reclama cuando baja. La otra es de hábito: cada cigarrillo está pegado a una situación (el café, la pausa del trabajo, el auto, la sobremesa), y esas situaciones siguen ahí cuando el cigarrillo desaparece. Un intento sin plan ataca la primera dependencia con voluntad y deja la segunda intacta.

    Lo que dicen las cifras

    Las cifras lo confirman. Una revisión de las curvas de recaída de fumadores sin tratamiento encontró que solo un 3-5 % de quienes dejan de fumar por su cuenta siguen abstinentes a los 6-12 meses, y que la mayor parte de las recaídas ocurre en los primeros 8 días (Hughes et al., 2004). Ocho días. Ese es el tramo donde la abstinencia física pega más fuerte y donde un plan hace más diferencia.

    El problema en Chile

    En Chile el problema es grande y el deseo de dejarlo también. Según el informe de consumo de tabaco de la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, un 32,5 % de las personas de 15 años o más fuma (36,7 % de los hombres y 28,5 % de las mujeres), unas 4,7 millones de personas; un 22,3 % de quienes fuman tiene dependencia alta (fuma su primer cigarrillo antes de 60 minutos de despertar), y un 49,8 % intentó dejar el cigarrillo en los últimos doce meses (Ministerio de Salud de Chile, 2018).

    La mitad de los fumadores del país lo intenta cada año. Casi nadie lo logra solo.

    El abandono por etapas

    Becoña (2013) describe el abandono del tabaco como un proceso por etapas, no como una decisión de un día.

    Siguiendo el modelo transteórico de Prochaska y DiClemente, una persona pasa por precontemplación (no ve un problema), contemplación (lo piensa, busca información), preparación (piensa hacerlo el mes que viene), acción y mantenimiento; y se considera que está en mantenimiento recién a partir del sexto mes sin fumar (pp. 124-125).

    Saber en qué etapa estás cambia lo que conviene hacer: a alguien en contemplación no le sirve una fecha para dejarlo; le sirve resolver la ambivalencia.

    ¿Cuánto sube la tasa de éxito al dejar de fumar con psicología?

    Bastante, y con evidencia de la mejor calidad que hay. El overview Cochrane de 2021, que reunió 33 revisiones y 312 ensayos con más de 250.000 participantes, encontró evidencia de certeza alta de que el counselling conductual aumenta la probabilidad de estar sin fumar a los 6 meses (OR 1,44), con o sin fármacos y sin señales de daño (Hartmann-Boyce et al., 2021).

    Más contactos, más largos y durante más tiempo tienden a mejorar el resultado, aunque el intervalo de esa ganancia extra incluye la posibilidad de que no haya diferencia.

    Con apoyo individual

    Cuando el apoyo es individual y cara a cara, una revisión Cochrane de 49 ensayos encontró que el counselling individual sube la abstinencia a 6 o más meses frente al consejo breve o el material de autoayuda (RR 1,57 sin fármacos; 11.100 participantes), y que el counselling más intensivo supera al breve (RR 1,29) (Lancaster y Stead, 2017).

    Con terapia de reemplazo de nicotina de por medio, el beneficio adicional del counselling es menor (RR 1,24), pero sigue existiendo.

    Fármacos más apoyo conductual

    Y cuando se juntan las dos cosas, el salto es mayor. Una revisión Cochrane de 52 estudios con 19.488 participantes encontró que combinar farmacoterapia con apoyo conductual casi duplica la abstinencia frente a la atención habitual o el consejo breve (RR 1,83; evidencia de alta calidad).

    El apoyo típico en esos estudios fueron entre 4 y 8 sesiones con un especialista en cesación (Stead et al., 2016).

    Los programas psicológicos multicomponentes, que veremos en la sección siguiente, tienen registros propios.

    Becoña (2013) reporta que las técnicas conductuales eficaces logran entre un 60 y un 90 % de abstinencia al terminar el tratamiento y que en los buenos programas se mantiene un 40-50 % al año de seguimiento (p. 132); su propio programa, aplicado en Santiago de Compostela, obtuvo entre un 38 y un 54 % de abstinencia al año en distintos estudios, frente a 0-6 % en los grupos de control sin tratamiento (pp. 136-137).

    Método Qué dice la evidencia Fuente
    Sin ayuda 3-5 % siguen sin fumar a los 6-12 meses Hughes et al., 2004
    Consejo breve Recomendación fuerte de la guía chilena; es el piso, no el techo Corvalán et al., 2017
    Counselling conductual OR 1,44 a los 6 meses (certeza alta); individual RR 1,57 Hartmann-Boyce et al., 2021; Lancaster y Stead, 2017
    Fármacos solos Vareniclina, citisina o TRN combinada: 7-8 exfumadores más por cada 100 tratados Lindson et al., 2023
    Fármacos + apoyo conductual RR 1,83 frente a atención habitual o consejo breve Stead et al., 2016
    Programa multicomponente 40-50 % sin fumar al año en programas clínicos Becoña, 2013

    Un dato más, porque suele sorprender: los incentivos económicos (dinero o vales por mantenerse sin fumar) también funcionan. Una revisión Cochrane de 39 estudios con 18.303 participantes encontró que suben la abstinencia a 6 o más meses (RR 1,52; certeza alta) (Notley et al., 2025). No es magia: es la misma lógica del depósito monetario que los programas conductuales usan desde los años ochenta.

    ¿Qué hace un psicólogo en un tratamiento psicológico del tabaquismo?

    Arma un programa por fases y te entrena para cada una. Becoña (2013) lo divide en tres: preparación (subir la motivación y el compromiso, conocer tu propia conducta de fumar), abandono (aplicar las técnicas que dejan el cigarrillo) y mantenimiento (sostener la abstinencia y prevenir recaídas) (pp. 132-133).

    El tratamiento psicológico del tabaquismo con mejor relación costo-eficacia es este tipo de programa multicomponente, y en el modelo de Becoña dura un máximo de seis semanas, una sesión por semana, en formato individual o grupal (pp. 136-137).

    Lo que pasa dentro de esas sesiones es concreto:

    • Autorregistro. Anotas cada cigarrillo, la hora y la situación. Parece trivial y tiene dos efectos: baja el consumo por sí solo y muestra el mapa de tus situaciones de riesgo. Becoña señala que no llevar el registro, o hacerlo a saltos, predice un mal resultado (p. 127).
    • Reducción gradual de nicotina. Cambiar a una marca con un 30 % menos de nicotina cada semana, fumar un tercio menos de cada cigarrillo, no aceptar cigarrillos ofrecidos, inhalar menos profundo y llevar el cigarrillo a la boca solo para fumarlo (pp. 140-144). El cuerpo se va desacostumbrando antes del día en que dejas de fumar.
    • Control de estímulos. Elegir tres situaciones en las que ya no vas a fumar esta semana, retrasar el primer cigarrillo de la mañana al menos 15 minutos, avisar a tu gente que vas a dejarlo en los próximos 30 días (p. 144). Cada cigarrillo que despegas de su situación es una recaída menos después.
    • Manejo de la abstinencia. Agua, menos café y alcohol, ejercicio, respiraciones lentas en vez de un cigarrillo, chicle sin azúcar, algo en la mano, y hacer las cosas que venías postergando (cuadro 3.5, p. 144).
    • Autoeficacia. La convicción de que puedes hacerlo, medida al final del tratamiento, predice de forma sistemática quién sigue sin fumar a largo plazo (Bandura, 1977, citado en Becoña, 2013, p. 127). Por eso el programa avanza en pasos que se cumplen, no en promesas grandes.
    • Prevención de recaídas. Reconocer las tentaciones, saber qué hacer con ellas, y entender la diferencia entre una caída (un cigarrillo) y una recaída (volver al consumo anterior) (pp. 148-149). Lo veremos más abajo.

    Si te suena a terapia cognitivo-conductual, es porque lo es: estas técnicas nacieron en la terapia de conducta de los años sesenta y setenta y se completaron en los ochenta con la prevención de recaídas de Marlatt y Gordon (Becoña, 2013, p. 132).

    ¿Qué mide el test de Fagerström y para qué sirve?

    Mide la dependencia física a la nicotina, con seis preguntas, en un puntaje de 0 a 10.

    El Test de Fagerström de Dependencia de la Nicotina (FTND) es la versión revisada del cuestionario original de 1978: Heatherton, Kozlowski, Frecker y Fagerström (1991) compararon cada ítem con medidas bioquímicas de consumo en 254 fumadores, quitaron los dos ítems que no se relacionaban con ellas y reponderaron el tiempo hasta el primer cigarrillo y los cigarrillos al día.

    Es el instrumento de dependencia más extendido (se ha aplicado en muchos países con muestras amplias; Becoña, 2013, p. 127), es de uso libre y tiene validaciones en español (Arias-Gallegos et al., 2018).

    Becoña lo sitúa entre los instrumentos más útiles de la evaluación, junto con el autorregistro y las escalas de autoeficacia (pp. 125-127).

    ¿Para qué sirve el número? Para decidir el tratamiento. A mayor dependencia física, más síndrome de abstinencia al dejarlo y más ganancia con un fármaco que lo alivie: ya en los estudios clásicos con chicle de nicotina, quienes puntuaban más alto en el cuestionario de Fagerström eran quienes más se beneficiaban de él (Becoña, 2013, p. 127).

    Un puntaje bajo, en cambio, dice que lo que te tiene fumando es sobre todo el hábito, y ahí el peso del tratamiento cae en lo conductual.

    Ahora sí: responde pensando en una semana normal, no en tu mejor ni en tu peor día. No hay respuestas buenas o malas, solo un número que te orienta.

    Test de Fagerström: ¿cuánta dependencia física a la nicotina tienes?

    Seis preguntas sobre cómo fumas, no sobre cuánto quieres dejarlo. Responde pensando en una semana normal. Toma menos de un minuto y el resultado se calcula aquí mismo, sin enviar nada a ningún servidor.

    0 de 6 respondidas

    Instrumento: Test de Fagerström de Dependencia de la Nicotina (FTND; Heatherton, Kozlowski, Frecker y Fagerström, 1991), de uso libre, con la clasificación estándar en cinco niveles que se usa en la literatura clínica. Mide la dependencia física (cuánto necesita tu cuerpo la nicotina), no la psicológica ni el hábito. Es una orientación, no un diagnóstico: la evaluación completa la hace un profesional.

    ¿Fármacos o psicología para dejar de fumar? Las dos cosas

    La respuesta más honesta es que se necesitan una a la otra.

    Un metaanálisis en red Cochrane de 319 ensayos con 157.179 participantes ordenó los fármacos por eficacia: vareniclina (OR 2,33), citisina (OR 2,21) y los cigarrillos electrónicos con nicotina (OR 2,37) son los que más suben la abstinencia (unos 7-8 exfumadores adicionales por cada 100 personas tratadas), seguidos por la terapia de reemplazo de nicotina combinada (parche más una forma rápida, OR 1,93); el parche solo, la forma rápida sola y el bupropión añaden 2-3 por cada 100; y los efectos adversos graves fueron bajos, en torno al 3 % (Lindson et al., 2023).

    Esos fármacos los indica un médico, no un psicólogo, y en Chile hay dónde pedirlos. La Guía de Práctica Clínica para el Tratamiento del Tabaquismo recomienda con fuerza el consejo breve para toda persona que fuma, las intervenciones por celular y mensajes de texto, y la terapia de reemplazo de nicotina, el bupropión y la vareniclina para quien tiene indicación y quiere dejarlo (Corvalán et al., 2017).

    La misma guía describe el modelo de la consulta: fijar un «Día D» (el primer día sin fumar) dentro del mes siguiente e ir postergando cada cigarrillo 10 minutos hasta entonces.

    Y hay una línea gratuita, Salud Responde (600 360 7777), que es el número impreso en las cajetillas.

    El fármaco rinde más dentro de un programa

    Lo que la evidencia dice una y otra vez es que el fármaco rinde más dentro de un programa.

    Becoña (2013) lo resumía así ya en los años noventa: el tratamiento especializado de primera elección es un programa psicológico multicomponente; el chicle y el parche ayudan, pero dentro de ese programa, y el modo adecuado de usarlos es junto a un procedimiento conductual, formal o de autoayuda (p. 135).

    Dos décadas de revisiones Cochrane no han cambiado esa conclusión.

    Las políticas públicas

    Las políticas públicas también cuentan. Un estudio con datos de SENDA siguió a una pseudocohorte de 17.905 fumadores chilenos nacidos entre 1982 y 1991, entre 2002 y 2016, y encontró que cada punto adicional del índice de políticas de control del tabaco (impuestos, espacios libres de humo, advertencias, control de publicidad) se asoció a un 14 % más de tendencia a dejar de fumar (Dominguez-Cancino et al., 2024).

    Dejar de fumar es una decisión personal en un entorno que la hace más o menos fácil.

    ¿Qué pasa con la ansiedad, el ánimo y la abstinencia cuando dejas de fumar?

    Suben en las primeras dos semanas y después bajan por debajo de donde estaban. Es una de las cosas que más cuesta creer, porque mucha gente fuma «para calmarse», y el alivio que sienten es real: es el alivio de la abstinencia que el propio cigarrillo produce.

    MedlinePlus describe que los síntomas de abstinencia (irritabilidad, ansiedad, dificultad para concentrarse, hambre, sueño alterado) son más intensos en los primeros días y ceden en unas pocas semanas.

    Después de las dos primeras semanas

    Después viene lo interesante. Una revisión sistemática con metaanálisis de 26 estudios longitudinales comparó a quienes dejaron de fumar con quienes siguieron fumando, entre siete semanas y nueve años después, y encontró que la ansiedad, la depresión y el estrés bajaron en los que lo dejaron, mientras que la calidad de vida psicológica y el afecto positivo subieron; el tamaño del efecto fue igual en personas con y sin trastornos psiquiátricos, y los autores lo describen como igual o mayor al de un antidepresivo (Taylor et al., 2014).

    Dejar de fumar no te vuelve más ansioso: te lo parece durante dos semanas y luego te deja menos ansioso de lo que estabas.

    Depresión, ansiedad o enfermedad mental grave

    Esto importa especialmente si vives con depresión, ansiedad o una enfermedad mental grave, donde el tabaquismo es más frecuente y más difícil de dejar.

    En el programa de ensayos SCIMITAR del Reino Unido, una intervención de cesación hecha a medida para personas con enfermedad mental grave mantuvo tasas de abandono más altas a los 12 meses (OR 1,67) (Gilbody et al., 2021). Se puede, y el ánimo mejora al hacerlo.

    ¿Cómo evitar la recaída una vez que dejaste de fumar?

    Distinguiendo una caída de una recaída, y preparando las situaciones de riesgo antes de que lleguen. Becoña (2013) insiste en enseñar esa distinción con ejemplos, porque muchos fumadores creen que un cigarrillo lo echa todo a perder; entender que un «desliz» es un cigarrillo, y que puede quedarse ahí sin volver al consumo de antes, es lo que permite que no se convierta en recaída (p. 149).

    La recaída, además, no ocurre solo en los primeros seis meses: se ha registrado, con menos intensidad, hasta cinco años después del tratamiento, y por eso el modelo de Prochaska la considera parte esperable de un ciclo, no un fracaso (pp. 152-153).

    Ahora, un matiz que conviene saber. Una revisión Cochrane de 81 estudios con 69.094 participantes evaluó qué pasa cuando las técnicas de prevención de recaídas (reconocer situaciones de riesgo y afrontarlas) se aplican como módulo aparte a personas que ya dejaron de fumar: no encontró un beneficio claro (RR 0,98 en abstinentes que dejaron con ayuda).

    Lo que sí ayudó a sostener la abstinencia fue prolongar la vareniclina (RR 1,23) y usar terapia de reemplazo de nicotina en quienes dejaron sin ayuda (RR 1,24) (Livingstone-Banks et al., 2019).

    La lectura práctica: la prevención de recaídas rinde cuando está integrada desde el principio en el programa, con las situaciones de riesgo de cada persona, y no como un curso de repaso después.

    Situaciones de riesgo para planificar

    Las situaciones de riesgo más típicas que conviene planificar: que te ofrezcan un cigarrillo (Becoña la señala como una de las principales causas de recaída, p. 141), el alcohol, el estrés sostenido y las ganas de «probar uno» a los meses, cuando ya no te acuerdas de lo difícil que fue. Para cada una, una respuesta ensayada antes.

    ¿Cuándo conviene buscar ayuda profesional?

    Cuando ya lo intentaste solo y recaíste, cuando el test de Fagerström te dio 5 o más, o cuando fumas para manejar la ansiedad o el ánimo bajo. En cualquiera de esos casos, un intento más a pulso tiene las mismas probabilidades que el anterior, y un plan con apoyo psicológico, coordinado con tu médico para el tratamiento farmacológico, las multiplica.

    Si además el consumo de tabaco viene junto con alcohol u otras sustancias, vale la pena mirarlo en conjunto: qué es la adicción explica cómo se evalúa.

    Un psicólogo no te va a decir que dejes de fumar. Eso ya lo sabes. Lo que hace es armar contigo el programa (autorregistro, reducción gradual, control de situaciones, manejo de la abstinencia, prevención de recaídas), ajustarlo a tu puntaje de dependencia y a tu etapa de cambio, y acompañar las seis semanas donde se decide la mayor parte del resultado.

    Si quieres empezar por ahí, puedes agendar una consulta.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto dura la ansiedad al dejar de fumar?

    Los síntomas de abstinencia (ansiedad, irritabilidad, dificultad para concentrarse) son más intensos en los primeros días y ceden en unas pocas semanas. A mediano plazo la ansiedad baja: un metaanálisis de 26 estudios encontró menos ansiedad, depresión y estrés en quienes dejaron de fumar que en quienes siguieron fumando (Taylor et al., 2014).

    ¿Cuál es la probabilidad de dejar de fumar sin ayuda?

    Baja: entre un 3 y un 5 % de quienes lo intentan por su cuenta siguen sin fumar a los 6-12 meses, y la mayoría de las recaídas ocurre en los primeros 8 días (Hughes et al., 2004). Con apoyo conductual la probabilidad sube (OR 1,44) y con apoyo conductual más fármacos casi se duplica (RR 1,83).

    ¿Qué es el test de Fagerström y cómo se interpreta?

    Es un cuestionario de seis preguntas que mide la dependencia física a la nicotina en un puntaje de 0 a 10 (Heatherton et al., 1991). La clasificación estándar es: 0-2 muy baja, 3-4 baja, 5 moderada, 6-7 alta y 8-10 muy alta. A mayor puntaje, más útil resulta sumar un tratamiento farmacológico al plan psicológico.

    ¿Se puede dejar de fumar solo con psicólogo, sin fármacos?

    Sí, sobre todo con dependencia física baja. El counselling individual sin fármacos sube la abstinencia a 6 o más meses frente al consejo breve (RR 1,57), y los programas multicomponentes logran un 40-50 % de abstinencia al año (Lancaster y Stead, 2017; Becoña, 2013). Con dependencia alta, combinar con fármacos mejora el resultado.

    ¿Qué tratamiento es el más efectivo para dejar de fumar?

    La combinación de fármacos con apoyo conductual: casi duplica la abstinencia frente al consejo breve (RR 1,83; Stead et al., 2016). Entre los fármacos, vareniclina, citisina y la terapia de reemplazo de nicotina combinada son los que más suben la tasa de éxito, con 7-8 exfumadores adicionales por cada 100 tratados (Lindson et al., 2023).

    ¿Qué pasa si fumo un cigarrillo después de haber dejado?

    Es una caída, no una recaída. La recaída es volver al consumo de antes; un cigarrillo aislado puede quedarse en eso si tienes un plan para lo que viene después (Becoña, 2013). Lo importante es no usar ese cigarrillo como prueba de que fallaste: la mayoría de quienes dejan de fumar de forma definitiva pasaron antes por varios intentos.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Referencias

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    Corvalán, M. P., Véjar, L., Bambs, C., Pavié, J., Zagolin, M., & Cerda, J. (2017). Guías de práctica clínica para el tratamiento del tabaquismo, Chile 2017. Revista Médica de Chile, 145(11), 1471-1479. https://doi.org/10.4067/s0034-98872017001101471

    Dominguez-Cancino, K. A., Martínez, P., & Nazif-Muñoz, J. I. (2024). Tobacco policies and changes in the tendency of smoking cessation in cigarette users in Chile: A longitudinal cross-sectional study. BMJ Open, 14(5), e085248. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2024-085248

    Gilbody, S., Peckham, E., Bailey, D., Arundel, C., Heron, P., Crosland, S., Fairhurst, C., Hewitt, C., Li, J., & members of the SCIMITAR+ collaborative. (2021). Smoking cessation in severe mental illness: Combined long-term quit rates from the UK SCIMITAR trials programme. The British Journal of Psychiatry, 218(2), 95-97. https://doi.org/10.1192/bjp.2019.192

    Hartmann-Boyce, J., Livingstone-Banks, J., Ordóñez-Mena, J. M., Fanshawe, T. R., Lindson, N., Freeman, S. C., Sutton, A. J., Theodoulou, A., & Aveyard, P. (2021). Behavioural interventions for smoking cessation: An overview and network meta-analysis. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2021(1), CD013229. https://doi.org/10.1002/14651858.CD013229.pub2

    Heatherton, T. F., Kozlowski, L. T., Frecker, R. C., & Fagerström, K.-O. (1991). The Fagerström Test for Nicotine Dependence: A revision of the Fagerström Tolerance Questionnaire. British Journal of Addiction, 86(9), 1119-1127. https://doi.org/10.1111/j.1360-0443.1991.tb01879.x

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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